¿Conformistas o asertivas?

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En muchas ocasiones nos falta confianza en nuestras capacidades. Creemos que valemos tanto como los demás opinen de nosotros. Nos evaluamos en función de reconocimientos y felicitaciones. Además, podemos percibir que la sociedad en la que vivimos no valora demasiado el esfuerzo, el talento, la necesidad de conocer y alimentar un espíritu crítico. Están en el punto de mira las personas que destacan por su brillantez o alguna otra habilidad relacionada con el conocimiento y la creatividad, sobre todo, si muestran impúdicamente que disfrutan con ello. Entonces, si no queremos malas caras, lo mejor es pasar inadvertidos, callar o disimular nuestros logros. Parece que sea lo más prudente ocultar ilusiones y ganas de compartir saberes en estos tiempos de quejas y pesares, de frases como “esto es lo que hay” o “es lo que toca”.

Imagen: Pixabay.

Pero, ¿cuál es el motivo del conformismo?, ¿son más influenciables las mujeres a las opiniones de los demás?, ¿todos buscamos de la misma manera la aprobación del otro?

En 1951 el psicólogo estadounidense Solomon Asch realizó una prueba de percepción visual entre alumnos universitarios. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes participantes. En realidad, se trataba de un experimento sobre aspectos sociales de la conducta humana. El experimento era muy simple: juntó a un grupo de siete alumnos, cómplices de Asch en la prueba. Mientras, un octavo estudiante entraba en el aula creyendo que el resto de compañeros participaban en la misma actividad que él. Haciéndose pasar por oftalmólogo, Asch les mostraba una tarjeta en la que estaba dibujada una línea recta vertical. A continuación, ponía al lado de la primera una segunda tarjeta con tres líneas verticales de diferentes longitudes con una de ellas idéntica a la dibujada en la primera tarjeta. Asch pedía a los participantes que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas era igual a la primera. Lo organizó de tal modo que el participante real siempre respondiera en último lugar, después de escuchar la opinión de los otros siete compañeros actores.

La respuesta era tan obvia y sencilla que apenas había lugar para el error. Sin embargo, los siete estudiantes compinchados con Asch respondían uno a uno la misma respuesta incorrecta. Este ejercicio se repitió dieciocho veces por cada uno de los 123 voluntarios que participaron en el experimento. A todos ellos se les hizo comparar las mismas cuatro líneas verticales, puestas en distinto orden. Solo un 25 % de los participantes mantuvo su criterio todas las veces que les preguntaron; se fiaron de sí mismos y las respuestas fueron correctas. El resto se dejó arrastrar al menos en una ocasión por la respuesta errónea de los demás. Tanto es así, que los participantes reales respondieron incorrectamente más de un tercio de las veces para no ir en contra de la mayoría. Una vez finalizado el experimento, los 123 alumnos voluntarios reconocieron que “distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho en voz alta por miedo a sobresalir en el grupo”. La conclusión es que estamos mucho más condicionados de lo que creemos para mantener un criterio propio, por muy sólido que sea éste. Para muchas personas, lo que diga la mayoría tiene una influencia muy poderosa en su comportamiento. No tomamos decisiones libremente, tenemos muchos condicionantes, pesan sobre nosotros muchos estereotipos, inseguridades y miedos.

Uno de los pares de cartas utilizados en el experimento. La tarjeta de la izquierda tiene la línea de referencia y la de la derecha muestra las tres líneas de comparación. Imagen: Wikimedia Commons.

Padecemos el síndrome de Solomon cuando adoptamos actitudes para no destacar en el grupo, aun sabiendo que lo que pudiéramos aportar fuera valioso. Para llegar a esa actitud es imprescindible boicotearse a uno mismo hasta que la profecía de creernos grises se cumpla. El objetivo es ser aceptados como parte del equipo, a cualquier precio. Para ello, se adopta una postura de inferioridad o de sumisión a opiniones diferentes a las propias, es decir, los conformistas cuidan el ego de los demás, no lo exponen a su ignorancia, para evitar desavenencias.

