La desconocida que reveló el Universo

La historia de la ciencia, en muchas ocasiones, está mediatizada por las lagunas derivadas de los prejuicios y las miopías sociales. Y resulta difícil encontrar un ejemplo más contundente de esto que el de la astrónoma Henrietta Swan Leavitt (1868-1921), la mujer a la que se debe el descubrimiento de la piedra angular que revolucionaría nuestro conocimiento del Universo, expandiéndolo hasta límites inimaginados hasta entonces: la primera nota que produjo toda una cascada que desplazó definitivamente a la Tierra a un humilde lugar de la Vía Láctea, que permitió descubrir que existen millones de galaxias como la nuestra, galaxias que se desplazan porque están en movimiento, y que están en movimiento porque hubo un Big Bang inicial que dio comienzo a todo. Toda una empresa intelectual que descansa, en gran parte, sobre los hombros de esta casi desconocida, apagada por su condición de mujer en un entorno absolutamente dominado por los hombres.

En la última década del siglo XIX, la prestigiosa Universidad de Harvard se lamentaba de estar perdiendo el tren de una de las ramas científicas de moda, la astronomía. De hecho, ni siquiera contaba con un telescopio mínimamente decente. Pero todo cambió cuando Edward Charles Pickering tomó las riendas del observatorio y embarcó a la institución en un desafío sin precedentes: la completa catalogación de cada estrella del firmamento. Para ello, logró que las fortunas de Boston se implicaran en la financiación de la construcción de un telescopio de última generación en Harvard, y otro similar en Arequipa (Perú), para el hemisferio Sur.

Pero en seguida se hizo evidente que semejante esfuerzo superaba en mucho las capacidades de Pickering y sus ayudantes. Pronto comenzaron a acumularse montañas de placas de cristal provenientes de los dos telescopios, inabarcables para los pocos hombres disponibles. Fue entonces cuando Pickering tuvo una idea que le pareció la solución perfecta: contratar a un pelotón de mujeres que se encargarían de anotar y examinar cada una de las estrellas de las placas. Una decisión en cierta forma revolucionaria, pues hasta entonces las mujeres tenían vedado el acceso a las instalaciones universitarias.

Edward Pickering, con su 'harén' en 1891. A la derecha, Henrietta S. Leavitt. Archivo de la Universidad de Harvard
Edward Pickering, con su ‘harén’ en 1891. A la derecha, Henrietta S. Leavitt.
Archivo de la Universidad de Harvard.

Las computadoras

Se trataba de un trabajo rutinario, sumamente tedioso y poco envidiable. A cambio del salario mínimo (25 centavos por hora), aquel grupo de mujeres se dedicó a catalogar cada pequeña luz que apareciese en las placas. De ellas se esperaba la ejecución de una labor mecánica, sin atisbo de interpretación, entre otras cosas, porque ni a Pickering ni a ninguno de los que regían la Universidad se les ocurrió que pudiesen estar capacitadas para ello: para ejercer tareas que necesitaran mediciones precisas y sistemáticas, sí; para inferir resultados a partir de ellas, no. Y así fue como ese “pintoresco” grupo de damas fue jocosamente bautizado como “el harén de Pickering” o, con una sorprendente capacidad de antelación, “computers“, pues eso es justamente lo que eran, computadoras de carne y hueso.

En 1893, Henrietta Swan Leavitt se incorporó al “harén”. Hija de un sacerdote congregacionalista y sobrina de un destacado ingeniero de su tiempo, Erasmus Darwin Leavitt, con 24 años, y tras licenciarse en lo que ahora es el Instituto Radcliffe de Estudios Avanzados, cualquier posibilidad de seguir estudiando aparecía cercenada por su condición de mujer. Es por eso por lo que se ofreció como voluntaria para ayudar en el Observatorio, posiblemente porque era una manera de seguir relacionada con el mundo académico. Y no tardó en ser adscrita al grupo de computadoras.

Leavitt pronto se mostró especialmente dotada para la labor, entre otras cosas porque una incipiente sordera, que terminaría dejándola totalmente sin el sentido del oído, parecía ayudarla a abstraerse totalmente en su trabajo. Durante años observó miles de placas, llenando cientos y cientos de cuadernos con sus anotaciones. Un trabajo que de vez en cuando se interrumpía porque enfermaba, hacía algún viaje o acudía a cuidar, por razones desconocidas, a algún familiar. Es difícil saberlo, porque prácticamente se desconoce todo de su vida personal, más allá de que nunca se casó ni formó una familia.

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Henrietta S. Leavitt trabajando en su mesa
del Harvard College Observatory.

