María Isidra de Guzmán, primera doctora universitaria y pionera en el Siglo de las Luces

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María Isidra de Guzmán y de la Cerda.

Antes de cumplir 20 años, María Isidra de Guzmán, la “Doctora de Alcalá” (1767-1803), había roto todos los moldes. Con solo 17 años fue la primera mujer en España que ostentó un doctorado universitario. La primera también en incorporarse a una Real Sociedad. Y pionera igualmente en entrar en la Sociedad Económica Matritense, la prestigiosa entidad que llegaría a presidir Jovellanos. Miembro honorario de la Real Academia de la Lengua, graduada en Filosofía y Letras Humanas, políglota –dominaba tanto lenguas vivas como muertas–, descendiente de una larga e influyente dinastía, con un sólido bagaje científico… María Isidra es un caso único y ocupa un lugar destacado en la historia académica de España. Hoy se la recuerda con una céntrica calle en Madrid, la ciudad que la vio nacer; y otra en Córdoba, donde murió de forma prematura con tan solo 35 años. Su nombre también bautiza un instituto de Alcalá de Henares, allí donde tiene su sede la universidad que le otorgó el doctorado, y un célebre galardón que desde hace más de dos décadas distingue los mejores estudios sobre la mujer.

María Isidra de Guzmán y de la Cerda nació en Madrid, a finales de octubre de 1767, en el seno de una dinastía de rancio y noble abolengo. Poderosa, muy cercana a la corte y a los mismísimos monarcas Carlos III y IV, su familia le abrió las puertas a una esmerada educación y a un todavía más importante patrimonio. Su padre, Diego de Guzmán, era marqués de Montealegre y conde de Oñate. Su madre, María Isidra de la Cerda, duquesa de Nájera y condesa de Paredes de Nava. Entre los dos –recuerda  Rodríguez-Ponga– sumaban dieciséis títulos nobiliarios. Durante su infancia, María Isidra recibió clases de Antonio Almarza, quien no tardó en darse cuenta de la inteligencia y gran capacidad de su joven pupila para el estudio. Se le daban bien todo tipo de idiomas, tenía una memoria portentosa y aprendió tanto humanidades como ciencias.

Gaspar Melchor de Jovellanos.

Su talento, y parece ser que el apoyo de Carlos III –quien había concedido en 1780 el Toisón de Oro al padre de María Isidra–, le abrieron las puertas de la Real Academia de la Lengua como Académica Honoraria. Su entrada en la institución se concretó en 1784, lo que convirtió a la joven en la primera mujer académica con apenas 17 años. En el acta con la que se le daba la bienvenida al prestigioso organismo se reconocía su carácter fuera de serie: “La Academia, informada de sus extraordinarios progresos y adelantamientos en elocuencia y en las lenguas, particularmente en la castellana, y al mérito personal, acordó admitirla con uniformidad de votos”.

Durante su discurso de entrada en la institución, María Isidra se presentaba a sí misma como “una joven que ha empleado sus pueriles ocios en la lección e inteligencia de vuestros diccionarios”. “¿No ha sido necesario apurar toda la liberalidad de la Real Academia Española para elevar a un honor, que es el más distinguido empleo y encumbrado premio de los más esclarecidos literatos, a una joven de 17 años que no ha conocido sino por el nombre los Gimnasios, las Academias o los Seminarios, ni ha tocado los umbrales del famoso templo de Minerva, ni aun oído otra voz que la de un solo maestro?”, relataba la joven con modestia ante los próceres.

Su siguiente objetivo fue obtener el doctorado en la Universidad de Alcalá de Henares, que por entonces atravesaba horas bajas. Aunque la institución tenía vetado el acceso a las mujeres, el apoyo decidido de su padre, conde de Oñate, y la intercesión decisiva de Carlos III, le facilitaron las cosas. Poco después el claustro recibía una notificación que le informaba de que, “en atención a las distinguidas circunstancias y sobresalientes cualidades personales” de María Isidra, el monarca “permite y dispensa” a la universidad para que le conceda los grados de Filosofía y Letras Humanas.

