¿Qué papel jugó el fuego en la dispersión humana por el planeta?

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Tradicionalmente se ha asumido que nuestros antepasados consiguieron el control del fuego, incluyendo la capacidad de producirlo, muy pronto durante la prehistoria. Para muchos equipos de trabajo esta visión se ha visto alentada por la simple lógica de una idea: es difícil imaginar que los primeros homininos podrían haber abandonado África y colonizado las latitudes más elevadas y mucho más frías de Europa y Asia, sin el fuego. La capacidad de disponer de hogueras, habría sido fundamental, entre otras cosas, para mantenerse calientes durante los periodos más fríos, cuyas temperaturas alcanzarían varios grados por debajo de cero.

El fuego, por lo tanto, fue percibido durante largo tiempo como un factor clave en las innovaciones tecnológicas subyacentes al éxito evolutivo humano, incluyendo la amplitud de nuestra dispersión por el planeta.

Paola Villa.

En este contexto, especialistas como la doctora en arqueología y conservadora del Museo de Historia Natural de la Universidad de Colorado, Paola Villa, y el profesor de Arqueología Paleolítica de la Universidad de Leiden en los Países Bajos, Will Roebroeks, entre otros equipos de investigación, han coincidido al señalar que la mayor parte de la comunidad especializada estaría objetivamente de acuerdo en asumir que la colonización de espacios fuera de África estuvo estrechamente ligada al uso del fuego. Sin embargo, cuando estos autores llevaron a cabo un proyecto de investigación basado en analizar 141 yacimientos en Europa de una antigüedad entre 1,2 millones y 35 000 años, encontraron evidencias del uso habitual del fuego solo desde hace unos 400 000 años en adelante.

Ante tales resultados, Paola Villa comentaba en una entrevista concedida al The New York Times, que en Europa existen yacimientos cuya antigüedad sobrepasa el millón de años y, pese al frío invernal, los primeros humanos aparentemente habrían encontrado la manera de sobrevivir sin el calor del fuego. «Nuestro estudio revela, continúa la científica, que aquellos homininos eran tenaces y resilientes, muy adaptables»

En otras palabras, el modelo que emerge tras la investigación de Paola Villa y Will Roebroeks es tan claro como sorprendente: donde podría esperarse un uso habitual del fuego, es decir, en las latitudes del norte europeo, no se han hallado huellas evidentes de este elemento hasta la segunda mitad del Pleistoceno Medio (esto es, hace unos 400 000 años). «En las cuevas europeas, no hay señales claras del uso del fuego durante el Pleistoceno Inferior y la primera mitad del Pleistoceno Medio», concluían en 2011 dentro de su meticuloso estudio Will Roebroeks y Paola Villa.

El trabajo de estos especialistas ha impulsado una compleja cuestión: ¿a partir de qué fechas pudieron los primeros homininos subsistir en los fríos climas europeos sin disponer del fuego?

Diversos equipos de investigación también han asumido que las pruebas más antiguas de la presencia de homininos en latitudes elevadas preceden a restos convincentes del uso del fuego en esas regiones. Los resultados obtenidos en distintos yacimientos sugieren que los primeros homininos se desplazaron hacia el norte hace, en torno, a un millón y medio de años, insistimos, sin aún pruebas en el empleo habitual de fogatas u hogueras. Solo mucho después, desde hace unos 400 000 años en adelante, aparecen en el registro arqueológico restos de fogones como parte significativa del repertorio tecnológico humano.

Katharine MacDonald, destacada experta en la dispersión humana

Doctorada en arqueología por la Universidad de Southampton, UK, Katharine MacDonald lleva a cabo su docencia e investigación desde 1994 en la Facultad de Arqueología, Universidad de Leiden, donde ha alcanzado un notable respeto por su valioso trabajo.

Katharine MacDonald.

En la actualidad, la principal actividad de esta arqueóloga está enfocada a las primeras migraciones de los homininos hacia el noroeste de Europa. Como ella misma ha explicado en la página web de su Universidad, «en el extremo noroccidental europeo, los primeros humanos en ocupar el territorio se encontraron con un entorno totalmente nuevo y desafiante. ¿Qué adaptaciones biológicas y de comportamiento fueron necesarias para superarlas? El fuego se ha visto a menudo como una de las herramientas más valiosas para enfrentarse a esas duras y frías condiciones».

