Cuando la botánica se decía femenina

Hasta finales del siglo XVIII estaba ampliamente admitido que algunos aspectos del estudio de la naturaleza eran «una fuente de placer y virtud apropiada para las mujeres». Prueba de ello es que la Biblioteca universal de las damas, una serie de 154 volúmenes que apareció por primera vez en París en 1785, estaba expresamente diseñada para proporcionar conocimientos a las mujeres. Y la botánica, en concreto, se suponía una disciplina especialmente adecuada para el sexo femenino. Los sabios del momento argumentaban que su estudio haría que las jóvenes se conservaran «virtuosas y pasivas», y esta convicción alcanzó tal arraigo que hasta mediado el siglo XIX aún había círculos donde se consideraba «poco masculino» que los hombres se interesaran por las plantas.

Curiosamente, el filósofo francés Jean Jacques Rousseau (1712-1778), que nunca defendió la educación femenina y era conocido por su misoginia, estuvo entre los que más contribuyeron a difundir la idea de que la botánica era una ciencia apropiada para las mujeres. Se manifestaba convencido de que «en todos los momentos de la vida el estudio de la naturaleza disminuye el gusto por las diversiones frívolas, impide el tumulto de las pasiones, y proporciona a la mente un alimento saludable al llenarla con un objeto merecedor de su contemplación.»

Las mujeres, sobre todo aquellas pertenecientes a las clases adineradas, no dudaron en aprovechar esa puerta que se les abría para practicar su creatividad e ingenio. Muchas de ellas se afanaron en estudiar cuidadosamente las plantas de su entorno, se convirtieron en ávidas lectoras de obras de historia natural e incluso escribieron sus propios libros, algunos ilustrados con excelentes imágenes.

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Carl Linneo

En este contexto, en 1735 el célebre naturalista sueco Carl Linneo (1707-1778) publicó un nuevo sistema de clasificación las plantas, que provocó cierto alboroto al estar principalmente basado en las características de los órganos sexuales presentes en las flores. El novedoso método indujo a muchos a pensar que los estudios botánicos constituían un asunto «poco adecuado para señoras». En opinión de los más pudibundos, el naturalista había usado en sus escritos demasiadas metáforas en las que los estambres se comportaban como maridos y las esposas se correspondían con los pistilos, como queda reflejado en el párrafo escrito al respecto por el prestigioso sueco: «Los pétalos de una flor no contribuyen a la generación y sólo sirven de tálamo nupcial preparado […] para que el desposado y la desposada puedan celebrar en su interior sus nupcias […]. Cuando el lecho está listo de tal manera, llega el momento de que el esposo abrace a su amada esposa y se le rinda.»

Parte de los contemporáneos de Linneo consideraron estos símiles divertidos, mientras que para otros resultaban ofensivos; hubo quienes opinaron que la «obscena» propuesta linneana era una «repugnante prostitución», irreverente con el dios creador, incapaz de permitir tales desmanes en el mundo natural, además de ofender, por su talante licencioso, al «pudor femenino». Igualmente, otros señalaban que el estudio del sistema sexual no podía compaginarse con «la modestia femenina».

Comentarios como los apuntados, sin embargo, no lograron impedir que muchas mujeres continuaran con su actividad como estudiosas de las plantas. Entre aquellas que realizaron aportaciones significativas es estimulante recordar a la primera botánica norteamericana, altamente valorada entre los especialistas de su tiempo: Jane Colden. Su trabajo fue el único realizado por una mujer que está incluido en la obra maestra de Linneo Species Plantarum (1753).

Jane Colden, notable estudiosa de las plantas

Jane Colden (27 de marzo de 1724-10 de marzo de 1766) recibió una educación que superó con mucho a la de la mayoría de las jóvenes de su tiempo, gracias básicamente al vigoroso estímulo de su padre. En este punto queremos subrayar que diversas estudiosas del papel de la mujer en la historia de la ciencia han resaltado en sus trabajos de investigación que muchas científicas de talento alcanzaron el éxito y lograron desarrollar su vida profesional gracias al apoyo encontrado en figuras masculinas, básicamente padres, maridos o hermanos.

Retomando a Colden, apuntemos que fue la segunda de diez hermanos en una familia acomodada de Nueva York y como en aquellos tiempos no había escuelas públicas donde vivían, de pequeña recibió una esmerada formación en casa. La rica biblioteca científica familiar propició que leyese diversos trabajos, entre ellos los de Linneo que su progenitor había traducido del latín al inglés, y que alcanzase así una excelente formación.

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Flora estudiada por Jane Colden

Desde muy joven mostró gran aficción por la lectura y el aprendizaje. Aunque las limitaciones propias de su época le impidieron viajar y emprender importantes recolecciones, fue capaz de salvar la situación estudiando todos los libros de botánica y jardinería que tenía a su alcance. Aunque sólo se internaba en los bosques y campos de los alrededores cuando iba acompañada, se las ingenió para que amigos y vecinos le trajesen todos los ejemplares vegetales de interés que encontrasen, ampliando así su rica colección.

