Respuesta femenina a ‘El origen del hombre’ de Charles Darwin

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Los sexos en cada especie de organismo en la naturaleza son siempre equivalentes: iguales aunque no idénticos.

Antoinette Brown Blackwell

La teoría de la evolución darwiniana aplicada al ámbito del género humano tuvo implicaciones que no aparecían en los estudios evolutivos sobre otras especies. Un aspecto acusado fue el profundo sesgo sexista que impregnaba a tan destacada teoría. Según Charles Darwin (1871) el sexo femenino fue marginal en el desarrollo de nuestro linaje, y afirmaba convencido que «en cuerpo y espíritu el hombre es más potente que la mujer».

El contenido androcéntrico de los argumentos esgrimidos por el célebre naturalista, y ruidosamente difundidos pese a haberse alcanzado ya el último tercio del siglo XIX, lleva a preguntarnos si hubo alguna mujer que reaccionara públicamente presentando objeciones ante tanto ultraje. De hecho, la reacción sí se produjo y procedió principalmente de algunas figuras femeninas. Aunque el eco alcanzado fue escaso, ello no significa que careciera de valor. Más bien al contrario, hubo respuestas críticas bien fundamentadas por parte de notables estudiosas como por ejemplo Antoinette Brown Blackwell y Eliza Burt Gamble.

Antoinette Brown Blackwell: la igualdad evolutiva de los sexos

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Antoinette Brown Blackwell antes de casarse

Antoinette Brown nació en Nueva York el 20 de mayo de 1825. Desde muy joven fue una buena estudiante que pronto se involucró en la defensa de los derechos de la mujer. En 1847 pronunció su primer discurso reivindicativo del voto femenino y en los años que siguieron continuó participando activamente en charlas, conferencias y debates sobre el tema. Escribió importantes artículos en los periódicos, a lo que más tarde reunió y publicó en un libro.

En 1856, Antoinette Brown se casó con Samuel C. Blackwell, un hombre de negocios que, además de compartir con su esposa la lucha por la defensa de los derechos de la mujer, era hermano de Elizabeth Blackwell, recordada por ser la primera mujer norteamericana que se graduó en medicina.

Antoinette Brown Blackwell tuvo siete hijos, pero en ningún momento abandonó sus preocupaciones relacionadas con los derechos de la mujer y logró escribir y publicar numerosas obras sobre ciencia y filosofía. Entre sus múltiples escritos nos interesa destacar aquí un excelente libro titulado Los sexos a través de la naturaleza, que vio la luz en 1875.

The sexes...3 Ciertamente, cuatro años después de la aparición de El origen del hombre (1871) de C. Darwin, Antoinette B. Blackwell publicaba Los sexos a través de la naturaleza, en donde analizaba la obra del británico y se convertía en la primera mujer conocida en responder al célebre autor. La escritora no tuvo reparos al objetar que el naturalista inglés había malinterpretado la evolución humana «dando una desproporcionada preeminencia a todo aquello evolucionado en la línea masculina», y en tal sentido afirmaba: «El señor Darwin […] ha utilizado un gran lujo de detalles para demostrar cómo el macho probablemente ha adquirido ciertos caracteres masculinos adicionales; pero no parece que haya pensado nunca en considerar si las hembras han desarrollado o no caracteres femeninos equivalentes.»

La escritora era consciente de que por el hecho de ser mujer sería considerada presuntuosa al atreverse a criticar la teoría evolutiva, pero no veía otra alternativa y en aquellos años manifestaba que, «sólo una mujer puede aproximarse a este tema desde un punto de vista femenino; y entre nosotras no hay sino principiantes en esta clase de investigación. Pero, por grande que sea la desventaja bajo la cual nos colocamos, ésta nunca disminuirá por esperar.»

Para Antoinette B. Blackwell, uno de los principales problemas de la teoría darwiniana era que el autor limitaba su perspectiva a la de un observador masculino. Y, como ha señalado la respetada bióloga Anne Fausto-Sterling, aunque la visión de los sexos de la escritora estaba influida por los valores sociales de su tiempo, igual que lo estaba la del naturalista, ella era menos superficial que él cuando hacía referencia a las mujeres.

