Ruth Benerito, la química que modificó el algodón para reducir el tiempo dedicado a planchar

Vidas científicas

El algodón es una de las fibras textiles más utilizadas del mundo por su versatilidad, comodidad y el hecho de que se puede obtener de forma sencilla y por lo tanto, barata. Sin embargo, a mediados del siglo XX el algodón estaba en crisis. La llegada de fibras sintéticas, como el nylon o el poliéster, amenazaba con desplazarlo. Aunque en ese momento eran algo más caras (luego dejarían de serlo) y no tan cómodas como el algodón, tenían una ventaja irrebatible: no se arrugaban al lavarlas. Para miles de amas de casa, la promesa de no tener que pasar horas planchando era tremendamente atractiva.

Si la industria del algodón no perdió su lugar dentro del sector textil fue porque aprendió a llevar a cabo una serie de procesos que contribuyeron a darle esa misma ventaja: años después surgiría el algodón que no se arruga. La inventora fue una mujer, la química Ruth Rogan Benerito.

Se decantó por la química para resolver problemas prácticos

Ruth Rogan Benerito. Wikimedia Commons.

Benerito nació en Nueva Orleans (Luisiana, Estados Unidos) el 12 de enero de 1916. Sus padres creían firmemente en los derechos y la educación de las mujeres. Ella misma definiría a su padre, ingeniero civil, como un pionero de la liberación de la mujer y a su madre, artista, como una “mujer verdaderamente liberada”.

A pesar de haber nacido y crecido en una época en que pocas mujeres se dedicaban a las ciencias puras, y en la que había aún menos puestos de trabajo para aquellas que lo hacían, ella optó por una carrera científica cuando ingresó en la universidad femenina a los 15 años. Al principio se sintió interesada por las matemáticas, pero descubrió que la única perspectiva laboral tras esos estudios era en una compañía de seguros calculando probabilidades.

Eran los años de la Gran Depresión en Estados Unidos y ella prefería dedicarse a resolver problemas prácticos de sus conciudadanos, así que pronto decidió que prefería la química. Cuando se graduó en 1935 uno de cada cinco estadounidenses estaba en el paro. Encontrar trabajo era difícil para los hombres y casi imposible para las mujeres. Lo habitual hasta ese momento para una mujer con título universitario era la enseñanza, pero en medio de la crisis y para reducir costes, las escuelas evitaban contratar a personal nuevo y repartían las asignaturas entre los profesores ya contratados, asignando a menudo las clases de ciencia a los entrenadores de fútbol. Benerito decidió continuar con sus estudios y convertirse en técnica de laboratorio.

Poco tiempo después, sí consiguió un puesto de trabajo en un instituto de Nueva Orleans, donde además de dar clases de ciencia tenía que impartir clases de conducción segura, con la dificultad añadida de que ella misma no sabía conducir. Al mismo tiempo logró su título de máster acudiendo a clases nocturnas. Ella y otra mujer, Margaret Strange, más tarde vicepresidenta de la Escuela de Medicina de la Universidad de Alabama, serían las únicas alumnas autorizadas para estudiar química física en la Universidad Tulane, masculina, junto con los estudiantes de ingeniería. “No les gustó nada de nada”, contaría ella más tarde.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial continuó dando clases de química, pero al terminar ella y su familia se mudaron a Chicago, donde ella realizó su tesis doctoral en física química yendo a clases y trabajando en ello de verano en verano. La Universidad de Chicago contaba entonces con un buen número de científicos ganadores de premios Nobel por su trabajo en el Proyecto Manhattan, y Benerito disfrutó mucho del clima intelectual y de recibir clases de “los mejores químicos del último siglo” en grupos de estudiantes muy reducidos.

De la docencia a la investigación cansada de la discriminación salarial

En 1953, cansada de la discriminación salarial en el entorno académico, decidió dejar las clases y trabajar como investigadora en el Centro Regional de Investigación del Sur (SRRC por sus siglas en inglés) de vuelta en Nueva Orleans, y allí siguió trabajando hasta su jubilación en 1986. Antes de centrarse en el algodón, desarrolló un método para inyectar soluciones grasas de forma intravenosa para ayudar a nutrir a soldados que habían sido gravemente heridos en la Guerra de Corea.

