Sexo, la píldora anticonceptiva y su laborioso parto

F2.smallCuando por los años 616 a.C. Tarquinus Priscus se convirtió en el nuevo rey de Roma, una de sus ocupaciones fue emparedar vivas a las vestales del templo que habían perdido la virginidad. Para que su sufrimiento fuera completo y más largo, ordenó les dieran agua y comida. Ya por los siglos XVI y XVII a las mujeres consideradas promiscuas se las quemaba en la hoguera.

Sólo un ejemplo de lo que las religiones antiguas y presentes pueden infringir a las mujeres por no conservar un tejido que hasta el día de hoy no es muy claro para qué serviría, aparte de reforzar el sometimiento y los prejuicios. El himen, queridos lectores, no es otra cosa que una especie de tabique que tapona la parte interior de la vagina. Podría ser una barrera para los gérmenes aunque no está muy claro. Viene en muchas versiones: con huequitos o sin, frágil o fuerte, elástico o duro. Puede ser tan frágil que se puede romper si la mujer realiza actividades fuertes; así, no es de extrañar que las atletas lo pierdan con gran facilidad. Otras mujeres sufren mucho dolor al momento de la primera penetración y muchas ni se enteran pues la tela se hace a un lado y listo.

Pero el tesoro de la virginidad y el del sometimiento femenino rayan en la locura; antes las mujeres que no sangraban eran repudiadas por sus maridos en la noche de bodas, ahora, quienes tienen recursos y habiendo disfrutado del sexo con otro u otros, incluyen en sus preparativos de boda la reposición del tejido perdido. No se sabe quién es más tonto en este asunto.

Un tejido de nada que señala a las mujeres un antes y un después. Tan grave es para algunos que el gran mito de la religión católica se asienta en la leyenda de que Cristo, si es que alguna vez existió, fue concebido por una paloma que le insufló la vida a María sin “romperla ni mancharla”. Con esto se cargan al señor José quien no pudo participar, condenan un acto por esencia humano y establecen para siempre la ley de que el sexo es sucio y sólo aceptable para la procreación.

La doctrina católica declaró que el acto sexual era única y exclusivamente para la procreación y que pensar o actuar de otra manera era pecado, pecado, pecado. ¿Podían las mujeres disfrutar del sexo? Ni pensarlo. Derecho exclusivo de los hombres. En la Inglaterra victoriana las mujeres no podrían hacerlo, por lo que a los hombres se los animaba a tener sexo con prostitutas como una forma de no deshonrar a sus esposas.

Cuando una hembra de babuino está ovulando, la vagina se vuelve de un rojo intenso y se hincha, así los machos pueden verla incluso desde lejos. Por si ellos no están mirando, expele un olor intenso. Si estas dos señales no funcionan, van y le plantan cara a los machos, mejor, el trasero. Ellas saben que es el momento adecuado para la reproducción y que no se puede dejar pasar.

Este comportamiento es la norma entre los mamíferos. Los humanos son los raros aquí. Nosotros somos los que ovulamos sin orden ni concierto con la reproducción. Es decir, somos los únicos en este extenso reino que hemos independizado el sexo de la procreación.

Cuando una hembra del macaco de Gibraltar está en su período fértil, tiene sexo cada diecisiete minutos con casi todos los miembros del grupo. Las de gibones copulan hasta cien veces mientras dura su tiempo de ovulación.

La mayoría de los animales tienen sexo porque quieren, o mejor, porque lo necesitan para tener descendencia y así asegurar su permanencia en la tierra. Todo lo demás sería una pérdida de tiempo y peor aún, peligroso, pues los expone a los depredadores mientras lo hacen.

Cuando los humanos tienen sexo lo hacen precisamente cuando la posibilidad de fertilización es casi nula: una clara señal de que lo que importa es disfrutar y lo que menos, concebir. Nada satisface el deseo de hombres y mujeres y hace de este mundo un lugar mucho más agradable para vivir que un explosivo, volado orgasmo. La pequeña muerte le dicen los franceses.

