Ruth Gates: la bióloga que retó a la evolución para salvar los corales

Vidas científicas

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Ruth Gates: la bióloga que retó a la evolución para salvar los corales

Cuando en 2018 Ruth Gates falleció, prematuramente, el mundo perdió una de las más reconocidas biólogas marinas, pero sobre todo una gran defensora de los arrecifes de coral que el cambio climático lleva a la muerte. Ella supo verlo hace décadas y salvarlos se convirtió en su principal motivación. Tras años de trabajo, logró revolucionar la ciencia al desarrollar los llamados «supercorales», unas cepas genéticamente seleccionadas para resistir en las aguas cálidas en las que hoy tienen que vivir. La divulgación fue su otra pasión: el documental Chasing Coral (En busca del coral), en el que cuenta su trabajo, marcó un antes y un después en la concienciación sobre un legado natural que estábamos perdiendo.

Ruth Gates. HIMB.

Ruth nació en la mediterránea isla de Chipre el 28 de marzo de 1962, en concreto en la península de Akrotiri, donde estaba destinado su padre, militar británico. Debido a los constantes viajes de sus progenitores por esta profesión, la mandaron a estudiar y vivir a un internado en Kent (Inglaterra) y fue ahí donde, siendo niña, se quedó fascinada con las imágenes de la serie El mundo submarino de Jacques Cousteau: «Aunque Cousteau nos llegaba a través de la televisión, desveló los océanos de una manera que nadie más había logrado hacer», diría después para explicar por qué tuvo claro desde muy joven que estudiaría biología en la Universidad de NewCastle.

Tras graduarse, en 1984, aficionada al buceo, hizo un viaje a las Indias Occidentales en el que quedó maravillada con las formaciones coralinas que ocultaba el mar. Y cambió su vida: decidió trasladarse a vivir a Jamaica para poder estudiarlas de cerca. Le intrigaba la simbiosis entre un animal, el coral, y esas diminutas algas (zooxantelas) que viven en sus tejidos y con las que construyen estructuras masivas. Su interés se centró en cómo la temperatura del agua tenía que ver con esa delicada alianza. Fue así como, a finales de esa década, se convirtió en una de las primeras testigos de eventos de blanqueamiento causados por el cambio climático global: al aumentar la temperatura del agua apenas 1 o 2 ºC, el coral expulsa a esas algas que le dan color y el 90 % de su energía y se queda vivo pero hambriento, lo que detiene su crecimiento, destruye su capacidad reproductiva y lo vuelve vulnerable a enfermedades mortales. Ver esa mortandad la impulsó a dedicarse a su rescate.

Tras obtener su título doctorado en 1989, fue contratada gracias a una beca como investigadora postdoctoral en la Universidad de California (UCLA). En los 12 años que estuvo en la UCLA, Ruth Gates perfeccionó sus habilidades técnicas para estudiar los corales analizando su ADN, comprendiendo lo que ocurre a nivel molecular cuando un arrecife sufre estrés, investigando por qué la relación del coral y las algas se rompe con el calentamiento, y buscando soluciones. Estando allí vivió el brutal evento de blanqueamiento de 1998, que mató al 15 % de los corales del mundo. Encontró que, ante un evento de calor, no todos los corales tienen la misma resiliencia genética, unos sobreviven por sutiles diferencias en sus genes o por el tipo de alga al que hospedan. Ese fue el origen del desarrollo de la llamada “evolución asistida” que ideó.

Una revolucionaria en el laboratorio

Con todo este conocimiento acumulado, en el año 2003 se trasladó al Instituto de Biología Marina de la Universidad de Hawái (HIMB) ya como científica líder en arrecifes coralinos y con su propio laboratorio para poner en marcha sus experimentos. «Ruth no solo fue una estrella brillante en la investigación de corales, sino también un espíritu indomable en todos los aspectos de la vida» –ha dicho de ella Judy Lemus, ex directora interina del HIMB y amiga de Gates– «su entusiasmo era contagioso y amaba profundamente lo que hacía».

Y es que enseguida revolucionó la forma de trabajar. No tardó en descubrir las ventajas de estar en un laboratorio situado sobre un arrecife vivo, la bahía de Coconut. Frente a quienes argumentaban que para salvar los arrecifes bastaba crear áreas protegidas y reducir la pesca, defendía que el coral no se adaptaría de forma natural a la velocidad del cambio climático y había que actuar. Por ello, en sus primeros años en Hawái, se centró avanzar en la comprensión de la resiliencia genética de algunos ejemplares al blanqueamiento, lo que investigaba en la misma bahía.

