Mary Sherman Morgan, ingeniera de cohetes espaciales

Vidas científicas

En septiembre de 2013, George D. Morgan tuvo por primera vez entre sus manos uno de los ejemplares de su libro Rocket Girl (La chica del cohete). La publicación del volumen daba forma a casi una década de investigación, de recopilación de datos históricos y científicos.

La portada del texto también resaltaba el nombre de la doctora en ciencia Ashley Stroupe, quien diera vida al prólogo de la historia y asistido al escritor a la hora de profundizar sobre aristas de la Física y la Química presentes en el relato.

Poco antes, en 2008, Morgan había estrenado una representación teatral con el mismo argumento y título que la obra ahora publicada. El texto no fue considerado una exquisitez dentro de su trabajo como dramaturgo, aunque contara con algunos éxitos —Second to Die, Nevada Belle y Thunder in the Valley— en su carrera.

La tímida acogida que recibiera el guion no desanimó al autor. Continuó sus indagaciones con afán y el mayor apego a los hechos que le fue posible.

Sobre este último detalle, la crítica habló bastante, tanto en relación a la obra de teatro como al libro. Al parecer, muchos tenían dudas sobre la objetividad con que Morgan había conseguido plasmar los acontecimientos reales referidos en ambos proyectos, planteados como biográficos.

Al mismo tiempo, el escritor nunca se diezmó ante la carga emocional que el relato suponía para sí. Trató de contar la historia con todo el rigor que le permitieron adquirir los documentos reales a su disposición y las memorias llegadas a él gracias a la oralidad o sus propios recuerdos.

No se detuvo a dar explicaciones a quienes pusieron en juicio el resultado de sus desvelos. Las páginas de Rocket Girl serían las encargadas de contar al mundo la historia de la primera ingeniera química que creara un combustible capaz de conducir cohetes al espacio. La heroína de ese relato no era otra que Mary Sherman Morgan, madre el dramaturgo.

Una científica nacida de las praderas

Con ocho años, Mary nunca había puesto sus pies en una escuela. La pequeña era la quinta de los seis hijos sobrevivientes de Michael y Dorothy Sherman, dos granjeros ubicados en Ray, Dakota del Norte, Estados Unidos. Ambos padres habían acordado que su prole trabajara en las tierras familiares, en lugar de priorizar su educación.

Finalmente, los Servicios Sociales intervinieron y obligaron al matrimonio a enviar a sus hijos a las aulas. Esa simple acción burocrática cambió definitivamente la vida de Mary. A pesar de haber comenzado las lecciones un poco más tarde que otros niños de su edad, la pequeña demostró tener un curioso intelecto y pronto equiparó sus conocimientos con los de sus compañeros.

A los 14 años ya sabía que quería convertirse en química. Por ello, en 1939, tras terminar su educación secundaria, se matriculó en la Universidad Estatal Minot y encaminó sus estudios para graduarse de esa materia. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, torcería un poco sus planes.

Mary Sherman.

Con la incorporación de Estados Unidos a la contienda bélica, muchos jóvenes y obreros consagrados fueron llamados a filas. Las mujeres, por otro lado, permanecieron en el país pero ahora convocadas a dotar de nueva vida las fábricas y mantener la producción de alimentos y armas. Mary fue una de ellas.

Aunque no había terminado la carrera, sus conocimientos de Química le permitieron conseguir un puesto en una fábrica de Sandusky, Ohio. La muchacha se trasladó lejos de su hogar y comenzó a vivir con una prima y su esposo.

El empleo de Mary resultó ser una posición en Plum Brook Ordnance Works, una de las compañías encargadas de la producción de municiones para la guerra. La joven estuvo encargada de la producción de bombas con base en sustancias explosivas como trinitrotolueno (TNT), dinitrotolueno (DNT) y pentolita.

Hacia 1943, Mary descubrió que estaba embarazada. El estigma social que este hecho suponía para una mujer soltera le dejaba poco margen de solución. Sus opciones estaban entre un peligroso aborto ilegal o esconderse de sus familiares y amigos. Ella escogió la última variante.

Con poco más de 22 años, la muchacha dio a luz una pequeña niña, la cual fue adoptada pocos meses después por la prima de Mary y su esposo. El secreto fue celosamente escondido durante décadas.

Un paso hacia las estrellas

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Mary no contaba con un título universitario pero sí con un brillante currículo como diseñadora de explosivos. Con ese precedente, decidió aplicar a una posición en North American Aviation, una reconocida empresa, dedicada a la fabricación de aviones.

La joven fue aceptada y una vez más tuvo que trasladarse, en esta ocasión hasta Canoga Park, en California. Ahí, pasó a formar parte de la División Rocketdyne cuyo objetivo principal era calcular matemáticamente el rendimiento esperado de un particular tipo de motor.

El motor de propulsión interna había llegado para cambiar la industria aeroespacial. El adelanto científico había permitido la fabricación de aviones mucho más potentes, pero ahora la ciencia deseaba ir más allá y el siguiente nivel era el cosmos.

Mary, junto a otros 900 ingenieros hombres, formó parte de un selecto equipo de investigación. Su misión era conseguir que los cohetes pudieran sobrepasar la atmósfera terrestre.

Durante años, el proyecto se desarrolló de forma secreta en los laboratorios de North American Aviation. En esa época, la científica conoció al ingeniero mecánico George Richard Morgan, quien se convertiría en su esposo y padre de sus siguientes cuatro hijos.

A pesar del afán de los expertos norteamericanos, la Unión Soviética también buscaba con insistencia la forma de llegar al espacio. Lo consiguieron en octubre de 1957, con el lanzamiento de un satélite que se convertiría en el punto de partida de la competitiva carrera por el espacio.

Ese triunfo, al este del telón de acero, metió presión al proyecto encabezado por Mary, ahora centrado en las cualidades del propelente necesario para el despegue y puesta en órbita de los cohetes estadounidenses. El resultado alcanzado fue el combustible líquido Hydyne.

Lanzamiento del Explorer I.

El preparado era una mezcla formada por un 60 % de dimetilhidracina asimétrica (UDMH) y un 40 % de dietilentriamina (DETA). Fue reiteradamente probado antes de realizar un vuelo definitivo, el 31 de enero de 1958. Ese día, los norteamericanos lanzaron el satélite Explorer I, a bordo del cohete Juno I, que permanecería en el espacio cercano a la Tierra hasta marzo de 1970.

Mary incluso fue invitada a bautizar el nuevo combustible, de cuya creación había sido responsable. La investigadora propuso “Bagel”, pero el ejército, a cargo del proyecto aeroespacial estadounidense, rechazó esa idea.

La científica siguió trabajando en North American Aviation durante la mayor parte de su vida. Sin embargo, su carrera y los resultados obtenidos durante ella no se hicieron públicos hasta después de su muerte en 2004.

En palabras de su propia familia, Mary había sido una mujer discreta y sencilla que no buscó más aplausos para sus proyectos que el privilegio de ver cohetes en el espacio. No obstante, es importante recordar que el secretismo de la Guerra Fría y impidió un mayor reconocimiento a sus aportes.

Tras el fallecimiento de la pionera del combustible espacial, su viudo pidió a su hijo mayor un sencillo obituario. Aquella esquela se convirtió en una obra teatral, luego en un libro y todos ellos en la principal huella del talento de una mujer en el combustible de las naves espaciales.

Bibliografía

Sobre la autora

Claudia Alemañy Castilla es periodista especializada en temas de ciencia y salud. Trabaja en la revista Juventud Técnica.

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