Para alcanzar esas titulaciones, la joven debió afrontar antes un complejo examen. Tuvo que dejar claro sus conocimientos de griego, latín, francés, italiano, español, retórica, mitología, geometría, geografía, filosofía, lógica, ontosofía (sabiduría del ser), teosofía, psicología, física, el mundo animal y vegetal, el sistema del orbe y la esfera armilar y ética. El examen de grado  se celebró en junio de 1785 en medio de un boato del que dan buena cuenta las crónicas contemporáneas. La prueba la superó con la unanimidad del tribunal y entre los vítores y aclamaciones de un nutrido público formado por familiares, profesores e invitados que abarrotaban la sala. El día que se ganó el bonete, María Isidra recibió sin ser consciente el título popular con el que aún se la recuerda hoy, más de dos siglos después de aquella prueba: “La Doctora de Alcalá”.

El monarca Carlos III.

La primera pregunta que tuvo que responder la joven tras ceñirse el bonete, formulada por el cancelario, fue “si la mujer virtuosa y docta podía enseñar en las universidades las ciencias profanas y sagradas”. Tras la respuesta, recibió su nombramiento como catedrática honoraria de Filosofía Moderna, consiliaria perpetua de la Universidad y examinadora. A la joven madrileña, que aún no había pasado los 17 años, le quedaba aún por romper varios moldes más. No tardó en convertirse en la primera integrante de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País y la primera socia de mérito también de la Sociedad Económica Matritense. Su acceso a la institución, que por entonces sumaba once años de trayectoria, favoreció la fundación de su Junta de Damas. Además de su ejemplo y pasos pioneros, su legado académico suma varios escritos, como los discursos que leyó al incorporarse a la Real Academia o la Real Sociedad.

María Isidra se casó poco después, en septiembre de 1789, apenas unos meses más tarde de que estallase la Revolución Francesa que agitó las monarquías europeas. Su matrimonio con Rafael Alfonso de Sousa parece haber cortado una carrera que adivinaba prometedora. Poco después de la ceremonia de enlace, rechazaba por ejemplo formar parte de una comisión creada por la Universidad de Alcalá para felicitar al nuevo rey, Carlos IV. La pareja se trasladó a Córdoba, donde se asentó y tuvo cuatro hijos. “La Doctora de Alcalá” fallecía catorce años después de dar el “sí quiero”, con solo 35 años.

Su juventud y la intermediación de Carlos III para allanar el acceso al título de doctora han dado pie a todo tipo de interpretaciones. Algunas sostienen que el monarca jugó un papel clave atendiendo a sus propios objetivos. Otras, reivindican el talento de la joven madrileña. Los primeros se apoyan, por ejemplo, en el boato y el tremendo alcance social que acompañó a la designación de María Isidra como doctora. Los segundos se apoyan en testimonios como el de su profesor, Almarza, quien desde muy pronto dejó constancia del inusitado potencial de su pupila. Como apuntaba ya en 1985 José Carlos Canalda, lo más probable es que la realidad se sitúe en un punto equidistante entre ambas posturas. Carlos III jugó un papel clave persiguiendo sus metas, pero así como sería absurdo negar su implicación, lo sería omitir el talento de la joven.

El 31 de octubre se cumplieron 250 años del nacimiento de esta mujer, clave en la historia académica de España y pionera en pleno Siglo de las Luces.

Bibliografía

[1] Rodríguez-Ponga y Salamanca, Pedro (15/02/2017). “Hace 250 años nació María Isidra de Guzmán, conocida como La Doctora de Alcalá”. Real Academia de la Historia

[2] Canalda, Juan Carlos. (09/02/2006). “La Doctora de Alcalá. Segundo centenario de un acontecimiento histórico”. Página de José Carlos Canalda

[3] Guzmán y La Cerda, María Isidra de. (1785). “Oración del género eucarístico que hizo a la Real Academia Española la excelentísima señora doña María Isidra Quintina, Guzmán y La Cerda, hija de los excelentísimos señores marqueses de Monte Alegre, condes de Oñate y de Paredes, duques de Naxera, &c”. Bieses

[4] Fernández-Quintanilla, Paloma. “Una española ilustrada: Doña María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda”. Gredos, Repositorio documental de la Universidad de Salamanca

Sobre el autor

Carlos Prego Meleiro (@CarlosPrego1) es redactor en Faro de Vigo. Colabora con las webs de divulgación Acercaciencia y E-Ciencia.

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