Helen Murray Free (1923): Una revolución en el campo de las pruebas de diagnóstico

Hoy en día todo el mundo es capaz de reconocer las tiras reactivas de orina, sistemas de diagnóstico que mediante un examen de orina detectan cambios patológicos en un paciente. Pero lo que ahora parece corriente, antes fue una idea transformadora. Los inventos parten de ideas trémulas, vacilantes al principio, pero luego cogen cuerpo, se asientan y acaban con la incertidumbre. Mario Benedetti decía en un poema que “se retrocede con seguridad, pero se avanza a tientas, uno adelanta manos como un ciego”. La primera sensación que tuvo la química Helen M. Free pudo ser de desconcierto porque trató de buscar algo que no existía, pero más tarde supo acallar la duda conforme avanzaba en su tarea.

Ella fue la inventora de esas tiras reactivas y revolucionó el campo de análisis de orina y muchos sistemas de autocomprobación en personas con diabetes. Junto a su marido, Alfred Free, desarrolló las primeras tiras reactivas de inmersión y lectura, que se comercializaron por primera vez en los años 50 del siglo pasado.

Helen Murray Free y Alfred Free. Imagen: ACS.

Helen nació en 1923, en Pittsburgh (Pensilvania). Su intención era convertirse en profesora de inglés y latín pero tras el ataque a Pearl Harbor en 1941, se decidió por la química. Este acontecimiento histórico fue la razón de este cambio ya que muchos jóvenes fueron reclutados por el ejército y alentaron a las mujeres a elegir las carreras científicas. Helen se licenció en 1944, en el Colegio de Wooster, y posteriormente fue elegida para ocupar un puesto en los Laboratorios Miles, para evaluar la calidad de los ingredientes vitamínicos. Más tarde, consiguió un puesto junto al bioquímico Alfred Free, con el que se casó dos años después, y lo que es más importante, con el que dio comienzo a una simbiosis casi perfecta en el terreno de la ciencia.

De invento en invento

Helen trabajó principalmente en la División de Diagnósticos. Allí, se encargaba de las pruebas de laboratorio clínico que llegaban sobre glucosa, bilirrubina y otros analitos en orina y sangre. Su trabajo consistió en desarrollar, junto con su marido, los sistemas de autodiagnóstico que utilizamos hoy en día. De esta colaboración nacieron varios trabajos pioneros. En primer lugar, mejoraron el Clinitest, una tableta que medía los niveles de glucosa en la orina de los pacientes diabéticos. Más tarde, desarrollaron el Acetest. Y este, por último, les llevó a inventar el Clinistix, las primeras tiras reactivas colorimétricas que se comercializaron en 1956. Asimismo, esta pareja fue capaz de crear tiras para probar niveles de indicadores clave para otras enfermedades. Para 1975, Free ya contaba con siete patentes. Ese mismo año, la pareja publicó un libro titulado Urinanalysis in Laboratory Practice (Análisis de orina en la práctica de laboratorio).

Dentro de Miles, tuvo distintos cargos; trabajó en el Departamento de Crecimiento y Desarrollo en 1969 y unos años más tarde, en 1976, se convirtió en directora de Sistemas de Pruebas Especiales. Además de su licenciatura en química, estudió un máster en Administración de Atención Médica en la Universidad de Michigan Central, en 1978. De esta manera, llegó a ser directora de Servicios de Marketing para la División de Productos de Investigación en el momento en el que el laboratorio pasó a las manos de Bayer Diagnostics.

Helen se retiró en 1982, pero nunca ha dejado su trabajo del todo. A día de hoy, es consultora de la compañía, además de educadora y divulgadora científica. Ella siempre ha ayudado principalmente a mujeres y a estudiantes desfavorecidos a través de programas como Kids and Chemistry y Expanding your Horizons.

Una química de renombre

Helen Murray Free. Imagen: ACS.

A lo largo de su carrera como científica ha logrado varios premios y distinciones. La American Chemical Society, por ejemplo, creó un premio de divulgación en su honor: Helen M. Free Award in Public Outreach. Cabe destacar que fue elegida presidenta de esta misma sociedad en 1993. Del mismo modo, dirigió la Asociación Americana de Química Clínica en 1990, y en 2006 recibió su premio. Entre las distinciones más recientes, y quizá la más mediática, fue la Medalla Nacional de Tecnología e Innovación que le otorgó el ahora expresidente de EE. UU., Barack Obama, hace diez años. Cuenta también con la medalla Garvan-Olin (1980) y el Premio Kilby (1996), entre otros. Asimismo, pasó a formar parte del Salón de la Fama de los Inventores Nacionales y en 2011, ingresó en el Salón de la Fama de la Mujer.

Mark Twain dijo en una ocasión que “el cerebro humano está hecho de tal manera que no puede crear nada en absoluto; solamente puede usar material ya existente”. Igual de pesimista fue, según una leyenda urbana, un encargado de la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos que en 1899 dimitió y recomendó cerrar dicha oficina porque pensó que “todo lo que podría ser inventado, ya estaba inventado”. Más allá de este mito, es difícil imaginarse cómo una persona empieza un día cualquiera a dedicarse a la invención y si en tal caso, se dejaría persuadir por la máxima de que ya no queda nada por inventar. Quizá Helen empezó cuando alguien gritó desesperado: “¿Es que ya nadie va a inventar nada nuevo?”. Después de todo, los orígenes de cada idea suelen ser un misterio, incluso para la persona que los inventa.

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

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