El cubo de Veronica

El cubo de Veronica. Wikimedia Commons.

El cubo de Veronica es un mecanismo para lavarse las manos que tiene su origen en Ghana. Consiste en un balde de agua con un grifo fijado en la parte inferior, montado a la altura de las manos, apoyado en un pedestal en el que se pueden colocar el jabón y la toalla. Debajo del grifo hay un cuenco para recoger el agua sucia. Es tecnología muy sencilla pero revolucionaria para fomentar el lavado de manos con agua corriente y evitar infecciones.

La inventora Veronica Bekoe dijo en una entrevista que el balde se hizo originalmente para que sus colegas y ella misma se lavaran las manos con agua limpia después de cada sesión de laboratorio.

Estamos acostumbrados a lavarnos las manos en un recipiente donde todos se lavan, es la misma agua para todos. Esto hace más daño que bien.

Ella y sus compañeros contaminaban sus manos en lugar de limpiarlas. El cubo de Veronica es esencial para regiones donde el agua corriente no está disponible con facilidad y lo es más cuando hay epidemias de enfermedades transmisibles.

Veronica estudió en la Universidad Kwame Nkrumah de Ciencia y Tecnología, en Ghana, donde obtuvo la Licenciatura en Ciencias Biológicas entre 1968 y 1972. Su carrera en el Servicio de Salud de Ghana abarcó de 1972 a 2008, trabajando en el Laboratorio de Referencia y Salud Pública, gestionando, entre otros, el Programa Nacional de Control de SIDA/ITS. Lleva más de 30 años de experiencia como investigadora médica, incluyendo gestión de laboratorios, elaboración de manuales de capacitación, mentoría y redacción de guías para diagnósticos de enfermedades en laboratorio.

Veronica es miembro de la junta directiva de la ONG Centro para el Fortalecimiento del Sistema de Salud (CfHSS). Bekoe cuenta con el reconocimiento de muchas instituciones, incluido el Servicio de Salud de Ghana. En 2019 la Primera Dama de ese país la nombró referente en ciencia, entre otras siete mujeres, en la clausura de la celebración del Día Internacional de la Mujer (DIM). Recibió el premio a la Innovación Social por “su singular invención del sencillo y valioso avance Veronica Bucket, que cuando se usa con jabón ha demostrado ser un salvavidas para muchas personas que no tienen acceso a agua corriente limpia”.

Empezó a utilizarse como remedio para evitar el contagio del cólera y la diarrea, entre otras enfermedades. En 2020, una de las funciones esenciales del cubo en el continente africano fue combatir la COVID-19.

Su uso inicial fue la solución a un problema que Veronica identificó en su ámbito de trabajo. El personal de laboratorio tenía que usar un recipiente con agua por turnos para lavarse las manos después de haber manipulado muestras médicas. Se lavaban en la misma agua recogida en un lavabo hasta que se ensuciaba. Su invención proporcionó agua corriente y limpia para cada par de manos. Aunque pueda parecer una obviedad, Veronica insistía en no cerrar el grifo sin haberlo limpiado antes, también  con agua y jabón. Sin este gesto, el grifo se mantendría contaminado. El cubo es una de las mejores medidas preventivas ante contagios e infecciones. Desde el brote del coronavirus en Ghana, uno de los requisitos más recomendados por las autoridades sanitarias para el saneamiento de manos es el cubo de Veronica. Ya era habitual encontrarlo en hospitales y escuelas para fomentar el lavado de manos, pero en la actualidad, en plena pandemia, se ve en empresas, centros comerciales e instituciones públicas como práctica imprescindible en la lucha contra el virus.

Veronica Bekoe. Wikimedia Commons.

El agua es un bien preciado en muchas zonas de África. Utilizarla limpia, para un único lavado, como propone Veronica, implica un gran cambio de mentalidad, una revolución en los hábitos de higiene.

Igual que supuso una auténtica revolución sanitaria el uso de agua y jabón en las prácticas médicas del siglo XIX. El obstetra húngaro Ignaz Philipp Semmelweis (1818-1865) investigó por qué tantas mujeres morían en los partos y descubrió que la clave estaba en algo tan sencillo como el lavado de manos de los asistentes al parto. En realidad no sólo morían las parturientas, en los hospitales del siglo XIX moría mucha gente. Los cirujanos de ese tiempo solían, antes de entrar a los precarios quirófanos, afilar sus bisturíes contra la suela de sus botas, práctica que imitaban de los peluqueros.

