JoAnn Morgan, la ingeniera que tenía “combustible de cohete en la sangre”

Cuenta Juan Fueyo, neurólogo y escritor en esta pieza de El País que cuando a JoAnn Morgan le enseñaron años después la foto de todo el equipo que trabajó en la sala de lanzamiento de la misión Apolo en Cabo Cañaveral, en Florida, y ella era la única mujer en un enorme grupo de hombres, no mostró un especial orgullo. Al revés. “Espero que instantáneas como esta no vuelvan a repetirse”, dijo.

JoAnn Morgan durante el lanzamiento del Apolo 11. Imagen: Wikimedia Commons.

Morgan nació el 4 de diciembre de 1940 en Alabama, cerca de donde estaba destinado su padre, piloto militar, durante los años de la Segunda Guerra Mundial. La mayor de cuatro hermanos, ella misma se ha definido después como una “pequeña niña precoz”. A la pequeña Morgan se le daban bien las ciencias y las matemáticas, pero su primera gran pasión fue la música. Su aspiración entonces era ser profesora de piano.

Sin embargo, al terminar la guerra su padre recibió un nuevo destino y eso cambió también la vida de Morgan. De Alabama se trasladaron a Florida, cerca de Cabo Cañaveral, donde su padre sirvió como administrador de artillería en el programa de cohetes de la Armada. Y eso fueron precisamente, los cohetes, lo que atrajo para siempre: despegaban al otro lado del río frente a su colegio, así que observarlos con sus amigos “era casi como ver fuegos artificiales en la playa”.

Más que fuegos artificiales: conocimiento por alcanzar

Empezaron a ser algo más que fuegos artificiales algo después, el 31 de enero de 1958, el día que el satélite Explorer I fue lanzado al espacio, el primero que lo hacía desde Estados Unidos. Antes de eso solo los soviéticos Sputnik y Sputnik 2 habían sido puestos en órbita con éxito.

El Explorer I fue fundamental para descubrir lo que ahora conocemos como el cinturón de radiación Van Allen: el satélite reaccionó a lo que parecía ser una gran cantidad de radiación, y a partir de ahí el físico James Van Allen desarrolló la teoría de que había partículas cargadas atrapadas en el campo magnético de la Tierra. Este fue el descubrimiento que inspiró a Morgan para esforzarse en formar parte del programa espacial.

“Pensaba para mis adentros que este profundo conocimiento debía ser compartido por todo el mundo en nuestro planeta. Era un descubrimiento importante y yo quería ser parte de ese equipo, me sentía atraída por esta oportunidad de aprender cosas nuevas”. La oportunidad para participar se presentó poco después cuando localizó un anuncio en el que se ofertaban dos puestos en la Agencia de Misiles Balísticos de la Armada para ayudantes de ingeniero. Buscaban dos estudiantes de ingeniería para trabajar en verano. “Gracias a dios el anuncio decía ‘estudiantes’ y no ‘chicos’, porque si no nunca me habría presentado”.

De la graduación al primer lanzamiento en una semana

Morgan era buena en matemáticas y ciencias, y consiguió el puesto. A los 17 años comenzó su implicación en la carrera espacial. “Me gradué del instituto un fin de semana y el lunes empecé a trabajar en la Armada. Participé en mi primer lanzamiento ese viernes por la noche”. Pasó varios veranos como becaria de la Universidad de Florida en la Armada en la estación que la Air Force tenía en Cabo Cañaveral. Este programa pronto se convirtió en una agencia dedicada enteramente a la exploración espacial: la NASA.

JoAnn Hardin Morgan con un modelo del transbordador
espacial. Imagen: Wikimedia Commons.

Así que Morgan dedicó los últimos veranos de su adolescencia a la NASA y el curso escolar a estudiar matemáticas en la Universidad estatal de Jacksonville. Sus capacidades y potencial eran ampliamente reconocidos, entre otros por Wernher von Braun, arquitecto jefe del cohete Saturno V que terminaría impulsando la nave Apolo hasta la Luna. “Todos mis mentores fueron hombres. Eso es un hecho que hay que reconocer”.

Otro de ellos fue Kurt Debus, el primer director que tuvo el Kennedy Space Center. Tras comprobar la formación y el trabajo de Morgan, que tenía experiencia escribiendo documentos técnicos, trabajando con sistemas de datos y construyendo componentes para ordenadores, la ayudó a validar sus conocimientos para obtener una certificación. Dos años después, Morgan tenía el título de ingeniera de Medidas e Instrumentación e ingeniera de Sistemas de Datos. En ese momento empezó a trabajar como ingeniera junior en su equipo. “Era mi destino estar en las operaciones de lanzamiento. Tengo combustible de cohete en la sangre”. Sus habilidades matemáticas y su experiencia como ingeniera no impidieron que tuviese que sufrir el peso de los prejuicios.