En efecto, Brown Blackwell criticaba la teoría porque suponía la superioridad evolutiva masculina. Sostenía, aunque con notable prudencia, que los testimonios manejados por Darwin sobre el supuesto predominio masculino «requerían una cuidadosa investigación», que ella decidió emprender. La estudiosa se enfrentó al tema de forma muy meritoria, consiguiendo que su trabajo discurriera siempre dentro de un espíritu científico, además de estar bien fundamentado e ilustrado con abundantes evidencias.

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Antoinette Brown Blackwell, últimos años

Sin abandonar un razonamiento metodológicamente muy sólido, Antoinette B. Blackwell tuvo el coraje de ofrecer una interpretación propia acerca de la igualdad entre los sexos, osando así desafiar la teoría del naturalista más respetado de su tiempo. Insistía en que para cada carácter especial masculino evolucionado, las hembras habían desarrollado otro complementario. La complementación tendría entonces un efecto claro: la equidad sexual, esto es, el «equilibrio orgánico en la equivalencia fisiológica y psicológica de los sexos». Tras múltiples análisis y reflexiones, afirmaba convencida que «los sexos en cada especie de organismo […] son siempre equivalentes: iguales aunque no idénticos».

En el proceso evolutivo Brown Blackwell también fue capaz de encontrar la confluencia entre sus intereses sociales y científicos, afirmando que la evolución humana proporcionaba bases sólidas que permitían exigir más libertad para las mujeres; y apuntaba sobre el tema: «La evolución ha dado y aún está dando a la mujer una creciente complejidad de desarrollo que no puede encontrar un campo legítimo para el ejercicio de todos sus poderes dentro del hogar. Existe una vida más amplia, que no superior, fuera [de casa] en la que ella está obligada a entrar, tomando parte en sus responsabilidades.»

En este sentido, cabe recordar que los argumentos darwinistas fueron utilizados por numerosos autores de la época en el candente debate sobre el voto de las mujeres. Hubo quienes se atrevieron a sugerir sin sonrojos que la evolución había hecho a las mujeres «incapaces de pensar racionalmente sobre política y otros problemas que requerían independencia emocional y una lógica clara». Ante ataques de esta naturaleza sobre una temática en la que Antoinette B. Blackwell se hallaba profundamente implicada, no es de extrañar que respondiera sin titubeos negando con ímpetu que el proceso evolutivo probara una supuesta inferioridad femenina.

Es muy probable que fuera la primera en sugerir que la evolución biológica en realidad abría un camino liberador hacia la equidad social entre los sexos. Lamentablemente, parece cierto que el pensamiento de Brown Blackwell estuvo adelantado para su tiempo, pues su crítica apenas fue oída o atendida. Pero, pese al insuficiente interés que sus argumentos parecían despertar, la escritora continuó incansable con su trabajo. Contribuyó con numerosos artículos en defensa de los derechos de las mujeres hasta que tuvo más de 80 años de edad.

El 2 de noviembre de 1920 esta gran luchadora, con 95 años, fue una de las muy escasas sufragistas pioneras que votó por primera vez en su país. Simbolizaba así un triunfo tan merecido como justo. Al año siguiente, el 5 de noviembre, falleció en New Jersey y sus restos fueron incinerados.

Eliza Burt Gamble en defensa de la superioridad evolutiva de la hembra

Eliza Burt Gamble
Eliza Burt Gamble

Casi veinte años más tarde de que Antoinette Brown Blackwell reivindicara la igualdad entre los sexos, otra estadounidense, Eliza Burt Gamble (4 de junio de 1841-17 de septiembre de 1920) asumía una postura mucho más radical. Esta activa intelectual fue una instruida defensora de los derechos de las mujeres y en su trabajo prestó una significativa atención a la importancia del género en la evolución humana. Burt Gamble utilizó audazmente la teoría darwiniana como fuente de argumentos para defender la primacía del sexo femenino.

