Algunos detalles del sesgo de género en la ciencia

A menudo solo percibimos, si es que lo hacemos y hay quien no lo consigue nunca, lo más evidente. Sin embargo, los detalles cuentan y es con ellos, poco a poco, cómo se construye lo evidente. El sesgo de género en ciencia y tecnología (STEM) es, en lo que vamos a tratar, lo evidente e, incluso, lo aceptado por muchos. No me resisto a mencionar aquí el estudio de Ian Handley y sus colegas, de la Universidad Estatal de Montana, que, por encuestas al público y a miembros de facultades universitarias, descubre que los hombres evalúan menos favorablemente que las mujeres el contenido de un resumen de una investigación que demuestra el sesgo de género en STEM. O sea, que los hombres aceptan menos que las mujeres la demostración de la existencia del sesgo de género. Incluso esa diferencia es mayor entre científicos y científicas, entre investigadores universitarios STEM. En conclusión, que a los científicos les cuesta aceptar el sesgo de género que perjudica a las científicas. Pues bien, vamos a seguir este camino de las demostraciones de que el sesgo existe y los lectores verán, sean hombres o mujeres, la respuesta que dan. Y la dificultad quizá esté, propongo, en la ignorancia de los detalles. Aquí van algunos, y no están todos para los que he encontrado bibliografía.

Revistas de la American Geophysical Union. ©AGU.

Las revistas científicas invitan a menos mujeres que hombres para evaluar los artículos que les llegan para su publicación. Según Jory Lerback y Brooks Hanson, de la Universidad de Utah y de la Unión Geofísica Americana, en las revistas de esta organización el 80% de los evaluadores son hombres. Es de destacar que las mujeres rechazan con más frecuencia ser evaluadoras cuando se lo piden mientras que los hombres aceptan mucho más. Las científicas alegan falta de tiempo, mucho trabajo o no ser expertas en el tema que trata el artículo. Por ejemplo, entre los 20 y 30 años de edad, las mujeres no aceptan un 22% mientras que los hombres lo hacen en un 17%.

En las revistas del grupo Frontier, con temas como medicina, ciencia, ingeniería y ciencias sociales, con 9 000 editores, 43 000 evaluadores, 126 000 autores y 41 000 artículos publicados entre 2007 y 2015, el grupo de Markus Helmer, del Instituto Max Planck de Dinámica y Auto-organización de Gotinga, encontró resultados parecidos a los de la Unión Geofísica Americana. El porcentaje de mujeres evaluadoras es del 30% en 2015, con el máximo en Nutrición y Veterinaria y el mínimo en Cirugía y Neurociencia Computacional. Como ven, sigue habiendo temas para hombres y temas para mujeres. Una de las razones del sesgo está en que los editores tienden a elegir evaluadores de su mismo sexo pero, entre los científicos, el 50% lo hace siempre, y entre las científicas lo hace el 10% de las editoras.

Algunos de los temas tratados en las revistas del grupo Frontier. ©Frontier.

En las publicaciones científicas hay un apartado que reúne las citas de los trabajos anteriores de interés para el tema que se trata. Es obvio deducir que, cuanto más interesante sea una investigación, más la leerán otros autores y, por tanto, será citada más veces. Así, el número de citas de los trabajos de un autor es un indicador de la importancia y calidad de sus investigaciones. El número de citas de cada autor se utiliza para evaluar a los investigadores con referencia a peticiones de fondos y a progresar en su carrera profesional. Y, finalmente, una de las maneras más extendidas de que aumente el número de citas de un autor es que él mismo se cite en publicaciones posteriores; son las llamadas autocitas. Que, por cierto, se pueden detectar y eliminar si el evaluador lo considera necesario. Pero, de todas formas, las autocitas contribuyen a aumentar la visibilidad del investigador en su entorno profesional.

