Jean Broadhurst, la bacterióloga que impidió al virus del sarampión seguir jugando al escondite

Vidas científicas

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Jean Broadhurst, la bacterióloga que impidió al virus del sarampión seguir jugando al escondite

Jean Broadhurst. Kanik-TIC.

Hoy, bien entrado el siglo XXI, las enfermedades infecciosas siguen siendo un problema grave en muchas regiones del mundo, pero no lo son, en general, por falta de conocimiento. Sabemos cómo prevenirlas, cómo diagnosticarlas y, en muchos casos, cómo tratarlas. Allí donde existen sistemas sanitarios sólidos, su impacto es mucho menor que el de enfermedades como el cáncer o las cardiovasculares (algo que podría cambiar en un futuro no muy lejano si por su abuso y mal uso los antibióticos siguen perdiendo eficacia).

No siempre fue así. Hace menos de un siglo, hasta mediados del siglo XX, las enfermedades infecciosas estaban entre las principales causas de muerte también en los países más avanzados. Su control dependía, en gran medida, de algo tan básico —y tan difícil— como detectarlas a tiempo.

En ese mundo trabajó Jean Broadhurst, bacterióloga estadounidense. Su carrera se desarrolló en una época en la que la microbiología todavía estaba consolidándose y en la que cada avance en los diagnósticos de estas patologías podía tener consecuencias inmediatas en la salud pública. Su carrera transcurrió siempre entre las aulas, las escuelas y los laboratorios.

De maestra de primaria a científica de laboratorio

Broadhurst nació en diciembre de 1873 en Stockton, Nueva Jersey. Se graduó en 1892 en la State Normal School de Trenton (Nueva Jersey), una institución dedicada a formar profesores, y durante varios años trabajó como maestra de primaria. Mientras enseñaba, seguía estudiando. En el Teachers College de la Universidad de Columbia cursó asignaturas como fisiología, geografía, ciencias naturales o trabajos manuales. Era una formación amplia, habitual para los docentes de la época, pero también el inicio de un cambio de rumbo. Con el tiempo dejó la enseñanza escolar. Decidió continuar su formación y orientarse hacia la ciencia.

En Columbia obtuvo sus títulos universitarios y más adelante se doctoró en la Universidad de Cornell en 1914. Ese paso marcó definitivamente su transición hacia la investigación. Antes de completar el doctorado, ya había comenzado a trabajar en el ámbito universitario como asistente en el departamento de botánica y zoología del Barnard College.

En 1906 se incorporó al profesorado del Teachers College de la Universidad de Columbia. Allí desarrollaría la mayor parte de su carrera y contribuiría tanto a la formación de estudiantes como al desarrollo de la bacteriología en un momento de rápida expansión del conocimiento sobre los microorganismos.

Su trabajo se centró en entender y resolver problemas muy concretos. Investigó enfermedades comunes y muy graves en esa época: infecciones de garganta, escarlatina o mastitis entre otras. También investigó métodos de cultivo y clasificación de bacterias. No eran avances espectaculares en apariencia, pero sí eran fundamentales ya que sin técnicas de laboratorio sólidas y fiables, no habría forma de que la microbiología se convirtiese en una rama científica útil y consolidada.

Un virus diminuto que nadie sabía cómo detectar

El reconocimiento más destacado de su carrera llegó en 1937 y estuvo relacionado con el sarampión, que hoy es una enfermedad prevenible mediante vacunación, pero que en aquel momento era muy común y que podía llegar a ser muy grave cuando afectaba a niñas y niños. Por entonces ya se sabía que estaba causada por un agente infeccioso extremadamente pequeño, un virus capaz de pasar inadvertido y atravesar filtros que sí retenían bacterias, pero no este virus. Observarlo era extremadamente difícil, y eso era un problema, ya que sin una forma de detectar la enfermedad en sus primeras fases, el diagnóstico dependía de la aparición de síntomas visibles, como la erupción cutánea.

Pero para entonces la fase contagiosa ya se había iniciado mucho tiempo antes. Lo único eficaz que se podía hacer por entonces para evitar que un caso de sarampión se convirtiese en un brote que diese pie a una epidemia era aislar al enfermo, pero para eso había que hacer el diagnóstico primero, y el diagnóstico a menudo se producía con la enfermedad ya avanzada. Por supuesto, no había vacuna por entonces, y el tratamiento era muy limitado.

Broadhurst encontró una vía para avanzar en ese diagnóstico. Utilizando un colorante negro, la nigrosina, se hacían visibles al microscopio ciertas estructuras presentes en las muestras, los llamados cuerpos de inclusión. De esta forma estas estructuras podían detectarse en muestras tomadas de la nariz y la garganta de una persona enferma de sarampión incluso antes de que apareciera la erupción característica del sarampión. Era, en esencia, una mejora técnica, pero sus consecuencias eran prácticas y aplicables al diagnóstico, el tratamiento y la contención de la infección.

Prevenir el contagio antes, durante y después

Una noticia publicada en 1937 señalaba que con este procedimiento Broadhurst había resuelto un problema que había “desconcertado a los científicos durante generaciones” . El mismo texto destacaba además que el método permitía identificar la enfermedad en fases muy tempranas y también en momentos posteriores, cuando los pacientes ya parecían recuperados, dando márgenes a las y los profesionales sanitarios para tomar medidas antes y también después, reduciendo el riesgo de contagios.

El trabajo de Broadhurst se inscribe en esa línea de la microbiología que no solo busca comprender, sino también aplicar. No se trata solo de saber qué causa una enfermedad, sino de encontrar maneras de detectarla y limitar su propagación. A lo largo de su carrera, mantuvo siempre esa doble dedicación investigadora y docente. En el Teachers College formó a generaciones de estudiantes en bacteriología, contribuyendo a difundir conocimientos que luego se aplicarían en distintos ámbitos.

Su trayectoria refleja también un camino poco habitual en su época. El paso desde la formación como maestra de primaria hasta una carrera científica consolidada en una universidad de primer nivel no era frecuente. Pero fue, precisamente, uno de los itinerarios que permitió a muchas mujeres acceder a la ciencia en aquellos años.

Su trabajo contribuyó a mejorar las herramientas de diagnóstico en un momento en el que las enfermedades infecciosas eran una amenaza constante. No eliminó por sí sola las enfermedades que estudió pero ayudó a comprenderlas mejor y a controlarlas con mayor eficacia. Mirada desde hoy, su carrera permite entender hasta qué punto ha cambiado nuestra relación con las enfermedades infecciosas. Pero también recuerda algo más sencillo: que ese cambio no fue inmediato. Se construyó poco a poco, con aportaciones concretas.

Jean Broadhurst se retiró como profesora emérita en 1939 y falleció en 1954.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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