Centro Regional de Investigación del Sur en 1985. Wikimedia Commons.

El SRRC comenzó a funcionar en 1941 y fue uno de los cuatro centros de investigaciones establecidos por el Departamento de Agricultura de EE. UU. por todo el país para hacer frente a problemas agrícolas regionales y buscar nuevos usos para los cultivos locales. En Nueva Orleans esos eran los cacahuetes, los boniatos y el algodón. En 1958, Benerito se convertía en directora del Laboratorio de Reacciones Químicas del Algodón del SRRC. Fue una buena época en términos de financiación: en ese momento, en plena competición científica y técnica con la URSS, el gobierno estadounidense dedicaba grandes cantidades de dinero a la investigación.

Por entonces, el algodón había sido la fibra textil más utilizada durante siglos por sus positivas cualidades a la hora de hacer ropa: el resultado era cómodo, transpirable y fácil de teñir. Sin embargo se arrugaba con facilidad y necesitaba mucho planchado para tener un aspecto fresco y presentable. La causa está en la estructura básica del material, formado por cadenas de polisacáridos de celulosa unidas por enlaces de hidrógeno débiles que se rompen fácilmente durante los lavados y secados, dejando la tela arrugada. Este era un problema que muchas fibras sintéticas que empezaban a utilizarse, como el nylon o el poliéster, no tenían. Esto había hecho resentirse a la industria del algodón, que necesitaba un empujón para mantenerse a flote. El equipo de Benerito se lo dio.

Menos arrugas, menos plancha

Ruth R. Benerito. Tulane University.

Benerito y otro de los químicos del SRRC, Ralph Berni, trabajaron durante años conjuntamente en el área del algodón, centrándose entre otras cosas en modificar químicamente su estructura para que pudiese competir con las fibras sintéticas. Uno de sus avances fue el desarrollo de un nuevo proceso con el que tratar las fibras del algodón, llamado reticulación o cross-linking, en el que se sustituían los débiles enlaces de hidrógeno entre cadenas de polímeros por otros tipos de enlaces más resistentes, de forma que las prendas de ropa confeccionadas con esa tela salían de la lavadora y secadora sin arrugas. Esto revitalizó el sector del algodón, que volvió a ser el material apreciado que era antes.

Aunque a menudo es reconocida como la inventora del algodón que no se arruga, ella misma dijo muchas veces que sus contribuciones se basaban en las de otros antes que ella y que sus méritos no eran individuales: “No me gusta que se diga que yo inventé el wash-wear [el ‘listo para llevar’] porque hubo mucha gente que trabajó en ello y en los distintos procesos que dan al algodón esas propiedades. No hay una sola persona que lo descubriera o sea responsable de ello, pero yo contribuí a esos procesos para hacerlo”.

Abriendo camino a nuevos avances y tratamientos

A pesar de que sus palabras son ciertas y no falsa modestia, es innegable que sus avances al utilizar enlaces nuevos al algodón para evitar que se arrugasen no solo solventaron un problema práctico del día a día de los ciudadanos (especialmente de las mujeres, que eran las que planchaban), sino que abrió el camino a nuevas aplicaciones químicas para materiales textiles y de otros tipos: algodón resistente a las manchas, no inflamable o más resistente… Así como tratamientos a otros materiales como la madera o el papel entre otros.

Las contribuciones de Benerito a la ciencia del algodón fueron consideradas como algunas de las innovaciones tecnológicas más importantes del siglo XX en lo que se refiere a su aplicación en el día a día de la gente, motivo por el que entró en el Salón Nacional de la Fama de los Inventores en 2008 entre otros logros y reconocimientos, que también consideró siempre que eran mérito no solo suyo de toda la gente que le había apoyado y se había esforzado por ayudarla, desde sus padres y profesores a sus colegas de profesión.

Al final de su carrera contaba con más de 50 patentes y 200 publicaciones científicas. Fue además una apreciada conferenciante por su interés y defensa de la responsabilidad de los científicos para mejorar la sociedad y la vida de sus conciudadanos. Murió en 2013 a los 97 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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