Edith Rebecca Saunders: genetista precursora

Edith Rebecca Saunders.

El 14 de octubre de 1865 nacía en Brighton Edith Rebecca (Becky) Saunders, quien con el tiempo llegaría a ser una excelente bióloga especializada en genética vegetal. Sus contribuciones al conocimiento de la transmisión de los rasgos hereditarios en las plantas y sus estudios sobre la anatomía de las flores, fueron tan valiosas que el respetado biólogo J.B.S. Haldane la bautizó como «la madre» de la genética vegetal británica.

Becky Saunders recibió su primera educación en el Handsworth Ladies’ College, próximo a Birmingham, donde fue muy buena estudiante, merecedora de una importante beca y de diversos premios. Con posterioridad, entre los años 1884 y 1888, estudió ciencias naturales en el Newnham College, también para mujeres, en Cambridge. Una vez graduada, Saunders continuó con sus investigaciones de posgrado, alcanzando el grado de profesora de botánica de este colegio. Hasta 1925 fue directora de la sección de Estudios de Ciencias Naturales del Newnham College.

Becky Saunders físicamente era una mujer muy original. Sus fotografías revelan que poseía unos rasgos bastante llamativos; como recoge la historiadora de la ciencia, Marsha Richmond, «se hacían más evidentes cuando se prestaba atención a sus ropas. En aquellos días la vestimenta de los  hombres y de las mujeres era muy diferente, y ninguna mujer usaba pantalones. El atuendo de Saunders era un traje sastre con camisa blanca y corbata, lo que le daba un toque masculino a su apariencia, salvo por la falda larga que le llegaba hasta los tobillos. Este aspecto se veía acentuado por su peinado, el pelo no era corto, pero a primera vista parecía serlo porque estaba muy estirado hacia atrás, sujeto con un moño en la nuca. Además, era una mujer corpulenta que tenía que comprarse zapatos y guantes masculinos, debido a que sus pies y manos eran algo grandes».

Directora de un destacado laboratorio

A comienzos de 1890, Becky Saunders junto a la científica graduada en Ciencias Naturales, Marion Greenwood, codirigieron el Balfour Biological Laboratory for Women; en 1899, Greenwood dejó el centro y Saunders continuó sola con la dirección. Este laboratorio se había establecido en la Universidad de Cambridge en el año 1884 con la finalidad de formar a estudiantes femeninas. Según describía Marsha Richmond en 1997, «durante treinta años, hasta que se cerró en 1914, el laboratorio sirvió como un centro conductor de la instrucción biológica de las mujeres de Cambridge, introduciéndolas en un innovador programa de biología experimental centrado en fisiología y embriología».

«Distinguidas mujeres graduadas, continua relatando Richmond, hicieron del Balfour Laboratory un reconocido centro líder en la formación femenina en ciencias biológicas de Gran Bretaña. Su significado, sin embargo, se extendió más allá de su estatus como laboratorio dedicado a la enseñanza. Proporcionó puestos de trabajo universitarios para científicas capacitadas que de otra manera nunca se habrían colocado, ofreció a las estudiantes avanzadas la oportunidad de implicarse en proyectos de investigación independientes, y lo que es más importante, formó un centro de cultura científica creada por las mujeres en Cambridge para compensar su exclusión de la comunidad científica social».

Los primeros trabajos

Becky Saunders fue una botánica de gran vocación que, gracias a meticulosas observaciones y lúcidas interpretaciones, alcanzó un profundo conocimiento de la anatomía y morfología de los vegetales. Entre sus primeros trabajos destacan los interesantes estudios que realizó en plantas del género Kniphofia. Analizó con esmero sus flores, describió las glándulas secretoras de productos azucarados presentes en los ovarios y examinó la estructura y la función de las células que las componen. En diciembre de 1890, cuando contaba con 25 años de edad, publicó sus originales resultados con muy buena acogida por parte de sus colegas.

Kniphofia.

La historiadora Marsha Richmond ha señalado que los trabajos iniciales de Saunders, cuidadosamente elaborados, permitieron a la joven científica ir configurando un excelente currículo investigador. No solo alcanzó un extenso conocimiento de biología vegetal, sino que además se convirtió en una botánica académicamente conocida y respetada.

