Myrtle Hildred Blewett, la física que imaginaba cómo hacer chocar partículas a toda velocidad

Vidas científicas

En 2013 el jurado de los Premios Nobel decidió otorgar el galardón de Física a Peter Higgs y François Englert, que varias décadas antes habían predicho la existencia de una partícula, el bosón de Higgs. En 2012, cientos de equipos de científicos trabajando en colaboración en enormes experimentos llamados colisionadores de partículas fueron capaces de confirmar que esa partícula efectivamente existía. Aunque esos experimentos, llamados ATLAS y CMS, pertenecientes al CERN (la Organización Europea para la Investigación Nuclear), se mencionaban en el fallo del jurado, el Nobel no podía ser para ellos porque el gran premio de la ciencia solo se puede otorgar a un máximo de personas individuales por categoría en cada edición.

Una traza hipotética del bosón de Higgs en una colisión simulada de protón-protón. Wikimedia Commons.

Este es un motivo (no el único, solo hay que ver los porcentajes de mujeres reconocidas) que pone en entredicho la idoneidad de los Nobel para representar adecuadamente el trabajo científico, incluso el más excelente. A día de hoy, y cada vez más, los avances científicos son colectivos y premiar solo tres nombres no suele ser justo. En el caso del bosón de Higgs, como decimos, no lo fue del todo.

Los colisionadores de partículas son aparatos que, la primera vez que lees o te explican en qué consisten, cuesta creer que a alguien se le ocurriese idearlos y más aún construirlos. Consisten en grandes tubos equipados con potentes imanes para hacer circular por ellos haces de partículas y hacerlas chocar a altas velocidades para, simplemente, ver qué pasa. Décadas de avances, cientos de cerebros, miles de millones de cualquier moneda que podamos imaginar… sin más objetivo inmediato que saciar la curiosidad.

Uno de esos cerebros fue el de Myrtle Hildred Blewett, física y diseñadora e impulsora de varios colisionadores de partículas. En concreto se interesó por los imanes que debían movilizar las partículas que debían chocar entre sí en esos enormes tubos, y también en el cálculo de costes que era necesario realizar para conseguirlo. Primero en Estados Unidos, participó en los esfuerzos para que estas investigaciones se llevaron a cabo también en Europa y estuvo presente e involucrada en la creación del CERN.

Cansada de ser una “esposa inútil”

Hildred Hunt, su apellido de soltera, nació en Ontario, Canadá, el 29 de mayo de 1911. Su padre, ingeniero que llegó a ser ministro, apoyó siempre el interés de su hija en las matemáticas y la física, aunque por motivos económicos ella no pudo dedicarse completamente a sus estudios durante varios años. A pesar de ello, en 1935 se había graduado de ambas materias por la Universidad de Toronto. Tras ello realizó estancias en la Universidad de Rochester, en Nueva York, y después en la de Cambridge.

Hildred Blewett (años 1940). CERN.

Volvió a Estados Unidos y en 1938 se incorporó a la Universidad de Cornell como estudiante de doctorado. Años después otra física que coincidió con ella, Rosalind Mendel, contaría que al empezar a trabajar su marido en General Electrics como científico, ella había vuelto a la universidad porque le encantaba la física y porque no podía llevar más una vida como “esposa acompañante inútil”. Mendell se unió al equipo que formaban 50 hombres y Blewett, “la alegre y segura rubia canadiense”. Blewett se convirtió en su mentora, algo que haría más veces con colegas jóvenes a lo largo de su carrera y que terminaría convirtiéndose en parte de su fama y legado.

Científicos en la guerra

En 1941 Estados Unidos entró oficialmente en la Segunda Guerra Mundial, y eso supuso que muchos científicos, en concreto físicos, que trabajaban en el país fueron reclutados para contribuir al esfuerzo de guerra avanzando en aquellas investigaciones que pudieran tener aplicación militar. El supervisor de tesis de Blewett comenzó a trabajar con Oppenheimer en California, en los primeros pasos del desarrollo de la bomba atómica, y ella se incorporó a General Motors, donde desarrolló un método para controlar el humo y la contaminación procedentes de las chimeneas de las fábricas, que entonces funcionaban a toda potencia sin descanso.

