La ciencia también arrastra sus mitos

La finalidad de la ciencia no es brindar sabiduría perpetua, sino poner límites a la perpetuación del error.

 Beltrot Brecht

Desde épocas tan lejanas como la Grecia de Platón y Aristóteles se viene asumiendo que las diferencias naturales entre mujeres y hombres forman parte de jerarquías de desigualdad, de escalas de rango en las que invariablemente lo femenino ocupa un lugar inferior a lo masculino. Coherentes con tales convicciones, la mayor parte de los pueblos del mundo ha asociado las actividades masculinas al poder y al prestigio, asignando a las femeninas la subordinación y baja estima. Estos criterios también han estado presentes a la hora de interpretar nuestro pasado lejano, de tal forma que la biología evolutiva, en no pocos casos, ha seguido caminos donde prejuicios y sexismo se dan la mano.

Los contextos de alta subjetividad, sin embargo, han sido siempre difíciles de eludir en las disciplinas que estudian los antepasados lejanos de la humanidad moderna. Prueba de ello es el célebre y androcéntrico modelo del hombre cazador y el protagonismo sin igual que ha alcanzado, tanto entre los expertos en el tema como a nivel popular. De hecho, pese a que para muchos tal modelo está ya científicamente desfasado, para otros aún es válido y mantiene tal arraigo que, en demasiadas ocasiones, sigue lastrando con distorsiones borrosas el pensamiento colectivo. Por esta razón nos parece de interés recordarlo sucintamente.

El hombre cazador

Las múltiples incógnitas que rodean los orígenes de la humanidad se han ido desvelando parcialmente gracias a la interpretación de restos muy antiguos que nuestros antepasados nos han ido legando, como si fueran pequeñas señales que sirven de guías ante las rutas de un tortuoso camino. Normalmente esos escasos restos consisten en fósiles o herramientas que suelen encontrarse fragmentados, incompletos o altamente deformados en yacimientos mal conservados o semidestruidos. Tales carencias desafían al trabajo de los especialistas, los cuales deben enfrentarse con frecuencia a importantes y a veces insalvables dificultades para certificar una correcta interpretación. No puede extrañar, entonces, el recurso a la subjetividad, esto es, a los propios prejuicios de los actores que manejan los datos o indicios. Coste que representa un mal menor, dado que en la grandeza de la ciencia está la corrección de sus propios errores.

Cazando Mammuths
Cazando Mammuths

Un problema primordial al que se enfrentan los investigadores consiste en evitar que las realidades culturales contemporáneas del sujeto, o de su equipo de trabajo, contaminen la interpretación del pasado. Asunto que, todo sea dicho, es consustancial a todas las disciplinas que tratan de reconstruir un pretérito remoto sin disponer de inventarios completos con «pruebas contundentes» de lo relevante.

En este contexto, la supuesta superioridad del hombre sobre la mujer ha estado tan profundamente arraigada en el pensamiento de los estudiosos que durante un larguísimo tiempo no dudaron en considerar que la evolución de la humanidad ha sido producto de una actividad exclusivamente masculina: la caza colectiva de grandes animales.

La difícil y compleja labor de cazar en grupo habría generado una excelente coordinación y cooperación entre quienes la practicaban. El esfuerzo para llevar a cabo con éxito tan peligrosa actividad, sumado a la tensión generada entre cazadores y animales, habría sido la causa inductora del desarrollo de las principales características que nos definen como humanos (el andar bípedo, el desarrollo de un gran cerebro, la fabricación de herramientas o la capacidad de hablar). Sin olvidar que la carne, también a lo largo de mucho tiempo, se ha considerado un componente fundamental y casi único de la dieta del linaje humano.

hombres cazando
Hombres cazando

Cuando, en algunas ocasiones, los defensores del modelo decidían registrar cuál era el papel femenino, señalaban que ellas se limitaban a esperar pasivamente a que los hombres le trajeran la carne de sus presas para alimentarse a sí mismas y a sus crías, y por tanto su contribución al surgimiento de las características que definen a un humano fue mínima. Simplemente transmitían a la descendencia aquellos rasgos que los machos habían logrado adquirir con tanto esfuerzo. La persecución y captura de animales acabó entonces por convertirse en la actividad que mejor plasmaba la agresividad y la fuerza masculina, hasta el punto de identificar un sexo con toda la humanidad.

Las palabras escritas en fechas no demasiado lejanas, 1986, por un especialista en la materia reflejan fielmente el poder explicativo que se ha concedido a este modelo: «La caza [fue] el origen de la humanización, en tanto requiere del uso de instrumentos y de una organización cooperativa, lo que a su vez supone el desarrollo del lenguaje y de aptitudes fisiológicas que marcarían el paso de la forma animal a la humana: crecimiento del cerebro, destreza manual, marcha vertical coordinada.»

Así pues, el modelo del cazador se ha aceptado sin mayores dificultades como el motor del proceso evolutivo humano, permaneciendo firmemente implantado tanto en la mentalidad académica como en el imaginario popular. Las luchas y tribulaciones de los cazadores excluían a las mujeres y, por lo tanto, los hombres fueron «la estrella» de esta fantástica película. Incluso ahora, en el siglo XXI, todavía quedan estudiosos que siguen aseverado, de manera incontestable, que nuestro intelecto, intereses, emociones e incluso vida social básica han sido producto de la adaptación masculina a la peligrosa captura de grandes animales.

Homo ergaster hunting group
Grupo de Homo ergaster cazando (Mauricio Anton).

Sin embargo, en un sector cada vez más significativo de la comunidad de expertos está cobrando fuerza y cierta aceptación una novedosa opinión: las cacerías en las que hombres prehistóricos provistos de rudimentarias herramientas abatían enormes bestias, probablemente nunca ocurrieron en la realidad. Una «heterodoxia» que, según los estudiosos James Adovasio y Olga Soffer (junto a un número creciente de autores) sólo representa a «la parte mítica de la comunidad paleoantropológica».

