Mabel Purefoy FitzGerald, la fisióloga que cumplió 100 años esperando su título académico

Mabel Purefoy FitzGerald.
Fotografía: Universidad de Oxford.

Nacida en una pequeña ciudad de Inglaterra en 1872, hasta que cumplió los 23 años Mabel Purefoy Fitzgerald vivió la vida convencional de una chica acomodada de la época. Su padre, tras haber servido en la armada, gestionaba las tierras de la familia e intervenía en la política local; su madre manejaba la ajetreada vida social familiar y participaba en asociaciones y eventos filantrópicos; sus hermanos preparaban sus respectivas carreras militares y académicas.

Mientras, ella y sus cuatro hermanas recibían una educación típicamente femenina en casa (Historia, Geografía, estudios del Viejo y el Nuevo Testamento, Dibujo, Música, Artes Modernas son algunas de las materias que ella misma referiría años después en una de sus aplicaciones universitarias) que compaginaban con lecciones de violín, clases de baile, paseos campestres y actividades sociales variadas.

Claro que para la joven FitzGerald, había algo más: un vivo interés por la medicina y la ciencia en general. Aprendía leyendo libros por su cuenta, atendía a lecciones de enfermería y sentía una gran admiración por su hermano Henry, que se había marchado a Oxford para estudiar química.

El empujón para estudiar Medicina

Todo cambió para ella y sus hermanas en 1895 cuando sus padres murieron de forma repentina y ellas cinco se trasladaron a vivir con su abuela, una mujer de mentalidad abierta y mente ilustrada que la animó, junto con el doctor local al que en ocasiones acompañaba a algunas visitas y con el que debatía sobre temas médicos, a iniciar los estudios de medicina.

Así que el año siguiente se trasladó a Oxford y allí comenzó a estudiar, aunque lo hizo de forma no oficial: por entonces la universidad no concedía titulaciones a mujeres. Su dedicación, minuciosidad y capacidad de análisis crítico enseguida llamó la atención de sus tutores y pronto consiguió puestos de investigación en la propia Oxford y poco después en instituciones extranjeras, como el Sate Serum Institut de Copenhague o la Universidad de Nueva York.

Tras pasar por distintos campos de estudio, FitzGerald terminó especializándose en el estudio de la fisiología de los pulmones y la respiración. Su trabajo más conocido fue el de analizar los efectos de la altitud en el funcionamiento del sistema respiratorio.

Los efectos de la altitud en la respiración

Comenzó cuando fue invitada en 1911 a participar en una expedición médica a los montes Pikes Peak, en Colorado. Mientras los hombres de la expedición instalaban sus laboratorios en la cima, ella viajó por el estado para analizar el efecto de la altitud en la población de los pueblos mineros de la región.

Expedición a Pikes Peak. De izquierda a derecha: J. S. Haldane, Mabel Purefoy FitzGerald, E. C. Schneider,
Y. Henderson y C. G. Douglas. Fotografía: Universidad de Oxford.

Dos años después repitió sus mediciones en Carolina del Norte, a una altitud mucho menor, para comparar ambas poblaciones. El resultado fue un trabajo titulado Cambios en la respiración y la sangre a distintas altitudes, que se publicó en 1913 y 1914 y sigue siendo a día de hoy su gran aportación científica, en el que presentaba una evidencia pionera de la importancia del oxígeno en la respiración.

El ingreso en la universidad que nunca llegó

A pesar de la dedicación al laboratorio y al trabajo de campo, FitzGerald no dejó de acudir a clases, cursos y lecciones. En 1910 había completado más de novecientas horas de formación en el campo de la histología, la fisiología, la química y la patología. Aun así, cuando presentó su solicitud de ingreso en el Medical College de la Universidad Cornell fue rechazada por no poseer la cualificación necesaria. En 1915 lo intentó de nuevo en la Universidad de Nueva York y de nuevo la rechazaron, en esta ocasión por no poseer suficientes conocimientos de álgebra.

Tras ese rechazo se trasladó a Edimburgo, a trabajar en una clínica. De nuevo pidió ingresar en la escuela de medicina de la capital escocesa, una de las pocas de Gran Bretaña que aceptaba a mujeres, pero fue rechazada por tercera vez, en esta ocasión porque se consideró una carga excesiva que pudiese atender a las clases y realizar su trabajo al mismo tiempo. Al final terminó consiguiendo su objetivo: en la década de 1920 ingresó en la Royal College Medical School… como profesora de bacteriología práctica.

Un título honorario a los 100 años

Ejerció su puesto hasta finales de los años 30, cuando volvió a Oxford para cuidar de sus hermanas. Ninguna se había casado y seguían viviendo juntas en la casa que compartieron tras la muerte de sus padres. FitzGerald desapareció de la escena científica, no volvió a publicar y fue olvidada por sus colegas y por las instituciones en las que había trabajado hasta entonces.

Recibiendo su título honorario en la Universidad de Oxford, 1972. Fotografía de Martin Goodman.

En los años 60 volvieron a acordarse de nuevo de ella durante el cumpleaños del que había sido uno de sus mentores, J.S. Haldane. Pero no fue hasta 1972, el día que cumplió 100 años, cuando recibió el reconocimiento que ella quería y el que se merecía: la Universidad de Oxford le concedió un máster honorario, y fue nombrada miembro de la Sociedad de Fisiología. Falleció el año siguiente a los 101 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Pérez Benavente (@galatea128) es periodista.

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