Las espías que tejen mensajes secretos: dos al derecho, tres al revés

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En Bélgica, durante la Primera Guerra Mundial, una mujer hacía punto mientras observaba los trenes desde su ventana. Cuando pasaba uno en concreto, sus agujas entrelazaban la lana en un punto irregular. Al pasar otro tren, si era igual, hacía de nuevo el mismo punto, pero si el tren tenía unas características diferentes, dejaba un agujero intencionado en la bufanda que estaba tejiendo primorosamente. Más tarde, arriesgaría su vida entregándole la prenda de lana a un compañero soldado de la resistencia belga que trabajaba para acabar con las fuerzas de ocupación alemanas.

Imegen: Freepik.

Tejer como tapadera, pero no sólo

Hay una relación entre las mujeres enredadas en labores de lanas y el espionaje: o éstas tejían códigos ocultos en sus prendas o formaban parte del estereotipo de tejedoras que observaban sin perder detalle. En el libro de 1942 A Guide to Codes and Signals, podemos leer sobre espionaje y mensajes en clave ocultos en quehaceres tan inocentes como bordar, tricotar o hacer crochet. Durante las guerras había espías; un par de ojos observando con la banda sonora del clic-clic de dos agujas.

La información entretejida en una prenda de lana era una forma de esteganografía, un recurso de baja tecnología para ocultar un mensaje físicamente (como esconder texto en morse en algún lugar de una postal o disfrazar digitalmente una imagen dentro de otra). Una prenda tejida con la técnica básica de entrelazar lana con dos agujas consta de diferentes combinaciones de dos «trenzados»: un punto del derecho, que da como resultado un relieve liso en la lana y parece una «v», y un punto del revés, similar a una línea horizontal ligeramente abultada. Al hacer una combinación específica de «derechos» y «reveses» usando un patrón predeterminado, los espías podían pasar tejidos hechos con estas combinaciones y el destinatario era así capaz de leer el mensaje secreto enterrado en la inocente calidez de unos calcetines de lana.

Patrones y códigos

Los patrones que detallan la confección de prendas de lana que se hacen tricotando con dos agujas son instrucciones indescifrables para las que no sabemos tejer. De cualquier modo, son códigos con combinaciones de símbolos que el emisor y el receptor conocen. Lucy Adlington, en su libro Stitches in Time, recoge un artículo que apareció en UK Pearson’s Magazine del Reino Unido en octubre de 1918: «agentes alemanes radicados en Gran Bretaña, estaban tejiendo jerseys como medio para pasar de contrabando información sobre los preparativos navales aliados. Cuando las autoridades alemanas deshacían cuidadosamente dicho suéter encontraban el hilo de lana salpicado por muchos nudos. Al escribir las letras del alfabeto en el marco de una puerta, espaciadas una pulgada entre sí, los nudos se podían descifrar como palabras midiendo el hilo a lo largo de este alfabeto y marcando qué letras tocaban los nudos».

Las tejedoras también utilizaban sus labores de agujas y lanas como tapadera para espiar a los enemigos sin despertar sospechas. Observaban desde el anonimato y el estereotipo que da esta actividad tan amorosa en una madre o en una abuela.

Fuente: Wikimedia Commons.

Debido a que durante muchos conflictos, incluidas la Guerra de Secesión estadounidense y las Guerras Mundiales, se animaba a las mujeres a tejer calcetines, gorros y pasamontañas para los soldados, las prendas tricotadas a mano eran algo común y se podía utilizar el esfuerzo de guerra en beneficio del espía. En el libro Writing Secret Codes and Sending Hidden Messages podemos leer que al inventarse el código morse, muchas labores de costura, de punto, de ganchillo, etc. iban como anillo al dedo para pasar mensajes ocultos.

El ejemplo más famoso de tejer ocultando un mensaje en la labor proviene de la literatura; en Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, una mujer francesa sedienta de sangre llamada Madame Defarge teje tranquilamente entre el público mientras la guillotina decapita a los nobles franceses y entrechoca sus agujas con precisión combinando puntos para codificar los nombres de los que, uno tras otro, iban subiendo al cadalso.

En la vida real, los agentes de la Inteligencia Secreta británica reclutaban espías en las áreas ocupadas para que pasaran inadvertidas haciendo actividades comunes y corrientes, entre ellas tejer. Una de esas mujeres era Madame Levengle de la que habla Kathryn Atwood en su libro Heroínas de la Primera Guerra Mundial: «Madame se sentaba a tejer en su butaca favorita. Ensimismada en esta tarea tan femenina, un mariscal del ejército alemán que se alojaba en su casa no le prestaba mucha atención aunque mantuviera con ella una conversación ligera o siguiera con sus rutinas. Los golpes en el suelo con los que pasaba información a sus hijos que estaban en la habitación de abajo tampoco los percibía el mariscal, confiado en lo doméstico del entorno. Los niños hacían los deberes pero también anotaban los taconazos en morse de su madre en sus cuadernos sin levantar sospechas».