Pues bien, Molly King y sus colegas, de la Universidad de Stanford, han estudiado las autocitas en un millón y medio de artículos, publicados entre 1779 y 2011, que aparecen en la base de datos JSTOR. Los resultados del análisis encuentran que los científicos se autocitan un 56% más que las científicas. Y, cuando el análisis se centra en las dos últimas décadas, los 90 y los 2000, el porcentaje de autocitas de hombres supera en un 70% al de las mujeres. En cambio, cuando se miran los científicos que nunca se citan a sí mismos, las científicas ganan a los científicos en un 10%. En conclusión y como decía antes, de esta manera los científicos consiguen una mayor visibilidad que las científicas.

Como ocurre con los evaluadores de las revistas, en los congresos también escasean las científicas invitadas a dar conferencias en las sesiones. En el repaso que Robyn Kleyn, de la Universidad Washington de St.Louis, y diecisiete colegas hacen de las reuniones de inmunólogos en 2106, el porcentaje de científicas invitadas va del 15% al 56%. El máximo de científicas formando parte de las comisiones organizadoras se da en las reuniones en que hay más mujeres conferenciantes invitadas, aunque escasamente sobre pasan el 50%. En la Conferencia FASEB de Neuroinmunología, las científicas son el 100% de la comisión organizadora y el 56% de las conferenciantes. Por el contrario, en el 13º Congreso de la Sociedad Internacional de Neuroinmunología, el 85% del comité organizador son hombres y solo el 15% de los conferenciantes son mujeres.

Además y de nuevo, son los científicos los que más preguntan en las sesiones y conferencias de un congreso. Cuando Amy Hinsley y sus colegas, de la Universidad de Kent, asistieron al Congreso Internacional y Europeo de Biología de la Conservación, que se celebró en Montpellier en 2015, asistieron a treinta y cuatro sesiones y apuntaron las preguntas y quien las hacía al final de cada una de las charlas.

Encontraron que los científicos casi doblaban a las científicas: por cada pregunta de una investigadora, los científicos hacían 1,8 preguntas. Diferenciaron la edad de los asistentes en dos grupos, mayores y menores de 50 años, y las cifras no cambiaban entre grupos de edad. Por cierto, en la asistencia a las sesiones había una mayoría de mujeres con el 57% de presencia.

iStock.com/lovro77.

También hay pocas científicas en las listas de Premios concedidos por la labor investigadora, incluso sin contar la escasísima presencia en los Premios Nobel. Un estudio de Julie Silver y otras siete científicas de la Universidad de Harvard, sobre los premios concedidos a mujeres, de 1945 a 2017, por sociedades médicas de Estados Unidos lo confirma.

En diez de las catorce sociedades revisadas no hay ninguna científica premiada en los 72 años que han examinado las autoras. El máximo está en el 8,3% de mujeres premiadas por la Academia Americana de Dermatología. En esta sociedad, el 47% de los miembros son científicas, o sea, casi la mitad de los miembros son mujeres frente a menos de una de cada diez entre los premiados. Y es la sociedad con el máximo de premios a científicas.

Hay que tener en cuenta que muchas científicas no consideran que en su ambiente exista una desigualdad de género. Es lo que encontró Dana Britton, de la Universidad Rutgers, en Nueva Jersey, cuando entrevistó, en 2009 y 2010, a 102 investigadoras de trece universidades de Estados Unidos. Para la mayoría de ellas, el género no influía en su ambiente de trabajo, no tenían ese problema y, si lo sentían, lo minimizaban. Sin embargo, muchas de ellas sentían su ambiente de trabajo como “frío”. Para estas científicas, el género es un componente habitual en la práctica y en las expectativas de su trabajo. Solo en algunos contextos concretos lo sentían como una intrusión. Por ejemplo, en el trato con los estudiantes o en la conducta de un científico importante o de un director. Según la autora de este estudio, esta es una de las conductas sutiles y persistentes que permiten que la desigualdad de género se mantenga.

Carol Greider.

