Vera Peters, la oncóloga que salvó el pecho a miles de pacientes de cáncer de mama

Vera Peters.

Antes de la década de los 60 y 70, cuando la oncóloga Vera Peters hizo sus grandes aportaciones a esta rama de la medicina, el tratamiento más habitual para el cáncer de mama era la mastectomía radical, es decir, la extirpación completa del pecho. De esta forma se trataba de asegurar la eliminación completa de los tumores y células cancerígenas, pero a la vez tenía un impacto físico y psicológico importante para las pacientes y alteraba su imagen de forma irreversible. Mejorar estos tratamientos se convirtió para ella en un objetivo de fondo durante décadas.

Lo consiguió, y con ello la forma en que se trata a estas pacientes a día de hoy en todo el mundo, porque ella demostró que en muchos casos, la mastectomía radical no era necesaria, y podía obtenerse el mismo resultado positivo. En 1975 publicó el primer estudio controlado que demostraba que el resultado de una tumorectomía (la resección del tumor) combinada con radiación era igual o mejor que otros tratamientos más invasivos. “La mastectomía podría eliminarse en los cánceres en estados tempranos con muy pocas excepciones. Este estudio muestra que los métodos radicales no siempre son lo mejor para los pacientes”.

Haciendo tiempo para estudiar medicina

Mildred Vera Peters había nacido el 28 de abril de 1911 en una granja lechera cerca de Toronto, en Canadá. Fue una de siete hermanos y en su infancia acudió a una pequeña escuela rural en la que todos los alumnos daban clase en el mismo aula, fuese cual fuese su edad. Era muy buena estudiante y terminó la enseñanza secundaria a los 16 años. Aunque su vocación médica ya estaba clara por entonces, con esa edad era demasiado joven para entrar en la escuela de medicina, así que se matriculó en Matemáticas y Física en la Universidad de Toronto. Al año siguiente pidió el traslado a la Facultad de Medicina.

Vera Peters.

Durante su periodo como estudiante no paró quieta. Además de las clases dedicó su tiempo y energía al equipo de hockey femenino de la universidad, en el que jugaba, y a trabajar como camarera en un barco turístico.

Dentro de la rama médica, en seguida se adentró en el campo de la oncología. Tras graduarse la ya doctora Peters pasó dos años como residente de cirugía en el Hospital St John’s de Toronto. Allí estudió anatomía quirúrgica, especialmente en pacientes recientemente diagnosticados de cáncer. Allí conoció al doctor Gordon Richards director del Departamento de Radiología del Hospital General de Toronto, un encuentro que daría forma a toda la carrera de Peters. Él se dio cuenta en seguida de la mente analítica de ella y su capacidad para el análisis y la investigación. A falta de la especialidad de oncología, que en aquel momento aun no existía, él se convirtió en su mentor.

Hodgkin: de incurable a una supervivencia del 90%

Comenzó a interesarse por el linfoma de Hodgkin y el cáncer de mama. Hasta aquel momento, el linfoma de Hodgkin se consideraba una enfermedad incurable. Los pacientes se sometían a duras operaciones que extirpaban las partes afectadas con la esperanza de reducir su expansión y frenar su avance, pero los efectos secundarios eran duros y las mejoras, si las había, eran temporales.

Richards creía que con radiación se podían mejorar las perspectivas de estos pacientes. En 1947 pidió a Peters que examinase los historiales de los pacientes que él ya había tratado de esta forma, y dos años después ella presentó un estudio analizando los 247 pacientes que habían sido tratados con radiación en los veinte años anteriores. En sus conclusiones demostraba que una alta dosis de radiación podía curar el linfoma de Hodgkin.

Aunque pasaron unos años hasta que sus resultados causaron el impacto que merecían, finalmente la mayoría de los hospitales revisaron y actualizaron los tratamientos aplicados a estos pacientes, aumentando las dosis de radiación. Con más pacientes recibiendo este tratamiento, Peters pronto dispuso de más datos para sus análisis, lo cual le permitió redefinir y afinar los patrones de tratamiento, siendo parte importante en los avances que permitieron que el ratio de curación de los pacientes afectados por esta enfermedad haya aumentado hasta superar hoy más del 90%.

El impacto psicosocial de perder un pecho

Fue por entonces cuando comenzó a fijar su interés en las pacientes de cáncer de mama. Como decíamos, durante la primera mitad del siglo XX, las mastectomías eran el tratamiento estándar para el cáncer de mama, estuviese en el estadío que estuviese. Esto tenía un enorme impacto psicosocial en las pacientes. Colaborando con radiólogos del Hospital General de Toronto, Peters demostró que la cirugía radical no era la única opción para tratarlas, y en muchos casos, ni siquiera la mejor.

Vera Peters. © Universidad de Toronto.

Estudió 800 casos de cáncer de mama que iban desde 1935 hasta finales de los 50 y demostró la efectividad de los tratamientos que combinaban la extracción solo del tumor con la radiación, lo cual sirvió con el paso de los años a evitar a miles de mujeres el daño de las cicatrices y el trauma emocional asociado. Un trauma que, ella defendía, debilitaba a las pacientes haciendo más difícil su recuperación y afectando a su vida posterior.

Por eso en general era una oncóloga conservadora, en el sentido de que apostaba por intentar conservar los tejidos y órganos todo lo posible. Este era un enfoque minoritario en su época y fue rechazado en principio por muchos especialistas.

El cuidado y respeto a la preferencia de los pacientes

Para ella, había también en juego un componente de cuidado y respeto por las pacientes (de cáncer de mama y los de otros tipos de cáncer), a los que reconocía el derecho a saber toda la verdad sobre su enfermedad y el estado de ésta, a pedir consejos y tantas opiniones médicas como considerasen necesarias y a explorar tantas alternativas de tratamiento como la medicina pudiese ofrecerles. Gran parte de esta filosofía trascendió al trabajo de Peters e impregna muchos de los enfoques y terapias que se utilizan hoy contra el cáncer.

Vera Peters.

Y sin embargo, el reconocimiento a su trabajo no fue inmediato. Su carácter tranquilo y poco dado a presumir de sus méritos jugó de cierta forma en su contra en el mundo de la investigación médica internacional, protagonizado mayoritariamente por sus colegas masculinos. Según explicaba su hija, no le gustaba opinar con dureza y odiaba discutir.

Fue tras su jubilación en 1976 cuando comenzó a recibir honores, tanto en Canadá como fuera de su país. Sus premios más apreciados son aquellos que recibió de los miembros de su profesión. En 1977 fue reconocida por la Sociedad Radiológica de Francia, siendo la primera mujer en conseguirla. En 1979 le dieron la medalla de la Sociedad Americana de Radiólogos Terapéuticos.

Otros de sus logros son menos concretos pero han tenido más impacto, como esa filosofía suya de colocar al paciente en el centro de la estrategia del tratamiento del cáncer y así contar con sus opiniones y preferencias en todo momento, o el enfoque conservador de las cirugías oncológicas.

En lo que podríamos considerar una triste ironía Peters falleció a causa de un cáncer de mama. Tenía 82 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Pérez Benavente (@galatea128) es periodista.

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