Grace Eldering, la bacterióloga que ayudó a crear y probar la vacuna contra la tos ferina
En los países desarrollados donde los calendarios de vacunación son consistentes y están ampliamente implementados, la tos ferina no da hoy demasiado miedo. La amenaza nos parece tan superada, de hecho, que ese es uno de los motivos que habitualmente se esgrimen para explicar el surgimiento y popularidad de tendencias antivacunas en estos países: nadie, o casi nadie, conoce víctimas graves de esta enfermedad. Ante la posibilidad de proteger a sus hijas e hijos de esta y de otras enfermedades infecciosas hoy vacunables, es difícil imaginar a una madre o padre de cualquier momento de la historia diciendo que no.

En las primeras décadas del siglo XX la tos ferina todavía era una amenaza seria y habitual para la vida de niñas y niños pequeños. Se calcula que causaba unas 6000 muertes anuales solo en Estados Unidos, el 95 % de menores de cinco años. Aunque se conocía la bacteria causante de la enfermedad, no existía una vacuna eficaz.
Grace Eldering, bacterióloga, trabajó en ese empeño. Junto a decenas de científicos y profesionales sanitarios desarrolló y evaluó la que sería la primera vacuna eficaz contra esta enfermedad. Para ello, además de crear la sustancia en sí, ideó métodos para cultivar la bacteria, mejoró los procedimientos de diagnóstico de la infección, estableció los periodos de incubación y contagio y diseñó y llevó a cabo un estudio clínico lo suficientemente amplio y sólido para demostrar que la vacuna efectivamente funcionaba.
De paciente de tos ferina a investigadora de la enfermedad
Grace Eldering nació el 5 de septiembre de 1900 en Rancher, Montana. Ella misma padeció tos ferina durante la infancia. Estudió en la Universidad de Montana y después de graduarse trabajó durante un tiempo como profesora de inglés y biología en la localidad de Hysham.
En 1928 se trasladó a Lansing para incorporarse al Departamento de Laboratorios de Michigan. Al principio lo hizo sin sueldo: comenzó como voluntaria y, unos seis meses después, consiguió un puesto remunerado realizando análisis bacteriológicos rutinarios para el departamento. Cuatro años más tarde, en 1932, Pearl Kendrick, también bacterióloga, también paciente de tos ferina a los tres años, le pidió que se incorporara a su laboratorio en el Departamento de Salud de Michigan. Allí comenzó la colaboración científica que marcaría las carreras de ambas.
Ese mismo año se produjo un brote de tos ferina en la ciudad. Eldering y Kendrick comenzaron a investigar la enfermedad mientras seguían cumpliendo con las obligaciones habituales del laboratorio, entre ellas los análisis de agua y leche para consumo público, por lo que parte de la investigación tenía que hacerse después de terminar la jornada ordinaria. Salían entonces a visitar familias con niños enfermos para recoger muestras que después estudiaban en el laboratorio. Años más tarde Eldering recordaría aquel periodo señalando cómo habían aprendido al mismo tiempo sobre la tos ferina y sobre los efectos sobre las clases trabajadoras de la Gran Depresión, porque muchas de las familias a las que visitaban vivían en condiciones de extrema pobreza.
Saber quién contagia y durante cuánto tiempo
Su primer objetivo no fue la vacuna, que llegaría años después, sino mejorar el diagnóstico y la contención de la enfermedad. Para ello trabajaron con las llamadas cough plates, placas de cultivo que se colocaban cerca de la boca de las personas enfermas para recoger las bacterias expulsadas al toser. Las muestras regresaban después al laboratorio, donde se intentaba cultivar e identificar Bordetella pertussis, la bacteria causante de la tos ferina.

