Agnes Robertson Arber, erudita botánica de la primera mitad del s. XX

Agnes Arber (1916).
Imagen: Wikimedia Commons.

La acreditada doctora en biología Maura C. Flannery, profesora de la Universidad de St. John, Nueva York, experta en historia y filosofía de la ciencia, ha escrito en diversas ocasiones que «el nombre de Agnes Robertson Arber (1879-1960) quizás no resulte familiar a los biólogos actuales, pero sin embargo, fue una extraordinaria botánica de la primera mitad del siglo XX. Especializada en morfología vegetal, escribió siete libros y más de ochenta artículos sobre botánica, su historia y la filosofía subyacente».

Por su parte, el doctor Rudolf Schmid, profesor emérito de biología e historiador de la ciencia de la Universidad de California, Berkeley, ha rememorado que en 1952 el respetado botánico inglés, también pionero en el desarrollo de la ecología en el Reino Unido, Arthur George Tansley (1871-1955), describía a su colega y ex alumna del University College London (UCL), Agnes Robertson Arber, como «la británica contemporánea más distinguida y experta erudita en morfología vegetal».

En esta misma línea, continúa recordando el profesor Schmid, dos días después de la muerte de Agnes R. Arber, el diario The Times publicaba el 14 de marzo de 1960 un obituario redactado por el acreditado botánico galardonado con la Medalla de Caballero del Imperio Británico, William T. Steam (1911-2001). En su artículo hacía especial hincapié en la obra de la científica, destacando que «sus libros se han convertido en clásicos en su campo; todos están caracterizados por una gran amplitud de miras, visión filosófica, profundidad y atención meticulosa al detalle; han sido escritos con tanto encanto, claridad y estilo que quedan situados muy por encima de la literatura botánica habitual».

Sirvan estos párrafos como presentación de una excepcional botánica, cuya influencia en la biología del siglo XX ha sido muy profunda y, sin embargo, muy poco recordada. Debido a la riqueza que todo su trabajo encierra, queremos modestamente sumarnos a aquellos autores y autoras convencidos de que la vida y la obra de Agnes R. Arber merecen en la actualidad un cálido y respetuoso reconocimiento.

Estudios iniciales

Agnes Robertson nació el 23 de febrero de 1879 en Londres. Era la primera hija de Agnes Lucy Turner y del artista Henry Robertson; tuvo tres hermanos más. Desde muy pequeña, Agnes recibió regularmente lecciones de dibujo de su padre que era pintor profesional. Como ha relatado el paleobotánico británico miembro de la Royal Society, Hugh Hamshaw Thomas, el desarrollo de la capacidad artística siendo niña le proporcionaría  las habilidades necesarias para más tarde ilustrar sus propias publicaciones científicas.

Detalle de una flor de Cymbalaria muralis.
Imagen: Wikimedia Commons.

Cuando tenía ocho años Agnes Robertson empezó su asistencia al colegio (North London Collegiate School), fundado y dirigido por una gran defensora de la educación femenina, Frances Buss (1827-1894). Según ha señalado la citada bióloga Maura Flannery, este colegio era uno de los pocos que proporcionaba a las niñas una educación seria y rigurosa, incluyendo un fuerte compromiso con la enseñanza de la ciencia.

En el colegio, se despertó la fascinación de Agnes Robertson por la botánica. Estudió la materia con tanto ahínco que obtuvo las mejores notas de su clase en los exámenes, logrando publicar en 1894, con solo 15 años, su primer trabajo de investigación: un estudio ilustrado sobre la hiedra silvestre (hierba de campanario).

Además de incentivar fuertemente su vocación, escribe en The Royal Society Journal otra de su biógrafas, Kathryn Packer, «las clases del colegio también introdujeron a la joven Agnes en el trabajo del científico y poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), quien tendría considerable influencia en el posterior desarrollo de su carrera».

Encuentro con un referente vital: la ilustre botánica Ethel Sargant

En torno a 1895, Agnes Robertson conoció a la especialista en morfología vegetal Ethel Sargant (1816-1918), quien con el tiempo se convertiría en su tutora, colega y amiga. Quince años mayor, Sargant fue la persona que más estimuló el interés de la joven estudiante por la investigación y su metodología, como sostienen diversos biógrafos. Años más tarde, en 1927, Agnes escribiría sobre Sargant: «ha jugado un papel tan importante en mi propia vida que difícilmente puedo referirme a ella con el distanciamiento necesario».

