Margaret Rossiter, desempolvando excelentes biografías femeninas

Vidas científicas

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Margaret Rossiter, desempolvando excelentes biografías femeninas

La respetada escritora Susan Dominus, experta colaboradora del New York Times Magazine, ha expresado su decidida voluntad de centrarse en «proyectar luz sobre los ingeniosos logros de aquellas que han sido olvidadas». Al respecto, ha escrito un revelador artículo sobre Margaret Rossiter, del cual incluimos a continuación algunos de sus párrafos más evocadores.

Margaret Rossiter. Cornell University.

Dominus comienza apuntando que «en 1969, Margaret Rossiter, entonces con 24 años de edad, era una de las pocas mujeres matriculadas en un programa sobre historia de la ciencia para graduados en la Universidad de Yale». Durante ese postgrado, los profesores organizaban cada viernes reuniones informales junto al alumnado con el fin de estimular debates sobre la materia.

En una de las reuniones, una sorprendida Rossiter ante la larga lista de científicos masculinos preguntó al profesor: «“¿Hubo alguna vez mujeres científicas?”. La respuesta, pronunciada con total autoridad, llegó terminante: “No. Nunca. Ninguna” […]. Alguien de la clase mencionó entonces que “al menos hubo una muy conocida, Marie Curie, dos veces ganadora del Premio Nobel”. Irritado, el profesor descartó a Curie, definiéndola como “una mera ayudante de su marido, quien fue el verdadero genio detrás de tales logros”. Ante tal despliegue de misoginia, en vez de discutir Rossiter no dijo nada, aunque posteriormente ha confesado: “Me di cuenta de que no era un tema aceptable”». Esta aparente anécdota, aunque aún no lo sabía, fue en realidad, según ha descrito Dominus, el estimulante punto de partida del trabajo profesional que Margaret Rossiter desarrollaría a lo largo de su vida.

Una vez completado su PhD, en 1971 la joven Rossiter consiguió una beca para Harvard. En la formidable biblioteca de esta universidad, una tarde encontró una enciclopedia dedicada a la historia de la ciencia titulada American Men of Science. Pese a que en Yale le habían afirmado con certeza que no existían mujeres científicas, obviando el título del volumen, leyó cuidadosamente el tratado. Su sorpresa fue creciendo al encontrar entradas dedicadas a mujeres, sobre todo botánicas y geólogas, cuyas breves biografías alimentaron su naciente interés en el tema.

Con irresistible entusiasmo, durante la década siguiente se dedicó a viajar por todo su país; acudió a bibliotecas, a los archivos de diversas universidades, leyó obituarios, descifró viejas fotos, examinó publicaciones en la prensa…, todo ello impulsado por la voluntad de dar sentido a un pasado que se revelaba sistemáticamente como si estuviese censurado. Detectó, apunta Dominus, que sí había figuras femeninas, pero estaban arrinconadas, agrupadas en lo que Rossiter llamó «territorios segregados», infravaloradas, mal pagadas, solo contratadas para trabajar como ayudantes realizando montañas de trabajos tediosos, y nunca eran promocionadas.

Deseosa de ampliar el horizonte que se iba abriendo tras sus lecturas, Rossiter intentó debatir sobre el tema con diversos profesionales, logrando únicamente estrellarse contra un muro. Claramente detectó que cuando intentaba argumentar con hombres de ciencia, la mayor parte de ellos era incapaz de razonar si se hablaba de mujeres. Las credenciales femeninas, escribió, «eran despreciadas como irrelevantes».

La adversidad y el rechazo solo consiguieron alentar la vocación de esta perseverante investigadora. Sin amedrentarse, ha descrito Susan Dominus, «logró desempolvar y sacar a la luz cientos y cientos de contribuciones femeninas enterradas y olvidadas». Finalmente, tras un meticuloso y documentado estudio, publicó una magnífica monografía que terminaría abarcando tres tomos.

El primer volumen salió a la luz en 1982 bajo el título de Women Scientists in America, centrado en la sistemática manera en que el ámbito científico había desalentado y marginado constantemente a las mujeres. Asimismo, basada en la escrupulosa documentación conseguida, Rossiter incluía una «crónica de los ingeniosos métodos que las féminas siguieron para alcanzar sus objetivos, conquistando un lento, aunque intrépido, progreso en la participación científica».

Portadas de los libros. Google Books.

Para sorpresa de Margaret Rossiter y de su editor, el New York Times publicó una crítica elogiosa sobre este histórico volumen. La historiadora Alice Kimball Smith, autora de la reseña, escribía que «el rico detalle con que se describe la historia de las científicas americanas está localizado en el contexto del cambio social de los siglos XIX al XX, dando como resultado un libro espléndido».

