Las mujeres y el impacto del cambio climático

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El desafío que supone para todo el planeta el desastre climático inminente puede abordarse desde varias perspectivas: social, económica, antropológica, política, moral o desde una mezcla de ellas. Mientras se frenan inercias y se buscan soluciones, muchas mujeres de entornos rurales sufren los efectos del cambio en el clima desde varios frentes. Como dato de partida, en América Latina aproximadamente 58 millones de mujeres viven en entornos rurales, 17 millones están consideradas como parte de la población económicamente activa y algo más de 4 millones son productoras agropecuarias (FAO, 2012). Ellas intervienen directamente en la producción de alimentos y son las que mantienen la agricultura familiar, además de ser las responsables de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos. En estas circunstancias, el nivel de vulnerabilidad de este colectivo es muy alto ante impactos ambientales cada vez más frecuentes e intensos. Su cercanía a la tierra para conseguir alimento, agua y recursos energéticos es una realidad en muchos otros lugares del mundo, no sólo en Centroamérica y Sudamérica en los que centraremos el estudio. Así, los datos de mujeres en estos países pueden extrapolarse a entornos rurales de África y del sudeste asiático. Las consecuencias derivadas de fenómenos naturales severos, sequías prolongadas, lluvias torrenciales, olas de calor y huracanes, son acusadas de forma diferente por hombres y mujeres. La falta de formación sobre prevención, seguridad y actuación ante cualquier desastre natural es más notoria en ellas. Además, el cambio climático está provocando fuertes movimientos migratorios que en un futuro no muy lejano serán aún más importantes. En estos flujos las mujeres sufren perjuicios adicionales y acusan la ausencia de políticas equitativas en los lugares de reasentamiento. Por otro lado, en cuestiones decisorias en Agendas y Cumbres del clima, no siempre se incluye una mirada de género.

©FAO, Max Toranzos.

Sólo en Sudamérica y Centroamérica son más de 15 millones las personas afectadas por inundaciones, más de 3 millones por sequías severas y casi 5 millones por temperaturas extremas (Rigaud, 2018). Es ya constatable la ausencia de estaciones, la pérdida de zonas costeras por la subida del nivel del mar y la repercusión que todos estos cambios tienen en la pérdida de recursos naturales. Con estas amenazas concretas se pone de manifiesto la construcción social diferenciada de la vulnerabilidad; hombres y mujeres no actúan de la misma manera como consecuencia de los roles de género que tradicionalmente hayan adoptado. No se comportan del mismo modo para afrontar estos eventos y tampoco actúan igual al poner en práctica medidas resilientes después del daño.

Tenemos que considerar que las mujeres soportan desde dos frentes diferentes el impacto del clima: socioculturales y biológicos (Arana, 2017). Estos dos factores confluyen de manera activa en mujeres de zonas desfavorecidas. En cuanto a los factores socioeconómicos, es un hecho que en entornos rurales las mujeres tienen un acceso limitado a los recursos que pueden mejorar su capacidad de adaptación a los efectos del clima: escolaridad, acceso a la tierra, agua y créditos, participación en la toma de decisiones, capacitación y oferta de medios tecnológicos (Arana, 2017).

A menudo las tareas que llevan a cabo estas mujeres son sobre todo asistenciales, como proporcionar alimento y agua, abrigo y cuidados a niños, ancianos y enfermos, y otras que pasan desapercibidas y que son susceptibles de ser modificadas cuando el clima cambia de manera drástica; el deshierbado y el control de malezas, la recolección de plantas, frutas silvestres y leña. Evidentemente, son actividades no valoradas ni remuneradas. El cambio en el clima afecta también a la disponibilidad de biomasa para cocinar o calentar los hogares, que a su vez incrementa el trabajo y tiempo de las mujeres para obtenerla. Las niñas corren el riesgo de tener que abandonar su educación para trabajar más duro, buscando agua o en las actividades antes mencionadas.