Un día de 1904, Leavitt estaba catalogando una placa de la Pequeña Nube de Magallanes, procedente del observatorio de Arequipa. Para su sorpresa, comenzó a detectar una serie de estrellas variables. Entusiasmado por el descubrimiento, Pickering encargó más placas, y durante cuatro años la astrónoma detectó cada vez en más en aquella agrupación estelar. En aquel momento el concepto de “galaxia” era desconocido y se pensaba que nada había más allá de la Vía Láctea, por lo que se creía que la nebulosa debía formar parte de ésta.

Cuatro años después, en 1908, Henrietta Swan Leavitt publicaba en los Anales del Observatorio de Harvard un artículo titulado 1.777 variables de las Nubes de Magallanes; y de este total, dedicaba un apartado especial a 16 de ellas, encuadradas en la clase de las cefeidas, estrellas variables que modificaban su brillo según un período de pulsación que Leavitt, excediéndose en su labor de mera registradora, había establecido con precisión.

Las cefeidas

Aquel trabajo incluía una frase que terminaría revolucionando totalmente la ciencia astronómica: “Es destacable que, en esta tabla, las estrellas más brillantes tienen los períodos más largos”. Una perspicaz observación que abría una puerta de insospechadas posibilidades: hasta ese momento, el método tradicional de cálculo de las distancias de los cuerpos estelares con respecto a la Tierra, la paralaje, una especie de trigonometría espacial, se había revelado como sólo útil para medir la distancia con respecto a los cuerpos del Sistema Solar. Lo que había más allá se escapaba de nuestro conocimiento e impedía conocer el tamaño del Universo: se podía saber qué estrellas aparentaban ser las más brillantes en el firmamento, pero de ninguna manera a qué distancia se encontraban. Dicho en otras palabras, ¿brillaban mucho porque eran muy luminosas, o porque estaban más cerca? Imposible responder…

Hasta que en 1912 una circular del Observatorio de Harvard recogía la cristalización definitiva del hallazgo de las cefeidas. Un texto que comenzaba así: “La siguiente exposición referente a los períodos de 25 variables en la Pequeña Nube de Magallanes ha sido preparada por Miss Leavitt”. Efectivamente, pero era Pickering quien firmaba un texto que, en realidad, recogía el trabajo realizado durante años por una de las integrantes de su “harén”. Un texto que terminaba concluyendo que las cefeidas que tenían el mismo período de pulsación tenían, también, la misma luminosidad. Y así, se reveló la gran regla para comenzar a medir el universo: bastaba con encontrar una cefeida en el rincón al que dirigiéramos nuestro telescopio y establecer su período. De ahí se inferiría su luminosidad y podríamos calcular la distancia, comparándola con su brillo aparente en el cielo.

Con esa poderosa herramienta, los astrónomos de la época comenzaron a destrozar la pigmea concepción que hasta entonces se tenía del Universo: Ejnar Hertzsprug estableció que la Pequeña Nube de Magallanes se encontraba a 30.000 años/luz, una cifra que, aunque menor de la real, despertó la incredulidad de los astrónomos al enfrentarlos a distancias colosales. Y entre 1923 y 1924 Edwin Hubble, utilizando la herramienta de Leavitt, comenzó a estudiar y detectar una infinidad de nebulosas que se encontraban increíblemente lejos. Fue solo cuestión de tiempo, en realidad de muy poco tiempo, que fuera evidente que se trataba de galaxias, y que la Vía Láctea era tan solo una de ellas.

Un descubrimiento capital que revolucionó la astronomía y la concepción del lugar del hombre en el universo, pero su descubridora no llegó a ver sus últimas consecuencias. Había muerto víctima de un cáncer en 1921, de manera tan silenciosa como había vivido. Apenas dejó unos cuantos enseres domésticos a su madre; cuatro años más tarde, una carta llegó a su domicilio planteándole la posibilidad de optar al premio Nobel. Nadie se había enterado de que la gran descubridora del método de medición del universo había fallecido hacía ya tiempo.

Hoy en día, varias iniciativas buscan recuperar la figura de quien firma uno de los hitos de la astronomía. Un asteroide y un cráter lunar llevan su apellido, pero entre las más divertidas, cabe destacar el videoblog puesto en marcha por el Instituto de Astrofísica de Andalucía, todo un ejemplo de cómo es posible hacer divulgación científica sin perder la sonrisa.

Sobre el artículo original

La desconocida que reveló el Universo fue publicado el viernes 28 de diciembre de 2012 en el suplemento Ciencia del periódico El Correo.

Un especial agradecimiento al autor del artículo por permitir su reproducción en Mujeres con ciencia.

Sobre el autor

Miguel A. Delgado (@rosenrod) es escritor y periodista. Comisario de la exposición Nikola Tesla: Suyo es el futuro (Fundación Telefónica). Autor de Tesla y la conspiración de la luz (2014) e Inventar en el desierto (2014).

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