Haciendo física, haciendo género

Ciencia y más

Los estereotipos, la inercia de unas creencias tradicionales y la falta de reconocimiento por parte de profesores y mentores están destruyendo la confianza de alumnas con mucho que aportar a la ciencia. La frialdad con la que, en muchas ocasiones, se acepta un buen trabajo, una idea brillante o una resolución ingeniosa, desalienta a muchas jóvenes investigadoras, dice Chandralekha Singh, física. Chandralekha creció en Patna, India, y al llegar en 1988 a la Universidad de California, pensó que iba a encontrar una mayor diversidad de compañeros, pero no fue así: ella era la única mujer en una clase de 36 estudiantes de doctorado. La situación ha mejorado marginalmente desde entonces. En 2019, por ejemplo, las mujeres recibieron el 20% de los títulos de grado y doctorado en física en Estados Unidos. Pero a este ritmo, la paridad de género no se alcanzará hasta el siglo XXII.

Chandralekha Singh (2007).

Uno de los factores que más peso tiene en las estudiantes de física para continuar con sus estudios es la confianza en su capacidad para resolver problemas de física, independientemente de sus calificaciones. En 2015, Chandralekha y sus colaboradores investigaron cómo los estereotipos y las expectativas profesionales influyen en el desequilibrio de género en la física lo que les llevó a analizar varios aspectos del problema. El estudio inicial mostró que al final de las clases del primer curso de grado de física en la universidad, las mujeres que recibieron calificaciones sobresalientes tenían el mismo nivel de confianza en sus habilidades que los hombres con calificaciones mediocres. El hecho de que los hombres en general tengan una mayor confianza en sí mismos para cursar estudios de física quizá no nos sorprenda, pero la magnitud de la discrepancia sí es preocupante. Algo falla si con unas buenas notas en el primer año de física las chicas no se ven como científicas y, en cambio, los chicos están decididos a continuar y finalizar sus estudios.

El equipo de investigación también descubrió que las mujeres se sienten poco identificadas como físicas, como personas plenamente aceptadas por lo que ellas consideran una disciplina a la que se van a dedicar profesionalmente y que formará parte de sus vidas. Esta conclusión puede explicar, al menos en parte, la percepción de sí mismas: no se ven incluidas, «no se lo creen» (síndrome de la impostora, «no soy lo suficientemente buena»). Anna Danielson añade datos muy reveladores sobre este hecho en su tesis doctoral; la física se asocia simbólicamente con los hombres y la masculinidad. Anna analiza aspectos que engloban a la física, aprendizaje y género. Ella explica que la «perspectiva de género» no equivale a comparar estudiantes hombres con estudiantes mujeres, sino que conceptualiza el género como un aspecto que forma parte de la identidad social, lo que permite un estudio simultáneo de cómo los estudiantes «hacen física» y «hacen género».

Porque, ¿qué es ser físico o ser física? Conviene promover debates sobre el género y la física, del mismo modo que se puede ampliar al género y la ingeniería, etc. involucrando a los lectores en reflexiones críticas sobre prejuicios asentados en estas carreras. Los alumnos y las alumnas aprenden a convertirse en físicos y físicas, hacen física, y también hacen género en un aprendizaje que no sólo es el resultado de la instrucción formal, sino que incluye contextos personales y sociales más amplios; el aprendizaje como proceso en la construcción de la identidad.

Como señala Anna Danielson, los profesores deben hacerse preguntas sobre su práctica, sus formas de conocer y transmitir ese conocimiento, desde perspectivas novedosas. Las posiciones de los docentes crean inclusión, exclusión y jerarquías en el aula. Sus propias experiencias personales pueden ser una guía muy pobre para resolver la mejor forma de enseñar a sus alumnos y alumnas. Éstos y éstas no son versiones menores del docente en cuestión.

Varias investigaciones muestran que muchos estudiantes de carreras científicas no tienen estrategias para dar sentido a su participación en la ciencia más allá de un discurso individualista que atribuye los logros académicos a la motivación y a las habilidades propias. Desde estas reflexiones, quizá las mujeres abandonen la física en parte porque aquellos que ya hacen física a menudo no son conscientes de su contribución al problema. La física Singh descubrió que muchos de sus colegas compartían la creencia de que si alguien está lo suficientemente interesado, es capaz de hacer física, ha decidido matricularse y tiene los cimientos necesarios, persistirá en su objetivo. Estos profesores no le dan importancia a sus silencios; y es que la ausencia de una felicitación o un reconocimiento a un buen trabajo puede hacer tambalear la autoconfianza de cualquiera, con mayor motivo la de grupos vulnerables o que han acumulado experiencias de marginación.

La escritora Eileen Pollack ha aportado resultados reveladores sobre los efectos de la falta de validación positiva en sus memorias de 2015 The Only Woman in the Room: Why Science Is Still a Boys’ Club. Ella dice que los campos STEM están dominados por hombres blancos, pero la física es un terreno particularmente homogéneo. Según la NSF (National Science Foundation), en 2013, el 90 % de los físicos empleados con doctorado eran hombres y el 74 % eran blancos. Al final del libro de Pollack se añade un resumen de artículos en los que se estudian los motivos que tienen las mujeres para abandonar física.

