El cáncer contagioso del demonio de Tasmania

Ciencia y más

Hace trece años, un equipo de biólogas y biólogos viajó a la isla María, a cinco kilómetros de Tasmania, con 15 cilindros de plástico. Los abrieron y quince demonios salieron de los contenedores. Fueron los primeros de su especie en habitar la isla y estaban sanos.

Taz, el demonio de Tasmania. Grafiti en Alemania. Wikimedia Commons (Strubbl).

Los demonios de Tasmania son marsupiales de aspecto feroz, parecidos a perros, que están en peligro de extinción. Hay muchos animales al borde de la desaparición, pero éste en particular se enfrenta a un cáncer: un tumor facial que se ha convertido en un parásito, capaz de propagarse rápidamente de un demonio a otro y de acabar con la vida de sus víctimas en pocos meses.

El cáncer contagioso de los demonios

En 1999, Menna Jones, ecóloga, viajó a Little Swanport, en la costa este de Tasmania, para atrapar demonios de Tasmania (Sarcophilus harrisii) para un estudio poblacional. Hizo un gran descubrimiento: aproximadamente un tercio de los demonios tenían enormes tumores sangrientos. En 2001, se encontró con demonios tumorales más al este y en un punto del extremo norte de su línea de trampas, dos tercios de la población habían desaparecido para 2002.

La enfermedad no se había visto antes: era mortal, infectaba a muchos demonios de la población y se propagaba rápidamente causando una disminución masiva de la población. Menna se encontró con demonios infectados con el cáncer transmisible conocido como enfermedad del tumor facial del diablo (DFTD, devil facial tumour disease). Su investigación respaldó el programa para Salvar al Diablo de Tasmania (STDP), la respuesta oficial del Gobierno de Tasmania a la enfermedad.

Logotipo de Save the Tasmanian Devil. Tasmanian Government.

La epidemia acabó con más de dos tercios de la población de demonios de Tasmania, lo que movilizó a investigadoras universitarias, agencias gubernamentales, organizaciones de vida silvestre y a gran parte de la ciudadanía para salvarlos de la extinción. En las últimas tres décadas se han llevado a cabo diferentes estrategias: programas de cría en cautiverio, sacrificio selectivo, aislamiento de poblaciones sanas en islas, como la de los contenedores y la suelta de animales en María, financiación de la investigación de vacunas, etc. Sin embargo, siguen disminuyendo. En 1996, la población de demonios salvajes de Tasmania era de unos 53 000 ejemplares. En la actualidad, en 2026, se estima su número en 15 000, una ligera disminución respecto a los 17 000 de 2021. Se prevé que el número se estabilice en 2030, con unos 12 000 demonios.

Aunque el DFTD mató hasta el 80 % en algunas zonas, nunca provocó una extinción local. Menna observó regresión tumoral en algunos demonios a principios de la década del 2000 y ahora, muchas generaciones después, se está volviendo más común. «Actualmente observamos, en una zona geográfica muy amplia, una variedad de respuestas: algunos demonios viven hasta la vejez con tumores, e incluso otros tumores se reducen de tamaño. A veces, desaparecen», afirma la investigadora.

La evolución del cáncer

La ecóloga compara la DFTD con el tumor venéreo transmisible canino (CTVT), que surgió hace entre 4000 y 11 000 años en los primeros perros domesticados de Asia. Hoy, el TVCT rara vez es mortal porque la mayoría de los perros han desarrollado resistencia a la enfermedad. Menna prevé que la DFTD, al igual que el CTVT o cualquier otra enfermedad, siempre estará presente en la población. Pero no todos los investigadores están de acuerdo.

La veterinaria Ruth Pye, del Grupo de Inmunología del Diablo en la Universidad de Tasmania (UTAS), es reticente a considerarlo endémico. Ruth se unió al equipo de vacunas de la UTAS en 2013 como estudiante de doctorado, después de trabajar cinco años en un proyecto de esterilización canina en Ladakh, India, donde trató a perros con CTVT. Menna coincide con ella en que es una enfermedad compleja con un origen y una evolución que todavía no se conoce bien.

No hay evidencias de que los diablos tuvieran tumores contagiosos en el pasado, pero en los últimos 25 años han desarrollado dos tipos de tumores diferentes. Así que tal vez haya algo en la composición genética de los demonios que los predisponga a los tumores transmisibles.

