Patricia S. Cowings, la psicóloga que entrena a los astronautas para que no se mareen en el espacio

Vidas científicas

¿Alguna vez has probado a ponerte un complejo y pesado traje espacial, meterte en una cápsula pequeña y llena de dispositivos tecnológicos vitales, sentarte y amarrarte a un asiento, experimentar una aceleración intensísima, permanecer sin moverte tantas horas que si sientes ganas de orinar mientras tanto tendrás que aliviarlas ahí mismo, y soltarte solamente al llegar a un entorno sin gravedad, donde permanecerás varios días o semanas, y luego repetir el proceso a la inversa? Yo tampoco, pero solo de pensarlo me ha entrado cierto mareo.

Los mareos son precisamente un problema para los astronautas, los que sí se presentan voluntarios para pasar por todo eso, sobre todo en el momento de la reentrada en la atmósfera. Un mareo es incómodo, pero generalmente no es grave, a no ser que tengas que manejar los mencionados dispositivos tecnológicos de los que dependen tu vida y la de tus compañeros de misión.

Patricia Cowings (1978) en el Centro de Investigación Ames. Wikimedia Commons.

Una mujer afroamericana, Patricia S. Cowings, con formación en fisiología y psicología, desarrolló un programa de entrenamiento diseñado para ayudar a los astronautas a controlar determinadas reacciones de su cuerpo, entre ellas los mareos, de forma que pudieran adaptarse a las anómalas condiciones espaciales del espacio (valga la redundancia). Se trata de un tipo de entrenamiento, que aún se aplica hoy con las tripulaciones de misiones espaciales, en el que en doce sesiones de media hora se va guiando de más a menos a los astronautas para controlar hasta un total de veinticuatro reacciones corporales, como la tensión sanguínea o las náuseas entre otras. Esto permite que puedan realizar tareas vitales mejor y más rápido, tanto durante la estancia en el espacio como, sobre todo, en la reentrada.

Educación para salir del Bronx

Cowings nació el 15 de diciembre de 1948 en el Bronx, en la ciudad de Nueva York. Hija de una asistente de escuela infantil y del dueño de una tienda de comestibles, tuvo otros tres hermanos, y los cuatro recibieron la mejor educación que sus padres pudieron proporcionarles, precisamente como una forma de sacarlos del barrio.

Se interesó por la ciencia y el espacio mientras estudiaba Psicología en la universidad. Ella misma contaba que hizo un curso que se le había ofrecido “casi como una broma”: se impartía en la escuela de ingeniería. El objetivo del curso era aprender a diseñar aspectos y dispositivos de los transbordadores espaciales desde el punto de vista de la persona que iba a utilizarlos, y estaba lleno de hombres y todos eran ingenieros. Ella, en principio, no cumplía con los requisitos previos para asistir, pero eso no la detuvo. Acudió al profesor, hombre e ingeniero también, y le dijo: “tienes que dejarme asistir a esa clase. No hay mujeres, no hay científicos de la vida y la salud. Todo el mundo está diseñando mesas para la falta de gravedad, pero nadie está estudiando el impacto que un entorno así puede tener en los animales, por ejemplo en los humanos. Necesitas a una científica en esta clase”. Él accedió.

Ese curso determinó lo que sería su carrera en las décadas siguientes. Junto a sus compañeros realizaron una visita al Centro de Investigación Ames, de la NASA, donde aprendieron sobre algunos de los problemas biomédicos a resolver en las misiones tripuladas al espacio, y ella además descubrió su Biblioteca de Ciencias de la Vida. Fue entonces también donde escribió un trabajo sobre doce posibles aplicaciones de la investigación y el trabajo en psicología que se podían utilizar para resolver problemas biomédicos, empezando por los mareos.

El Centro de Investigación Ames fue el lugar donde trabajó toda su carrera, buscando respuestas a una pregunta fundamental: ¿cómo, a través del aprendizaje, podemos modificar nuestros cuerpos para hacerlos más adecuados al entorno en el que nos encontramos? Su respuesta fue el programa AFTE (Autogenic-Feedback Training Exercise, Ejercicios de entrenamiento de retroalimentación autógena sería una traducción aproximada al español).

Aprenda a vencer el mareo espacial en 6 horas

El AFTE ayuda a los astronautas a controlar y reducir los mareos que suelen aparecer durante los primeros días en el espacio y en la vuelta a la Tierra, lo que se conoce como space motion sickness o mareo por movimiento en el espacio. Esto se debe a que en condiciones de microgravedad, el cerebro recibe señales contradictorias del sistema vestibular, la vista y el cuerpo, lo que provoca náuseas, desorientación y malestar. El AFTE parte de una idea sencilla: descubrir si es posible y posteriormente entrenar a los astronautas para que aprendan a regular conscientemente respuestas fisiológicas que normalmente son automáticas, como la respiración, la tensión muscular o el ritmo cardíaco, reduciendo así los síntomas antes de que se intensifiquen.

El programa, aplicado por primera vez en 1985, se basa en la combinación de técnicas de entrenamiento autógeno —basadas en concentración y relajación guiada— con biorretroalimentación, es decir, información en tiempo real sobre lo que ocurre en el cuerpo. Durante el entrenamiento, los astronautas aprenden a reconocer las primeras señales físicas del mareo y a aplicar estrategias de autorregulación para neutralizarlas. Esto se hace a través de sesiones en las que se recogen parámetros biométricos (frecuencia cardiaca, temperatura corporal, tensión muscular, tensión sanguínea) y se aplican ejercicios de meditación guiada para controlarlos, evocando mentalmente sensaciones que produzcan en el cuerpo las reacciones deseadas (relajación muscular, aumento de la temperatura…). El programa avanza dejando que poco a poco los astronautas realicen esos ejercicios por su cuenta y hagan el seguimiento de esas constantes de su cuerpo.

Patricia S. Cowings. Captura de pantalla Black History Rough Draft.

Estudios realizados por Cowings y su equipo mostraron que los astronautas entrenados con AFTE durante un total de seis horas, divididas en doce medias horas, experimentaban menos náuseas, una adaptación más rápida a la microgravedad y una menor necesidad de medicación, lo que resulta clave en un entorno donde las reacciones ágiles y una ejecución precisa de las tareas a realizar son críticos para el éxito de la misión e incluso para la seguridad de los tripulantes. Estas evidencias convirtieron al AFTE en una herramienta valiosa, que todavía se utiliza hoy, no solo para las agencias de exploración espacial sino también para demostrar que el cuerpo puede ser entrenado, con práctica y retroalimentación adecuada, para responder mejor incluso en las condiciones más extremas.

Cowings siguió profundizando en métodos psicológicos y no médicos para superar esta y otras reacciones no deseadas que experimentaban los astronautas al salir al espacio. Ella misma recibió la preparación para ser astronauta, si bien nunca llegó a salir al espacio.

Años después en una entrevista recordaría como a los nueve años, siendo una niña negra y con sobrepeso en el Bronx, se dio cuenta de que todos los trabajos interesantes que veía a su alrededor eran desempeñados por hombres, sobre todo por hombres blancos, y se sintió insignificante. Así que acudió a su padre “que en aquel momento, y aún hoy, era el hombre más sabio que yo conocía” y él le dijo: “no, no, no. Estás totalmente equivocada. Tú no eres solamente una niña negra bajita y regordeta del Bronx. Lo que tú eres es un ser humano, y el ser humano es la mejor criatura sobre todo el planeta, capaz de conseguir cualquier cosa a través del aprendizaje”.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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