Las mujeres que daban a luz en los hospitales, en lugar de hacerlo en sus casas, triplicaban la tasa de mortalidad. Se creía que la causa era lo que los facultativos llamaban fiebres puerperales, originadas por los llamados miasmas. Semmelweis trabajaba en un hospital de Viena y observó todas las variables. Analizó las condiciones del entorno durante meses y llegó a la conclusión de que la mortalidad tan alta se debía a que los médicos y estudiantes de medicina pasaban de examinar cadáveres y sus vísceras a la mesa de partos. La causa de tantas muertes era, por lo tanto, los restos de tejidos necrosados que llevaban con ellos. No le escucharon hasta que un colega suyo, en medio de una autopsia, se cortó accidentalmente con el bisturí y al poco tiempo murió con un cuadro muy similar al de las parturientas.

Así, Semmelweis obligó a instalar fuera de la sala un receptáculo con agua y jabón para que todo el mundo se lavara las manos. También agregó una sustancia clorada. Al principio, Semmelweis fue tratado como un excéntrico que quería hacerse notar. Pero casi de inmediato empezaron a verse los resultados. Los números se invirtieron y para 1860, en Budapest, era más seguro tener un hijo en un hospital. Casi el 20 % de las parturientas no superaban el parto hasta que la medida higiénica de Semmelweis bajó ese número a un 2 %.

Mortalidad mensual por fiebre puerperal en la Clínica Primera en el Hospital Maternal de Viena. La mortalidad descendió marcadamente cuando Semmelweis instauró el lavado de manos con hipoclorito en 1847. Wikimedia Commons.

De cualquier modo, la higiene no siempre era un valor a tener en cuenta a finales del siglo XIX. En una famosa conferencia en la Academia de Medicina de Francia, Louis Pasteur abogó por el lavado de manos: “Lo que mata a las mujeres de fiebre de parto son ustedes, los doctores que llevan microbios mortales de personas enfermas a una mujer sana. Si yo tuviera el honor de ser un cirujano me lavaría las manos con el mayor cuidado”.

Pero Semmelweis, que con solo la incorporación del agua y del jabón pudo haber revolucionado la medicina moderna, no fue reconocido en su tiempo y su sugerencia de lavado de manos se descartó con demasiada velocidad. Una idea que sostenía avalado por la evidencia era que los pacientes que recibían más visitas de médicos y estudiantes tenían más riesgo de adquirir una infección y morir. Y eso, naturalmente, no cayó nada bien entre sus colegas; insinuaba que los médicos eran sucios y eso resultaba insultante. Las manos de los médicos estaban hechas para sanar, no para llevar la muerte con ellas.

Poco después, un inglés, John Lister, en 1877, hizo la primera intervención irrigando con unos aspersores la zona quirúrgica. Además, obligó a lavarse las manos con insistencia a todo el personal de quirófano. El éxito fue rotundo. De esta manera pasó a la historia como el introductor de la asepsia en la medicina moderna. Otra figura que contribuyó con decisión a fomentar el lavado de manos fue Florence Nightingale, la precursora de la enfermería moderna. Sus cuidados fueron decisivos para los heridos en la Guerra de Crimea. Para ella, la higiene era una pieza clave en cualquier práctica sanitaria.

En las últimas décadas, con cada epidemia que surge como el cólera o la gripe aviar, las campañas de concienciación han tenido que volver a insistir en la importancia del lavado de manos. Quizá, después de esta pandemia devastadora y triste, asumamos este hábito tan simple como esencial, tan sencillo como el cubo de Veronica. Pero,

No se equivoquen, la sencillez sólo se logra a través del trabajo duro.

Clarice Lispector.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

2 Comentarios

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Andrés AlmazánAndrés Almazán

Hola, he descubierto esta página atraves de un artículo en Facebook, en una página que estoy en Facebook he compartido esa información, y les ha encantado.
Le pido permiso para poder difundir las historias que ustedes publican en su blog de estas increíbles mujeres, siempre poniendo la fuente y el anlace a su blog.

Gracias

Andrés Almazan

Marta Macho StadlerMarta Macho Stadler

Por supuesto, Andrés.
Los artículos están para compartirse.
Saludos
Marta (editora)

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