Ya señalamos que el cambio climático, en su forma más severa, motiva movimientos migratorios que en muchas zonas se traducen en desplazamientos hacia el interior del país. El género es en estos casos un factor diferenciador ya que las mujeres están mucho más expuestas a la violencia física y a las consecuencias de unas condiciones sanitarias mínimas. Como también se responsabilizan de niños, enfermos y mayores durante los desplazamientos, su margen operativo se ve reducido. Por otro lado, las migraciones climáticas exigen políticas enfocadas a conseguir una reubicación sostenible y respetuosa con los derechos de los emigrantes, incluyendo educación, sanidad, protección social y, en definitiva, actuaciones que en muchas ocasiones no contemplan las necesidades de esta mitad de la población afectada de forma crítica.

©FAO, Max Toranzos.

Entre los factores biológicos que exponen más a las mujeres a los impactos del calentamiento global se incluye su condición física, que simplemente por una cuestión de distribución de grasa corporal, puede dar lugar a desórdenes metabólicos durante las olas de calor. Por este motivo incluso se producen muertes de mujeres durante estas épocas de altas temperaturas prolongadas. También son más frecuentes en mujeres las enfermedades transmitidas por insectos dada su mayor exposición a los mismos (Almeira, 2016). Los roles tradicionales de género hacen que las mujeres pasen más tiempo en el interior de sus casas, que es donde más abundan estos vectores. Esto también implica una mayor exposición a los productos fosforados con los que se fumiga para controlar las epidemias. El aumento de la temperatura media debido al calentamiento del globo ha cambiado los ciclos de vida y la distribución de estos transmisores y aumenta así el riesgo de contraer zica, paludismo y dengue. En las mujeres embarazadas pueden ocasionar otros problemas debido al sistema inmunológico deprimido en su estado, abortos, nacimientos prematuros o conbajo peso al nacer, o incluso microcefalia cuando se trata del zica. Por otro lado, dado que son las mujeres las que manipulan los alimentos y el agua, corren un mayor riesgo de sufrir enfermedades transmitidas por microorganismos que puedan estar en ellos en condiciones sanitarias deficientes (IPCC, 2014). Otro aspecto a tener en cuenta es que  al acarrear pesos varias veces al día, están más expuestas a desarrollar diversas dolencias en articulaciones, espalda, etc.

Es una realidad que en estos lugares las mujeres y las niñas tienen más dificultades  que los hombres para acceder a servicios de salud y para participar en espacios de formación activa. Esto tiene mucha importancia ya que la respuesta y capacidad de las mujeres para afrontar los problemas del cambio climático dependen en gran medida de la solidez de su salud, su bienestar y del acceso a información preventiva.

Otro aspecto negativo que cabe esperar, asociado a condiciones más severas en el entorno, es un retroceso en los avances conseguidos en las últimas décadas respecto a las inequidades de género. Con el empeoramiento de aspectos socioeconómicos se acentúa la brecha entre hombres y mujeres. Además, es probable que cambien los mecanismos de poder, las relaciones económicas y sociales y no es descartable un resurgimiento de los roles tradicionales de género (Arana, 2017).

Con todo esto es evidente que son necesarios planes de acción sobre género y cambio climático, uniendo la política nacional y los acuerdos internacionales de una manera concreta y sinérgica, proponiendo soluciones multisectoriales construidas colectivamente. También son importantes las asociaciones y organizaciones que tengan en cuenta los derechos de las mujeres en cuestiones de adopción de medidas y mitigación de daños por causas climáticas, como la Red Centroamericana de Mujeres Rurales, Indígenas y Campesinas y otras (Fernández Ampié, 2015).

En definitiva, sería deseable que las mujeres tuvieran un acceso equitativo al conocimiento, recursos y tecnología necesarios para afrontar de forma favorable los efectos adversos del calentamiento del globo. Las medidas políticas no sólo deben orientarse a paliar daños producidos por catástrofes naturales, sino que es necesario focalizar esfuerzos en reducir el nivel de impacto en la población con actuaciones de igualdad que proporcionen, también a las mujeres, la oportunidad de cooperar en la búsqueda de soluciones sostenibles.

Un cambio positivo en las medidas de acción ante la alerta climática sólo es posible atendiendo la diversidad y dando soluciones a sus especificidades; una de ellas es esta realidad de muchas niñas y mujeres.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

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