Rachel Carson y El sentido del asombro

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Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone que preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida (…).

Rachel Carson[1]
Rachel Carson. Wikimedia Commons.

En opinión de Rachel Carson, el sentido del asombro es clave para el desarrollo intelectual, moral y espiritual del ser humano.

Rachel Carson (1907-1964) fue una bióloga y escritora estadounidense cuyo libro más conocido, Primavera Silenciosa (Silent Spring[2]), es considerado, junto con Un año en Sand County (A Sand County Almanac[3]) de Aldo Leopold, uno de los libros más influyentes dentro del movimiento conservacionista norteamericano. Su profundo amor por la Naturaleza queda reflejado en cada uno de los textos que la sensible Carson escribía con gran meticulosidad y delicadeza y que son una verdadera delicia para cualquier lector que se adentre en ellos. Tan maravillosos son The Edge of the Sea[4], una hermosa narración sobre lo que se puede encontrar en el borde del mar o, El mar que nos rodea (The Sea Around Us[5]) donde describe el proceso de formación de los océanos, como su favorito, Bajo el viento oceánico (Under the Sea-Wind[6]) en el que relata con magistral precisión el comportamiento de los organismos que viven tanto en el mar como en la costa Atlántica. También exquisito, aunque mucho menos conocido, es El sentido del asombro (The sense of wonder[1]), una excelente guía didáctica sobre cómo y por qué cultivar la capacidad de asombro del niño.

En su origen, El sentido del asombro fue un artículo titulado Ayuda a tu hijo a asombrarse (Help your child to wonder) publicado en la revista Woman’s Home Companion en el año 1956. El deseo de Carson era ampliar y convertir este artículo en un libro pero, desafortunadamente, la muerte le sobrevino a la temprana edad de 56 años y el proyecto quedó inacabado, por lo que a día de hoy, sólo disponemos de una versión reeditada del mismo.

Asombro”, es el término que habitualmente se suele emplear para traducir al español la voz inglesa “wonder”. Sin embargo, el significado de ambos vocablos no es exactamente el mismo, siendo la diferencia de matices una cuestión importante para comprender adecuadamente el mensaje que Carson nos quería trasladar. La palabra “asombro” significa “gran admiración o extrañeza”, es decir, el asombro es la sensación de estupor producida por un fenómeno impactante o inexplicable. El asombro, no conduce necesariamente a la posterior reflexión. “Wonder”, en cambio, tiene la doble acepción de “sorprenderse” y “preguntarse”. Por consiguiente, “wonder” es la sensación de perplejidad que desencadena el pensamiento.

Help your child to wonder. Companion. USFWS.

En opinión de Carson, el sentido del asombro es innato al niño, aunque considera que esta exquisita y refinada capacidad de percepción que muestra el ser humano, especialmente antes de la adolescencia, termina por desvanecerse si no se cultiva adecuadamente. Para ello, es suficiente con que el niño comparta tiempo con, al menos, un adulto que aún mantenga viva la capacidad de asombrarse. El niño no dispone de herramientas para cultivar por sí mismo su enorme receptividad ante el mundo pero, en cambio, viene dotado de una enorme capacidad para el aprendizaje por mímesis de manera que si el adulto se asombra, el niño se asombra.

Carson tiene el convencimiento de que nutrir la capacidad de asombro infantil es útil no sólo para mantener el sentido del asombro intacto en la edad adulta sino porque, además, crea la base sobre la que anclar el conocimiento que el niño va adquiriendo y que devendrá en auténtico saber una vez alcanzada la madurez:

Si los hechos son la semilla que más tarde producen el conocimiento y la sabiduría, entonces las emociones y las impresiones de los sentidos son la tierra fértil en la cual la semilla debe crecer. Los años de infancia son el tiempo para preparar la tierra.  Una vez que han surgido las emociones, el sentido de la belleza, el entusiasmo por lo nuevo y lo desconocido, la sensación de simpatía, compasión, admiración o amor, entonces deseamos el conocimiento sobre el objeto de nuestra conmoción. Una vez que lo encuentras, tiene un significado duradero. Es más importante preparar el camino del niño que quiere conocer que darle un montón de datos que no está preparado para asimilar.