Una de las razones más repetidas de la desigualdad de género en STEM es que la científica que quiere ser madre tiene que detener su carrera investigadora durante un tiempo, normalmente cerca, o algo después, de los 30 años, y luego cuesta recuperar el tiempo dedicado a la maternidad. Se afirma con rotundidad que “la mujer es madre” y, esto es mi opinión personal, la conclusión inmediata y evidente de esta premisa, para mí, es que la igualdad de género se alcanzará cuando “el hombre sea padre”. En fin, volvamos a lo nuestro.

Dentro de las labores de la maternidad entran, según amplio consenso social, los cuidados a los hijos y, también, algo más. El estudio de Londa Schiebinger y Shannon Gilmartin, de la Universidad de Stanford, sobre las encuestas y curricula de los y las aspirantes a un puesto de su universidad nos aclara algo de lo que ser madre supone para una científica. Las mujeres de ciencia dedican unas diez horas a la semana a las labores del hogar, incluyendo cocina, limpieza y lavado de ropa, frente a las cinco horas, la mitad, que dedican los hombres. Más o menos esa mitad es lo habitual en cualquier pareja, en la sociedad occidental, sean científicos o no.

Las autoras cuentan que, desde Estocolmo y a las 5:30 horas de la mañana, llamaron a Carol Greider para comunicarle que le concedían el Premio Nobel de Medicina de 2009 por su investigación sobre la telomerasa. No estaba descansando o en el laboratorio, estaba en casa haciendo la colada y preparando el desayuno para sus hijos. Y, en las entrevistas posteriores a la concesión del Nobel, cuando lo contaba, lo consideraba algo habitual y aceptable.

Aquí termino, vale de detalles que, como decía al principio, nos presentan lo evidente. Que cada lector actúe como le parezca conveniente.

Referencias

Sobre la autora

Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

8 Comentarios

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Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Buen artículo. Los datos me parece muy útiles, y tenerlos en cuenta ayuda a ver realidades. Me ha gustado mucho: “la mujer es madre y la igualdad se alcanzará cuando el hombre sea padre”!
Una tontería a corregir: en el Informe de Stor dice… ublicados entre 1779 y 2011… y supongo será 1979.
Un cordial saludo y felicidades por el trabajo.
Carolina

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

La correción me parece, pero a ver qué dice el autor.
Besos, y reitero la enhorabuena por un trabajo tan útil y bien hecho.
Carolina

Eduardo AnguloEduardo Angulo

El artículo original dice 1779 y, por lo que se ve, un enorme trabajo de recopilación. Las autoras avisan de que en algunas apartados solo usan datos desde 1950.
Gracias por la lectura y las correcciones que siempre se agradecen.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

¡Más de 200 años de autocitas! Una información enorme: supongo que en muchos años las mujeres ni podrían autocitarse. Muy buen trabajo, Eduardo. Gracias por compartir, y no hubo corrección puesto que estaba bien.
Un cordial saludo,
Carolina

Vera Pawlowsky Glahn

Interesante artículo. ¡Gracias!

Hay un punto que me ha llamado la atención. Dices, en relación a la tasa de rechazo de invitaciones a revisar artículos, “Por ejemplo, entre los 20 y 30 años de edad, las mujeres no aceptan un 22% mientras que los hombres lo hacen en un 17%.” Yo creo que esta cifra, que no pongo en duda, habría que compararla con el número de invitaciones que recibe una mujer. Somos menos a invitar, por eso pienso que individualmente recibimos en media más invitaciones, lo que explica tener que rechazar más.

Un abrazo

Eduardo AnguloEduardo Angulo

Creo que las autoras lo que detectan es que las mujeres son más realistas y, si se quiere, humildes y veraces, sobre lo que o no saben y aceptan o no si creen que lo pueden hacer bien. Los científicos, en cambio, rechazan menos porque hay más que piensan que lo harán bien aunque eso no sea del todo cierto. En fin, quizá sea porque hay que mantener siempre la posición jerárquica que se tiene y, también, que esta conducta sea cuestión de testosterona…

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