Meave Leakey, sacando a la luz a nuestros antepasados

Me enseñaron que el camino del progreso no es ni rápido ni fácil.

Marie Curie
Meave Leakey holding the medal of the City of Toulouse, Award ceremony and Reception at Toulouse City Hall. The African Human Fossil Record
Meave Leakey recibiendo la medalla
de la ciudad de Toulouse (2014).

Meave Leakey es actualmente una prestigiosa paleoantropóloga que, junto a su equipo de investigación en las costas del lago Turkana, Kenia, ha contribuido de manera significativa a esclarecer los orígenes de la humanidad moderna. Durante muchos años ha sido una científica casi anónima, sólo conocida por el apellido, que en realidad es el de su marido. Sin embargo, analizando con cierto detenimiento su vida, muy pronto se percibe su calidad como investigadora y la enorme dedicación y entrega a su trabajo.

Nacida en Londres en 1942, Meave estudió y se graduó muy joven en Zoología en la Universidad de Gales. Tras una búsqueda infructuosa de trabajo, optó por responder a un anuncio puesto en el periódico The Times de Londres por el conocido antropólogo Louis Leakey. Recordemos que este notable científico, pese a que en ocasiones ha sido considerado como algo extravagante, amigo de la publicidad y de la notoriedad, siempre estuvo dispuesto a ayudar profesionalmente a las mujeres. Entre ellas han destacado, además de su esposa, la reconocida arqueóloga Mary Leakey, las primatólogas pioneras Jane Goodall, Dian Fossey y Birute Galdikas, y otras estudiosas que, probablemente, en un ambiente menos estimulante no habrían tenido la oportunidad de desarrollar sus capacidades.

La propia Meave ha señalado al respecto que «en aquellos años [finales de los sesenta] era muy difícil para una mujer conseguir un trabajo como zoóloga. Nadie me contrataba y estaba empezando a sentirme bastante desanimada». Fue entonces cuando tuvo ocasión de contactar con L. Leakey, que le ofreció un trabajo en el Centro de Investigación de Primates Tigoni, situado en las afueras de Nairobi. La joven aceptó sin dudarlo y en 1965 viajó hasta la capital de Kenia. Allí, tras de dos años de intensa investigación sobre los huesos de las extremidades de primates modernos, consiguió reunir una considerable y valiosa información. Con sus interesantes resultados volvió a la Universidad de Gales donde escribió y defendió su tesis.

© Turkana Basin Institute.
© Turkana Basin Institute.

Una vez doctorada, en otoño de 1968, regresó a Tigoni. Poco tiempo después de su vuelta empezó a investigar junto a Richard Leakey, con quien se casó en 1970. Desde entonces han trabajado en estrecha colaboración y, cooperando otros científicos y trabajadores nativos, han formado un equipo con resultados extraordinariamente fructíferos.

Meave Leakey ha sido definida como «abierta, generosa, reflexiva, amable y que hace amigos con facilidad», pero algunos colegas y periodistas le han reprochado una cierta tendencia a ceder sus propios intereses de investigación en beneficio de los de su marido. No obstante, ella siempre ha argumentado que «no busco el reconocimiento, disfruto de mi trabajo», subrayando que su incorporación al equipo de Richard Leakey le proporcionó en su momento una vía de acceso excepcional a los fósiles objeto de su investigación, además de la oportunidad de ocupar una plaza en las expediciones paleontológicas.

La mayor parte del trabajo de esta científica se ha desarrollado en la cuenca del lago Turkana. A 400 Km al norte de Nairobi, el extraordinario entorno de este lago alberga un impresionante registro de la evolución de los homínidos. Con respecto a su experiencia vital en la zona, Meave Leakey ha explicado: «Aquí me encuentro como en mi propia casa. […] pocos lugares proporcionan un registro fósil tan rico como esta región. La actividad tectónica ha puesto al descubierto sedimentos antiguos, exponiendo a una rápida erosión los suelos donde los huesos de los homínidos fosilizaron. De esta manera, cada tormenta puede sacar a la luz nuevos fósiles. Además, como la actividad volcánica ha ido depositando a lo largo de las diferentes épocas muchas capas de ceniza, y los minerales radiactivos de ésta pierden actividad a un ritmo conocido, también podemos datar con fiabilidad a cada estrato y los fósiles que contiene».

