Elizabeth Bugie Gregory, la microbióloga que tumbó la tuberculosis

Vidas científicas

El programa de televisión Industry on Parade, emitido en Estados Unidos entre 1950 y 1960, dedicó un capítulo a uno de los grandes descubrimientos del siglo XX: la estreptomicina, el primer antibiótico efectivo contra la tuberculosis (Mycobacterium tuberculosis). En este episodio aparece el bioquímico Selman Abraham Waksman junto a su equipo en la Universidad de Rutgers. A nadie le sorprende que en los planos principales, el centro siempre lo ocupe este hombre con bata blanca, una corbata bien anudada, gafas y bigote, ya que fue quien ganó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1952 por la identificación de la estreptomicina. La importancia del descubrimiento de este fármaco fue capital ya que la tuberculosis fue una de las principales causas de muerte en todo el mundo en la década de 1940.

Elizabeth Bugie. Imagen: Waksman Museum.

Pero, lo cierto es que él no debería haber sido el único protagonista. Según la historia, detrás de este hito en la ciencia –estamos hablando del segundo antibiótico más efectivo después de la penicilina– se encuentran “Selman Waksman, el estudiante de doctorado Albert Schatz, y “otros”. En ese “otros” está la microbióloga Elizabeth Bugie Gregory (1920-2001). Un “otros” que desde que se escribe nace condenado al olvido; un “otros” como la palabra final de una enumeración larguísima que nadie llega a leerse, un “otros” que produce la misma sensación de ser elegido el último para un equipo de fútbol en el patio del colegio. Nadie escribió el nombre de Elizabeth en esa página de la historia porque le dijeron que no era necesario que apareciera en la patente argumentando que “algún día se casaría y tendría una familia”.

Una vida dedicada a los antibióticos

Elizabeth estudió el grado de microbiología en la Universidad para mujeres de New Jersey, en el actual Douglass Residential College, y después obtuvo su maestría por la Universidad de Rutgers. Allí, empezó a trabajar en el laboratorio de Waksman, en 1942, en un espacio donde los científicos se dedicaban enteramente a buscar el antídoto para la tuberculosis. Elizabeth fue un miembro muy importante del equipo; una excelente microbióloga que ayudó en la identificación de la estreptomicina. Según explicó el propio Schatz, él se encargó del trabajo de laboratorio inicial, y Gregory desempeñó un papel clave al confirmar de forma independiente sus resultados. Schatz constató que el hecho de que Waksman le pidiera que hiciera ese trabajo fue por su talento y competencia.

En el artículo del descubrimiento del antibiótico, publicado en 1944, su nombre aparece junto al de su dos compañeros. No ocurre lo mismo en el documento de la patente; en él no hay rastro de Elizabeth. Sobre este asunto, Schatz se hizo el loco y dijo que “nunca había escuchado esa historia”. En cambio, la hija de Gregory contó lo que su madre le había explicado en alguna ocasión: “Ella dijo: ‘Se acercaron a mí en privado y me dijeron: algún día te casarás y tendrás una familia y no es importante que tu nombre esté en la patente’”.

Así pues, no se llevó ni el Premio Nobel ni ningún reconocimiento por la investigación y descubrimiento de la estreptomicina. Al final, consiguió una parte muy pequeña –comparada con lo que se llevaron sus compañeros: Waksman obtuvo el 10 %, Schatz el 3 %, y Gregory el 0,2 %. El resto fue destinado a una fundación de investigación de Rutgers– de los derechos de la patente.

Albert Schatz y Selman Waksman (1943). Imagen: Rutgers University.

Ante esta injusticia, cualquiera se rendiría. Pero Elizabeth no le daba ninguna importancia al éxito; siguió trabajando en lo que le gustaba por el amor que le profesaba a la ciencia. De esta manera, investigó sobre el desarrollo de otras sustancias antimicrobianas. Ejemplo de ello es su tesis, Producción de sustancias antibióticas por Aspergillus flavus y Chaetomium cochliodes, que trató sobre la optimización de la producción de la flavicina y el chaetomin. Además, trabajó en la micromonospora una glucoproteína pigmentada activa contra las bacterias grampositivas. Asimismo, llevó a cabo la investigación de antimicrobianos contra los patógenos de las plantas; analizó la grafiosis, una enfermedad fúngica que afecta al olmo holandés.

Después de trabajar en la Universidad de Rutgers, fue contratada por el laboratorio Merck, donde investigó el ácido pirazinoico y la penicilina como posibles antibióticos contra la tuberculosis. Se casó en 1950, con otro microbiólogo, Francis Joseph Gregory, quien también trabajó en el laboratorio de Waksman. Tras casarse, dejó su trabajo y se dedicó enteramente a criar a su familia. Más tarde, volvió a los estudios, para decantarse esta vez por la biblioteconomía.

Elizabeth tenía una mente prodigiosa, analítica, y le encantaban los retos. Según su hija, la microbióloga Eileen Gregory, «era una mujer en un campo de hombres y estaba presionada». Evidentemente, no se hizo famosa por su rol en la investigación de la estreptomicina; todo lo contrario, le dieron la espalda y la dejaron fuera, allí donde nadie mira. ¿Cuántas mujeres como Elizabeth fueron excluidas de su propia historia?

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

1 comentario

  • Sería bueno que se educara de otra manera al ser humano. Cuántas mentes brillantes se pierden por tanta mezquindad!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.