Sin embargo, tal como señalaron en 2011 Roebroeks y Villa, «el número y calidad de los yacimientos europeos antiguos es significativo, y la ausencia de pruebas [de hogueras o fogatas] no puede ignorarse. La explicación más simple es que no hubo un uso habitual del fuego antes de hace 300 000-400 000 años y, por lo tanto, este elemento no fue un componente esencial del comportamiento de los primeros ocupantes de las latitudes del norte del Viejo Mundo».

En esta tesitura, Katharine McDonald se plantea como una cuestión clave de su proyecto de investigación averiguar si los primeros ocupantes europeos habrían podido mantenerse calientes en el invierno sin disponer del fuego. Aquellos homininos, anota la científica, tenían un pequeño cerebro y disponían de un conjunto de herramientas de piedra muy simple; además, tanto su estatura como su volumen corporal también eran de pequeñas dimensiones. Sin embargo, estuvieron presentes en lugares donde las temperaturas pueden descender varios grados por debajo de cero durante los largos periodos invernales.

Resulta evidente, continúa MacDonald, que sin un aislamiento adicional o fuentes de calor, los homininos habrían corrido el riesgo de desarrollar hipotermia, esto es, una situación en la que el cuerpo pierde más calor del que produce, generándose una peligrosa disminución de la temperatura. De hecho, pese a nuestra amplia distribución geográfica, los humanos somos vulnerables al frío. Cuando la temperatura baja de 29ºC, y sobre todo si llueve o hay viento, el cuerpo desnudo pierde rápidamente calor y el descenso en unos pocos grados es suficiente para desencadenar una hipotermia descontrolada, que si perdura termina por producir la muerte.

Ante estos datos, dadas las limitaciones del registro del fuego pues sus restos son frágiles y solo se conservan bajo condiciones óptimas, siempre existe la posibilidad de que la falta de evidencias más antiguas de hogueras o fogatas sea el resultado de las dificultades para su conservación, o bien que todavía se requieren mejores métodos para reconocer e interpretar las huellas de su uso.

Como ha señalado Katharine Mc Donald, resulta tentador argumentar que el fuego jugó un papel significativo cuando los homininos se enfrentaron a las crecientes demandas para sobrevivir en condiciones frías. Los innumerables beneficios de las hogueras o fogones habrían proporcionado, por ejemplo, el calentamiento del cuerpo mientras descansaban o dormían al aire libre. Se hubiera producido un aumento de la temperatura ambiental si habitaban en refugios rocosos o cuevas; o lograrían un incremento de la energía obtenida si cocinaban los alimentos que consumían, y así un largo etcétera de beneficios derivados de ese dominio.

No obstante, sostienen diversos equipos de investigación en función de los datos disponibles, es necesario mantener la interpretación de que el uso regular del fuego no fue importante para la colonización de las latitudes templadas. Y si fue así, surge entonces una pregunta de muy difícil respuesta: ¿Qué estrategias de comportamiento y adaptación evolutiva o mecanismos de aclimatación usaron los homininos para permanecer calientes en condiciones de frío? En un esfuerzo por responder a esta cuestión, Katharine MacDonald publicó en 2018 un interesante trabajo que intentaremos resumir a continuación.

Posibles estrategias para sobrevivir al frío

Katharine MacDonald comienza su artículo con una esclarecedora síntesis de la cuestión: los yacimientos de las latitudes medias de Eurasia carecen de evidencias convincentes sobre el uso del fuego con anterioridad a unos 400 000 años. No está claro si esto representa un hecho real o una limitación de los métodos para investigar aquel pasado y la supervivencia en el mismo. El establecimiento de una cronología confiable para el uso del fuego requiere una refinada interpretación de los residuos de los yacimientos antiguos. Una aproximación alternativa, considerando provisionalmente al modelo «sin fuego» real, es investigar cómo los homininos podrían haber resuelto importantes problemas de supervivencia en las latitudes medias sin el uso de algún tipo de hogueras.