Disfrutar del sexo antes del matrimonio o dentro de él (aunque a los censores les pueda resultar difícil aclarase al respecto) es una falta femenina que se castiga de mil maneras en las diferentes culturas. Lo que siempre se oculta es que en realidad ellas lo hacen casi en la misma proporción que los hombres, pues si no tienen su cerebro tomado por amenazas religiosas, su cuerpo les exige disfrutar de esa maravillosa actividad tan humana, liberadora de tensiones y fuente de satisfacción.

Hubo una mujer maravillosa que amaba el sexo y que dedicó su vida a encontrar la manera de que todas las mujeres pudieran disfrutarlo sin la atadura de la reproducción. Se llamaba Margaret Sanger y junto con otros tres cruzados, una mecenas, un químico y un ginecólogo lo harían posible. Los cuatro se embarcarían en la búsqueda de una droga que se pudiera tomar oralmente, y con la que las mujeres encontrarían el camino a ser dueñas de sus cuerpos y sus deseos. La píldora anticonceptiva, que llegó a ser tan fundamental que, a diferencia de otras drogas se llama sólo así, la píldora.

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Imagen de la película de animación Rocks in my Pockets de Signe Baumane

Un equipo de cuatro esforzados y tozudos guerreros se propuso encerrar en una pastilla lo que vendría a ser una liberación de las mujeres de la servidumbre de tener hijos sin medida y una maravillosa posibilidad de disfrutar del sexo sin el espanto de un posible embarazo. Porque como alguien lo dijo, “cada vez que hombres y mujeres han estado haciendo hijos, lo que siempre han tratado de hacer es precisamente no tenerlos”. Es que salvo para los muy ricos, tener hijos sin medida acaba por menguar recursos y en el caso de las mujeres, terminar con su salud física y mental.

Los métodos anticonceptivos se conocían y se usaban desde los inicios de la civilización: pieles de animales, macerados de plantas. Variaban en forma y efectividad aunque siempre con un porcentaje bajísimo de protección de un embarazo. La Biblia menciona el coitus interrumpus y recomienda, al día de hoy, el método del ritmo. Recordar lo viejo y rudimentario de esas prácticas basta para percatarse de lo inhumanas y absurdas que son las leyes que tratan de impedir el acceso a la píldora hoy en día.

Los condones empezaron a usarse alrededor de 1840, pero las mujeres seguían a merced de la voluntad y la sujeción a sus hombres. Habría de ser necesario casi un siglo para que se diera por fin la gran liberación. Un compuesto químico que eliminara en un altísimo porcentaje el riesgo de un embarazo, que permitiera a las mujeres controlar su cuerpo sin interferencia de los hombres, posponer el embarazo al haber estudiado y logrado una carrera. Una revolución en toda regla y algo excepcional, con las mujeres como las victoriosas.

Fueron cuatro los guerreros. Una de ellas y tal vez quien le puso más fuego al propósito de encontrar el elemento liberador fue Margaret Sanger, una bella mujer, alimentada por la bohemia del barrio bohemio por excelencia, el West Village en Manhattan. Con su pelo rojizo era una veinteañera amante de las fiestas, la música, los amoríos pero también se interesaba profundamente en los movimientos de búsqueda de igualdad entre hombres y mujeres. Como enfermera fue testigo de las innumerables penalidades de las mujeres de los inmigrantes que sufrían y morían por exceso de partos o por abortos mal hechos. Tuvo que salir volando para Europa para evitar ser presa por cargos de obscenidad. Igual a su regreso tuvo que ir a la cárcel por fundar la primera clínica de control de natalidad en Brooklyn en 1916.

