Campamentos de brujas, cuando las creencias son más fuertes que las leyes

Ciencia y más

En el norte de Ghana hay mujeres condenadas por temores ancestrales. Se las acusa de brujas. Si un vecino de Matis Awola sueña que lo persigue una vaca con la cara de Matis, la vida de ésta corre peligro.

Mujeres exiliadas

Matis, viuda de sesenta años, no tenía a ningún hombre que la defendiera. En cuestión de días, su vida se convirtió en una pesadilla; la echaron de su comunidad, su hijo la llevó a Gambaga, uno de los seis «campamentos de brujas» del país. En la actualidad, esta mujer vive allí, en una pequeña choza sin ventanas junto a otras ochenta mujeres acusadas de brujería.

Recinto en el campamento de brujas de Gambaga. Wikimedia Commons.

Aunque estas acusaciones son comunes en Ghana y en muchos otros países de África, sobre todo en Nigeria, la República Democrática del Congo, Tanzania, Sudáfrica, Mozambique…, desterrar a las mujeres a asentamientos es poco común. Para cientos de mujeres el exilio comienza con un susurro que cree haber oído alguien, un sueño como el del vecino o una desgracia inexplicable: una muerte en la familia, una mala cosecha, una enfermedad, etc. En Ghana, la creencia en la brujería alcanza unos porcentajes altísimos. Para las culpables, el destierro a un «campamento de brujas» es la única manera de sobrevivir; en sus aldeas las lincharían o serían repudiadas.

Algunas veces, antes de marchar, las mujeres consideradas brujas tienen un juicio para probar la veracidad de la acusación: se mata a un pollo o a una gallina y dependiendo de cómo caiga al morir, la mujer será culpable o inocente. Pero en muchos casos, la simple acusación decide el destierro de una mujer, independientemente del resultado del ritual; se desobedece a los espíritus que hablaron a través del sacrificio del pollo.

Los campos de desterradas

La vida en los campamentos se caracteriza por penurias incesantes. Las mujeres viven en la pobreza, marginadas incluso por sus propias familias. Duermen en suelos de tierra, dependen de donaciones esporádicas y tienen un acceso precario a agua potable, atención médica o alimentos.

Bachalbanueya, de ochenta años, ha pasado más de 45 en el campamento de Gambaga. Fue desterrada porque una vecina la acusó de la muerte de su esposo. Su historia no es única; si tienes la mala suerte de que se muera tu esposo, te acusan de haberlo matado.

Quedan seis «campamentos de brujas» no oficiales en el norte de Ghana, situados cerca de aldeas como Gambaga, Kpatinga, Gnani y Kukuo. Aunque estos asentamientos pueden ofrecer refugio ante el peligro inmediato, también son un duro recordatorio de la exclusión social y la injusticia no resuelta que las mujeres siguen enfrentando. No son ni un refugio ni una prisión, son algo intermedio. No hay vallas ni muros, pero las barreras culturales y psicológicas impiden que las mujeres intenten irse. Muchas creen que si regresan a casa les caerá una desgracia, enfermarán o incluso morirán. Se les hace creer que si abandonan el campamento, los espíritus van a matarlas.

Antes de llegar allí, algunas fueron atacadas, agredidas y abandonadas en el bosque. Otras fueron expulsadas de forma discreta por familiares para librarse de un supuesto peligro espiritual. En cada caso se esconde una visión profundamente patriarcal, en la que se ataca a las mujeres, especialmente a las viudas o a las que no cuentan con la protección masculina.

Fusheina, viuda y madre de cinco hijos, ha pasado los últimos seis años en el campamento de Gnani. El jefe de su aldea la acusó de brujería después de la repentina muerte de su sobrino, y fue expulsada de inmediato. Ahora vive sola. «No soy feliz porque mis hijos no están conmigo», dice en voz baja. «Solo quiero volver a casa». Pero regresar es impensable; teme que los aldeanos le hagan daño.

Presuntas brujas en el campamento de brujas de Gambaga. Wikimedia Commons.

La explotación de las mujeres exiliadas es un problema severo. En algunos campamentos, se las obliga a trabajar sin remuneración para los líderes comunitarios, acarreando agua o en la agricultura. Existen informes fidedignos de abusos y agresiones sexuales. La ayuda humanitaria no siempre se distribuye de forma justa, y se acusa a líderes de desviar alimentos o fondos para uso personal. Administrar un «campamento de brujas» se ha convertido en un negocio.

Superstición e injusticia hacia las más vulnerables

Esta violencia contra las mujeres va dirigida hacia las más vulnerables: ancianas, pobres, viudas y sin hijos capaces o dispuestos a defenderlas; se maltrata a las que no tienen voz. A veces, las acusaciones terminan en muerte. En julio de 2020, Akua Denteh, de 90 años, fue linchada en un mercado público tras ser acusada de brujería. Su asesinato, filmado y difundido, conmocionó al país y desató demandas de reformas legales. Se convirtió en un símbolo de la intersección entre la superstición y la violencia de género.

