Mary Breckinridge, la matrona que atendía a las embarazadas moviéndose a caballo en la frontera del salvaje oeste

Vidas científicas

El momento del parto sitúa a las mujeres en una línea muy fina entre la vida y la muerte, una línea en la que la asistencia profesional de personal cualificado y unas condiciones de higiene adecuadas pueden inclinar la balanza a su favor, y la del bebé, como de hecho ocurre mayoritariamente en los países desarrollados. No en todo el mundo y no en todas las épocas ha sido así, y las mejoras han ocurrido poco a poco.

Mary Breckinridge y sus enfermeras (1931). Fuente: World Map.

Mary Breckinridge quiso impulsar esas mejoras en un momento y un lugar donde se dedicaban a eso pocos recursos: la frontera durante la conquista del Oeste, en Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX. En las zonas rurales del estado de Kentucky, donde no era posible llegar en tren ni en carro, pero sí en caballo, Breckinridge fundó el Servicio de Enfermería de la Frontera, con el que proporcionaba cuidados como enfermera y matrona a las comunidades desfavorecidas donde ella era a menudo la única persona con conocimientos médicos en kilómetros a la redonda.

Terminaría convirtiéndose en una profesional sanitaria, enfermera y matrona que siempre tuvo en el centro de sus intereses la salud pública y su impacto en las familias, el cuidado y la nutrición infantil, el cuidado durante el embarazo, la inmunización de los niños y los controles posparto para asegurar la salud y el bienestar de madre y bebé.

De Tennessee a Washington, Rusia y Suiza

Breckinridge nació el 17 de febrero de 1881 en Memphis, Tennessee, en una familia acaudalada e influyente. Fue la segunda (la primera hija) de cuatro hermanos. Fue nieta del vicepresidente John C. Breckinridge, y su padre fue congresista por Arkansas y Embajador en Rusia del gobierno de Estados Unidos. Eso la hizo crecer en sitios como Nueva York, Washington, San Petesburgo o Suiza, entre otros. Los viajes y las conexiones familiares le dieron habilidades no formales, como la capacidad de hablar en público con seguridad y de conocer el mundo, así como la oportunidad de conocer a filántropos adinerados que financiarían más adelante sus esfuerzos por ayudar a las comunidades empobrecidas de la frontera. Otra cosa que aprendió a hacer de joven, y que después sería el sello de su servicio de enfermería, fue montar a caballo.

A pesar de haber nacido en una familia rica y bien posicionada, la educación que recibió Breckinridge no fue igual que la que se ofreció a su hermano mayor: él acudió a colegios privados, mientras ella y su hermana eran educadas en casa por institutrices y por su madre. Esto no era algo que ella viese con buenos ojos. A pesar de eso tuvo una formación más avanzada que la gran mayoría de las mujeres de su época.

En 1884, siendo ella una niña, Breckinridge y su familia se mudaron a Rusia. Volvieron en 1897. Su educación primaria fue cubierta por institutrices y tutores, hasta que en 1896 fue enviada a un instituto de Lausana, en Suiza, a continuar con la secundaria, con el objetivo de que aprendiese a hablar y escribir con la gracia y el estilo necesarios para conseguir un matrimonio favorable. El francés era el segundo idioma del internado, algo que le sería muy útil años más tarde, y las clases se centraban en aprender historia y literatura. A su vuelta a Estados Unidos, para continuar sus estudios tuvo que adaptarse a sus nuevos compañeros, así como ponerse al día en los estudios de latín y matemáticas, algo de lo que no tenía conocimientos previos.

En su autobiografía, ella contaría cómo fue el nacimiento de su hermano pequeño en la delegación estadounidense de San Petesburgo, su primer contacto con una matrona, y el impacto que eso tuvo en ella, que sería uno de los factores que la llevarían, años después, a fundar el Servicio de Enfermería de la Frontera. En aquel momento ella tenía 14 años, y su madre estaba siendo atendida por dos médicos, un médico de familia y un obstetra, además de por una matrona rusa, que dirigió la situación mientras los dos doctores seguían sus indicaciones. También allí vio a su madre, y también a la zarina Alejandra, amamantar a sus hijos, algo que en aquella época las mujeres de su posición no solían hacer.

La muerte de dos hijos pequeños y una misión vital

A pesar de estas situaciones, en apariencia progresistas para la época, la madre de Breckinridge era una mujer tradicional, y eso era también lo que quería para su hija. No estaba de acuerdo con que su sobrina (Sophonisba Breckinridge) fuese a la universidad porque eso significaba que era poco probable que volviese a casa a casarse. Se esforzó porque su hija llevase una vida más acorde a las costumbres del momento. En 1904, Breckinridge se casó con un abogado de Arkansas que murió dos años después debido a las complicaciones derivadas de una apendicitis.

Mary Breckinridge. Fuente: Frontier Nursing University.

Tras la muerte de su primer marido, ella siguió estudiando y pasó tres años en el Hospital de Enfermería de St. Luke’s, en Nueva York, donde se graduó en 1910, antes de volver a reunirse con su familia en Arkansas. Años más tarde, impartió clases sobre higiene y francés en el Colegio y Conservatorio Crescent, en Arkansas; y se casó de nuevo, esta vez con el presidente de la institución. Esa experiencia docente y sus conocimientos la llevarían después a servir en Francia durante la Primera Guerra Mundial.

