¿Cuándo empezó la humanidad a usar el fuego?

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Es muy probable que el conocimiento del fuego por parte de los seres humanos se remonte muy atrás en el tiempo, porque los incendios naturales producidos por tormentas con sobrecogedores rayos, relámpagos y la espectacular, aunque menos frecuente actividad volcánica, llamarían poderosamente la atención de los primeros homininos desde sus orígenes. Sin embargo, averiguar cuándo nuestros antepasados lejanos empezaron a usar este elemento por primera vez es una tarea que encierra importantes dificultades y ha sido, y sigue siendo, fuente de intensos y acalorados debates.

José María Velasco: Escena del periodo Cuaternario
Paleolítico Superior. Wikimedia Commons.

La comunidad especializada admite hoy que el uso del fuego tuvo un gran impacto en el curso de la evolución humana. Sin embargo, hay especialistas que sugieren que tal hecho ocurrió hace en torno a 1,5-1,8 millones de años, mientras que, por el contrario, otros equipos de trabajo recuerdan que las pruebas fidedignas que indican la capacidad aprovechar el fuego no tienen más de 400 000 o 500 000 años. Un rango tan amplio de tiempo para asumir la antigüedad del uso de este elemento es principalmente debido a que sus restos son frágiles y solo se conservan bajo condiciones muy concretas.

Averiguar la época aproximada en que los homininos empezaron a beneficiarse de los incendios naturales sería de gran ayuda para estimar cuánto influyó en los acontecimientos más importantes de la evolución del cuerpo y la mente humana. No obstante, el conocido arqueólogo Michael Chazan, director del Centro de Arqueología de la Universidad de la Universidad de Toronto, ha explicado a la periodista y escritora científica colaboradora en revistas como The Scientist y Nature, Amber Dance que, «para considerar cómo impactó el fuego en el desarrollo de los homininos, es necesario desenterrar primero lo básico: la fugaz evidencia de las primeras llamas que de alguna manera fueron utilizadas por nuestros antepasados».

«Si se pretende obtener información sobre los primeros fuegos, tenemos que trabajar duro, realmente duro», continúa el científico, ya que «las pruebas son efímeras: sus huellas, en forma de cenizas o de suelos quemados, normalmente se deterioran por el viento o el agua. Incluso cuando las señales de potenciales combustiones están presentes, sorprenden las dificultades que encierra determinar su origen exacto, [debido a que] pueden ser el resultado de llamaradas naturales, de la capacidad de los homininos para atrapar llamas de un incendio cercano para su propio uso, o bien que los homininos ya tuvieran la habilidad de generar chispas y producir sus propias hogueras».

En los últimos años, ha venido aumentando considerablemente el número de equipos de investigación que sostienen que muchas de las estructuras únicas propias de la humanidad son el resultado de adaptaciones evolutivas específicas debidas a la exposición al fuego. En este contexto, los hallazgos llevados a cabo por el equipo al que pertenece Sarah Hlubik, de la Universidad George Washington, apoyan la hipótesis de quienes proponen una fecha temprana para el uso de tan valioso elemento.

Los prometedores hallazgos en un antiguo yacimiento

Sarah Hlubik es una arqueóloga y paleoantropóloga estadounidense que estudia los orígenes del uso del fuego por grupos humanos ancestrales. En la actualidad, forma parte de un proyecto de investigación (Koobi Fora Field School Research and Training Project), patrocinado por la Universidad George Washington y el Museo Nacional de Kenia. El trabajo tiene como objetivo investigar la presencia de restos arqueológicos de hogueras datadas entre 1,4 y 1,6 millones de años (Pleistoceno Inferior), descubiertas en un conocido yacimiento situado al norte de Kenia llamado Koobi Fora.

Se trata de un antiguo enclave donde en las décadas de 1970 y 1980, se detectaron pequeñas áreas de tierra enrojecida situadas a un metro por debajo de la superficie, asociadas a herramientas con una antigüedad en torno a un millón y medio de años. En base a sus semejanzas con lo que sucede en un lugar cuando el fuego calienta y oxida el hierro del suelo, los fragmentos de tierra hallados en el yacimiento se identificaron como posibles evidencias del uso humano de hogueras.

Con posterioridad, gracias al empleo de complejas técnicas modernas (como la susceptibilidad magnética, esto es básicamente, el grado de respuesta de un material al campo magnético; y la luminiscencia, o sea, la propiedad de ciertos cuerpos para emitir luz) lograron demostrar que la coloración observada había sido provocada por un gran calentamiento; no obstante, averiguar si se trataba de un hecho natural, resultado por ejemplo de los rayos de una tormenta, o bien provocado por la acción humana, es una cuestión que aún permanece bajo debate.

Sarah Hlubik. Imagen: Sapiens.