Rossiter, gratificada al lograr resquebrajar una persistente y coercitiva barrera, continuó con empeño su proyecto, que se prolongaría hasta comienzos del siglo XXI. Las buenas críticas siguieron llegando. Por ejemplo, la bióloga Anne Fausto-Sterling prestigiosa profesora emérita de la Brown University, y reconocida experta en genética del desarrollo, confesaba que «la investigación de Rossiter ha sido “revolucionaria” […]. Me quedé atónita ante el primer volumen publicado. Significaba que nunca debí creer nada de lo que me dijeron sobre si las mujeres hicieron o no hicieron ciencia en el pasado; ni tampoco debí tornármelo como una medida de lo que podían hacer en el futuro».

Por su parte, Londa Schiebinger, historiadora de la ciencia de la Universidad de Stanford, declaraba que «Rossiter contribuyó a aclarar el camino para las mujeres científicas […]. Su trabajo demostró que sí había mujeres en la ciencia, y que podemos aumentar ese número, porque ellas son totalmente capaces de hacerlo».

En la misma línea, M. Susan Lindee, historiadora de la Universidad de Pensilvania apuntaba que «no solo las mujeres en ciencia tienen mucho que aprender de la investigación de Rossiter. Tenemos que mirar cuidadosamente su trabajo y reexaminar todas las brillantes estrategias que siguieron figuras femeninas para [encontrar “resquicios” y] contestar al poder institucional, tan orientado a impedirles que tuvieran éxito».

El efecto Matilda

El trabajo de Margaret Rossiter tuvo, además, una profunda importancia porque en 1992 acuñó la frase del efecto Matilda, que con gran éxito se expandió rápidamente. Tal efecto, nombrado en honor a la sufragista estadounidense Matilda Gage (1826-1998), engloba e incrementa un conocido fenómeno: la forma en que el trabajo femenino ha sido infravalorado por los historiadores, borrando a las mujeres de la historia.

Con su afortunada frase, Rossiter denunciaba también un hecho inquietante propio de la historia reciente; subrayaba sin rodeos «la desfachatez con que los científicos masculinos aceptan premios debidos a trabajos realizados por sus colegas femeninas». Dando nombre a un hecho conocido, «Rossiter identificaba el tema de méritos inapropiados como un problema ante el cual las instituciones debían luchar y rectificar», ha subrayado con acierto Susan Lindee.

Valga recordar que la sufragista Matilda Gage fue la primera estadounidense conocida que publicó en 1883 un estudio sobre las mujeres en la ciencia; bajo el título «La mujer como inventora» («Woman as an Inventor»), se anticipó a Rossiter en un siglo. Ciertamente, nuestra protagonista tuvo conocimiento de Gage a comienzos de la década de 1990, mientras leía un libro relativamente desconocido sobre féminas intelectuales.

Tras esa enriquecedora lectura, poco después en 1993, Rossiter asistió a una conferencia en la que se presentaban diversos artículos sobre mujeres científicas, cuyos trabajos se habían erróneamente considerado escritos por hombres. Entonces pensó que debía dar un nombre a ese fenómeno, «así permanecerá por más tiempo en el ámbito del conocimiento que si simplemente narras que ocurrió», ha comentado en varias ocasiones. Como acaba de explicarse, decidió llamarlo el «efecto Matilda» en honor a Matilda Gage, optando por redactar un ensayo para la revista Social Studies of Science al que tituló “The Matthew Matilda Effect in Science”. En este ensayo Rossiter escribió, «cuanto más trabajan las mujeres, más hombres están a su alrededor para beneficiarse y menor crédito reciben ellas». Algo que sumaba en forma de denuncia Susan Dominu.

El éxito alcanzado en las últimas décadas del llamado «efecto Matilda» ha sido enorme; lo han citado en cientos de estudios, y diversas expertas han mostrado su agradecimiento a Rossiter por «haber creado un concepto al que han podido referirse regularmente, expresando con brevedad un hecho indiscutible».

Oportunamente, Susan Dominu ha rememorado que «Margaret Rossiter y Matilda Gage realizaron contribuciones sustanciales a la ciencia, pese a que durante largo tiempo no fueron reconocidas […]; ambas trataron de sacar a la luz el trabajo de otras mujeres que habían sufrido ese mismo destino. Sus nacimientos separados por más de un siglo, tuvieron una relación casi simbiótica, con el trabajo de una dando nueva vida al de la otra en colaboración. Con ello, y a través del tiempo, consiguieron avanzar en el papel de las mujeres en la ciencia, propagando sus logros a los laboratorios y centros de la academia».

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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