Kendrick y Eldering modificaron el medio de cultivo que se utilizaba hasta entonces para conseguir que las colonias bacterianas crecieran de manera más rápida y abundante. El 1 de noviembre de 1932, su laboratorio comenzó a ofrecer a los médicos locales un servicio de diagnóstico basado en estas placas. Aquello permitió no solo identificar los casos antes y con más acierto, sino estudiar durante cuánto tiempo seguían siendo contagiosos los pacientes. Sus resultados indicaban que, después de cinco semanas, aproximadamente el 90 % de los niños estudiados ya no suponían un riesgo de contagio. Esos datos sirvieron a las autoridades sanitarias de Grand Rapids para establecer criterios de aislamiento basados en resultados bacteriológicos.
Fabricar una vacuna era solo el principio
A comienzos de 1933 Kendrick y Eldering comenzaron a preparar vacunas experimentales utilizando distintas cepas locales de Bordetella pertussis. Cultivaban las bacterias y posteriormente las inactivaban, sometiendo las preparaciones a controles de esterilidad y seguridad. Antes de utilizarlas de forma más amplia realizaron ensayos con animales y llegaron a inyectarse a sí mismas algunas preparaciones como parte de las pruebas de seguridad.
Pero una vez formulada la vacuna, había que demostrar que funcionaba. Eldering y Kendrick organizaron un estudio para comparar qué ocurría entre niños vacunados y no vacunados, que se terminó convirtiendo en uno de los primeros grandes ensayos controlados realizados para evaluar una vacuna contra esta enfermedad: se prolongó entre marzo de 1934 y noviembre de 1937 y acabó incluyendo datos de 5815 niños.
Organizar algo de esa magnitud requirió mucho más que trabajo de laboratorio. Participaron departamentos de salud locales y estatales, profesionales de medicina y de enfermería, asociaciones ciudadanas, grupos de mujeres y asociaciones de familias y del profesorado. El seguimiento de cada participante obligaba a registrar vacunaciones, exposiciones a la enfermedad y posibles casos, además de realizar visitas periódicas a las niñas y niños incluidos en el estudio.
A pesar de la ingente cantidad de datos y de información obtenida, Eldering y Kendrick eran conscientes de las limitaciones estadísticas de su trabajo, y por ello pidieron al epidemiólogo Wade Hampton Frost, de la Universidad Johns Hopkins, que revisase su metodología y les ayudase a mejorar sus fórmulas y cálculos.
El resultado final, publicado por ambas en 1939 en el American Journal of Hygiene, mostraba una diferencia muy marcada entre los dos grupos, el de los menores vacunados y el de los no vacunados: calcularon 2,3 casos anuales por cada cien personas-año entre los vacunados frente a 15,1 entre quienes no habían recibido la vacuna. Incluso teniendo en cuenta las limitaciones de su diseño, concluyeron que los datos mostraban una protección sustancial entre los niños vacunados. La vacuna funcionaba.
Un trabajo con muchos nombres
Aunque Eldering y Kendrick dirigieron el proyecto, la investigación sobre la vacuna fue, como lo suelen ser siempre estas cosas, un esfuerzo colectivo. Una de las personas que participó en él fue Loney Clinton Gordon, una técnica de laboratorio afroamericana formada en economía doméstica y química. Según relató ella misma décadas después a la historiadora Carolyn Shapiro-Shapin, una de sus tareas consistió en buscar entre numerosos cultivos una cepa de Bordetella adecuada para mejorar la vacuna. Gordon recordaba haber encontrado finalmente una colonia especialmente prometedora, que Kendrick y Eldering sometieron después a repetidas comprobaciones.

The Historical Marker Database.
La propia Eldering se resistiría años más tarde a presentar el descubrimiento como la obra de dos únicas personas. Cuando en 1985 le preguntaron por qué la vacuna no llevaba los apellidos Kendrick y Eldering, explicó que habían participado demasiadas personas como para atribuirse ellas solas el mérito: la vacuna salió adelante gracias al laboratorio, pero también gracias a profesionales sanitarios, instituciones públicas y miles de familias que hicieron posible comprobar si funcionaba.
Michigan comenzó a producir y distribuir la vacuna a principios de la década de 1940, y en 1944 la Asociación Médica Estadounidense la incorporó a sus recomendaciones de inmunización. Kendrick y Eldering trabajaron además en la combinación de la vacuna contra la tos ferina con las de la difteria y el tétanos, antecedente de la vacuna triple bacteriana que permitió administrar protección frente a las tres enfermedades conjuntamente.
Eldering siguió formándose mientras desarrollaba su carrera en salud pública y obtuvo en 1942 el grado Doctora en Ciencia (Doctor in Science según el sistema académico estadounidense) por la Universidad Johns Hopkins. Siguió investigando durante décadas sobre la tos ferina y otras patologías bacteriológicas.
En 1951, cuando Pearl Kendrick dejó su puesto en el Departamento de Salud de Michigan, Eldering la sucedió como responsable del laboratorio de Western Michigan en Grand Rapids. Permaneció al frente de esas instalaciones hasta jubilarse en 1969, casi cuatro décadas después de haber llegado.En 1983 Eldering y Kendrick fueron incorporadas a la sección histórica del Salón de la Fama de las Mujeres de Michigan.
Grace Eldering murió en Grand Rapids el 31 de agosto de 1988, pocos días antes de cumplir 88 años.
Referencias
- Grace Eldering, Wikipedia
- Linda Harris Sittig, Pearl Kendrick and Grace Eldering: Saving Children’s Lives, Stories of Strong Women, 1 septiembre 2022
- Richard Conniff, The Unsung Heroes Who Ended a Deadly Plague, Smithsonnian Magazine, 2022
- Monica Scott, Sculpture honors Grand Rapids women who pioneered whooping cough vaccine, MLive, 30 septiembre 2017
- Grace Eldering; Helped Develop Whooping Cough Vaccine, Los Angeles Times, 3 septiembre 1988
- Carolyn G. Shapiro-Shapin, Pearl Kendrick, Grace Eldering, and the Pertussis Vaccine, Emerg Infect Dis, 16 (8) (2010) 1273–1278
- Harry Milton Marks, The Kendrick-Eldering-(Frost) pertussis vaccine field trial, The James Lind Library The James Lind Library, 2006
- Grace Eldering, Michigan’s Women Hall of Fame
Sobre la autora
Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.