Asimismo, usando técnicas microarqueológicas, que permiten detectar huellas de fuego no visibles a simple vista, Sarah Hlubick y sus colegas han estudiado los posibles efectos que este elemento pudo haber tenido hace entre uno y dos millones de años a nivel ambiental y evolutivo sobre los homininos.

En el yacimiento se excavaron alrededor de 5 000 artefactos, principalmente astillas de huesos y lascas de piedra. Una vez en el laboratorio Sarah Hlubik, usando espectrometría infrarroja (tecnología básicamente empleada para identificar sustancias químicas), analizó alrededor de 800 fragmentos de hueso y encontró que 40 estaban definitivamente quemados, esto es, mostraban señales de intenso calor, y alrededor de otros 80 también podrían haber estado expuestos a las llamas.

Los 40 trozos claramente calcinados se hallaron reunidos en una pequeña zona de menos de un metro de diámetro, donde la científica sospechó que estaría el hogar en torno al que podrían haberse reunido los homininos. No obstante, advierte Hlubik en una conversación con la citada Amber Dance, es posible que los restos se hubieran quemado debido a llamas naturales, que los homininos ni usaron ni generaron.

En 2019, Sarah Hlubik y sus colaboradores publicaron un trabajo en cuyo título apuntaban «nuevas evidencias para un viejo debate»; presentaban pruebas datadas en un millón y medio de años relacionadas con el uso del fuego por humanos en Koobi Fora. La científica destacaba en el artículo que sus datos demuestran que el lugar de excavación no presenta señal alguna de haber sido perturbado o modificado por diversos agentes.

Si la época en que los homininos usaron el fuego se confirma definitivamente en torno al millón y medio de años o más, gran parte de la comunidad científica considera que representaría una ayuda muy significativa para a explicar las modificaciones en el aspecto físico de Homo erectus (especie surgida en torno a esas fechas) que lo asemejan a la humanidad moderna y lo diferencian de su predecesor Homo habilis, de caracteres mucho más arcaicos. Darían así la razón a quienes sostienen que las principales características anatómicas que distinguen a estas dos especies entre sí podrían ser debidas a que erectus estaba adaptado al uso del fuego para calentarse, cocinar y otras tareas.

Como apunta Sarah Hlubik, «una fecha temprana del control fuego ayudaría a explicar el grado de cambios observados en la anatomía y morfología de Homo erectus, que vivió en el largo periodo comprendido entre hace 1,9 millones de años y 117 000 años, mientras que una fecha posterior significaría que el fuego habría tenido poca influencia en el desarrollo temprano de nuestro linaje».

Sin embargo, hay quienes argumentan que las evidencias de fogatas en los yacimientos de Homo erectus todavía son muy escasas y poco convincentes. Hlubik, no obstante, se muestra convencida de que «tenemos al menos un ejemplo de fuego (usado por humanos) en el yacimiento de Koobi Fora, aunque no se puede decir si fue iniciado por los homininos o solo aprovechado por ellos».

El catedrático de fisiología de la Universidad del País Vasco, Juan Ignacio Pérez, ha recalcado que todavía no podemos responder con certeza a la cuestión de cuándo empezaron los seres humanos a controlar el fuego; pero reconoce que el trabajo de Sarah Hlubik y colaboradores «ha documentado la asociación entre combustión y comportamiento humano en un yacimiento arqueológico de 1,5 millones de años de antigüedad en la Formación de Koobi Fora». Y, continúa el profesor Juan Ignacio Pérez, «es muy posible que esa asociación también se produjese en otros lugares próximos de la misma época»; aunque el científico no olvida insistir en las importantes dificultades que encierra contar con pruebas del uso controlado del fuego tantos miles de años atrás.

Una cueva sudafricana brinda sugestivos resultados

En un refugio llamado Wonderwerk Cave, situado al sur del desierto de Kalahari, un amplio grupo interdisciplinar de especialistas procedentes de Israel y de Canadá ha encontrado indicios de hogueras que podrían tener una antigüedad en torno a un millón y medio de años. Este equipo lleva a cabo un interesante proyecto de investigación, llamado Wonderwerk Cave Research Project, iniciado en 2004 y codirigido por tres notables especialistas: las doctoras Liora Kolska Horwitz  y Naomi Porat, junto al citado profesor de la Universidad de Toronto Michael Chazan. Este proyecto cuenta además con la colaboración del Museo McGregor (Archaeology Department of the McGregor Museum) de Sudáfrica. Liora Kolska Horwitz del Instituto Zinman de Arqueología, Universidad de Haifa, es una respetada experta en fechar sedimentos depositados en el interior de cuevas; tarea que suele presentar notables dificultades debido a los complejos procesos de deposición y post-deposición que tienen lugar durante el transporte y acumulación de los componentes sólidos arrastrados por el viento, el agua, etc. Naomi Porat, del Servicio Geológico y Geoquímico de Israel, es una autorizada especialista en geomorfología, geología y arqueología prehistórica que ha participado mediante el uso de técnicas de luminiscencia en la determinación cronológica de importantes yacimientos en Israel y otros lugares.