Vista del Lago Turkana.
Vista del Lago Turkana.

El primer hallazgo de especial importancia en el que la científica participó tuvo lugar en 1972. Concretamente en Koobi Fora, una pequeña península en la orilla oriental del lago, recogieron una serie de fragmentos óseos pertenecientes a un cráneo de homínido llamativo por su volumen: unos 800cc, que lo convertía en el mayor encontrado hasta el momento. Al conjunto de estos restos se los designó inicialmente como KNM-ER 1470, por su número de registro en el Museo Nacional de Kenia, y así se lo conoce hoy.

Debido a su notable tamaño, el cráneo se adjudicó a la especie Homo rudolfensis –una de las más antiguas de nuestro género– y su edad se calculó en 1,9 millones de años. El fósil que el equipo tenía entre sus manos era la prueba que confirmaba una hipótesis que Louis Leakey había defendido durante mucho tiempo: hace cerca de dos millones de años, por la sabana africana ya caminaba erguido un representante del género Homo.

Turkana_Boy
Esqueleto del Joven Turkana (KNM-WT 15000).

Años más tarde, en el otoño de 1984, este grupo de investigadores realizó otro descubrimiento trascendental para la historia de la Paleoantropología: el esqueleto de un adolescente que había vivido en las proximidades del lago Turkana al menos 1,5 millones de años atrás. Se trataba de un fósil perteneciente a la especie Homo erectus/ergaster (para muchos autores erectus y ergaster son la misma especie, de ahí el uso de ambos términos), e incluía numerosos elementos esqueléticos desconocidos hasta el momento.

Popularmente conocido como el Joven turkana o Turkana boy, tal como lo llamaron sus descubridores, el hallazgo fue considerado como «una experiencia extraordinaria» porque encontrar un esqueleto casi completo es algo altamente inusual (una vez terminada la excavación sólo faltaban los huesos de los pies y los de las manos). Con una capacidad craneana en torno a un 65% de la de los adultos actuales, Homo erectus/ergaster emergía como la especie más parecida, entre las antiguas del género Homo, a la humanidad moderna.

En el año 1989 Meave Leakey experimentó un notable progreso en su carrera: fue nombrada conservadora del Museo Nacional de Kenia, en Nairobi y, además, en ese año asumió una nueva responsabilidad: se convirtió en la coordinadora del área de investigación en el lago Turkana del Museo, financiada en gran parte por la National Geographic Society. De esta manera, se hacía cargo del programa científico que hasta el momento había dirigido Richard Leakey, pues éste decidió dedicarse exclusivamente a la conservación de la fauna salvaje africana.

Desde su nueva responsabilidad, Meave Leakey marcó claramente su objetivo. Como ella misma ha expresado: «A finales de los años ochenta decidí buscar los fósiles más antiguos de los primeros homínidos», anteriores a 3,5 millones de años, de los que en aquellas fechas se tenían escasas evidencias.

Tras un perseverante trabajo de campo, en 1994 Meave Leakey y su equipo hallaron diversos restos de una nueva especie a la que bautizaron Australopithecus anamensis (de anam, que significa lago); su edad se calculó 4,1 millones de años y se convirtió en el fósil más antiguo identificado hasta la fecha. Su andar bípedo revelaba un hecho muy significativo: los homínidos empezaron a caminar erguidos al menos medio millón de años antes de lo que se creía hasta el momento.

En una conferencia impartida en Nairobi con el fin de anunciar su hallazgo, Meave Leakey señalaba que este descubrimiento «ha añadido novedades muy importantes a la visión de los primeros estadios de la evolución humana, sobre todo porque prueba que la postura erguida y el bipedismo surgieron muy atrás en el tiempo […]. Muestra claramente que hace cuatro millones de años nuestros antepasados ya no se desplazaban columpiándose por las ramas como los simios».

Meave y Louise Leakey. © Turkana Basin Institute.
Meave y Louise Leakey. © Turkana Basin Institute.

