El sesgo de género y la Biología Celular

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Hace tres décadas, en 1988, The Biology and Gender Study Group, formado por reconocidos especialistas en Biología del Desarrollo, entre ellos Scott Gilbert, autor de uno de los más reconocidos libros de texto sobre esta disciplina, publicó un artículo, en la revista Hypatia, en el que repasaron los últimos datos conocidos entonces en Biología Celular con un enfoque de sesgo de género, poco habitual en aquellos años, y quizá todavía lo sea en la actualidad. En concreto, trataban de la fertilización, de la unión de gametos, óvulo y espermatozoide, para formar el zigoto, la primera célula del nuevo individuo.

Espermatozoide fecundando a un óvulo.
Imagen: Wikimedia Commons.

Hasta entonces, con la aceptación casi inconsciente de las ideas de Aristóteles de hace casi 2500 años atrás, sobre la conducta del macho, siempre activa, y la de la hembra, pasiva, el espermatozoide busca y el óvulo se  deja encontrar. La conclusión es inevitable: el hombre es activo porque así lo exige su enérgico metabolismo espermático; la mujer es pasiva porque no necesita más.

Es tan masculino el espermatozoide que, en muchos textos y relatos, se convierte en el héroe de una aventura, de una saga, escriben los autores. El que entra en el óvulo es un héroe extraordinario, que lucha contra millones y gana, es el triunfador. Quizá los lectores recuerden los créditos iniciales de la película Mira quien habla (Amy Heckerling, 1989), con el triunfante “¡He ganado! ¡He ganado!” del espermatozoide que llega al óvulo.

Esta heroica aventura me recuerda demasiado historias recientes de violación en grupo. Un multitudinario ejército masculino en busca de un óvulo pasivo o, si se quiere, un óvulo que atrae como un irresistible imán a millones de espermatozoides, que no pueden evitar conquistarlo. Cuando llega al óvulo y lo penetra, este queda sellado y ningún otro espermatozoide puede penetrar en él. El óvulo, que ya no es virgen, se convierte en una señora seria, virtuosa y formal. Y, además, si hasta entonces era pasivo, ahora comienza a trabajar a tope para construir el zigoto y cuidar al nuevo individuo en su desarrollo.

Sin embargo, los estudios de Gerald y Heide Schatten, desde comienzos de los ochenta, revelaron que el óvulo no era tan pasivo como se creía. En realidad, ya era conocido aunque fue ignorado durante décadas. Fue E.B. Wilson quien, en su publicación de 1895, reveló que, con el microscopio óptico, había observado que el óvulo formaba lo que llamó cono de fecundación cuando contactaba con el espermatozoide. Llegan millones de espermatozoides a la superficie del óvulo, a sus cubiertas y a su membrana celular, pero solo con uno de ellos se forma el cono de fecundación. Los Schatten, con el microscopio electrónico, vieron como el óvulo emite unas delgadas proyecciones tubulares, llamadas microvellosidades, que rodean la cabeza del espermatozoide y, lentamente, lo empujan al interior del óvulo. En muchas especies, el espermatozoide secreta enzimas que digieren las cubiertas externas del óvulo y, así, llegan a la membrana de la célula. Pero estas enzimas no son funcionales si no están activadas por secreciones del tracto reproductor de la hembra.

Gustave Doré: La bella durmiente (1867). Esta imagen aparece en el artículo “The energetic egg”
de Gerald y Heide Schatten. Wikimedia Commons.

La conclusión de Gerald y Heide Schatten, los primeros que explicaron la captura del espermatozoide por el óvulo, que aparece en su recomendable artículo The energetic egg, es que el óvulo captura al espermatozoide y lo lleva al interior de la célula para, con la aceleración de su metabolismo y con su núcleo, formar el núcleo del zigoto e iniciar el desarrollo del nuevo individuo. Para los Schatten, este rápido arranque del metabolismo del óvulo hasta entonces pasivo era, hasta entonces, una clara copia del cuento La Bella Durmiente, de los hermanos Grimm, que despertaba con el beso del Príncipe, o sea, del espermatozoide activo y salvador.

Añaden que es evidente que, para las especies que se reproducen sexualmente, con la unión de gametos, la fertilización es el hecho esencial que permite el éxito en la reproducción, objetivo esencial en la evolución. Por ello, que tanto el espermatozoide como el óvulo faciliten la fertilización provoca que cualquier proceso que ayude a ello, en ambas células, será seleccionado. La aparición de mecanismos de colaboración entre ambas células es inevitable. No hay células activas y células pasivas; en el éxito de la fertilización deben intervenir ambos gametos.

Al final de su artículo, The Biology and Gender Study Group escriben que la ciencia es una conducta humana creativa en la que individuos y grupos reúnen datos del mundo natural y tratan de buscarles un sentido. Cada uno de los elementos básicos de la investigación científica, es decir, conceptos, ejecución e interpretación, son consecuencia de la creatividad humana. Es más, son los mismos elementos que aparecen en la literatura, la música o el arte; son conductas que se relacionan habitualmente con la creatividad humana. Dos de estos aspectos de la ciencia se basan especialmente en la creatividad: el diseño de conceptos de un experimento y la interpretación final de los resultados obtenidos. Además, la interpretación de resultados, en el apartado de Discusión de una publicación científica, se incluye habitualmente en un relato mucho más amplio, con otros muchos textos, aunque siempre dependiendo, se supone, de los datos obtenidos en la investigación. O así debería ser. En resumen, que la ciencia es una conducta humana creativa, y como ocurre en las humanidades, poder ser objeto de crítica y debate. Hace unas décadas, en 1974, Lewis Thomas, en su libro Las vidas de la célula, proponía que la crítica y sus métodos se incluyera en los programas de enseñanza de ciencia y, en concreto, de biomedicina.

Por tanto, como un apartado creativo más de nuestra estructura social y cultural, la biología debe ser analizada desde cualquier punto de vista de nuestro entorno. En nuestro tiempo, la biología ha crecido como ciencia por las críticas que han llegado desde el análisis del sesgo de género en la investigación, sobre todo en la toma de datos y en la interpretación de los resultados. Con el control y, en último término, con la erradicación del sesgo de género, se conseguirá un mejor conocimiento de la biología. Siempre hay que tener en cuenta, como escribe Emily Martin, de la Universidad Johns Hopkins, que si aceptamos que lo cultural y lo social influyen en la investigación científica y, sobre todo, en sus conclusiones, entonces, cuando aprendemos biología, además de la disciplina, asimilamos creencias y prácticas como si fueran parte del mundo natural. Así, la imagen del óvulo y del espermatozoide en la cultura popular y en la ciencia están influidas por los estereotipos culturales de hombre y mujer. Escribe que “el óvulo se comporta femeninamente y el espermatozoide masculinamente”, es decir, el óvulo es pasivo y el espermatozoide activo, como la mujer y el hombre en nuestra cultura y en la sociedad.

Todo ello, como escribe Esther Rubio en 2010, cierra el círculo entre lo cultural y lo biológico, con lo masculino activo y lo femenino pasivo, desde la cultura que, a su vez, ayuda a describir lo biológico, con el activo espermatozoide, y con el óvulo pasivo, que, de nuevo, reafirma, desde la ciencia, los roles sociales masculino y femenino tradicionales.

Referencias

Sobre el autor

Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

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