Mathilde Krim: de las pruebas para conocer el sexo del bebé antes de nacer a la lucha contra el sida y el compromiso con sus víctimas

Mathilde Krim.

En el año 2012, a los 86 años, Mathilde Krim publicó un artículo en la prensa titulado No puedes terminar con el sida si no acabas con la guerra contra las drogas. Cofirmado con Ethan Nadelmann, fundador y director ejecutivo de la Alianza por la Política de Drogas, estaba dirigido a los líderes mundiales que esos días se reunían en Washington para la Conferencia Internacional contra el SIDA, y en él explicaba que “criminalizar a las personas que consumen drogas aumenta el riesgo de infección por VIH y sabotea los esfuerzos por protegerlos a ellos, a sus familias y a sus comunidades”.

Es un artículo combativo, compasivo y basado en evidencias científicas. Son tres palabras que podrían definir perfectamente a la propia Mathilde Krim, una científica sagaz y comprometida que vivió su vida entre los laboratorios y el activismo, aportando resultados de investigación y fondos con los que llevarla a cabo. Como resultado de su labor, en el año 2000 el presidente Bill Clinton le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor que puede recibir un civil en Estados Unidos, por su “extraordinaria compasión y compromiso” con los pacientes y la investigación sobre el sida.

Una familia multinacional y multicultural

Mucho antes de eso, el 9 de julio de 1926, Mathilde nació en Como, Italia. Fue la mayor de cuatro hermanos. Su padre, Eugene Galland, era hijo de un católico italiano y de una calvinista suiza. Su madre, Elizabeth Krause, era hija de austriacos católicos que en el momento del nacimiento de Mathilde vivían en Checoslovaquia. Por eso Mathilde creció en un hogar multinacional y multicultural: sus familiares cercanos hablaban francés, alemán o italiano, vivían en Italia, Suiza o Checoslovaquia e iban a misas católicas o protestantes.

En el momento de su nacimiento, su padre trabajaba como ingeniero agrónomo en Italia, pero el régimen de Mussolini comenzaba a volverse abiertamente hostil y decidieron marcharse. Por ese motivo Mathilde pasó su infancia en Suiza: después de completar la educación básica en una escuela para niñas, se matriculó en la Universidad de Ginebra, en la Facultad de Biología. Durante la carrera en seguida llamó la atención por sus aptitudes de Émile Guyénot, experto de embriología de los invertebrados, que la invitó a trabajar en su laboratorio como asistente. Mientras lo hacía, completó sus estudios con un curso en técnicas avanzadas de micrografía electrónica.

Gracias a todo esto se convirtió en una de las pocas mujeres de su época con estudios científicos avanzados. Su trayectoria humanitaria dio comienzo también en estos años. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, encontró trabajo como asistente en el despacho de un reputado abogado de origen judío. Como parte de su tarea, tenía que llevar documentos a otros despachos, algunos de oficinas gubernamentales. Así se dio cuenta de que había gran cantidad de judíos en toda Europa intentando obtener pasaportes suizos. En 1945, durante el pase informativo antes de una película que había ido a ver al cine, descubrió por qué: el mundo comenzaba a descubrir los horrores del holocausto nazi. Esa información cambió su vida.

Su conversión al judaísmo

Sus padres no compartían su interés y preocupación por las víctimas del nazismo, y para disgusto suyo, a finales de los 40 Mathilde se hizo muy amiga de un pequeño grupo de judíos que llegó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Ginebra. Comenzó a estudiar el judaísmo hasta que terminó convirtiéndose y a participar en algunas de sus acciones clandestinas. En el verano de 1948, solo unos meses después de la formación del estado de Israel, Mathilde se casó con uno de aquellos estudiantes, David Danon, apasionado activista cuyas clases y lecciones a veces se veían interrumpidas por sus campañas políticas y militares. Aun así, durante aquellos años la pareja publicó algunas investigaciones conjuntas. En 1951 nacía su hija, Daphna. Cuando completaron sus estudios, Mathilde y David se trasladaron a Israel, donde ella tuvo que volver a completar el ritual de conversión al judaísmo.

