Desde el Antiguo Egipto, pasando por Grecia, Roma y Oriente, las fragancias han acompañado al ser humano como un lenguaje invisible, pero profundamente poderoso. Mucho antes de convertirse en producto de consumo, el olor fue símbolo de lo divino, de lo terapéutico y de lo socialmente deseable. Hoy, aunque el perfume se perciba como un mero accesorio sensorial, su influjo va mucho más allá de agradar nuestras pituitarias.
Y es que los olores tienen la capacidad singular de atraernos, repelernos o emocionarnos de forma casi instantánea. Esto se debe a la conexión directa entre el sistema olfativo y el sistema límbico, región cerebral implicada en la memoria y la emoción. A diferencia de otros sentidos, la información olfativa no pasa primero por el tálamo, sino que llega directamente a la amígdala y el hipocampo, lo que explica su enorme poder evocador.
No es casual, pues, que un aroma pueda transportarnos a la infancia en cuestión de décimas de segundos.
Más allá de un aroma agradable
En el ámbito de la cosmética, las fragancias tienen cumplen múltiples funciones:
- Función estética. La finalidad más evidente de una fragancia es mejorar la experiencia sensorial y organoléptica, generando placer. Además, contribuye a la identidad de marca y enmascara olores inherentes a determinadas materias primas. La experiencia olfativa influye directamente en la percepción de eficacia y calidad por parte del consumidor y será decisiva para su elección.
- Función social y simbólica. Ponerse perfume también cumple un papel cultural y social. Ha servido para marcar estatus, identidad o pertenencia a un grupo y hoy en día se sigue utilizando para proyectar elegancia, sofisticación, profesionalidad, sensualidad o limpieza. Además, ayuda a crear una identidad olfativa personal, que nos hace reconocibles para otros de manera subconsciente.
- Función psicológica y emocional. En este sentido, la aromaterapia ha despertado interés científico por sus implicaciones en la salud y el bienestar. Aunque la evidencia científica es limitada y heterogénea, algunos estudios sugieren que ciertos aromas pueden influir en el estado de ánimo gracias a su capacidad para evocar recuerdos y emociones. Además, se ha demostrado que determinadas moléculas aromáticas pueden influir en procesos como el estrés, la ansiedad, la relajación o la activación cognitiva. Aromas como lavanda y bergamota se asocian a efectos calmantes, mientras que otros, como el jazmín y el romero, pueden favorecer la memoria.
Ciencia detrás del olor: moléculas activas y mecanismos
Una fragancia se estructura clásicamente en notas de salida, corazón y fondo, que determinan su evolución temporal sobre la piel. Esta arquitectura responde a la volatilidad de las moléculas que la componen: las notas de salida están formadas por moléculas pequeñas y volátiles, responsables de la primera impresión; las de corazón definen el carácter del perfume; y las de fondo, compuestas por moléculas más pesadas y persistentes, aportan fijación y profundidad.
Las sustancias aromáticas pueden ser de origen natural, como aceites esenciales y extractos, o de síntesis, diseñadas para reproducir, intensificar o crear nuevos perfiles olfativos. Entre las moléculas del primer tipo destacan el linalool, presente en la lavanda o el cilantro, y el geraniol, característico del geranio. Ambos están asociados a aromas florales suaves, frescos y ligeramente dulces. También pueden citarse el limoneno, abundante en los cítricos, que aporta notas luminosas, frescas y energizantes; o la cumarina, que introduce matices dulces, cálidos y ambarados, con recuerdos de heno y vainilla.
En el apartado de las fragancias sintéticas sobresalen el hedione, un derivado inspirado en el jazmín que aporta notas florales transparentes y aireadas, y el ambroxan, desarrollado a partir del ámbar gris natural, con un perfil amaderado y almizclado. Los dos son pilares de la perfumería moderna por su elevada capacidad difusiva y su característico efecto limpio.
En conjunto, la combinación estratégica de estas moléculas, teniendo en cuenta su estructura química, volatilidad y sinergias olfativas, permite diseñar fragancias complejas, estables y emocionalmente impactantes.
Regulación y seguridad: el nuevo reto de los alérgenos
La seguridad es un pilar esencial para la cosmética y, en concreto, la perfumería. La IFRA (International Fragrance Association) establece estándares globales basados en evaluaciones científicas de riesgo. En Europa, el Reglamento (CE) nº 1223/2009 rige el uso de fragancias en cosméticos.
Diversas sustancias presentes en las fragancias han estado asociadas a alertas de seguridad. Estas pueden actuar como conservantes o fijadores, aunque el foco principal se ha puesto en los propios compuestos aromáticos, ya que muchos de ellos pueden provocar reacciones de dermatitis alérgicas por contacto o de sensibilización. Ingredientes comunes en perfumes, como el árbol de té, la lavanda o la menta, son responsables de este tipo de reacciones, y cada vez se identifican más sustancias con potencial similar.
Por este motivo, se han adoptado medidas como la ampliación del listado de alérgenos declarables (Reglamento (UE) 2023/1545, que eleva de 26 a más de 80 el número de sustancias que deben figurar en el etiquetado. Esto supone un reto considerable para formuladores y marcas, que deben reformular productos, asegurar la trazabilidad y comunicar de forma transparente al consumidor.
El gran desafío actual es equilibrar creatividad olfativa, seguridad cutánea y sostenibilidad ambiental sin comprometer la experiencia sensorial.
Tendencias presentes y futuras: hacia una perfumería consciente
Actualmente, la democratización del lujo y el comercio online han impulsado el consumo de perfumes de imitación o dupes. Estas fragancias permiten acceder a aromas similares a los clásicos de grandes casas a precios asequibles, pero también plantean desafíos en términos de seguridad, calidad y regulación.
Además, los consumidores cada vez buscan más productos respetuosos con su cuerpo y con el planeta, De ahí que parte del futuro de la perfumería se oriente hacia las llamadas clean fragrances: composiciones más simples, transparentes, con aromas naturales y menor impacto ambiental. Al hilo de esta ecorresponsabilidad gana protagonismo el upcycling olfativo, una estrategia sostenible que reaprovecha subproductos vegetales y alimentarios para obtener nuevas fragancias.
En el ámbito tecnológico, la personalización de los perfumes a través de la inteligencia artificial, big data y biosensores permite crear nuevas fragancias adaptadas no solo a los gustos individuales, sino también al estado fisiológico o emocional de la persona.
Y finalmente, la perfumería contemporánea no descuida las necesidades de bienestar emocional, dado que gran parte de la población experimenta estrés, ansiedad o alteraciones del estado de ánimo. Las fragancias funcionales y la neurocosmética abren la puerta a perfumes capaces de modular emociones o procesos biológicos, integrando así belleza y ciencia del bienestar.
En definitiva, la perfumería ha evolucionado desde el arte del olor hacia una disciplina donde la ciencia, la seguridad y la conciencia ambiental redefinen el lujo sensorial del futuro.![]()
Sobre las autoras
Estefania Hurtado Gómez, Profesora Master Dermofarmacia UMH, Universidad Miguel Hernández y Marta González Álvarez, Directora del Master de Dermofarmacia y Cosmética UMH, Universidad Miguel Hernández
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ir al artículo original.