La tradición continuó décadas después, durante la Segunda Guerra Mundial. La resistencia reclutaba a mujeres mayores cerca de las estaciones de trenes para que ocultaran códigos en sus prendas de lana que tejían mientras esperaban. Estaban así al tanto de los viajes de las fuerzas enemigas.

Si se pasaba información en las prendas ya terminadas, también se podía pasar en las anotaciones por escrito del diseño previo de esta ropa personalizada. «Estas acciones llevaron a la Oficina de Censura a prohibir la publicación de patrones para evitar mensajes codificados ocultos en esas revistas femeninas de labores», escribe Jacqueline Witkowski en InVisible Culture. Las tejedoras estaban en el punto de mira: por observadoras y por ser resolutivas en esto de pasar información.

Las espías actuales

Lejos de esas espías tejedoras, las agentes que forman parte de los servicios de inteligencia quieren desterrar mitos y dar a conocer cómo es en realidad el día a día del espionaje actual. Cinco mujeres espías de las tres agencias de inteligencia del Reino Unido hablan de su trabajo y sus vidas. Sus nombres no son los verdaderos.

Jo trabaja en el MI5 (el servicio de seguridad interna). Ameesha es analista también en el MI5 y dice que son «personas comunes y corrientes que realizan trabajos extraordinarios». Kate, que ha estado en el MI6 (la agencia de inteligencia exterior) durante diez años y ahora forma a personas para esta carrera, piensa que hay mucho estereotipo; «no todo es glamour y dispositivos de última tecnología, como en las pelis de James Bond. No todas tenemos un Aston Martin o cualquier otro medio fantástico de transporte. Es más probable que nos encuentren en un autobús o en el metro», dice.

Fuente: Wikimedia Commons.

Para Dia, se trataba de devolver algo a la sociedad, ayudar a proteger a los demás. Lleva diez años en el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ, Government Communications Headquarters), en multitud de puestos diferentes. «Cuando abres el periódico y ves algunas historias que acaban bien y sabes que has sido parte de ese logro, no hay nada igual».

El proceso de reclutamiento es arduo: las entrevistas pueden durar hasta ocho horas y forman parte de una investigación exhaustiva del candidato o de la candidata que dura de seis a nueve meses. Las tres agencias buscan reclutar a más mujeres y personas de diferentes orígenes étnicos y sociales. Lo diverso enriquece. Jo, que ahora tiene un cargo en este proceso de selección, dice: «si eres una de esas personas que cuenta su vida en redes, probablemente éste no sea el lugar para ti». Lilly ha trabajado en investigación e ingeniería en la sede del GCHQ, conocida como la rosquilla, en Cheltenham, al oeste de Londres, durante siete años; «tienes que hablar sobre tu vida personal, incluso con detalles muy íntimos. Después hay seguimientos periódicos y evaluaciones con frecuencia».

Jo cuenta: «una vez una persona me preguntó si tenía que usar su propia ropa para trabajar o si le proporcionábamos los disfraces… y mi comentario favorito fue cuando alguien me dijo que si iba a ser necesario dejar a su novia para trabajar aquí, porque en ese caso lo haría sin problema…».

Por cierto, una de las condiciones para ser espía es que no está permitido contarle a casi nadie el trabajo al que se dedican. Los padres de Ameesha, que conocen su profesión, contestan a quien les pregunta que su hija trabaja para el gobierno o para la administración pública y no dan más detalles. La mayoría de la gente no pregunta más.

Una vez, en el colegio de uno de los hijos de Ameesha, pidieron colaboración a las madres y a los padres con profesiones interesantes para dar alguna charla: «No te preocupes, mamá, tú no tienes que venir porque no haces nada interesante». Si supiera…

Incluso con sus exigencias y sus dificultades, el espionaje es una carrera fascinante. Es un ámbito interdisciplinar en el que tienen cabida la alta tecnología, la medicina forense, el derecho, la sociología, la psicología, el tratamiento de datos, la química, la fotografía, etc. y donde se valora la precisión, la discreción, la sensatez, el rigor… Todas estas claves son herramientas de las nuevas espías. Quizá estas mujeres, con su estricta formación, no estén tan lejos de las tejedoras. Comparten perspicacia y, en ocasiones, combinaciones de punto al derecho y punto al revés, o una versión digital de ceros y unos. Podría valer la pena aprender a tricotar, o a programar, o a las dos cosas, por si acaso. Nunca se sabe…

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

2 comentarios

  • Un artículo muy interesante, como alguno que ya he leído de Marta, curiosidades que es muy bonito descubrir, además escrito de forma amena, seguiré otras publicaciones

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