Un momento de inflexión tuvo lugar en 2013, cuando con su colega australiana Madeleine van Oppen, que trabaja aún en la Gran Barrera de Coral de Australia, obtuvieron el premio Paul G. Allen Ocean Challenge, de la fundación del cofundador de Microsoft. Los 10 000 dólares de este galardón les permitieron poner en marcha, por fin, el proyecto de supercorales. Dos años después, la misma fundación le otorgó cuatro millones de financiación, con los que fundó el Gates Coral Lab (actualmente Coral Resilience Lab) y pudo dar alas a su proyecto de evolución asistida acelerada con tres estrategias: el llamado entrenamiento térmico por el que sometía a fragmentos de coral a estrés por calor, descubriendo que tienen memoria epigenética (es decir, que recuerdan el aumento de las temperaturas y activan mecanismos biológicos en cada evento); la cría selectiva de los ejemplares de coral más resistentes; y el cambio de las algas y bacterias que tenían por otras que sobreviven mejor dentro del tejido coralino. Sus hallazgos demostraron al mundo que los corales no eran víctimas pasivas del cambio climático, sino organismos con recursos biológicos ocultos que podían ser potenciados para defenderse, acelerando la adaptación por selección natural.

Logotipo del Coral Resilience Lab.

Con estas certezas científicas, en 2017 lanzó el primer taller de restauración con estos supercorales. «No puedo soportar la idea de que las generaciones futuras no experimenten un arrecife de coral. La misión es comenzar a resolver el problema, no solo estudiarlo», aseguraba Ruth. Bien es verdad que también hubo críticas de quienes consideran que soltar estos corales modificados podía convertirlos en especies invasoras y acabar con otros menos fuertes, uniformizando las poblaciones y aumentando el riesgo ante enfermedades por falta de diversidad genética; pero Ruth alertaba que de todas las formas la selección natural no iba a llegar a tiempo al ritmo del calentamiento. Por desgracia, diez años después el océano global ha batido récord absoluto de temperatura, las previsiones más optimistas indican que para 2050 se alcanzarán 1,8 ºC más de temperatura global respecto al periodo preindustrial y, con esas condiciones, podríamos perder casi el 99 % de los arrecifes de coral vivos.

A esta faceta científica, Ruth también sumó su activismo. Detectó el daño de determinados protectores solares a los corales y logró que en 2018 varios productos se prohibieran en este archipiélago y más adelante en otros lugares turísticos, como la Ribera Maya en México o Palaos. En concreto, se veta a los que tienen octinoxato y oxibenzona (en la UE se siguen vendiendo, y también tenemos corales). Además, organizaba continuas actividades en Hawái para concienciar a pescadores y niños de la importancia de proteger los arrecifes, y no dudó en implicarse en el mencionado documental Chasing Coral, donde explicaba en 2017 su trabajo y alertaba:

Estamos ante la erradicación de un ecosistema entero durante nuestra propia vida.

Asimismo, en 2015, se convirtió en la primera mujer en ser presidenta de la Sociedad Internacional de Estudios de Arrecifes (ISRS), cargo desde el que no solo modernizó la organización, sino que abrió la puerta a una nueva generación de científicas. Ese mismo año pasó a dirigir el HIMB. Incluso en su vida personal fue un icono, al visibilizar el lesbianismo en la comunidad científica. Tenía tanta energía vital que llegó a ser cinturón negro de kárate y a crear en Hawái una academia de este deporte.

En mayo de 2018, cuando su carrera estaba en auge, le fue detectado un cáncer cerebral. Prematuramente, falleció el 25 de octubre de ese año debido a complicaciones en una cirugía por diverticulitis, sin relación con su diagnóstico anterior.

Su legado es inmenso. Hoy siguen en marcha sus proyectos, no solo en Hawái sino también en laboratorios de Arizona y Florida; la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) financia proyectos basados en sus hallazgos, y también en la amenazada Gran Barrera de Coral. Unas famosas becas de biología marina llevan su nombre.

Ruth Gates no vio cómo desaparecen todos los arrecifes de coral de la Tierra, como temía, quizá porque fue tuvo una muerte prematura, pero sobre todo porque trabajó intensamente para que ese 0,1 % del océano, del que depende el 25 % de la vida marina, sigan teniendo un futuro en este planeta.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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