En el año 1893, la escritora publicó un libro titulado La evolución de la mujer: una investigación sobre el dogma de su inferioridad ante el hombre, donde defendía sin ambages la superioridad del sexo femenino sobre el masculino. Según ha escrito Anne Fausto-Sterling, «para Gamble las mujeres eran superiores. En ellas habían evolucionado las cualidades más elevadas en las que descansaba el futuro de la humanidad».

Eliza Burt Gamble fue profundamente crítica con el androcentrismo que impregnaba a la ciencia. Pese a que no tuvo reparos en considerar a Darwin un excelente observador, al mismo tiempo le reprochaba que «a través de toda su investigación sobre la especie humana, mostraba una notable capacidad para ignorar ciertos hechos que, a lo largo de toda la línea del desarrollo evolutivo, tendían a demostrar la superioridad de la organización femenina». Según esta estudiosa, la habilidad del prestigioso naturalista para recoger hechos, generalizar y extraer conclusiones de ellos, «contaba muy poco cuando tales hechos se hallaban en oposición directa con prejuicios profundamente enraizados».

Asimismo, la estudiosa Gamble sostenía que, «en su celo por demostrar la superioridad del hombre frente a la mujer, y al enfatizar la energía, la perseverancia y el coraje como factores del desarrollo evolutivo, el señor Darwin parece haber infravalorado la importancia de los caracteres distintivos propios de las mujeres.»

The evolution of woman 2Burt Gamble optó por reinterpretar la teoría de la selección sexual darwiniana como punto sustancial de su argumento. Usando como ejemplo la elaborada ornamentación del pavo real macho frente a la sobriedad de la hembra, la escritora subrayaba que en ésta se había desarrollado un marcado poder de discriminación, «un ejercicio del gusto, el sentido de la belleza y la capacidad de elegir», mientras que en el macho sólo «han evolucionado fantásticos embellecimientos, […] y unas alas enormes que son claramente inútiles para su legítimo propósito». La poco decorada hembra, por su parte, continúa la autora, «ha almacenado en su interior, o conservado, todas las ventajas conseguidas a través de la selección natural y […] ella está capacitada para ejercer funciones que requieren un considerable grado de inteligencia.»

A diferencia de Darwin, Gamble pensaba que, como resultado de la elección femenina en la selección, los hombres no podrían haber evolucionado hasta ser superiores. Y así lo explicaba: «al igual que un arroyo no puede elevarse más alto que su fuente, o que una criatura no puede superar la excelencia de su creador, es difícil entender el proceso por el cual el hombre, mediante la selección sexual, se haya vuelto superior a la mujer.»

Como era de prever, si la obra de Antoinette Brown Blackwell tuvo poco eco, la de Eliza Burt Gamble, dada la radicalidad de su trabajo, fue aún menos escuchada. Pese a todo, y aunque entre ambas autoras hubo notables diferencias al responder a Darwin, estuvieron entre las escasas mujeres que lo hicieron en aquellos años. En este punto, afortunadamente, podemos destacar otras notables personalidades, en España la brillante escritora Emilia Pardo Bazán, quien sostenía en 1877 que «la ley del más fuerte es nefasta para el sexo femenino». Y en Francia a Clémence Royer, la primera traductora al francés y prologuista de la obra de Darwin El origen de las especies (1859).

Estas estudiosas, claramente por delante del tiempo que les tocó vivir, se atrevieron, no obstante, a expresar públicamente comentarios críticos acerca del papel concedido a las mujeres en una obra tan valorada y respetada como El origen del hombre de Charles Darwin. La comunidad de su tiempo les respondió con poco más que indiferencia o con un insolente desprecio. Así las cosas, tuvieron que pasar largas décadas hasta que un sector relativamente amplio de expertos y expertas empezase a discutir con seriedad el ofensivo rincón en el que la obra darwiniana había relegado a las mujeres.

Referencias

  1. Hoeveler, J. David (2007). The evolutionists: American thinkers confront Charles Darwin: 1860-1920. Lanham, Maryland: Rowman & Littlefield. pp. 168-177.
  2. Salmerón Jiménez, Angélica (2009). Charles Darwin y las claves femeninas de la teoría de la evolución.

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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