Ella misma estudió en el mismo entorno en el que lo hacían los «Catskills judíos”. Allí se le prohibió la ciencia avanzada y las clases de matemáticas porque, según el director, «las niñas nunca deben saber demasiado de ciencia y matemáticas.» A pesar de esa barrera, logró aprender por sí misma cálculo y completar un proyecto de forma independiente, hacerse un hueco en la cuarta clase de mujeres admitidas en Yale. Allí decidió especializarse en física y se convirtió en una de las dos primeras mujeres en hacerlo. Pero, ¿a qué precio? En Yale vivió una pesadilla; sufrió trastornos alimentarios, ataques de ansiedad y un miedo constante a fracasar. Nunca sintió que lo estuviera haciendo bien y nunca recibió ningún estímulo por parte de los profesores. Sin embargo, varias señales objetivas indicaban que lo hacía más que bien. Por ejemplo, varios profesores la invitaron a trabajar con ellos en proyectos de investigación independientes. Nos podemos preguntar el porqué de su falta de confianza, pero a estas alturas ya intuimos la causa: durante su último año, Pollack asistió a cursos de escritura, en los que su experiencia fue totalmente diferente. En sus clases había otras mujeres, y los profesores y compañeros de estudios las alentaban y apoyaban. Basándose en esa experiencia, Pollack abandonó su sueño de convertirse en astrofísica. Hoy es una escritora reconocida y enseña escritura en la Universidad de Michigan.

En un momento de su vida, Pollack vuelve a su escuela secundaria y a Yale para hablar con sus profesores. En su antiguo instituto, la profesora de física ahora es una mujer y en la clase avanzada hay tres niñas. Sin embargo, uno de los profesores de matemáticas le dice que «los chicos están más preparados para desarrollar buenas ideas de ciencia».

En Yale, Pollack encuentra también cambios, pero no demasiados avances. A muchas chicas todavía les preocupa que «si se las percibe como feministas, los chicos no las invitarán a salir».

La explicación de Eileen sobre el abandono de mujeres de la carrera investigadora es que «las estudiantes de ciencias especializadas necesitan más refuerzos positivos que los hombres, incluso cuando sus instructores son de los que ven estas “ridículas” demandas de elogios como una señal de que se carece de la seriedad o el compromiso necesario para tener éxito en la investigación».

Ella misma describe cómo se sintió cuando acudió al despacho de su director de proyecto de pregrado después de resolver un problema teórico para su tesis: «Cuando por fin encontré la respuesta, llamé con una sonrisa de plena satisfacción a la puerta de mi director. Sin embargo, no recuerdo que me elogiara de ninguna manera. Me moría por preguntar si mi habilidad para resolver el problema significaba que era lo suficientemente buena para continuar como física teórica. Pero claro, sentía que si necesitaba preguntar eso era porque ni inseguridad me insinuaba que aún no estaba lista».

Eileen Pollack (2012).

Muchos años después, cuando volvió a Yale y le preguntó a su antiguo director qué pensaba sobre su proyecto de física teórica, él le dijo que su trabajo era excepcional. Cuando ella le preguntó si alguna vez alentó a alguna alumna o a algún alumno a realizar estudios de posgrado, él dijo que lo evitaba, porque ese campo es muy duro y los estudiantes deben decidir por sí mismos.

Sabemos que esta manera de actuar fría y distante, desalienta, frustra y crea inseguridades. La intención de muchos mentores y asesores por mantener en lo más alto del podio una carrera de física, es una intención discriminatoria, elitista y muy desalentadora. Sería bueno que tomaran conciencia del impacto que tienen sobre sus alumnos y alumnas cuando no reconocen y validan positivamente sus logros. Además, parece obvio que esta falta de reconocimiento tendrá un efecto perjudicial sobre los estudiantes de grupos vulnerables, minorías sociales, étnicas, con demasiados impactos de exclusión ya acumulados en su vida académica. Para que la ciencia sea un ámbito diverso, inclusivo, con puntos de vista que la enriquezcan, se requiere un conjunto de soluciones y una determinación firme. Las tutorías cercanas y un apoyo a grupos subrepresentados podrían evitar que investigadoras e investigadores con talento abandonen la academia.

Las conclusiones de muchas investigaciones y los relatos de mujeres en ciencia deberían convencer a los escépticos de que la cultura de la física hace que sea difícil para muchas personas, incluso las que son capaces de aportar nuevos puntos de vista y generar conocimiento, las que quieren continuar y cumplir sueños. Pero las mejoras reales a la diversidad sólo se lograrán a través de una implicación que rompa inercias, con determinación para llevar a cabo acciones generalizadas en todos los frentes incluido el entorno más cercano. En este último, con un coste mínimo y un efecto sorprendente, sería bueno practicar el elogio, sin paternalismos, a un trabajo bien hecho, simplemente eso: bien hecho por quien sea (una persona negra, ciega, judía o cis con rastas en la barba).

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

1 comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. .