A partir de principios de la década de 1740 y a lo largo de más de veinte años, estudió minuciosamente la vegetación del territorio en que vivía. En 1757 Jane Colden ya había descrito y dibujado cerca de 350 plantas locales y era una experta en identificar y clasificar las especies vegetales indígenas de Nueva York y alrededores. Con notable maestría plasmó su trabajo en un precioso manuscrito sobre la flora de Nueva York, incluyendo cuidadosas descripciones morfológicas tan detalladas y precisas que indicaban que sus observaciones procedían de especímenes reales. Asimismo, fue capaz de idear nombres comunes para muchas plantas y de elaborar una lista de aquellas que tenían propiedades domésticas o medicinales.

jane colden bookColden mantuvo correspondencia frecuente con un gran número de botánicos y coleccionistas de su época, tanto norteamericanos como ingleses, lo que le permitió estar totalmente al tanto de los descubrimientos y hallazgos más recientes de su especialidad. Además, su contacto con los científicos contribuyó a que se volviese muy conocida en los círculos botánicos de América y de Europa. Las referencias existentes en los registros contemporáneos indican que era muy valorada por sus minuciosas descripciones y como recolectora de plantas y semillas. Jane Colden descubrió dos especies nuevas pero, como tantas veces en la historia de la ciencia, ambas especies fueron también descritas y nombradas por otros botánicos varones y ella no recibió crédito alguno por sus hallazgos.

Esta perseverante naturalista estaba muy segura de sus conocimientos y de su trabajo científico; cuando en sus observaciones difería de los demás, no se atemorizaba y lo ponía claramente de manifiesto. Por ejemplo, al escribir sobre una especie, Clematis virginiana, afirmaba: «ni siquiera Linneo se ha dado cuenta de que algunas plantas de Clematis sólo llevan flores masculinas, pero yo he observado esto con tal cuidado que no quedan dudas de ello.»

A pesar de todas las barreras con que se enfrentó debido a su sexo, Jane Colden logró ser reconocida por el célebre botánico sueco. Una de sus numerosas descripciones de plantas fue incluida en la prestigiosa obra Species Plantarum, y por ello se convirtió en la única mujer entre naturalistas de todo el mundo que contribuyó a este gran trabajo. De hecho, la obra de esta notable estudiosa acabó siendo altamente valorada por importantes hombres de ciencia. Botánicos de prestigio, como el inglés Alexander Garden, alabaron su trabajo por ser «extremadamente preciso». Incluso algunos importantes especialistas de la época pidieron a Linneo que nombrase una planta en honor a ella. Escribieron al insigne científico: «Esta joven […] ha dibujado y descrito 400 plantas sólo siguiendo vuestro método»; o bien, «es la primera mujer que ha estudiado perfectamente vuestro sistema», pero el naturalista sueco ignoró estas recomendaciones.

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Jane Colden

Cuando Jane Colden contrajo matrimonio en 1759 contaba ya treinta y cinco años, edad «avanzada» según los cánones de la época. No hay evidencias de que continuase con sus actividades sobre botánica después de su boda. Murió a los 42 años, el 10 de marzo de 1766, después de dar a luz a su único hijo, que también falleció. Desafortunadamente, los escritos de Jane Colden que aún se conservan son muy escasos. No obstante, su manuscrito sobre la flora de Nueva York se encuentra hoy localizado en la colección del Museo Británico de Historia Natural, y parte de su correspondencia ha sido hallada en Edimburgo.

JaneColdenPara terminar, anotemos que el «idilio» entre las ciencias naturales y las mujeres no duró mucho. A medida que la distancia entre la alta ciencia y la de cariz más popular iba creciendo, las mujeres, que tenían vedada la entrada a las universidades o a las academias científicas, fueron quedando más y más rezagadas. Finalmente, con la profesionalización de la ciencia perdieron las prerrogativas que había disfrutado. La botánica médica, entre otras especialidades, que había permanecido en manos femeninas hasta bien entrado el siglo XVIII, terminó por pasar a ser responsabilidad de hombres con estudios universitarios y las estudiosas se vieron excluidas de los poderosos círculos del saber.

Referencias

  1. Ogilvie, M. B. And Harvey, J. D. (eds) (2000), The Biographical Dictionary of Women in Science: Pionering Lives from Ancient Times to the Mid-20th Century, Routledge. New York
  2. Robbins, P. I. (2009), Jane Colden. America’s First Woman Botanist, Purple Mountain Press
  3. Las mujeres y el reino de las plantas, Blog Carolina Martínez Pulido, julio 2012

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

3 Comentarios

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Patricia

No es correcto que Rousseau no defendió la educación de las mujeres. Prueba de ello es el capítulo V de “Emilio”, un verdadero tratado de educación burguesa y sobre el que se ha sostenido la educación diferencial de niñas y niños. A grandes rasgos sostiene la instrucción de las niñas en las primeras letras y los rudimentos básicos de las matemáticas a fin de formar los ciudadanos ideales del liberalismo

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Particia, Rousseau sí fue claramente sexista. Sus opiniones reflejan el pensamiento del siglo XVIII sobre la educación femenina: la mujer ha sido creada para disfrute del hombre. Siguiendo a la profesora Valenzuela Vila: “Rousseau sostiene que la búsqueda de verdades abstractas y de principios en la ciencia está más allá del alcance de la mujer. Su misión está en aplicar lo descubierto por los hombres respetando su autoridad y criterio; esto se puede ver, por ejemplo, en el tema de la religión, donde las mujeres deben seguir siempre la doctrina del hombre . Al autor del Emilio no le gusta la idea de que los libros desempeñen un papel protagonista en el proceso educativo. Y cuando se trata de la educación de las mujeres, esta aversión es todavía más pronunciada”.
Un cordial saludo, Carolina.

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Patricia, releyendo mi post veo que digo “el filósofo francés Jean Jacques Rousseau (1712-1778), que nunca defendió la educación femenina y era conocido por su misoginia…”, quizás te aclare más mi respuesta señalando que me referia a una educación igualitaria y científica.
Un cordial saludo,
Carolina

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