Aunque los hombres también pueden ser acusados, las acusaciones caen mayoritariamente sobre las mujeres. Parece que los brujos usan sus poderes para el bien. «Cuando los hombres son espiritualmente fuertes, se dice que protegen a la comunidad», declaró Lamnatu Adam, directora ejecutiva de la organización de derechos de las mujeres Songtaba. «Cuando las mujeres son espiritualmente fuertes, se dice que traen enfermedades y desastres».

Las motivaciones para acusar de brujería a las mujeres tienen que ver tanto con el control como con las creencias. «Es la teoría de conspiración más antigua de la humanidad», dice John Azumah, director ejecutivo del Instituto Sanneh en Accra. A veces acusan a mujeres para expulsarlas de la comunidad y luego apropiarse de sus tierras. En otros casos, incluso los hijos pueden creer que sus madres están saboteando sus vidas.

Un atisbo de esperanza

Durante décadas, la Iglesia Presbiteriana de Ghana ha apoyado a las mujeres acusadas de brujería, proporcionándoles comida, ropa y atención médica básica, a la vez que les ayuda para que puedan volver con sus familias. La reverenda Gladys Lariba Mahama, que lleva visitando el campamento desde 1997, conoce a las mujeres por su nombre. Quiere que vuelvan a su vida de antes: ha conseguido que algunas visiten a sus familias o que sus familiares vengan a verlas.

Mujeres en el campo de brujas de Tindaanzee,
Kpatinga. Wikimedia Commons.

Sin embargo, para la mayoría, el estigma persiste. Regresar a casa requiere someterse a un ritual de «purificación», a menudo el sacrificio de un carnero y un pollo, para absolver a las acusadas de brujería. Esto puede costar más de 1000 cedis ghaneses (unos 100 dólares), una suma prohibitiva para mujeres sin ingresos. Incluso después del ritual, muchas familias siguen sin aceptarlas. «Una vez bruja, bruja para siempre», dijo Azumah.

Ama Somani, madre de ocho hijos, pasó cuatro años en Gambaga tras ser acusada por su sobrina. En abril de 2025, con la ayuda de la reverenda, volvió con su familia. La iglesia financió el ritual. Ama se ha reunido con sus hijos y, aunque la vida sigue siendo difícil, está con ellos.

En los últimos 15 años, ONGs como ActionAid Ghana y Songtaba han ayudado a reintegrar a cientos de mujeres. En 2014, el campamento de Bonyasi se clausuró tras la reintegración de todas sus residentes mediante un programa coordinado de sensibilización comunitaria, eventos públicos y apoyo a las mujeres que volvían a casa.

Un proyecto de ley

En marzo de 2025, el Parlamento de Ghana reintrodujo el Proyecto de Ley contra la Brujería, una legislación histórica que tipificaría como delito acusar a alguien de brujería, prohibiría las consultas espirituales que a menudo dan lugar a acusaciones, exigiría responsabilidades legales a los que dirigen los campos y crearía programas de reintegración para las supervivientes.

Esta no es la primera vez que se presenta el proyecto de ley. En julio de 2023, fue aprobado por el Parlamento como enmienda a la Ley de Delitos Penales de 1960, pero el que era presidente de Ghana se negó a promulgarlo. Ahora, bajo una nueva administración, está previsto que se debata de nuevo, en lo que los defensores consideran una segunda oportunidad crucial.

El objetivo es acabar con las desafortunadas creencias y mentalidades de algunas comunidades que llegan al linchamiento, como el de Akua Denteh. Organizaciones de la sociedad civil, como ActionAid Ghana, Songtaba y el Instituto Sanneh, llevan mucho tiempo luchando por estas reformas, realizando campañas de concienciación pública, ofreciendo viviendas seguras y abogando por la protección legal. Amnistía Internacional también ha instado al Parlamento a actuar con rapidez porque, si no es así, la demora deja a cientos de mujeres en peligro.

Sin embargo, la resistencia sigue siendo fuerte. Jefes y líderes religiosos de ciertas regiones se oponen al proyecto de ley, y algunos políticos temen distanciarse de sus electores. Azumah cree que hay figuras religiosas poderosas y algunos jefes trabajando entre bastidores para bloquear el proyecto de ley. Estas preocupaciones se extienden a la administración actual.

Pero la ley por sí sola no erradicará el problema. Desmantelar creencias arraigadas, heredadas de generación en generación, requerirá años de educación pública y cambio cultural. En Gambaga, a Matis Awola no le interesa el proyecto de ley y la política que lo rodea. Piensa en sobrevivir como pueda durmiendo sobre una estera en su choza. Lo que quiere es volver a casa y estar con su familia de nuevo.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.