Hacia finales del Pleistoceno Inferior, o sea, hace unos 800 000 años, las herramientas de piedra y los fósiles documentan la presencia de los homininos en Eurasia hasta los 40º de latitud norte. Para explicar el vacío existente entre las evidencias de dispersión y el uso del fuego en esas latitudes, la científica sugiere que los primeros homininos podrían haber tenido un comportamiento y mecanismos de termorregulación biológicos diferentes de los nuestros. Muchos grandes mamíferos, de hecho, han resuelto el problema del invierno en latitudes templadas gracias al desarrollo de un espeso pelaje y de gruesas capas de grasa subcutáneas.

Wikimedia Commons.

La mayoría de las estimaciones sugieren que los homininos ya habían perdido gran parte del pelo corporal antes de desplazarse hacia Europa. Es probable que esta pérdida formara parte de un conjunto de adaptaciones experimentadas por el género Homo hace unos 2 millones de años al poblar los hábitats más calientes de las latitudes bajas. La hipótesis más aceptada se enfoca en los beneficios de una piel lampiña para eliminar el calor, lo que permitiría ganar eficiencia en la locomoción bípeda, una mayor movilidad y ocupar espacios cada vez más abiertos.

Un modelo propuesto señala que los primeros habitantes de Europa podrían haber recuperado su pelaje corporal bajo la selección en condiciones más frías. Se trata de un posible paralelismo en el desarrollo de pelos como adaptación que puede verse, por ejemplo, en el mamut. Un grueso pelaje invernal tendría un valor aislante capaz de reducir sustancialmente la temperatura crítica más baja del entorno a la cual un organismo puede mantener su calor corporal. Los macacos japoneses, por ejemplo, presentan una espesa capa de pelo, que es mayor y más densa en las regiones donde las temperaturas son más bajas, lo que sugiere que se trata de una adaptación a los climas fríos (K. MacDonald 2018).

En diversos mamíferos, el pelo corporal se combina con la presencia de una capa de grasa subcutánea para aislar el cuerpo del entorno. Sin embargo, el coste energético del crecimiento del pelo invernal es pequeño, mientras que el aumento de grasa es más costoso, lo que implica, señala MacDonald, que es necesaria más información antes de que sea posible discutir las posibilidades evolutivas de una capa subcutánea de grasa como aislante.

Los mamíferos también usan mecanismos sociales y de comportamiento como, por ejemplo, dormir amontonados o apiñados. Se trata de una conducta de bajo coste que permite reducir la pérdida individual de calor corporal durante la noche, y muy bien podría haberse seguido por nuestros antepasados.

La forma del cuerpo también podría revelar una posible adaptación de los homininos al frío, pero los fósiles europeos antiguos son demasiado escasos como para mostrar la morfología con claridad. Los más recientes, de hace unos 500 000 años en adelante, son más numerosos y permiten reconocer adaptaciones morfológicas al frío como el desarrollo de cuerpos robustos y de baja estatura.

La presencia de un fuerte tejido muscular habría proporcionado una reducción significativa de la pérdida de calor, contribuyendo por lo tanto a soportar exposiciones a un frío extremo. Sin embargo, estimaciones basadas en principios físicos básicos sugieren que las proporciones de un cuerpo robusto y un incremento de la musculatura, no protegerían de la hipotermia durante el descanso. Nuevamente, sostiene Katharine MacDonald, en este caso se requiere mayor información para demostrar que podría tratarse de una adaptación humana al frío.

Otro aspecto que se plantea la investigadora en su proyecto, hace referencia a la posibilidad de que los primeros ocupantes del noroeste europeo combinaran adaptaciones fisiológicas y morfológicas con estrategias culturales simples; esto básicamente implicaría el uso de ropas y pieles animales para mantenerse calientes. No obstante, las evidencias sobre tal comportamiento en homininos de hace más de 400 000 años son muy limitadas. De hecho, apunta K. MacDonald, el uso de pieles de animales manipuladas solo aparece en el registro arqueológico mucho tiempo más tarde.

