Jane Hamilton Hall (1915-1981): la supervisora de ‘Clementine’

Jane Hamilton Hall. Imagen: Wikimedia Commons.

La Segunda Guerra Mundial hizo que la física Jane Hamilton Hall aterrizara en Nuevo México, en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, una instalación secreta para coordinar y desarrollar el Proyecto Manhattan. Hamilton trabajó en aquella investigación científica –otras muchas también lo hicieron como es el caso de Elda Emma Anderson– que Estados Unidos puso en marcha (con la ayuda de Reino Unido y Canadá) para desarrollar la primera bomba atómica. Para entonces, a finales de 1938, un grupo de investigadores alemanes –Otto Hahn, Fritz Strassmann, Lise Meitner y Otto Frisch– ya había dado con una pieza clave que haría avanzar el Proyecto: los experimentos de fisión de átomos de uranio. El resultado todos lo conocen: Hiroshima y Nagasaki.

Tras la guerra, Jane permaneció junto a su marido, David Hall, en el Laboratorio, donde supervisó la construcción y la puesta en marcha del reactor nuclear Clementine, el primer reactor rápido del mundo. Según explicó la propia Jane a Associated Press en 1970: “Fuimos porque creíamos firmemente que el trabajo sobre las armas nucleares debía continuar. La construcción de armas nucleares tenía que hacerse, no había ninguna duda al respecto”. Aquel laboratorio funcionaba como un imán para ella; nada la atrajo tanto como esa pequeña ciudad de Nuevo México.

Una física entre reactores nucleares

Jane tenía claro que quería sumergirse en el mundo de la física y sus estudios no los pudo realizar en menor tiempo. Como si de una carrera se tratara, se licenció en la Universidad de Chicago en 1937, un año más tarde logró su maestría y llegó a realizar el doctorado en 1942. Allí conoció al que sería su marido y compañero de investigación, David Hall, y ambos obtuvieron sus doctorados simultáneamente. En el caso de Jane, su tesis versó sobre la cristalografía –“La dispersión difusa de la temperatura de los rayos X por cristales de cloruro de potasio y bromuro de potasio”–.

Ese año, ella fue una de las 461 mujeres en obtener un doctorado en los Estados Unidos y la única mujer en conseguir uno en física en la Universidad de Chicago. Mientras concluían sus estudios doctorales, ambos trabajaron como asistentes graduados en el departamento de física de la Universidad de Denver. Resulta anecdótico que los Hall, en este tiempo, enseñaran a un estudiante llamado Harold Agnew, quien luego llegaría a ser director de Los Álamos en 1970. El imán aparecía de nuevo.

Jane and David Hall. Imagen: Atomic Heritage Foundation.

Una vez recibidos los títulos, empezaron a trabajar en el Laboratorio Metalúrgico de Chicago. Pero la Segunda Guerra Mundial ya estaba bullendo y los Hall no miraron para otro lado: se mudaron para convertirse en parte del Proyecto Manhattan. Ellos iban a ser los encargados de cuidar la construcción de los reactores nucleares. Jane, por ejemplo, evaluó la seguridad de los reactores de producción e investigó e informó sobre los peligros de la inhalación de plutonio.

Las bombas habían caído, la guerra había terminado, los científicos pensaron que nada quedaba por hacer allí. Pero los Hall funcionaban de otra manera, creían firmemente en que la política de seguridad nacional dependía de las armas que se estaban desarrollando en Los Álamos. Volvieron como lo hacen los conquistadores tras ganar las campañas en tierras lejanas, y lo hicieron en un momento muy importante para el laboratorio. En esta nueva etapa, Jane se hizo cargo de la división de investigación de armas que se ocupaba principalmente de la mecánica y dinámica de la liberación de energía nuclear. Ganaba 373 dólares al mes, un salario que nadie creía justo –sus compañeros cobraban más–.

Llegó el turno de “Clemy”

En 1946, se construyó un edificio adicional para crear a Clementine –recibió ese nombre por la canción Oh my darling Clementine– el primer reactor nuclear en utilizar plutonio como combustible y mercurio líquido como refrigerante. Los Hall llegaron a ser colíderes del proyecto y tenían una infinidad de tareas: la planificación y el calendario de construcción, las pruebas en distintas etapas, la planificación de experimentos, la responsabilidad de la seguridad de los trabajadores, la redacción de informes y la interpretación de datos. Todos los que trabajaron con Jane opinaban que sus contribuciones fueron notables y su trabajo, “excelente”. El reactor estuvo en marcha hasta 1952, y la mayoría de los objetivos se cumplieron: se recogieron datos sobre las armas nucleares y experimentaron con el diseño y control de reactores rápidos.

Jane continuó realizando investigaciones sobre reactores, cristalografía de rayos X, física de neutrones y radiación cósmica. En 1950, fue elegida directora asistente técnica asociada del Laboratorio, una posición que le permitió continuar su investigación sobre la tecnología de armas nucleares y en 1958, se convirtió en subdirectora del Laboratorio.

Jane Hamilton Hill en Los Álamos (1961). Imagen: Los Alamos Historical Society.

Jane nunca perdió su entusiasmo; su capacidad científica y sus cualidades la hacían inigualable. Además, le gustaba trabajar en equipo, se llevaba muy bien con sus compañeros. Por todo ello, en 1966 entró a formar parte del Comité Asesor General (GAC General Advisory Committee) de la Comisión de Energía Atómica (AEC). Ya conocía esta organización porque había sido secretaria durante varios años. Así, se convirtió en la primera mujer nombrada para pertenecer al GAC. Como miembro destacado, ella se encargó de la seguridad nuclear. Su trabajo fue brillante.

En 1971, cuando ya se había retirado del laboratorio, Jane apareció por sorpresa en la revista (“para mujeres”) Ladies Home Journal flanqueada por dos noticias, a cada cual más dispar: una hablaba de “cómo mantener a tu marido” y la otra daba consejos sobre “cómo usar pantalones”. Sorprende que en esa publicación se mencionara la labor de una científica y que se especificara que Jane era una de las “75 mujeres más importantes” del país. Pero el trabajo de esta física no dejó indiferente a nadie y se convirtió en un gran modelo a seguir.

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

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