Wonderwerk Cave. Imagen: Universidad de Toronto.

Ambas investigadoras, Kolska Horwitz y Porat, han trabajado intensamente en la estratigrafía arqueológica de la citada cueva sudafricana, encontrando que contiene evidencias de actividad humana, con señales que indican que fue ocupada de manera intermitente desde hace unos dos millones de años. Junto a su equipo de investigación, han identificado en un estrato del refugio la presencia de huesos y piedras talladas calcinadas, además de abundantes cenizas. Identificaron entonces estos restos como las primeras señales potenciales de fuegos intencionados de hace un millón de años o más.

Dado que los homininos empezaron a tallar piedras hace al menos 3,3 millones de años, las halladas en la cueva no son las más antiguas conocidas, pero si son las primeras descubiertas en el en el interior de un refugio, lo que indica que podría tratarse del primer uso de herramientas elaboradas «bajo techo» en vez de al aire libre, han explicado las investigadoras al escritor especialista en temas de arqueología, David Keys. Asimismo, señalan que los habitantes de la cueva probablemente no sabrían generar y controlar el fuego en el sentido de encenderlo, pero consideran posible que hace un millón de años ya lo estaban usando.

Los huesos, piedras y fragmentos calcinados se encontraron a unos treinta metros de la entrada al refugio, lo que implica una posición demasiado interna como para que una hoguera fuese el resultado de causas naturales. Tal localización ha llevado a las y los especialistas a postular que es posible que los homininos hubieran obtenido el fuego a partir de incendios generados espontáneamente en el exterior, trasladándolo luego al interior de la cueva donde lo utilizarían y conservarían.

Al respecto, el codirector del equipo, Michael Chazan, no olvida insistir en la necesidad de prudencia, ya que hasta ahora lo que se ha descubierto de forma definitiva es un pequeño fragmento con huellas de fuego en la cueva. De momento, arguye el arqueólogo, «estamos planeando más excavaciones con el fin de ampliar los hallazgos, pero advierte que el trabajo será científicamente complejo y, por lo tanto, es probable que lleve varios años».

Por su parte, un reconocido primatólogo especializado en el uso del fuego, Richard Wrangham, ha explicado a David Keys que si esta datación se confirma con certeza, sería «extremadamente significativa, pues retrasaría en el tiempo el uso probado del fuego por parte de los primeros homininos. [Este hecho] probablemente llevaría a replantear los hallazgos de otros yacimientos africanos incluso más antiguos que también indican un potencial uso del fuego por los humanos».

Subrayemos para terminar que, si bien es cierto que los últimos trabajos publicados están empujando la fecha más antigua sobre el aprovechamiento de hogueras cada vez más atrás en el tiempo, el debate aún está lejos de cerrarse. Los obstáculos con los que se enfrenta la comunidad de especialistas en estos temas son difíciles de superar y requieren una gran dosis de paciencia; los futuros esfuerzos dependen no solo de los yacimientos hallados y de las posibilidades para explorarlos, sino también de necesarias mejoras en técnicas que ya de por sí son complejas. Las excelentes contribuciones de diversas científicas, como las aquí citadas, y otras que no citamos por razones de espacio, representan aportaciones indiscutibles para arrojar luz, nunca mejor dicho, puesto que de fuego hablamos, a tan apasionante cuestión.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

2 Comentarios

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Carlos AmayaCarlos Amaya

El artículo muestra importantes aplicaciones científicas que arrojan certeza sobre el origen de la utilización del fuego. Pienso en aquellos homínidos valientes y arrojados que se atrevieron a acercarse por primera vez al fuego generado por la naturaleza, que hoy aún asusta, y lograron agarrar algún leño encendido para luego correr a un lugar seguro y observarlo arder. También pienso en los que tuvieron la idea de juntar otro leño al que estaba ardiendo para que el fuego no se extinguiera. Lo demás viene por añadidura. Muchas gracias.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Gracias por tu comentario, Carlos. Me ha gustado mucho. Es muy evocador pensar cómo nuestras antepasadas y antepasados empezaron a usar el fuego, a guardarlo y finalmente producirlo. Lo que sorprende un poco son las dificultades con que la ciencia moderna se encuentra para saber cuándo empezaron a hacerlo. Es muy difícil imaginar a grupos de homininos sin aprovechar este elemento tan sumamente útil. Un cordial saludo,
Carolina

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