¿Estamos pensando en colectivos determinados? ¿Hemos oído alguna vez que las mujeres son más influenciables frente a críticas ajenas? Analizando estudios al respecto, sí aparece este sesgo de género, pero es muy cuestionable la calidad de los experimentos, la metodología empleada, los contextos, etc. En investigaciones más recientes se descarta una mayor influenciabilidad en las mujeres. En la actitud conformista intervienen muchas variables, desde un bajo concepto de uno mismo hasta condiciones ambientales como la composición del grupo, la autoridad ejercida, la importancia de ser admitido, el compromiso individual, condiciones de vulnerabilidad, etc.

En ocasiones, la estrategia adoptada para no sobresalir es inconsciente y aparece automatizada en muchas personas poco asertivas y en personas con miedo a la reacción del otro. Un ejercicio de autoconciencia con espíritu crítico es una buena herramienta para descubrir inercias y conformismos en cada uno de nosotros. Sin embargo, ser conscientes no basta para ser asertivos; tememos llamar la atención en exceso, incluso cuando podemos apoyar con buenos argumentos nuestras aportaciones.

En no pocas ocasiones, detrás de este tipo de conductas se esconde uno de los mayores lastres para el avance de nuestra sociedad: la envidia. Es fácil entender por qué este sentimiento paraliza el progreso en cualquier ámbito. Por un lado, las personas que se proponen no destacar, frenando sus buenas aportaciones, vuelven la mirada a sus carencias, a sus propios errores, a lo que no saben o no hacen bien, y el efecto es claro: anulan sus pensamientos e ilusiones para no provocar envidias. Esto alimenta una autoestima baja que termina por apagar cualquier atisbo de creatividad en estas personas. Por otro lado, las posibles aportaciones, incluso las ideas brillantes, quedan en el tintero, silenciadas por un entorno poco tolerante que se burla de lo que desconoce.

El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender lo absurdo de nuestro malestar por la opinión de los demás. Si lo pensamos detenidamente, tememos aportar buenas ideas por miedo a lo que unos pocos, casi siempre movidos por la incomodidad que les genera su ignorancia, puedan decir de nosotros para compensar sus carencias.

Imagen: Pixabay.

Ya vamos intuyendo que esta actitud es muy importante en las aulas. Los educadores debemos estar muy atentos a estas tácticas de disimulo por parte de alumnos con poca autoestima. Tenemos que hacer ver a niñas y niños, adolescentes, jóvenes, que siempre es bien recibida su participación. No sólo el profesor debe reconocer la generosidad del que aporta en clase, sino que sería bueno que el resto de compañeros fueran conscientes de lo interesante que es contar con nuevas perspectivas proporcionadas por otra alumna o por otro alumno. Siempre es positivo sobresalir de forma individual cuando se trata de aportar al grupo lo que uno piensa, con honestidad. Podemos aprovechar estas ocasiones de participación para que todos puedan valorar el esfuerzo de un compañero que comparte lo que ha aprendido, e incluso lo podemos verbalizar sin aspavientos, sin que en ningún momento se haga alusión a lo que el resto no sabe o no ha trabajado.

Otro punto a tener en cuenta es que muchas alumnas y muchos alumnos relacionan el éxito escolar con la marginación por parte del resto de compañeros. Entonces ponen en la balanza tener buenas notas o ser aceptados. Son sensibles a las burlas y las envidias que pueden llegar a anular su participación, por muy valiosa que fuera. Para evitarlo, habrá que reforzar los lazos de compañerismo en el aula, crear un ambiente abierto y tolerante.

Pensemos en chicos tímidos o alumnos con alguna dificultad o necesidad específica; podemos abrir el abanico y reflexionar sobre colectivos para los que es muy difícil mantener un criterio propio. Incluso hay situaciones concretas en las que ser asertivo es casi imposible. El conformismo, sea este inconsciente o asumido como estrategia, exige cambiar pensamientos propios, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría. El conformismo paraliza el progreso de una sociedad que pierde oportunidades para mejorar. El conformismo adormece la felicidad del que lo practica y pone en riesgo su autoestima, su individualidad y su compromiso personal, tanto en hombres como en mujeres.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

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