“No se pide a un ingeniero que haga café”

Cuando fue contratada para unirse al equipo, su supervisor, Jim White, reunió a todo el equipo menos a ella –todos hombres– y les dijo lo siguiente: “Va a unirse a nosotros una chica que quiere ser ingeniera. Tratadla como a un ingeniero, pero no es vuestra colega (usó el término buddy, colega en el sentido de amiga, no de compañera). Llamadla Señorita Hardin, no empleéis familiaridades”. A lo que uno de aquellos ingenieros respondió: “Bueno, ¿pero podemos pedirle que haga el café?”. White respondió: “No. No se le pide a un ingeniero que haga café”. White quería dejar claro que debían tomar a Morgan tan en serio como a cualquier otro de los allí presentes sin que el hecho de ser una mujer tuviese mayor relevancia.

Pero no siempre fue así: llamadas obscenas a su puesto de trabajo, el equipo de seguridad despejando los lavabos, solo para hombres, cada vez que ella necesitaba entrar, situación tras situación en la que tenía que dejar claro que ella tenía que estar allí y llevar a cabo su trabajo. “Hay que entender que en cada sitio al que iba –una revisión de procedimiento, un test de rendimiento, prácticamente cada aspecto de mi trabajo diario– yo era la única mujer en la habitación. Eso me hacía sentir un poco sola, pero por otro lado, me empujaba a hacer mi trabajo lo mejor que podía”.

Morgan también recibió el apoyo de otros compañeros. Tras un desagradable encontronazo con un jefe de pruebas en el que tuvo que intervenir su superior, otros ingenieros se esforzaron por hacerle saber que era parte del equipo. Rocco Petrone, que dirigió la salida del vehículo de lanzamiento de Saturno V se acercó a ella y le dijo: “JoAnn, aquí eres bienvenida”.

En la sala de control del lanzamiento a la Luna

En los siguientes años trabajó en los programas Mercury, Gemini y Apolo, y terminó ascendiendo a ingeniera senior, y aun así tardó años en tener acceso a la sala de lanzamiento durante los despegues, hasta que en la misión Apolo 11, la que pondría a Amstrong en la Luna, Karl Sendler, jefe de comunicaciones, requirió personalmente su presencia. Cuando la llamó a su despacho para decírselo quedó “prácticamente extasiada”.

Estar en el panel de control de la sala de lanzamientos durante el despegue del Apolo 11 fue quizá el gran momento de su carrera. Cabo Cañaveral tendría el control durante los primeros momentos de la misión, incluyendo un par de momentos críticos como el propio lanzamiento, y después este pasaría a la base de Houston, en Texas. “Fue una enorme validación, un apoyo absoluto a mi carrera”.

JoAnn Hardin Morgan. Imagen: NASA.

Una carrera que siguió adelante muchos años más. Obtuvo una beca y la aprovechó para obtener un título de máster en gestión científica por la Universidad de Stanford. A su vuelta a la NASA ocupó el puesto de jefa de la división de Sistemas de Computación. Eran los años 70, época en la que la agencia estaba pasando de utilizar viejos ordenadores enormes a nuevos equipos más pequeños. De nuevo, era la primera mujer que ocupaba ese cargo. “El personal tenía que adaptarse a los nuevos equipos, ¡y a mí! Y eso era mucho que tragar para algunas personas”. Una vez más demostró que era capaz de ocupar ese puesto, combinando una personalidad sureña amable y educada con una formación sólida en la materia.

Todo un futuro ahí fuera

Siguió ocupando distintos puestos dentro de la carrera espacial. Fue una de las dos últimas personas que verificaba el buen estado de los transbordadores antes de partir y también la primera mujer que ocupó una posición ejecutiva en el Kennedy Space Center. Su última gran misión fue la del envío de robots-rovers a Marte Spirit y Opportunity. “Fue muy divertido hacer entender a la gente que hay todo un futuro ahí fuera, una enorme riqueza de conocimiento que la NASA puede alcanzar”.

Los últimos años de su carrera Morgan fue Directora de Relaciones Externas y Oportunidades de Negocio hasta que se retiró en 2003. Aun sigue activa, patrocinando becas y programas de estudios para jóvenes que se decanten por carreras científicas, animándoles a seguir adelante especialmente en las épocas más duras, ya que asegura que las recompensas valen la pena el esfuerzo.

Referencias

Sobre la autora

Rocío P. Benavente (@galatea128) es periodista.

1 Comentario

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Javier CalahorraJavier Calahorra

Ánimo !!
Me ha encantado la iniciativa

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