Siempre en la costa del lago Turkana, en 1999 este grupo de investigadores, del que ahora también formaba parte la joven doctora Louise Leakey, hija de Meave y Richard, realizó otro asombroso hallazgo: un nuevo fósil que presentaba un llamativo mosaico de estructuras. Cuando lograron reconstruirlo, constataron que ofrecía una desconocida combinación de características avanzadas y primitivas. Era una criatura tan distinta que la bautizaron Kenyanthropus platyops. Este hallazgo permitió formular una importante conclusión: el este de África estuvo habitado por más especies distintas de homínidos de las sospechadas hasta el momento.

Con todo, los valiosos descubrimientos realizados por estos tenaces buscadores de fósiles no se agotaron. En 2012, Meave Leakey y sus colaboradores publicaron un artículo en la revista Nature que describía nuevos restos encontrados en Koobi Fora. Correspondían a un cráneo, una mandíbula inferior completa y un fragmento de una segunda mandíbula inferior, todos de aproximadamente la misma antigüedad: entre 1,78 y 1,95 millones de años, encontrados entre 2007 y 2009. Pertenecían a tres especies distintas del género Homo: H. habilis, H. rudolfensis y H. erectus/ergaster.

La edad de estos restos confirmaba que hace casi dos millones de años coexistieron al menos tres especies del género Homo. Como ha expresado la propia Meave: «Probablemente coexistieron como tantas especies cercanas de diferentes linajes de mamíferos hicieron en el pasado y siguen haciendo hoy […]. La biodiversidad era una realidad en los inicios de nuestro linaje».

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Evolución humana lineal.

Siendo todos los hallazgos de la cuenca del Turkana muy valiosos, debemos destacar que su mayor contribución ha sido poner de manifiesto un hecho de profundo calado: la complejidad de nuestra historia evolutiva. Durante largo tiempo se asumió que el género Homo había evolucionado en línea recta desde Homo habilis a Homo erectus y finalmente a Homo sapiens. Los restos fósiles hallados por Meave Leakey y su equipo, sin embargo, han descartado definitivamente esa percepción tradicional: nuestros orígenes no fueron en absoluto lineales.

Con frecuencia, todavía hoy observamos en las ilustraciones de algunos libros, revistas, blogs e incluso en carteles publicitarios o en chistes, imágenes que muestran un simio cuadrúpedo que progresivamente se va irguiendo hasta alcanzar la posición bípeda; al mismo tiempo su cabeza crece, su pelo corporal cae y sus manos aumentan en habilidad. Finalmente, como culminación de todo el proceso, surge un triunfante Homo sapiens, por supuesto, de sexo masculino y piel blanca. Como han expresado diversos autores, se trata de representaciones que encajan muy bien con los prejuicios humanos, pero no con los hechos de la paleontología. Ni tampoco con lo que los científicos conocen desde hace tiempo sobre la evolución de las demás especies.

En este aspecto, los inestimables fósiles de la cuenca del Turkana han contribuido en gran medida a que los estudiosos se vieran obligados a abandonar esa vieja hipótesis de evolución lineal: el proceso evolutivo humano no se puede representar como una línea ascendente e inevitable, con la humanidad moderna en la cúspide. Más bien se parece a un arbusto con complicadas ramificaciones y especies distintas que conviven en el tiempo y el espacio. E incluso este nuevo cuadro más complejo es, según diversos autores, posiblemente una simplificación provisional.

Filogenia homínida
Filogenia homínida.

Lo expuesto es sólo un breve resumen de la calidad de los resultados obtenidos por Meave Leakey. Una gran investigadora que, si bien a lo largo de los primeros años de su carrera se mostraba poco inclinada a la exposición al público o a que se la fotografiase, prefiriendo permanecer dedicada a su trabajo, con el paso del tiempo se fue haciendo cargo cada vez de más responsabilidades. Ha dirigido el Proyecto de Investigación del la Cuenca del Turkana con notable acierto, poniendo de manifiesto su gran capacidad como líder de un grupo de trabajo y su profunda formación como paleoantropóloga. Y tengamos en cuenta que el mérito de la científica no es nada despreciable, ya que su profesión se incluye en una disciplina altamente competitiva que normalmente ha estado, y los sigue hoy, dominada por los hombres.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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