Emma Converse: la belleza del cielo nocturno

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Emma Converse. Imagen: Brain Pickings.

El 8 de febrero de 1881 The Providence Journal publicaba un texto corto titulado The Beauty of the Evening Sky: Telescopic Observation of the Moon, Jupiter, Venus, and Mars (La belleza del cielo nocturno: observación por telescopio de la Luna, Júpiter, Venus y Marte). Tal fue su éxito que The New York Times lo volvió a publicar dos días después. Durante más de una década se compartió en diferentes medios, olvidando en muchos casos su fuente original.

La autora de este poema de divulgación astronómica era Emma Converse (1820-1893), rescatada del olvido gracias la escritora Maria Popova cuyo blog, Brain Pickings, es una fuente inagotable de historias exquisitas y singulares, de esas que no aparecen en otros medios.

La siguiente es la traducción del texto de Emma Converse realizada por la escritora Estíbaliz Espinosa y publicada en junio de 2016 en su blog personal bajo el título de Astropoesía Vintage:

Luna llena. Imagen: Wikimedia Commons.

Hacía años que el aspecto planetario del cielo del ocaso no era tan hermoso, y el espectáculo se acerca ahora a su punto culminante. Contemplar los cielos durante los atardeceres de la semana pasada fue glorioso.

La Luna, comenzando el día 2, le presentó sus respetos en sucesivas noches a Venus, Júpiter y Marte y, excepto una sola noche, no hubo nubes que arruinaran la belleza excepcional de tal escena. Ningún observador podría alzar la vista a los enigmas dorados consagrándose allá arriba sin sentirse impresionado por el obvio encanto de tan espléndida multitud.

El ocaso del domingo, sin embargo, se llevó la palma por la conspicua claridad del cielo, la pureza atmosférica y la calma serena de los elementos. La noche fue una amante en el corazón de los astrónomos. A las 6:30 el arco celestial presentaba una imagen deliciosa, el trío de planetas resplandeciendo en el oeste; la Luna, un día después del cuarto creciente, brillando desde el cénit con el cúmulo de las Pléyades no muy lejos; Orión con sus diamantes en pleno fulgor y llenando el cielo del este de centelleos de luz; y la incomparable Sirio refulgiendo al sudeste.

A través del telescopio, la visión por zonas de este cuadro era soberbia más allá de todo adjetivo. Venus, una vez posado sobre él el catalejo del instrumento, era un objeto de brillo deslumbrante, casi del tamaño de la Luna, con su disco iluminado a la mitad, igual que el cuarto de nuestra luminaria. Júpiter se mostraba espléndido, sus bandas radiantes en matices prismáticos, su gran mancha roja visible, y las lunas atendiendo a su maestro gigante, dos a un lado y dos al otro.

[…]

Luego el telescopio se orientó hacia la luna, encuadrando el denominado terminador o límite entre los pedazos alumbrado y sombrío, respectivamente. Poderosa, parecía tan cercana que una, estirándose mucho, podría casi tocar su superficie.

Nada más impactante en astronomía que la absoluta desolación y muerte que reinan en la superficie de tiza de este planeta muerto. Sin nubes que varíen el cielo o crepúsculo que prolongue el día, sin sonido que rompa el perpetuo silencio. Cráteres inmensos, profundas grietas, colinas redondeadas y las cicatrices de contusiones imponentes son todo cuanto queda de regiones que fueron probablemente tan habitables alguna vez como la propia Tierra.

La vista del terminador fue la más interesante. En vez de la línea de luz quebrada que caracteriza su aspecto a simple vista, el límite rugoso de la Luna estaba conformado por ramificados cuernecillos de luz radiante, como astas de ciervo o formaciones de coral. Eran ésas las cumbres de las montañas lunares, alumbradas por el Sol, justo amaneciendo por ese lado de la Luna. Las brillantes cúspides eran tan extrañas y fabulosas como bellas, a pesar de que sus únicos admiradores eran observadores a 385.000 kms. de distancia.

Emma Converse

Una auténtica belleza de descripción, pura poesía. Muchas gracias, Estíbaliz, por repasarla y permitir que la compartamos en Mujeres con ciencia.

Imagen del cometa Encke tomada por el Telescopio espacial Spitzer. Imagen: Wikimedia Commons.

No fue el único texto de divulgación astronómica que escribió Emma Converse a lo largo de su vida. Maria Popova, en otro de sus artículos, cita otro de esos poemas publicado el 6 de enero de 1872 en el Appleton’s Journal. Esta vez los cometas eran el núcleo del escrito, en particular el cometa Encke descubierto por el astrónomo Pierre Méchain en 1786. Lleva el nombre de otro astrónomo, Johann Franz Encke, quien calculó su órbita en 1819 y lo reconoció como un cometa periódico. Pero esta es otra historia…

Referencias

Sobre la autora

Marta Macho Stadler es doctora en matemáticas, profesora del Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU y colaboradora en ::ZTFNews y la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

1 Comentario

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Matilde Mange AlbaceteMatilde Mange Albacete

Gracias. Es sencillo aprender así.
De la mano de la belleza.
Chau!

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