Annie Easley, la matemática que abrió paso a mujeres y afroamericanos en la carrera espacial

Annie Easley, NASA.

Annie Easley entró en el National Advisory Committee for Aeronautics (NACA), el organismo que precedió a la NASA, por casualidad. Simplemente, necesitaba un empleo. Ella no sabía entonces lo que nosotros sabemos ahora: que esa casualidad era el principio de una carrera de más de tres décadas como programadora, matemática y científica aeroespacial especializada en cohetes.

Pero antes de todo eso, Easley fue una niña afroamericana creciendo en Alabama durante la década de los años 40 y 50. Vivió un fuerte clima de segregación racial dentro del sistema educativo que no le puso las cosas fáciles. A pesar de ello, su madre le inculcó desde pequeña que podía conseguir lo que quisiera si se esforzaba lo suficiente, y que para eso tenía que estudiar. Así que Easley estudió, y mucho, hasta graduarse del instituto con honores.

Entró en la universidad en Luisiana y comenzó la carrera de Farmacia. Dos años después, tras casarse, se mudó a Cleveland, Ohio. Una vez allí descubrió que la universidad local acababa de cerrar su escuela de Farmacia y que no tenía forma de seguir con sus estudios.

La frustración de Easley no duró mucho. En 1955 leyó en la prensa local un artículo de dos hermanas que trabajaban como computadoras en el NACA. No tenía ni idea de qué era aquello o en qué proyectos trabajaban, pero la ocupación que el artículo describía la fascinó lo suficiente como para conducir al día siguiente hasta la sede del organismo y dejar allí una solicitud de empleo. Dos semanas después comenzó a trabajar allí, y con ello, cambió para siempre su interés por la farmacia por una pasión hacia las matemáticas, la programación y la exploración del espacio.

En esos treinta y cuatro años participó en muchos programas diferentes, inspiró a otros a unirse a los esfuerzos de lo que después sería la NASA al participar en proyectos de divulgación y de tutoría de estudiantes en los que explicaba con entusiasmo lo que hacían allí, y se ganó el respeto de sus colegas, derribando a su vez muchas barreras para otras mujeres y personas afroamericanas y de otras minorías.

Annie Easley trabajando en un ordenador de la NASA (1978). Fotografía NASA.

Cuando empezó, lo hizo como “ordenador humano”, llevando a cabo trabajo de computación y cálculo para los investigadores. En aquella época, la capacidad de computación de los ordenadores se basaba en la lectura de tarjetas perforadas, y era realmente limitada. Easley y sus compañeras analizaban problemas y realizaban los cálculos a mano. Entre sus primeras tareas estuvo la de realizar simulaciones del recientemente diseñado reactor Plum Brook.

Cuando la tecnología evolucionó y las computadoras humanas fueron reemplazadas por máquinas con mayor capacidad, ella también lo hizo y aprendió a programar en distintos lenguajes para operar con ellas para distintos programas de lo que ya era la NASA. Desarrolló e implementó software para investigaciones en temas de energía (sistemas de conversión, fuentes alternativas de energía y su potencial…). Easley fue autora del código que se utilizó en los primeros coches híbridos.

También ayudó a desarrollar el software del proyecto Centaur, un cohete de alta energía utilizado como plataforma superior para una lanzadera espacial, responsable del lanzamiento de la sonda Cassini. Este trabajo sentó las bases del siguiente programa de transbordadores espaciales, así como el lanzamiento de decenas de satélites de comunicaciones, militares y meteorológicos.

Portada de Science and Engineering Newsletter
con Annie Easley (Lewis Research Center).

En los 70 volvió por fin a la universidad, pero no a proseguir en Farmacia, sino para graduarse en Matemáticas, estudiando a la vez que llevaba a cabo su trabajo a tiempo completo.

Annie Easley vivió una época en la que la discriminación por ser mujer y por ser afroamericana era palpable, y ella lo sabía. En una entrevista en 2001 dijo lo siguiente:

Soy consciente de que la gente tiene sus sesgos y sus prejuicios, sí. No tengo la cabeza enterrada bajo la arena. Pero mi actitud es que si no puedo trabajar contigo, trabajaré alrededor de ti. Nunca me he sentido tan desanimada como para abandonar. Esa puede ser la solución para algunas personas, pero no es la mía. Así que sí, estoy segura de que a mí, como a mucha otra gente, se me ha juzgado, no por lo que puedo hacer, sino por mi aspecto. Sí, estoy segura de que eso ha pasado. Pero como he dicho, no dejaría que eso me hundiese. […] Puedes controlar el dinero que entra en mi monedero, pero no mi vida.

Siguió estos principios y los puso en práctica durante toda su carrera. Ejerció como consejera de igualdad de oportunidades en el empleo de la NASA, en el que ayudaba a los supervisores a solucionar denuncias de discriminación por género, raza o edad de forma lo más cooperativa posible.

De forma mucho menos formal, ayudó a dar un empujón a los derechos de las mujeres en su lugar de trabajo cuando un día se puso de acuerdo con una compañera para ir al día siguiente a trabajar con pantalones. “Causó bastante revuelo, pero hubo una mujer que dijo ‘Estaba esperando a que otra se atreviese a ser la primera en llevar pantalones‘. Con aquello quitamos el énfasis en lo que llevábamos puesto, porque esto realmente va más de lo que estás haciendo”.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Pérez Benavente (@galatea128) es periodista.

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