Ethel Sargant.

La amistad entre ambas surgió cuando Ethel Sargant impartió unas conferencias sobre botánica en el colegio donde la joven cursaba sus estudios. La experta se quedó asombrada ante el interés de esta alumna, lo que la llevó a invitarla a visitar su laboratorio. Sargant era una valorada especialista que trabajaba con notable autonomía en su propia casa. De hecho, apunta Maura Flannery, «como muchas mujeres de su tiempo interesadas en la ciencia, Sargant encontró más fácil seguir con sus estudios independientemente en vez de intentar conseguir algunos de los escasos empleos profesionales abiertos a las mujeres».

Durante el verano posterior a la graduación de Agnes Robertson, en agosto y septiembre de 1897, Ethel Sargant la introdujo en el trabajo de laboratorio, específicamente en los entresijos de las microtécnicas necesarias para obtener buenas preparaciones del material vegetal, y saber cómo examinarlas e interpretarlas al microscopio.

Kathryn Packer ha destacado al respecto que en su primer libro de notas de laboratorio, Agnes Robertson detalla cómo aprendió el arte de cortar, teñir y observar correctamente las distintas clases de muestras vegetales. El tiempo de aprendizaje que la joven estudiante pasó en el laboratorio de Sargant, continua la biógrafa, resultó un modelo de suma importancia en su desarrollo profesional; prefiguró de manera implícita la forma independiente de investigar y el estilo de trabajo que desarrollaría en adelante.

Ese mismo año de 1897, Agnes Robertson entró en el University College London (UCL), fundado en 1826 pero que había admitido la entrada de mujeres solo a partir de 1878. Aquí, la joven estudiante conseguiría el grado de Bachiller Universitario en Ciencias (Bachelor of Science, BSc). Durante esos estudios, refiere Packer, obtuvo excelentes notas junto a varios premios y medallas.

Paralelamente, la colaboración entre Ethel Sargant y Agnes Robertson, centrada en las plantas monocotiledóneas (palmeras, lirios, cereales, etc.), fructificó en un interesante trabajo conjunto sobre especies del género Zea, al que pertenece el maíz.

Una carrera profesional extraordinaria

Tras graduarse, Agnes Robertson consiguió una beca para ingresar en el Newnham College, Cambridge, donde terminó su licenciatura en Ciencias Naturales con unas notas brillantes.

Como muy bien explica Kathryn Packer, la combinación de estudiar en el University College London y con posterioridad en Cambridge, dio a la incipiente científica una buena formación en lo que se llamaba «nueva botánica». Se trataba de una novedosa perspectiva en aquellos años basada en gran medida en el trabajo de destacados botánicos continentales, quienes introdujeron una aproximación experimental al estudio de las plantas. Hasta el momento, este tipo de investigaciones había estado centrado solo en la sistemática descriptiva, pero ahora se trataba de incluir también el estudio de la morfología y la fisiología de los vegetales.

Tras graduarse en Cambridge en 1902, continúa Packer, Agnes Robertson publicaba un año más tarde su primer artículo en Proceedings of the Cambridge Philosophical Society, titulado «Notas sobre la anatomía de Macrozamia heterómera» («Notes on the anatomy of Macrozamia heteromera»), planta con aspecto de palmera que pertenece al grupo de las Gimnospermas.

La joven doctora, que había leído su tesis en 1905, se casó el 5 de agosto de 1909 con el paleobotánico y profesor en Cambridge, Edward Alexander Newell Arber (1870–1918); desde entonces empezó a llamarse Agnes R. Arber. La pareja tuvo una única hija, Muriel Arber (1913-2004), que con el tiempo se convertiría en una conocida geóloga. Según diversos biógrafos, Agnes y su marido tenían muchos intereses en común, apoyándose mutuamente en sus respectivas profesiones. No obstante, el matrimonio no duró mucho porque Newell Arber murió de tuberculosis pocos años después de la boda. La científica no volvió a casarse y vivió en Cambridge con su hija por el resto de su vida.

Herbals (1912).

El primer libro importante de Agnes Robertson Arber salió a la luz bajo el título de Herbals, their origin and evolution, 1912 (Herbarios, origen y evolución). Para escribirlo trabajó a partir de una serie de obras de notable belleza consideradas centrales entre 1470 y 1670, describiendo la emergencia y el desarrollo de la botánica como disciplina dentro de la historia natural.