Mediada la década de 1890, el creciente interés de la joven bióloga por la reproducción vegetal y los mecanismos de la herencia en las plantas, la impulsó a incorporarse al laboratorio del conocido genetista de Cambridge, William Bateson. Este innovador centro de investigación tenía como objetivo el estudio de la variación y transmisión de los caracteres hereditarios en plantas y animales. Muy pronto, Becky Saunders, con sus amplios conocimientos de botánica y su prometedor currículo, y William Bateson, formaron un potente y riguroso equipo de trabajo.

Biscutella laevigata.

Usando unas semillas que Bateson había traído desde Italia, en agosto de 1895 Saunders inició una serie de experimentos de cruzamientos en un huerto que habían alquilado al Jardín Botánico de Cambridge. Eligió para su trabajo dos variedades de la especie Biscutella laevigata (normalmente llamada «planta de los anteojos» porque su fruto tiene forma de dos valvas circulares).

Una de las variedades de Biscutella elegidas presentaba las hojas cubiertas de pelos, que le dan un aspecto plateado, y la otra tenía las hojas lisas (glabras o lampiñas). Esta variación morfológica era particularmente llamativa dado que las dos formas existían una al lado de otra en los Alpes, se entrecruzaban rápidamente y la descendencia generalmente exhibía ya fuera hojas peludas o glabras, pero en las que sólo unas pocas presentaban formas intermedias entre los dos extremos. Saunders decidió analizar mediante experimentos de hibridación controlada, la transmisión de tales variaciones desde una generación a la siguiente, obteniendo una valiosa cantidad de datos al respecto.

Estimulada por sus hallazgos en Biscutella, publicados en 1897, Saunders emprendió un nuevo conjunto de experimentos, empleando para ello, según revela Marsha Richmond, los fondos de una pequeña beca que Bateson había obtenido de la Royal Society. Poco a poco, la científica fue ampliando el número de especies cultivadas, utilizando otras plantas que también mostraban variaciones alternativas con el objetivo de detectar un modelo para la herencia de los caracteres estudiados.

Matthiola incana.

Entre las especies seleccionadas se encontraba la planta de jardín Matthiola incana, comúnmente llamada alelí, que constituía un excelente material para realizar experimentos de cruzamientos controlados y analizar estadísticamente sus resultados. Además, Saunders también extendió sus investigaciones al examen detallado de las características y peculiaridades de la estructura del tallo de esta planta. Asimismo, llevó a cabo valiosas observaciones de su anatomía floral, desconocidas hasta el momento.

Por su parte, William Bateson, en un esfuerzo por ampliar las indagaciones sobre los problemas de la herencia al reino animal, llevó a cabo experimentos de cruzamientos controlados con mariposas; posteriormente comenzó extensos trabajos similares con aves de corral, sin abandonar sus investigaciones iniciales en plantas.

En diciembre de 1901, Saunders y Bateson enviaron los resultados de sus investigaciones de los últimos cinco años al Evolution Committee de la Royal Society of London. Se publicaron en 1902, siendo el primer artículo de una serie de cinco; el último de los cuales apareció en 1909. En 1910 el equipo de Bateson fundó su propia revista, Journal of Genetics, y desde esta fecha publicaron ahí todos sus  trabajos.

Después de varios años realizando multitud de cruces controlados, Bateson y Saunders, sin embargo, no lograban discernir ningún modelo general que describiera los resultados de sus cruzamientos. Tal como señala Marsha Richmond, hacia 1900, ambos investigadores estaban buscando intensamente una teoría que pudiese explicar sus resultados y encauzar así su futura investigación.

En ese momento crítico, tuvieron conocimiento de los experimentos de hibridación con guisantes (Pisum sativun) realizados en las décadas de 1850 y 1860 por el monje checo, Gregor Mendel.  El análisis estadístico que este investigador había realizado de la descendencia resultante del cruce de variedades de arvejas o guisantes con caracteres alternativos, proporcionó a Bateson y Saunders la herramienta analítica y la explicación teórica precisas que necesitaban. Ambos reconocieron inmediatamente el profundo significado del descubrimiento de Mendel.