Maltilde Krim en la época en la que investigaba sobre el interferón como cura del cáncer.

El matrimonio no prosperó porque la vida que él quería de activismo en el desierto no tenía para ella demasiado atractivo. Gracias a sus habilidades científicas encontró trabajo en el Instituto Weizmann junto con el biólogo molecular Leo Sachs. Juntos publicaron más de una docena de estudios, el más importante de ellos El diagnóstico del sexo antes del nacimiento a partir de las células del líquido amniótico, que sentó las bases de la actual prueba de la amniocentesis que permite conocer el sexo del bebé antes de que nazca.

Del cáncer al sida

En 1957 Mathilde conoció al que sería su segundo marido, Arthur Krim, un americano adinerado que trabajaba como administrador del Instituto Weizmann. Se casaron un año después, y tras un breve periodo de tiempo en el que vivieron separados, ella se mudó con su hija a Nueva York. Allí, en seguida comenzó a colaborar con su marido en las tareas de recaudación de fondos para fines benéficos.

Pero esa ocupación era poca para Mathilde, que en seguida encontró trabajo en el Cornell Medical College de Nueva York. Gracias a su trabajo con Sachs había aprendido sobre agentes cancerígenos, así que se incorporó a la comisión encargada de asesorar al Congreso de Estados Unidos en los esfuerzos contra el cáncer. Allí, pronto cambió su interés por las sustancias que causan cáncer hacia las que pueden curarlo.

Durante una década, de 1975 a 1985, Krim fue una de las principales responsables de la investigación sobre el interferón y sus efectos, publicando artículos y organizando seminarios internacionales al respecto. En 1983, otro acontecimiento fortuito revolucionó la carrera de Mathilde: en un momento en el que su trabajo comenzaba a decaer (las pruebas con interferón no estaban teniendo éxito y mucha gente de su laboratorio se estaba marchando), se le pidió que ayudase a tratar algunos casos de cáncer de piel extraños, sarcomas de Kaposi, relacionados con una enfermedad inmunológica nueva: el sida.

Recaudación de fondos y agitación de conciencias

La tarea fascinó a la científica, que se involucró a fondo y de por vida en la lucha contra el sida, atendiendo a los pacientes y luchando a brazo partido con las dificultades para financiar la investigación y para ayudar a las víctimas. En 1985 creó una fundación para ayudar a recaudar fondos contra el sida, y esa fue, hasta su muerte a principios de este 2018, el principal objeto de su dedicación y sus energías: obtener dinero y despertar conciencias, bien para encontrar una cura contra el virus del VIH y el sida, o bien para crear programas de apoyo para las personas afectadas por la enfermedad.

Mathilde Krim.

Uno de sus mensajes, con el que empezábamos este artículo, siempre fue que la adicción debía ser tratada como una enfermedad, y no como un crimen. “Investigaciones en todo el mundo han demostrado de forma consistente que las leyes represivas contra las drogas hacen que la gente que las consume se esconda y se aleje de los sistemas de salud públicos, aumentando con ello el riesgo de infección por VIH. La encarcelación masiva por delitos no violentos relacionados con las drogas también impulsa que el virus se expanda […]. Por el contrario, el intercambio de jeringuillas limpias por otras usadas y otros programas de reducción de daños son algunas de las medidas más efectivas y coste-eficientes de prevención: se ha demostrado que mantienen a la gente unida al sistema de salud, les conecta con las fuentes de tratamiento para la adicción y, en general, reducen el consumo de drogas mientras le ahorran dinero al contribuyente”.

Aunque en apariencia imparable, Mathilde reconoció en una ocasión que probablemente podría haber hecho más si las cosas hubiesen sido de otra forma: “La investigación es un campo muy competitivo, y la mayoría de mis colegas son hombres que tienen esposas que se encargan de todo en casa. Sé que si tengo que dar una cena para cien personas, y vestirme para la ocasión y arreglarme el pelo, no puedo estar completamente concentrada en mi trabajo”.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Pérez Benavente (@galatea128) es periodista.

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