Elisabetha Koopman Hevelius: la primera astrónoma que se asomó al cielo

A Elisabetha Koopman (1647-1693) y a Johannes Hevelius, quienes coincidieron en la ciudad de Danzig (actualmente conocida como Gdansk), les unía una promesa: el astrónomo le aseguró que cuando fuera mayor le mostraría “las maravillas del cielo”. Elisabetha guardó esas palabras como si fueran el mayor tesoro del mundo, y a los quince años, cuando creía que estaba preparada para aprenderlo todo sobre astronomía, volvió para cumplir esa promesa. Allí, en ese observatorio que Hevelius construyó en 1639 en su propia casa, guardaba todos los artefactos de grandes dimensiones que diseñó; era la ventana perfecta para asomarse al cielo.

Johannes Hevelius y Elisabeth Catherina Koopmann Hevelius. Imagen: Wikimedia Commons.

Imagino a Elisabetha en ese instante, movida por una fascinación incontrolable que le impedía concentrarse en otras cosas, acercándose a la casa, decidida pero nerviosa al mismo tiempo, porque por fin iba a conocer el misterio que tanto había alimentado desde la infancia: su amor por la astronomía crecería en esa casa. Además, Hevelius era la persona indicada para mostrarle las estrellas ya que era conocido por sus conocimientos y por tener una gran capacidad visual.

Elisabetha sabía escribir en latín (este dato se conoce por la correspondencia que mantenía con otros científicos, y lo hacía mejor que Hevelius, según algunos historiadores) y había aprendido a hacer los cálculos matemáticos necesarios para sus observaciones astronómicas que hacía a través de los instrumentos de Hevelius. Se la considera una de las primeras mujeres astrónomas de la historia y la madre de las cartas lunares.

Un incendio y tres publicaciones

A Elisabetha se la conoce por ser la segunda esposa de Johannes Hevelius (ella tenía 16 años y él 52 años cuando contrajeron matrimonio en 1663). Sin embargo, su trabajo en en el ámbito de la astronomía merece mayor atención ya que tras la muerte de su marido en 1687, publicó tres libros que el astrónomo no llegó a finalizar: Stellarum Fixarum (1687), Firmamentum Sobiescianum, sive Uranographia (1690), que contenía 56 cartas estelares y fue el atlas celestial más detallado e influyente del siglo XVII, y por último, el libro Prodromus Astronomiae (1690), una compilación de 1564 estrellas e información sobre sus posiciones para la que no se utilizó ningún telescopio.

Imagen: Wikimedia Commons.

Elisabetha completó y publicó este último; de hecho, agregó más de seiscientas estrellas nuevas y doce constelaciones que no figuraban en el borrador. No hay que olvidar que aunque las observaciones que se hicieron fueron a ojo desnudo, las mediciones eran muy precisas. Gracias a esas publicaciones conocemos el trabajo que hicieron ambos, pero muchos no llegaron a salir a la luz debido a un incendio que ocurrió en su casa, en 1679.

En muchas biografías que se han escrito sobre Hevelius no se cita a Elisabetha, aunque su labor como ayudante y sus habilidades matemáticas fueron mencionadas por su marido en el primer volumen de Machina Coelestis (1673), tratado en el que se describen sus instrumentos. Más adelante, en reconocimiento a su trabajo, bautizaron el nombre de la astrónoma polaca al asteroide 12625 Koopman y al cráter de Venus Corpman.

François Arago (1786-1853) decía de ella que fue “la primera mujer que no tenía miedo de enfrentar el cansancio de hacer observaciones y cálculos astronómicos”. En una noche estrellada, en esa terraza donde la pareja pasaba horas y horas observando las estrellas, es fácil imaginar la mirada de Elisabetha, su ojo a través del telescopio, su corazón acelerado, verdaderamente entusiasmada por dedicarse a lo que más ansiaba de pequeña. La promesa se cumplió: sus ojos exploraron las maravillas del cielo.

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

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