Tras la guerra, todo el camino científico recorrido en Estados Unidos durante el conflicto siguió adelante con un carácter menos militar aunque aún con el objetivo geopolítico de no quedar atrás en cuanto a desarrollo e innovación respecto a la otra gran potencia resultante tras la contienda: la Unión Soviética. En 1947 tanto Blewett como su marido fueron contratados por el recién creado Laboratorio Nacional de Brookhaven. Trabajarían ambos en el desarrollo y la investigación de aceleradores de partículas para entender mejor el comportamiento y las estructuras que forman la materia y sus interacciones, ella en aspectos teóricos, él en la parte práctica.

Ambos formaron parte del equipo que desarrolló el Cosmotrón, un acelerador de partículas capaz de generar una cantidad de energía órdenes de magnitud mayor de todos los construidos hasta entonces. La máquina empezó a funcionar en 1952 y ella trabajó en la edición de un número especial de la Revista de Instrumentos Científicos en el que se describen aspectos clave de su diseño, construcción y funcionamiento.

La semilla del CERN

Ese mismo año, el desarrollo de nuevas técnicas abrió la posibilidad de que los aceleradores pudieran alcanzar rangos de energía mucho mayores, y comenzó a desarrollarse el sincrotrón de gradiente alterno (AGS) en Brookhaven. Ese verano visitaron el laboratorio científicos de partículas provenientes de distintos países europeos y para formarse con el Cosmotrón, con la idea de que pudieran construir en Europa un experimento similar pero más grande. Esa fue la semilla del CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear. Sus creadores invitaron a Blewett y a su marido, así como a otros científicos de Brookhaven, a que viajasen al continente a ayudar a diseñar y planear el laboratorio.

Acelerador de partículas en el CERN. Wikimedia Commons.

En marzo de 1953 la decisión de construir el experimento estaba tomada, pero el CERN no existía como tal por entonces, de forma que el trabajo se repartió entre varias instituciones europeas. La tarea resultó ser más compleja de lo esperado y los Blewett impulsaron que los trabajos se trasladaran a Ginebra, en Suiza, lugar elegido como sede. Llegaron allí a principios de octubre y participaron en todos los aspectos del desarrollo, desde la investigación teórica hasta la estimación de costes. Siguieron participando y colaborando incluso estando ya de vuelta en Estados Unidos, con la idea de que trabajando en unión con los científicos europeos se consolidaban ambos ante el empuje soviético.

Experta en imanes, y en lo que cuestan

Además de poner un ojo en el trabajo de sus colegas europeos, Blewett contribuyó al diseño del AGS en Brookhaven, en concreto de la instalación y las mediciones de los potentísimos imanes que utilizaba el experimento para determinar su posición y así minimizar las posibles desviaciones del flujo de partículas que circularían dentro del anillo. El experimento comenzó a funcionar en 1969, pocos meses después de que lo hiciera el del CERN. En esta época Blewett y su marido se divorciaron, lo que provocó algunas desavenencias y desacuerdos también en su relación laboral y científica.

En ese momento otro colega y amigo, conocedor de la capacidad de Blewett tanto científica como para gestionar equipos y lograr un ambiente cordial donde el trabajo se llevaba a cabo con camaradería y eficacia, la invitó a visitar el Laboratorio Nacional Argonne, donde él dirigía la División del Acelerador de Partículas. Le sugirió quedarse y ocupar el cargo de enlace con todos los equipos que utilizaban el experimento, algo que aceptó y cumplió con entusiasmo aportando toda su experiencia previa en el trabajo con estos complejos aparatos y atendiendo las necesidades de todos los equipos. Mientras tanto siguió trabajando y publicando artículos sobre el diseño de grandes imanes, así como haciendo cálculos de costes de este tipo de instalaciones.

En 1969 se incorporó a la plantilla del CERN, y poco después participó en la organización de la 8ª Conferencia Internacional de Aceleradores de Alta Energía en Ginebra, justo 25 años después de la gran conferencia que había puesto las primeras piedras de la existencia del propio CERN. Se retiró en 1976 aunque siguió como científica asociada en el CERN durante un año más, tiempo durante el que continuó investigando en nuevas técnicas que eventualmente darían pie a la construcción el futuro Gran Colisionador de Electrones-Positrones y el Gran Colisionador de Hadrones, en funcionamiento hoy y herramienta fundamental para importantes descubrimientos, entre ellos el Bosón de Higgs.

Ella no llegó a ver el Nobel que había contribuido de forma indirecta pero decisiva a otorgar. Murió el 13 de junio de 2004 a los 83 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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