La curiosidad tiene nombre de mujer

En 1593, Césare Ripa representó la Curiosidad como una mujer desmelenada, con los brazos en alto en actitud defensiva, cubierta de pesados ropajes. Completaban la amenazante figura un par de alas que le daban actitud de escapar y un gesto claramente hostil.

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Imagen extraída de Iconologia (1593) de Césare Ripa.
“La curiosidad es el apetito desenfrenado de quienes tratan de saber más de la cuenta”.

Durante mucho tiempo tener curiosidad fue algo inadecuado, incorrecto y moralmente reprochable. Aún en nuestros días, para mucha gente, “ser curioso” tiene un componente de superficialidad, de frivolidad y de invasión del espacio o el terreno ajeno. Es un concepto que hemos heredado de la época medieval, cuando intentar saber más, conocer más suponía enfrentarse a la divinidad, al Ser Supremo que lo sabía todo. Ser curioso era emular a Ícaro.

Durante el siglo XVII, los filósofos naturalistas comenzaron a sentir curiosidad por la Naturaleza cuyo funcionamiento no era evidente. Se representaba la Naturaleza como una mujer cubierta de velos que había que ir arrancando con tretas y engaños (experimentación y observación) para descubrir sus secretos.

Ambas, Curiosidad y Naturaleza, se representaban como mujeres a las que los hombres debían domesticar. Este planteamiento, evidentemente machista, ha sido muy criticado por las historiadoras feministas pero era el inevitable en esa época.

En 1772, Thomas Jeffreys representó nuevamente la Curiosidad como una mujer, pero de manera muy diferente a la dibujada por Ripa.

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En este caso, la figura presenta una actitud amable, casi insinuante, con los brazos en descanso, una sonrisa tranquila y la melena recogida y domesticada. Caer en la tentación de acercarse a la Curiosidad ya no parece un peligro, ya no existe una amenaza sino más bien una invitación.

El cambio entre ambas figuras representa de manera visual la evolución en la percepción de la curiosidad entre los científicos y la sociedad.

 Cuando decimos que la curiosidad conquistó la aprobación en el siglo XVII, estamos hablando de esferas muy determinadas y de una acepción específica de la palabra que se acerca a la actual.

Curiosidad, Philip Ball

Para la ciencia pronto fue evidente que sin curiosidad no era posible conseguir ningún avance científico. La curiosidad era y es el primer paso para alcanzar el conocimiento del que se deriva el asombro. Por supuesto, la curiosidad por si sola no sirve para aprender nada, es necesario encauzarla a través de las preguntas correctas, los experimentos adecuados y las teorías que conduzcan a alguna conclusión comprobada. En este sentido, puede que ambas representaciones, la de Ripa y la de Jeffreys muestren el camino a seguir. Se trata de conducir más que de domesticar la curiosidad para avanzar en el conocimiento.

¿Cómo representamos actualmente la Curiosidad?

Pues siguiendo con este proceso que comenzó en una mujer amenazante e indomable transformada posteriormente en una dama insinuante, amable y atractiva hemos llegado a construir una curiosidad que se ajusta completamente a nuestras preguntas.

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Curiosity, Imagen de NASA/JPL-Caltech/MSSS

La Curiosidad ya no es una mujer amenazante ni seductora. La Curiosidad es un instrumento domesticado por la ciencia de manera que observe y analice la realidad dotada de todos los instrumentos posibles para acercar a la humanidad el conocimiento más exhaustivo posible sobre algo tan lejano, misterioso y supuestamente inalcanzable como el planeta Marte.

La representación de la Curiosidad como un robot representa ese dominio científico de la naturaleza pero también como señala Philip Ball nos ha hecho perder pasión, ilusión y capacidad de evocar.

 Pero este amansamiento de la curiosidad, que fue el precio a pagar por su aprobación, sigue patente en la insipidez de los textos científicos, que en su mayoría rehuyen adjetivos y pronombres (sobre todo el de la primera persona) y se refugian en la timorata voz pasiva. Son hábitos difíciles de erradicar, no en vano brindan una especie de caparazón protector.

Esperemos que la siguiente etapa de la curiosidad sea perder la frialdad de un robot y que la ciencia se acerque a la sociedad desprendiéndose de esa protección.

Más información

Philip Ball, Curiosidad. Por qué todo nos interesa, Editorial Turner (Colección Noema), 2013

Sobre la autora

Ana Ribera (Molinos), historiadora con 14 años de experiencia en el mundo de la televisión. Autora de los blogs: Cosas que (me) pasan y Pisando Charcos.

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