Becky Saunders y William Bateson, tras leer cuidadosamente el trabajo de Mendel, apunta Marsha Richmond, detectaron que «todo aquello relacionado con los problemas de la herencia acababa de experimentar una poderosa revolución». Ciertamente, la herencia mendeliana fue un hito en el desarrollo de la biología, que algunos autores han encontrado solo comparable con las leyes de Newton en el desarrollo de la física.

Tengamos en cuenta que Mendel fue el primero en formular con precisión una nueva teoría de la herencia, aportando a los estudios biológicos las nociones básicas de la genética moderna. Permitió reconocer la importancia de una experimentación rigurosa y sistemática, y expresar los resultados observados de forma cuantitativa recurriendo a la estadística. Así nació un método de trabajo totalmente novedoso para la biología de la época.

Tras comprender la trascendencia de la obra mendeliana, Saunders y Bateson se mostraron convencidos de que sus resultados podrían ser muy útiles a los numerosos investigadores, quienes sin duda, ahora tornaban su atención al estudio experimental de la herencia. Una nueva era estaba emergiendo, con una destacada pregunta rectora:¿Hasta dónde son válidas las leyes de Mendel con sus numerosas correlaciones, en qué casos y hasta qué punto, son de general aplicación, y suplantan a otras explicaciones en su significado?

Los experimentos de hibridación con plantas realizados por Saunders eran particularmente apropiados para contribuir a ese emergente debate sobre la herencia mendeliana. Pero averiguar si las leyes descubiertas para el guisante podían aplicarse también a la hibridación de otras plantas y a los animales requería mucho más trabajo investigador. Por tanto, era urgente incorporar más profesionales al equipo. No hubo demasiadas dificultades en este sentido, y durante la primera década que siguió al redescubrimiento de las leyes de Mendel, un cuantioso torrente de estudios y publicaciones sobre la herencia mendeliana emanó de Cambridge.

La valiosa participación de las biólogas

Edith Rebecca Saunders.

Nos parece interesante recordar en este punto que desde muy pronto en su carrera Becky Saunders estuvo francamente comprometida con la formación de las biólogas. De hecho, como apuntábamos más arriba, fue una magnífica directora del Balfour Laboratory para mujeres en Cambridge, durante más de 30 años.

En la voz de antiguas alumnas: «Becky Saunders jugó un papel muy importante en la enseñanza de biología a las mujeres. Proporcionó a muchas jóvenes estudiantes un poderoso impulso en aquellos años en que ellas estaban empezando a entrar en el mundo académico. Contribuyó con su ayuda a que un significativo número de colegas pudieran superar gran parte de las dificultades a las que debían enfrentarse» (Clapham, Gilson y Godwin, 1946).

En la misma línea, otros autores también han destacado la gran deuda que las biólogas de su tiempo tenían con Becky Saunders, subrayando los generosos esfuerzos que realizó en su beneficio durante los primeros tiempos de la educación superior de las mujeres. Así lo refleja el párrafo escrito por unas antiguas discípulas: «Si bien sus trabajos de investigación en biología vegetal tuvieron un gran valor, la organización y entrenamiento de muchas jóvenes estudiantes de ciencias en Cambridge no fue una parte menos valiosa de sus esfuerzos. Un elevado número de alumnas recordamos vívidamente el vigor y la lucidez de sus exposiciones y la total dedicación a sus estudios» (G. L. Elles y Ethel Shakespear, 1945).

Teniendo en cuenta la desprendida actitud de Saunders con respecto a sus colegas femeninas y que Bateson era un activo luchador a favor del movimiento en defensa de la educación superior de las mujeres, es fácil entender que al laboratorio de Cambridge se sumara en torno a 1900 un significativo y entusiasta grupo de científicas con conocimientos avanzados. Junto a un grupo de compañeros varones, todas y todos se implicaron con decidida vocación en investigar los fenómenos de la herencia tanto en plantas como en animales.

Al respecto, en noviembre de 1903, Bateson escribía: «Un considerable número de estudiantes están ahora dedicadas a estas investigaciones. Cada año el número crece, y no hay duda de que esta rama de la ciencia debe formar parte reconocida de los estudios de las grandes escuelas de biología». (Recordemos que la genética en aquel momento aun no era una disciplina formalmente reconocida).