La joven científica pudo realizar esta investigación, subraya Packer, gracias a que tuvo la oportunidad de consular la enorme colección de herbarios de la biblioteca de la Escuela de Botánica de Cambridge. A partir de estos estudios, continua Packer, «la historia de la botánica y sus herbarios cautivaron hondamente a Arber a lo largo de toda su vida».

La obra, abreviadamente llamada Herbals, publicada por Cambridge University Press, se convertiría en el trabajo más conocido de Agnes R. Arber, alcanzando otras dos ediciones; la segunda en 1938, ampliada y meticulosamente corregida por la autora; y la tercera en 1986. Aún hoy, añade el profesor Rudolf Schmid, «es considerada como un trabajo de referencia para la historia de los herbarios».

Water Plants (1920).

En 1920, salió a la luz otro valorado libro de Arber que llevaba por título Plantas acuáticas: un estudio de las angiospermas acuáticas (Water Plants: A Study of Aquatic Angiosperms). El tratado proporcionaba por primera vez una cuidada descripción general, junto a una minuciosa interpretación de este tipo de vegetales aún poco analizados. Al igual que en otros estudios botánicos de la científica, el trabajo contenía numerosas ilustraciones, la mayoría hechas por la propia autora y acompañadas de una leyenda escrita a mano.

Poco después de la publicación de este libro, la mentora y amiga de Arber, Ethel Sargant, optó por mudarse a vivir cerca de su apreciada colega. Esta proximidad, destaca Rudolf Schmid, permitió que ambas botánicas estrecharan su interacción personal y profesional, lo que se plasmaría en la publicación de un trabajo conjunto sobre las gramíneas en abril de 1915.

Tres años más tarde, Arber sufriría un golpe importante en su vida: la muerte de su querida amiga Ethel Sargant. Su pesar quedó reflejado en diversos obituarios que escribió recordándola.

Rudolf Schmid, y también otros autores, han relatado que poco antes de fallecer, Sargant pidió a su amiga que se hiciera cargo de un libro que en 1910 había acordado escribir para la serie de Manuales de Botánica de Cambridge. Agnes Arber aceptó el compromiso para realizar esa tarea. Se trataba de una obra dedicada a un grupo de monocotiledóneas que formaban parte de una destacada línea de investigación empírica en la que ambas científicas ya habían colaborado previamente. Con todo, era un complejo trabajo que Arber tuvo que sumar a sus propias responsabilidades; en total le llevó siete años completarlo.

Monocotyledons (1925).

Finalmente, en 1925 salía publicado bajo el título de Monocotiledóneas (Monocotyledons); un hermoso libro con numerosas y cuidadas ilustraciones, combinadas con un resumen sobre los principios generales de la morfología vegetal y la filosofía subyacente a esos principios. Arber dedicó esta valiosa obra a la memoria de Ethel Sargant. En el prefacio, como refiere Schmid, apuntaba: «Recibí de ella una formación para la cual ninguna expresión de gratitud sería válida […]. Trabajar con Ethel Sargant me permitió tomar consciencia de la labor científica como una aventura sin final de la mente; al dedicar este libro a su memoria, lo dedico al verdadero espíritu de la investigación».

El último libro de Arber concerniente a la morfología vegetal vio la luz en 1934. Bajo el título The Gramineae: A Study of Cereal, Bamboo and Grass, explicita Flannery, la científica describía la embriología y los ciclos de vida reproductivo y vegetativo de cereales y pastos, al tiempo que reconocía claramente la importancia de estas plantas en las sociedades humanas. Publicado por Cambridge Botanical Handbooks, el libro, que le llevó diez años de investigación, estaba tan profusamente ilustrado que algunas páginas presentaban más dibujos que texto. Tal abundancia de imágenes ha sido considerada por gran número de especialistas como una prueba de la importancia que la científica otorgaba a la iconografía.

Agnes R. Arber publicó, además, multitud de artículos de investigación botánica en diversas revistas especializadas, labrándose así un magnífico currículo que la llevaría a ser valorada como una gran experta por la comunidad científica internacional.

