Alice Ball, pionera afroamericana de la química y descubridora del primer tratamiento efectivo para la lepra

Alice Ball, 1915.

Alice Ball vivió una vida más breve de lo que nadie debería vivir: cuando falleció el 31 de diciembre de 1916 tenía solo 24 años. Mujer y afroamericana, tuvo que abrir a empellones algunas de las puertas que hasta entonces nadie como ella había abierto todavía. Por ejemplo, fue la primera mujer y la primera afroamericana en obtener un título de máster en la Universidad de Hawái. Y aun así, ese no fue su mayor logro: Ball desarrolló un tratamiento para la lepra que se convirtió en el más utilizado hasta que en los años 40 se crearon los primeros antibióticos. Tuvieron que pasar nueve décadas tras su muerte antes de que su trabajo fuese reconocido.

Pero empecemos por el principio, por el 24 de julio de 1892. Ese día, en Seattle, nació Alice Augusta Ball en una familia de clase media. Su padre, James Presley, era editor de periódico y abogado, y su madre, Laura Ball, era fotógrafa. Su abuelo materno había sido un famoso abolicionista y fotógrafo, cuya obra estuvo centrada en retratar a los grandes líderes negros de su época.

A principios de los 1900, Alice y su familia se mudaron a Hawái, donde ella fue al colegio, pero pocos años después, tras la muerte de su padre, volvieron a Seattle. Pasó allí sus años de instituto y se graduó en Química Farmacéutica por la Universidad de Washington. Sin embargo, volvió a la Universidad de Hawái y allí se convirtió en la primera mujer y en la primera afroamericana en obtener un título de máster en 1915.

La Universidad de Hawái la contrató como profesora de Química, y de nuevo fue la primera mujer y la primera afroamericana que obtuvo ese puesto. Además, fue en este momento cuando comenzó el trabajo por el que sería recordada muchos años después.

Ball empezó a investigar una cura para la enfermedad de Hansen, más conocida como la lepra, una enfermedad infecciosa que afecta a la piel, los nervios y las mucosas. Durante siglos, médicos chinos e indios habían estado aplicando aceite de chaulmoogra, una especie de árbol que crece en Asia, como principal tratamiento, pero con un éxito moderado: por un lado, podía aplicarse sobre la piel, de forma que proporcionaba cierto alivio pero no penetraba lo suficiente como para tener un efecto profundo; por otro, podía inyectarse, pero al no ser soluble en agua, era difícil hacerlo sin causar un importante sufrimiento a los pacientes, que en muchos casos terminaban prescindiendo del tratamiento.

El árbol de chaulmoogra y la placa a sus pies
en honor de Alice Ball. © Universidad de Hawái.

Así que Harry T. Hollman, ayudante de cirujano del Hospital Kalihi, conocedor de la habilidad de Ball como química y farmacéutica, le pidió ayuda para encontrar una solución. Y Ball lo hizo: logró extraer los principios activos del aceite de chaulmoogra, llamados ácido chaulmógrico y ácido hidnocárpico, y con ellos creó el primer remedio soluble en agua y por tanto fácilmente inyectable con el que aliviar y tratar a los pacientes de lepra. Solo tenía 24 años, y a causa de la inhalación de gases tóxicos durante su trabajo, enfermó gravemente. Moriría antes de cumplir los 25.

Por desgracia, Ball nunca llegaría a ver su método en aplicación. De hecho, estuvo cerca de sufrir la total usurpación de su trabajo. A causa de su muerte súbita y prematura, otro científico, Arthur L. Dean, continuó con sus investigaciones, publicó los resultados y trató de bautizar el descubrimiento como el método Dean. Fue su anterior jefe, el doctor Hollman, el que se encargó de que el reconocimiento fuese a quien se lo merecía: “Tras una considerable cantidad de trabajo experimental, fue la señorita Ball la que logró resolver el problema. El método es conocido como el método Ball“.

Aunque este método no era una cura, sí fue un gran alivio para los enfermos de lepra, y el único tratamiento efectivo hasta que se desarrollaron los primeros antibióticos para la enfermedad en los años 40. A pesar de ello, el nombre de Alice Ball pasó desapercibido durante décadas hasta que en los años 2000 la Universidad de Hawái lo rescató y le realizó el homenaje que merecía: desveló una placa en su honor junto al único árbol de chaulmoogra que existe en el campus.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Pérez Benavente (@galatea128) es periodista.

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