Los investigadores insurgentes, que están teniendo la valentía de «revisar» y librar una lucha contra las imágenes estereotipadas de las sociedades arcaicas, hacen hincapié en que no existen suficientes pruebas científicas, ya sean las anatómicas, como la morfología de la dentadura o la corpulencia física; o bien las de carácter cultural, alusivas a la posesión de armas eficaces, que apoyen la existencia en un lejano pasado de poderosos cazadores.

Ciertamente, la centralidad masculina a lo largo de la evolución humana es un argumento con unos cimientos cada vez menos sólidos. Ni el triunfante y agresivo cazador de enormes animales, ni la sumisa y pasiva hembra, parecen tener mucho que ver con lo que revelan hoy las últimas investigaciones. Pocas dudas quedan de que los añejos estereotipos sexistas utilizados para interpretar el pasado se están literalmente cayendo a trozos. A sensu contrario, todo parece indicar que los esfuerzos por conseguir que las distintas especies de homínidos puedan encajar dentro del comportamiento propio de la mayor parte de los humanos occidentales modernos sólo conducen a extravagantes errores.

Mujer periferia
Mujeres esperando pasivamente a que los hombres les lleven la carne para alimentarse a sí mismas y a sus crías.

No obstante, cambiar los modelos clásicos de interpretación requiere una reevaluación general de ideologías y militancias que poca gente, tanto los especialistas en la materia y los que no lo son, está dispuesta a reconsiderar, y no digamos a asumir. Por ello, aunque no haya evidencias de que nuestros antepasados varones capturaran enormes animales salvajes, el discurso androcéntrico sigue estando presente en demasiadas ocasiones.

Creemos que de lo expuesto se desprende que es imperativo difundir una enérgica réplica que impida la pervivencia de vetustos modelos anclados en un considerable número de foros, de los muchos hoy abiertos. Urge despertar y estimular el espíritu crítico ante modelos como el androcéntrico hombre cazador, cuya extraordinaria difusión, insistimos, tanto entre expertos y a nivel popular ha sido realmente «contaminante».

Por fortuna, contamos con blogs como este que, con su indudable y claro efecto multiplicador, nos permite recordar que las ortodoxias dominantes pueden tener los pies de barro, sobre todo si se construyen sobre creencias y no evidencias.

Referencias

  1. Adovasio J., Soffer, O. y Page, G. (2008). El sexo invisible. Editorial Lumen. Barcelona
  2. Martínez Pulido, C. (2012). La senda mutilada. Biblioteca Nueva. Madrid
  3. Querol, M. (2001). De Adán a Darwin. Editorial Síntesis. Madrid

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

5 Comentarios

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Sonia RodriguezSonia Rodriguez

¿Cazaban? ¿cazábamos? ¿animales grandes? ¿pequeños? ¿peces y mariscos? En el imaginario colectivo se ha fijado la idea de que la caza era muy importante y la practicaban los hombres. Poco a poco esta idea se va cuestionando. Pero hay otra que me parece más preocupante, sobre todo porque se sigue alimentando con bastante empeño por los investigadores actuales y apenas se cuestiona: la de que la tribu prehistórica era un conjunto de familias nucleares, matrimonios con hijos donde ya se estableció la figura del marido proveedor del que dependía su familia y sin cuya contribución no habríamos prosperado, así como la de la esposa fiel.
Libros como “El sello indeleble” de Arsuaga no tiene desperdicio en este sentido.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Totalmente de acuerdo, Sonia. Es un intento de trasladar al pasado el modo de vida convencional de las sociedades actuales. Y los de Atapuerca han mostrado un sesgo bastante sexista en su trabajo, aunque ahora intentan disimularlo. Un saludo.

Carlos Eduardo Fernández AagaardCarlos Eduardo Fernández Aagaard

No siempre el relato de la Ciencia ha seguido caminos necesariamente “masculinos”, a pesar de la masculinidad de muchos de sus autores. Generalmente se trata de libros que en sus respectivas épocas generaron abundante polémica como “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre ” de F. Engels, o la réplica de Lafforgue “El derecho a la pereza”, o “Sobre las costumbres sexuales en las islas del Pacífico Sur” de Malinkovsky. En todos ellos se presumen o se describen épocas de matriarcado y en algunos patriarcado alternativamente. Creo que el “patriarcado con los pies de barro” de nuestros días tampoco, así como no debe darnos una visión machista o feminista del pasado, tampoco debe darnos una visión en exceso igualitaria acerca del pasado, sino más bien una rotación de roles en función de las diferentes etapas del desarrollo productivo, que se aprecia (con toda la subjetividad que ello pueda implicar) como más lógica, más coherente con otras realidades que hemos podido conocer.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Carlos, gracias por tu comentario. Si bien es cierto que las publicaciones científicas pueden no haber sido en todo momento machistas, es igualmente verdad que en su inmensa mayoría las mujeres se han visto relegadas a papeles muy secundarios. En lo que respecta a la evolución humana, esto es, cómo se originó nuestra especie, Homo sapiens, sólo en las últimas décadas ha empezado a tenerse en cuenta el papel de las mujeres, y esto gracias a la lucha de numerosas científicas. En cuanto a matriarcado, creo que es muy dudoso que haya existido en nuestro pasado, si entendemos por el ello lo contrario del patriarcado, es decir, la explotación y marginación de los hombres por las mujeres.
Un saludo cordial,
Carolina

[…] “La ciencia también arrastra sus mitos“, texto publicado em 2015 no Mujeres con Ciencia, discutindo a centralidade masculina ao longo da evolução humana. […]

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