El trabajo en «una habitación propia»

La mayor parte de la labor de investigación empírica realizada por Agnes R. Arber tuvo lugar en un pequeño espacio del que dispuso durante 17 años en el Balfour Laboratory for Women perteneciente al Colegio Newnham de Cambridge. Sin embargo, este centro se vio obligado a cerrar en el año 1927. Cuando Arber solicitó al director de la Escuela de Botánica otro sitio para trabajar, su petición fue denegada, relata Maura Flannery.

En este contexto, Kathryn Packer ha apuntado que «si ella hubiera sido un hombre con un currículo semejante, muy probablemente habría podido ocupar un cargo académico. Como mujer, era más difícil negociar tal solución sin realizar concesiones en términos de su estilo de trabajo». Packer se refiere al aparente escaso interés de Arber por la enseñanza o por participar en la gestión universitaria.

En suma, los hechos no dejaron a Arber otra opción que trabajar en su casa. Gracias a su determinación y buen criterio logró continuar con sus investigaciones, pese a las dificultades con las que se enfrentó para disponer de un laboratorio propio. Tal como describe Packer, la científica estaba familiarizada con la idea de la investigación privada, en gran parte debido a la influencia de Ethel Sargant. En este sentido, Arber había expresado con anterioridad que «la concentración de mente necesaria para un pensamiento independiente se alcanza con mayor facilidad en un lugar donde se pueda disfrutar de una generosa proporción de soledad, frente a un populoso laboratorio donde incesantemente la gente entra y sale».

Agnes Arber (1946).
Imagen: © National Portrait Gallery, London

A partir de comienzos de la década de 1940, Arber fue abandonando paulatinamente sus trabajos empíricos sobre morfología vegetal, centrando el foco de su interés en la historia y filosofía de la ciencia. A estos temas estuvieron dedicadas sus siguientes publicaciones como revelan, junto a otras biógrafas, Maura Flannery, Kathryn Packer o Rudolf Schmid.

Dada la extensión de la obra de Agnes Robertson Arber, dedicaremos una próxima entrada de este blog a la segunda parte de su carrera profesional. No queremos, sin embargo, terminar sin recordar que esta singular bióloga recibió a lo largo de su vida numerosos premios y reconocimientos. Entre los más importantes cabe recordar que fue la primera botánica en recibir el honor de ser elegida miembra de la Royal Society de Londres (Fellow of the Royal Society of London).

Como describe el profesor Rudolf Schmidt, la mención de la Royal Society decía: «La Dra. Agnes Arber, de Cambridge, ha sido distinguida por su sobresaliente contribución a la elucidación de la morfología de las plantas con flores, especialmente las monocotiledóneas». Cabe apuntar, continúa Schmidt, que en el mismo día se eligieron veinticuatro hombres.

Por su parte, la escritora Kathryn Packer ha sostenido que «el hecho de que [Arber] trabajara de forma individual en una época en que la ciencia estaba perdiendo las ideas del siglo XIX de caballeros amateurs convirtiéndose en una actividad totalmente profesionalizada e institucionalizada, hizo incluso más sorprendente que fuera la primera mujer botánica elegida como miembro de una institución tan importante como la Royal Society».

Dos años después, el 24 de mayo de 1948, Agnes Robertson Arber fue premiada con la Medalla de Oro de la Sociedad Linneana de Londres (Gold Medal of the Linnean Society of London). Era la primera mujer en recibir tal medalla, considerada «el premio mayor de la Sociedad Linneana», instituido desde mayo de 1888 cuando se festejó el primer centenario de la fundación de esta Sociedad.

En la ceremonia de entrega de la valorada condecoración, señala R. Schmidt,  el Presidente Gavin R. de Beer (1899-1972), zoólogo y erudito lingüista, presentó la medalla y declaró (entre otras cosas):«Premiando con la Medalla Linneana a la Dra. Agnes Arber, la Sociedad se honra a sí misma por incluir en la lista de los receptores de este galardón a alguien cuya incansable investigación ha enriquecido a la botánica y ampliado sus fronteras, convirtiéndose en una autoridad puntera en el mundo en varios de sus aspectos».

Pese a que estos, y muchos otros aportes de Agnes Robertson Arber han permanecido olvidados durante décadas, nos satisface subrayar que en los últimos años, gracias a los esfuerzos realizados por los estudios con perspectiva de género, la magnífica obra de esta científica tan especial que dedicó su vida a la belleza de las plantas, ha vuelto a ser valorada como se merece.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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