Rachel Carson[7]

Además, cultivar el sentido del asombro tiene, en opinión de nuestra protagonista, otros dos beneficios adicionales. Por un lado, facilita la adquisición de una ética ambiental y, por otro, el desarrollo espiritual inherente a todo ser humano.

Si bien la cuestión de la ética ambiental no llega a abordarse explícitamente en el artículo original, esta afirmación se deduce del estudio del total de su obra. Por ejemplo, en 1952 Carson escribe: “creo que, cuanto más claramente podamos centrar nuestra atención en las maravillas y las realidades del universo que nos envuelve, menos aficionados seremos a la destrucción”[8]. Carson constata que, simplemente por el hecho de cultivar el sentido del asombro, el niño desarrolla una imperecedera relación de respeto y amor hacia la Naturaleza que indudablemente guiará su toma de decisiones futuras con respecto al cuidado y a la conservación del medio ambiente.

Igualmente, nuestra protagonista considera que la actitud contemplativa está íntimamente relacionada con un vívido sentido del asombro. Carson, una mujer profundamente espiritual[9], evidencia que cultivar el sentido del asombro posibilita el desarrollo de la vida interior de cualquier persona Esa es, al menos, su propia experiencia personal. No en vano, el libro termina:

¿Cuál es el valor de conservar y fortalecer este sentido de sobrecogimiento y de asombro, este reconocer algo más allá de las fronteras de la existencia humana?, ¿es explorar la Naturaleza sólo una manera agradable de pasar las horas doradas de la niñez o hay algo más profundo?

Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualesquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine. Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera. Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno.

Rachel Carson[10]

Si, como Carson afirma, cultivar el sentido del asombro posibilita un mejor desarrollo intelectual que promueve que el niño pregunte por lo desconocido y explore el mundo natural en busca de explicaciones que le permitan comprenderlo; si cultivar el sentido del asombro facilita que el niño aprenda una conducta ética ambiental y que al mismo tiempo desarrolle la capacidad para ponerla en práctica; y si cultivar el sentido del asombro promueve que el niño vaya adquiriendo una mirada más profunda y universal acerca del mundo que, finalmente, terminará por acercarle a aquello que es verdaderamente importante y esencial en la vida, es evidente que los adultos debemos esmerarnos en cuidar la capacidad de asombrarse del niño.

Al menos, para la sensible e inteligente Carson era evidente. No es de extrañar, entonces, que deseara que el sentido del asombro infantil fuera indestructible.

Bibliografía

[1] Carson, R. 2012. El sentido del asombro. Ed. Encuentro. Madrid

[2] Carson, R. 2010. Primavera silenciosa. Ed. Crítica. Barcelona

[3] Leopold, A. 2019. Un año en Sand County. Ed. Errata Naturae. Madrid

[4] Carson, R. 1955. The Edge of the Sea. Ed. Mariner Books. Boston

[5] Carson, R. 2007. El mar que nos rodea. Ed. Destino. Barcelona

[6] Carson, R. 2019. Bajo el viento oceánico. Ed. Errata Naturae. Madrid

[7] Carson, R. 2012. Op. Cit. pp.29

[8] Carson, R. Discurso pronunciado durante la entrega de la medalla John Burroughs en 1952

[9] (a) Lear, L. 1997. Witness for Nature. Ed. Houghton Mifflin Harcourt. Boston. Reprint Edition, 2009; (b) Brooks, P. 2012. Biografía y obra de Rachel Carson. Precursora del movimiento ecologista. Ed. Gedisa. Barcelona

[10] Carson, R. 2012. Op. Cit. pp.44-45

Sobre la autora

Haydée Valdés González es Doctora en Química. Actualmente, trabaja para cambiar la forma en que se enseña la Ciencia en las escuelas.

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