La consolidación de una gran bióloga vegetal

Poco después del redescubrimiento del trabajo de Mendel, Bateson y Saunders, trabajando junto a otros miembros del equipo, hallaron varios casos que representaban excepciones a las formulaciones mendelianas: no todos los cruces producían resultados esperados según las leyes del monje checo. Estos datos pusieron de manifiesto que algunos factores hereditarios estaban unidos unos a otros y se heredaban conjuntamente; es lo que hoy se conoce como genes ligados.

Becky Saunders tomó parte muy activa en la investigación cuidadosa de los resultados que no respondían lo esperado. La información conseguida fue de gran relevancia ya que sirvió de base a una serie de continuadas y fascinantes investigaciones de diversos laboratorios de todo el mundo dedicados al mapeado de los genes y a su recombinación.

Las actividades de Saunders, sin embargo, no se limitaron a los problemas de la herencia. Continuó durante largas décadas dedicada al estudio de las peculiaridades morfológicas y anatómicas que iba encontrando en las plantas con las que trabajaba. Muchos de sus esfuerzos los centró en el estudio de las estructuras florales, detectando anomalías que no podían explicarse satisfactoriamente según la morfología del momento. Saunders emprendió la tarea de intentar aclararlas.

Sin profundizar en un trabajo altamente especializado, señalemos que publicó una serie de sustanciales artículos científicos en revistas de reconocido prestigio, como los Annals of Botany, la Linnean Society y New Phytologist. Un trabajo considerado culminante fue su recopilación de las relaciones entre la anatomía y la morfología floral, y las relaciones evolutivas entre las plantas. Sus resultados fueron publicados en 1937 y en 1939 en los dos volúmenes de su libro titulado Floral Morphology, donde se integra a un valioso conjunto de conclusiones.

La obra de Becky Saunders, tanto en genética como en botánica, alcanzó gran respeto entre sus colegas contemporáneos, pese a que también existieron algunas críticas, sobre todo en lo relacionado con ciertos aspectos de la morfología de las flores.

En 1905, fue la primera mujer elegida miembro de la prestigiosa Linnean Society of London. Desde 1912 a 1913 colaboró con el consejo social y fue vicepresidenta de esta sociedad. Asimismo, en 1920 la nombraron presidenta de la sección botánica de la  acreditada British Association for the Advancement of Science (hoy conocida como The British Science Association), y entre 1936 y 1938, fue presidenta de la Genetical Society (hoy The Genetics Society).

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Becky Saunders, con su característica determinación y coraje abandonó su trabajo de investigación y se dedicó a tiempo completo en colaborar ante los estragos de la guerra, hasta que terminó en 1945. Una vez acabado el conflicto, convencida de que aún le quedaban muchos problemas por resolver, retornó con el mismo entusiasmo de siempre a su trabajo científico. Desafortunadamente, muy poco después fallecía en un trágico accidente de bicicleta.

Como señalaron sus antiguas alumnas, A. R. Clapham et al., con motivo de su obituario en 1946: «Esta vuelta al trabajo científico activo a la edad de casi 80 años, indica claramente destacados aspectos de la personalidad de Becky Saunders: su devoción por la ciencia, su vigor y su capacidad intelectual que le hacía intolerable sentir que no había completado sus objetivos hasta el último detalle».

En este cariñoso recordatorio, las exalumnas asimismo recreaban su estilo personal: «Quienes la conocieron recordarán también su amabilidad y su delicioso y tranquilo humor, y sentirán que con su muerte el mundo de la botánica ha perdido una figura notable que era considerada con gran respeto y afecto».

Para terminar, nos queda denunciar –una enésima vez– cuán lamentable resulta que una científica de la talla de Becky Saunders haya permanecido durante décadas casi olvidada por todos. Ciertamente, pese a que la biología se encuentra entre las disciplinas que más mujeres científicas tienen, la forma en que la historia ha tratado a tantas de ellas no ha sido mejor que lo ocurrido en otras ramas de la ciencia. La regla se impone, las excepciones a los anexos.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

Deja un comentario

Obligatorio

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>