Pero fue sólo hasta los años cincuenta cuando ya con sus buenos años encima y desanimada por el lento paso del proceso para lograr un compuesto químico que impidiera la concepción, entró en contacto con un biólogo llamado Gregory Pincus, un disidente del establecimiento pues había tenido sus buenas furruscas con los mandamases de Harvard quienes al final lo expulsaron por los experimentos que venía haciendo con ovulación in vitro.

Cuando Sanger se encontró con él lo hizo en una especie de barraca convertida en laboratorio, un lugar construido a pedazos y con el dinero recogido puerta a puerta pidiéndoles a “amas de casa, plomeros y dueños de tiendas para que contribuyeran –ninguna donación es poca– para fundar una nueva institución que él llamó Worcester Foundation por Experimental Biology”. Sanger le habló de la urgencia para encontrar un método anticonceptivo cien por ciento seguro, de preferencia una pastilla. Para su sorpresa, Pincus estuvo de acuerdo para embarcarse en la tarea, iniciar su trabajo con una hormona que suprimiera la ovulación en las mujeres.

Como por esos años la investigación en anticoncepción en humanos era una más bien medio ilegal, conseguir fondos se convertía en una tarea difícil, por no decir imposible si se utilizaban los canales normales. Y aquí aparece el tercer protagonista, una aristócrata que, por una tragedia personal se encontró llena de dinero y con una idea fija en la cabeza, ayudar a quien lo necesitara. Katherine McCormick se quedó “viuda” el día de la boda. Su marido sufrió un ataque de nervios que sólo le dio tiempo de redactar su testamento legándole a su esposa todos sus bienes para vivir algunos años más con un diagnóstico de esquizofrenia. McCormick empezó a financiar el trabajo de Pincus.

Se inicia así la formación de un grupo muy particular comandado por Pincus. Se juntaron científicos brillantes unos, a contracorriente otros, aunque todos con la ferocidad de trabajar con ahínco y libres de cualquier constricción venida de la academia. El espíritu libertario y belicoso de Pincus logró reunir en 1951 un total de 51 investigadores, mujeres y hombres empeñados en lo que fue la mayor institución privada del país. No tenían que rendirle cuentas a nadie y ese mismo espíritu libre les permitió investigar fuera de lo permitido por las instituciones.

El cuarto elemento fue un ginecólogo, John Rock, quien pronto inició las pruebas necesarias para estudiar los efectos de una progesterona sintética en mujeres. Rock reclutaría y trabajaría con las mujeres en quienes se estaba probando la droga. Algunos de los estudios se realizaron en Puerto Rico, estudios que con seguridad no se podrían hacer el día de hoy. Venido de una familia católica, no tuvo inconvenientes en declarar que la salud de la mujer estaba siempre por encima de la del feto, que el aborto era necesario cuando peligraba la vida de la mujer, que el sexo y el amor van juntos y que el sexo, libre de las ataduras del embarazo mantenía a las parejas juntas.

La contingencia unió a estos cuatro guerreros, el espíritu libertario les permitió, con muchísimo trabajo y persistencia, enfrentando juicios y amenazas, empacar en una píldora, los ingredientes para la independencia de millones de mujeres en el mundo.

Sobre los artículos originales

Este texto es la fusión de los artículos Sexo y La píldora anticonceptiva y su laborioso parto, aparecidos el 10 y el 24 de febrero de 2015 en el blog Ciencia Cierta.

Un especial agradecimiento a la autora por permitir su reproducción en Mujeres con ciencia.

Sobre la autora

Josefina Cano es PhD en Genética Molecular de la Universidad de Sao Paulo. Premio Nacional de Ciencias Alejandro Angel Escobar y otras distinciones en Colombia. Ahora vive en Nueva York dedicada a la divulgación de la ciencia.

1 Comentario

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MartaMarta

Un artículo muy poco objetivo ¿no? Desde luego no está hecho desde una perspectiva científica sino ideológica, cargando las tintas contra la religión y alabando acríticamente a Margaret Sanger. Una pena que se trate de vender como ciencia (objetiva) lo que es opinión (ideología)…

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