Los antibióticos ‘baratos’ de Mildred C. Rebstock

Vidas científicas

El tratamiento de enfermedades como la fiebre tifoidea, la septicemia, la meningitis, la neumonía y muchas otras de origen bacteriano le debe mucho a la química farmacéutica estadounidense Mildred Catherine Rebstock, quien logró sintetizar un antibiótico, el cloranfenicol, que es capaz de detener su desarrollo. Gracias a su trabajo, la producción fue más barata que en su estado natural, y por lo tanto más accesible para millones de personas afectadas por estas infecciones. Pero ¿por qué Mildred Rebstock eligió la ciencia? «Simplemente me gustaba ese tipo de cosas más que otras», confesaría en una entrevista en la revista Time en 1949, cuando ya era una investigadora de prestigio con apenas 30 años.

Mildred Rebstock y Eugene H. Payne (hacia 1940).

Mildred había nacido el 29 de noviembre de 1919 en Elkhart, Indiana (Estados Unidos) y era aún una adolescente cuando comenzó a sentirse atraída por la ciencia, un interés que comenzó mientras estudiaba en la escuela de secundaria. Contaba 19 años cuando se matriculó en el North Central College, en Naperville (Illinois), destacando allí por su inteligencia y completando su licenciatura con honores en 1942. Fue en Illinois donde pudo estudiar con dos profesores que le marcarían la vida –el químico I.A. Koten y el zoólogo Harold Eigenbrodt– porque en ellos encontró apoyo e inspiración para decidirse por la carrera investigadora y hacer su doctorado en bioquímica en la Universidad de Illinois, en Urbana-Champaign. Pudo hacerlo gracias a una beca para investigar el ácido ascórbico mientras estudiaba en la universidad.

En 1945, coincidiendo con el fin de la Segunda Guerra Mundial, Mildred Catherine consiguió su título e inició su carrera profesional en la farmacéutica Parke-Davis, hoy propiedad de Pfizer, donde estuvo más de tres décadas trabajando, primero como ‘junior’ y sólo desde 1959 como líder de un equipo científico. En un principio, con su equipo comenzó a investigar sobre un antibiótico, la estreptomicina, descubierto un par de años antes por Albert Schatz y destinado a tratar la tuberculosis, que tantas víctimas había causado durante el conflicto, y otras infecciones para las que no servía la penicilina. Como tenía potencial, la empresa quería ver sus posibilidades de producción sintética. Enseguida, el grupo de Mildred –donde estaban también John Controulis, Harry Crooks y Quentin Bartz– encontró una técnica que permitía dar al medicamento más estabilidad, lo que dio lugar a otro nuevo, la dihidroestreptomicina, que aún se utiliza en la medicina veterinaria, aunque no en los seres humanos porque acabó generando resistencias.

Iniciada ya en este campo, que estaba en plena ebullición en aquel momento, en el laboratorio le encargaron sintetizar otro nuevo antibiótico. Se trataba del cloranfenicol o cloromicetina, eficaz contra patógenos que eran inmunes a otros fármacos, como era el caso de los del tifus. Su principio activo había sido hallado por John Ehrlich a comienzos de 1947. Había recogido una muestra de tierra de los alrededores de Caracas y en un cultivo encontró Streptomyces venezuelae, que producía una sustancia que inhibía el crecimiento de microbios y era eficaz contra algunas enfermedades virales. Aunque en algunas publicaciones figura Quentin Bartz como autor de la investigación que dio lugar al cloranfenicol sintético, en realidad fue Mildred C. Rebstock quien realizó la parte más importante. Contaría después que la molécula del nuevo antibiótico era mucho más simple que las de los anteriores, lo que le facilitó la tarea, así que para noviembre de ese mismo año ya tenía la fórmula para sintetizarlo al completo y de forma más barata que lo que suponía un proceso orgánico natural.

El primer uso del cloranfenicol se produjo durante una epidemia de tifus que se extendió por Bolivia en diciembre de 1947, cuando se trataron a veintidós pacientes ingresados, cinco de ellos graves, en el Hospital General de La Paz. Tras la administración del antibiótico todos los enfermos se recuperaron sin secuelas.

Reconocimiento internacional

Finalmente, el resultado científico sería publicado en 1949, fecha a partir de la cual comenzó a utilizarse de forma masiva en tratamientos de enfermedades como las fiebres tifoideas, las fiebres de las Montañas Rocosas, casos extremos de meningitis, cólera y otras enfermedades infecciosas. Había encontrado la estructura química de uno de los llamados «antibióticos maravillosos” y el resultado que había logrado era idéntico al del moho natural. Era la primera vez que un antibiótico producido por un moho se sintetizaba en un laboratorio a partir de sustancias químicas fácilmente disponibles. Hoy su prescripción va a menos en el hemisferio norte por algunos de sus efectos secundarios, pero sigue siendo muy útil y está en la Lista de Medicamentos Esenciales de la Organización Mundial de la Salud. La participación de nuestra científica fue crucial para el éxito y así lo reconocieron en aquel momento medios como The New York Times o la revista Time, que destacaron el rol que había tenido aquella joven mujer de 28 años en tan trascendental trabajo.

Mildred Catherine Rebstock (1951).

Además, en 1950, con sólo 31 años de edad, Mildred ya fue nombrada como «La mujer del año en ciencia» por el Club Nacional de Prensa de Mujeres, un premio que le entregó el presidente estadounidense Harry Truman. Incluso fue nominada al Premio Nobel de Química por este trabajo y la incluyeron como miembro de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia. En una entrevista grabada ese mismo año y que está en los Archivos del Instituto Smithsonian, al ser preguntada por el escaso 3 % de mujeres que se dedicaban al trabajo científico, señalaba: «Las mujeres están demostrando su valía y lo pone en evidencia el hecho de que los laboratorios no van a volver a la práctica anterior a la guerra de prohibir el empleo a las trabajadoras científicas». Sin embargo, también hubo sesgos machistas y hubo noticias de este tipo: “La síntesis fue realizada por la bella doctora Mildred C. Rebstock, de 28 años”. Era un adjetivo que nunca se hubiera usado con uno de sus colegas masculinos, una forma de cosificar a las mujeres por su aspecto en lugar de tratarlas como científicas profesionales.

El cloranfenicol se convirtió en una mina de oro para las cuentas del Parke-Davis, entrando así en la élite de los laboratorios farmacéuticos mundiales. Se calcula que más de ocho millones de pacientes fueron tratados con el medicamento antes de que se detectaran casos esporádicos de fallecimientos por aplasia de la médula ósea (desaparición de células que producen la sangre en la médula) y si bien se sigue usando hoy se informa de este efecto adverso cuando su consumo es continuo. Otra prueba del machismo imperante es que no fue ascendida de su posición dentro de la compañía hasta más de una década después, en 1959.

Mildred Catherine Rebstock continuó con sus investigaciones, sintetizando otros fármacos como agentes lipídicos en sangre u otros para la fertilidad. Se jubiló en el mismo lugar donde siempre trabajó en 1977 para dedicarse desde entonces a cuidar de su madre enferma. Desde que ésta falleció, vivió sola y el científico y vecino David M. Aronoff relata que se mantenía ocupada haciendo jardinería y pintando con acuarelas, hasta que murió a los 91 años, en 2011.

Aronoff cuenta que, tras su muerte, su familia le entregó un frasco lleno de cápsulas blancas donde ponía: “Cloromicetina 250 mg recristalizada”.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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