De ese matrimonio tuvo dos hijos. Una de ellas, Polly, nació de forma prematura en 1916 y vivió solo unas horas. Su hijo, Beckie, vivió hasta los seis años. Habiendo vivido la muerte de un marido y dos hijos, Breckinridge decidió dedicar el resto de su vida a mejorar las condiciones de bienestar y salud de los niños y las familias. Se separó y luego se divorció de su marido, retomando su apellido de soltera.

Mientras esperaba que se le asignara un destino en el norte de Francia al final de la Primera Guerra Mundial, Breckinridge comenzó a trabajar para el Departamento del Bienestar Infantil del Consejo Nacional de Defensa, para el que recogía información sobre salud y bienestar infantil, y daba discursos para defender a los niños. Trabajó durante un tiempo en las barriadas de Washington D.C. como supervisora de enfermeras durante la epidemia de gripe de 1918. También trabajó en Boston, donde además hizo un curso sobre salud y bienestar en la primera infancia.

Lo que aprendió en Francia tras la guerra

Tras el fin de la contienda en Europa, participó como voluntaria en el Comité Americano para la Francia Devastada, para el que su grupo proporcionaba ayuda para restaurar los suministros de alimentos, semillas y medicamentos. Se centró en el auxilio de niños menores de 6 años, mujeres embarazadas y madres que daban el pecho, así como del cuidado de pacientes con neumonía, escarlatina o difteria, entre otros. Atendía a niños que, por problemas nutricionales u otros motivos, sufrían retrasos en el desarrollo, y a familias que habían estado bajo las bombas y buscaban reunirse. En sus cartas contaba a su madre lo mucho que estas familias se beneficiarían si pudiesen consumir leche de cabra, así que ella buscó donantes que financiasen el envío y donación de estos animales, así como su alimento, para que las familias tuviesen una fuente de leche para los niños.

Litografía de American Committee for the Devastated Regions of France (1917).

El Comité comenzó a reconstruir el sistema de salud pública francés en los años siguientes, y Breckinridge participó de ese esfuerzo desde la parte de la administración, estudiando cómo había funcionado la salud pública francesa antes de la guerra para restaurarla y mejorarla. Así, implementó un servicio de higiene infantil y enfermería itinerante, en el que las enfermeras matronas viajaban por las distintas regiones, pasando a atender con el tiempo a toda la población, no solo a los niños y las embarazadas. Tomaba notas y recopilaba datos, con la idea de que este sistema descentralizado podría replicarse más adelante en otras zonas rurales.

Hizo también visitas a Londres para conocer la formación que recibían allí las matronas, y se dio cuenta de que si bien en Estados Unidos había muy buena formación en enfermería, la especialidad de las matronas apenas estaba implementada, mientras que en Francia había muy buenas matronas, pero no tenían una formación en enfermería general tan sólida. Las enfermeras matronas inglesas combinaban ambas cosas y eran el tipo de profesional sanitaria que mejor podía atender a las comunidades rurales.

Antes de salir de Francia recibió el encargo de crear una escuela de enfermería que pudiese continuar el trabajo de formación de profesionales tras su marcha. Aunque el proyecto nunca llegó a realizarse, a ella le sirvió para reunir el conocimiento que le faltaba para el que sería, a su vuelta a Estados Unidos, su gran proyecto. También le fue muy útil una visita a las Tierras Altas de Escocia, donde igual que en el oeste de Estados Unidos, las comunidades rurales vivían apartadas entre sí y a veces con difícil acceso, creando un sistema de salud pública descentralizado.

El Servicio de Enfermería de la Frontera: matronas a caballo que salvaron miles de vidas

Volvió en otoño de 1921. Haciendo una encuesta entre las parteras del condado de County, en Kentucky, entendió lo que esas comunidades y familias rurales necesitaban. Fundó el Comité para las Madres y los Bebés de Kentucky, que pronto se convertiría en el Servicio de Enfermería de la Frontera, que proporcionaba cuidados generales, vacunas, ciudadano pre y postnatal y ayuda durante el parto. A ella se unieron dos matronas que había conocido en Londres, mientras que su padre cuidaba de los caballos. Crearon las primeras clínicas de enfermería en 1925 y puesto que no había carreteras fiables en la zona, iban y venían a ver a sus pacientes a caballo. Atendieron su primer parto en septiembre de ese año y demostraron que con enfermeras y matronas con buena formación se podían reducir notablemente los ratios de mortalidad de madres y bebés durante los partos y en las semanas posteriores. Utilizando su herencia y gracias a algunas donaciones, creó la Escuela de Matronas y de Enfermería Familiar de la Frontera, la primera de este tipo en Estados Unidos.

Dirigió el Servicio de Enfermería de la Frontera hasta su muerte en 1965. Hasta ese momento el servicio había tratado a más de 50 000 personas y había atendido más de 14 500 partos en los que solamente en once la madre había muerto. Con sus intervenciones redujeron la mortalidad y mejoraron la calidad de vida y la salud de una población que vivía mayoritariamente desatendida y para la que los programas oficiales daban como solución la visita a hospitales rurales a veces fuera de alcance o a cientos de kilómetros. En su honor se alza una estatua ecuestre en Hyden, Kentucky.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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