Para utilizar como material de abrigo pieles o cueros de animales, se requieren técnicas básicas de preparación, principalmente de limpiado y raspado, que puede conseguirse eficientemente con utensilios rudimentarios. Con anterioridad a 400 000 años, los homininos sí disponían de una tecnología elemental, o sea, toscas herramientas de piedra que podrían usarse para raspar o restregar. Ahora bien, este tema requiere, insiste la científica, de estudios más extensos que los realizados hasta el presente, si se pretende alcanzar conclusiones válidas.

Otro argumento esgrimido por Katharine MacDonald, y también por otros autores, se basa en migraciones estacionales hacia regiones con inviernos más suaves. Tales desplazamientos podrían cambiar las condiciones de los homininos y las estrategias empleadas para mantenerse calientes, aunque el impacto dependería de la distancia a la que pudieran migrar y de los gradientes climáticos de la época. Pero, en cualquier caso, no existen evidencias arqueológicas de movimientos de larga distancia por los primeros ocupantes de Europa. La mayoría de especialistas considera improbable que los homininos se hubieran desplazado más allá de 20-30 kilómetros por día. Según las conclusiones de MacDonald, el papel de las migraciones estacionales tendría que investigarse con mayor detalle.

Evocando a los osos, se ha sugerido que quizás los homininos podrían haber hibernado, o sea, pasar el invierno en estado de aletargamiento. El uso de refugios naturales para hibernar crea pequeños espacios en los que el aire se mantiene caliente, lo que retiene el calor del cuerpo, pero en este asunto entra en juego un dato muy importante, subraya MacDonald: los humanos no pueden sobrevivir ni siquiera durante cortos periodos, en total inactividad y, sobre todo, sin la excreción de orina, pues esto tiene complicaciones fatales. La hibernación, por lo tanto, parece una estrategia muy improbable para los homininos.

En suma, tras un cuidado trabajo, Katharine MacDonald concluye que, para los primeros ocupantes del noroeste de Europa, solo son plausibles escasas estrategias con el fin de mantener el calor. Recordemos: un denso pelaje en invierno, quizás una capa de grasa subcutánea gruesa y algún tipo de aislamiento cultural. Estas estrategias podrían haber evitado los riesgos de hipotermia descontrolada en las duras condiciones de invierno a las que se verían sometidos. Otras posibilidades requieren, como se ha apuntado, estudios más detallados y extensos.

Carolina Mallol.

Mirando al futuro, la científica señala que la disponibilidad de ADN antiguo procedente de los neandertales o de los primeros Homo sapiens, ha permitido aclarar cuándo emergieron algunas adaptaciones en estos grupos y, en consecuencia, deduce que también podrían arrojar luz sobre las adaptaciones peculiares de los primeros homininos que conquistaron las latitudes elevadas. Por otra parte, infiere que más investigaciones en yacimientos antiguos con el fin de buscar señales del procesado de cueros o pieles, podrían proporcionar valiosas contribuciones para evaluar la probabilidad de ciertas adaptaciones culturales, como podría ser ese uso de algún tipo de ropas.

En este contexto, también ofrece interesantes posibilidades la microarqueología, una disciplina emergente que, mediante el análisis microscópico y molecular del material carbonizado en hogueras arqueológicas, está generando resultados muy prometedores. Desde Canarias, la geoarqueóloga Carolina Mallol, investigadora de la Universidad de La Laguna, lidera un proyecto europeo financiado por el Consejo Europeo de Investigación, Paleochar, centrado en los procesos de formación de los yacimientos paleolíticos en distintas regiones del mundo. La científica ha explicitado que estas nuevas tecnologías podrían permitirnos relacionar hogueras de gran antigüedad con el comportamiento humano.

Valga concluir, señalando que la comunidad especializada asume que el fuego es una poderosa fuerza natural que los homininos han aprovechado como recurso para sus propios fines; asimismo, este elemento ha tenido profundos efectos sobre la construcción del nicho ecológico, afectando a la evolución genética y cultural de la humanidad. Sin embargo, su papel en la expansión de los primeros homininos por las latitudes más altas del planeta es una apasionante cuestión que aún permanece abierta a múltiples debates y novedosas posibilidades. Como en tantos otros temas de vanguardia, la participación de meritorias científicas está contribuyendo considerablemente a elucidar el surgimiento de las adaptaciones biológicas humanas al frío y otras aplicaciones de supervivencia.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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