El inmunólogo Greg Woods formó un grupo de expertas y expertos en 2006 para estudiar cómo responde el sistema inmunitario del demonio al DFTD, con el objetivo final de desarrollar una vacuna. Cuando comenzaron los ensayos de la vacuna en 2010, los resultados fueron alentadores. Cinco años después, los primeros demonios vacunados se soltaron en el Parque Nacional Narawntapu, en el norte de Tasmania. Pero la vacuna no fue tan eficaz como en el laboratorio y las investigadoras volvieron a empezar de cero. Una nueva vacuna candidata está ahora en desarrollo.

Vivir con la enfermedad

Los esfuerzos de conservación de las últimas décadas han cambiado el enfoque: ahora no se basan en la contención y erradicación de la enfermedad, sino en apoyar a los demonios para que coexistan con ella. Al comienzo del brote, se probó el sacrificio selectivo (eliminar todos los demonios infectados de una población) pero rápidamente se descartó su eficacia.

La única manera de proteger a una población del DFTD era aislarla. En noviembre de 2012, 15 demonios criados en cautiverio fueron liberados en la Isla María, frente a la costa este del estado; los primeros demonios criados en cautiverio en ser liberados a la naturaleza. Hubo más sueltas, tanto en la Isla María como, a partir de 2015, en la parte continental de Tasmania. Las liberaciones en la parte continental conllevaron grandes pérdidas por atropellos porque los demonios criados en cautiverio eran muy ingenuos en las carreteras; los coches mataron a una cuarta parte de los demonios en la Península Forestier en noviembre de 2015, al mes de su liberación. En 2026 todos los demonios criados en cautiverio se enviarán primero a la Isla María para exponerlos a condiciones silvestres, sin coches, antes de ser reubicados en otras partes.

Señal de tráfico en Tasmania que alerta a los conductores de la presencia de demonios
de Tasmania cerca de esa carretera. Wikimedia Commons.

Aunque enviar a los sanos a esta isla suena muy bien, se convirtió en una de las estrategias más controvertidas: el impacto en la población de aves nativas fue muy alto. En cuatro años, los demonios exterminaron las colonias de pardelas de cola corta y pingüinos pequeños de la isla. También redujeron a la mitad la población de zarigüeyas (y mataron a muchos gatos salvajes).

Cuestiones éticas

Los diablos salvajes son capaces de desarrollar resistencia a la enfermedad y esto choca con los criados en cautiverio, que no han estado expuestos a la enfermedad. «La gente dice: “Bueno, tenemos que proteger a las poblaciones sanas”, pero las sanas son muy susceptibles a las enfermedades», afirma Menna. «Si se libera a los animales en cautiverio y en islas, y luego se reubican, caerán como moscas. Contamos con estas poblaciones de reserva, pero las poblaciones más sanas y robustas serán las que desarrollen resistencia».

Así que lo mejor es no intervenir. Dar un paso atrás y dejar que la naturaleza siga su curso. Esto incluye no reintroducir nuevas poblaciones o vacunar. Ambas estrategias podrían alterar la evolución. Hay opiniones diferentes sobre intervenir o no.

Ruth opina que el cáncer original, DFT1, el primer cáncer documentado, no causará la extinción, pero la baja densidad de demonios que hay no ayuda a cumplir con la función ecológica de la especie y hacerse resistentes al segundo tipo de cáncer. Le preocupa la reducida diversidad genética de los demonios supervivientes. El proceso evolutivo para que una población se haga resistente a una enfermedad requiere de muchos individuos y de mucho tiempo.

Más sobre el cáncer del diablo de Tasmania

Katherine Belov, forma parte de una red internacional de biólogas y biólogos que ha dedicado la última década a comprender el cáncer del demonio. Elizabeth Murchison, bióloga dedicada a la oncología, también se ha implicado en el reto que supone investigar un cáncer contagioso. Obtuvieron información importante sobre la evolución del cáncer hasta convertirse en un parásito.

Sabían que la enfermedad se descubrió por primera vez a finales de la década de 1990. Los tumores crecían en la cara o el interior de la boca de los demonios, y en unos seis meses, los animales morían. Los primeros casos aparecieron en el este de Tasmania, y con el paso de los años, el cáncer se expandió hacia el oeste. Cuando los científicos examinaron las células de los tumores observaron que el ADN de cada tumor no coincidía con el del demonio de Tasmania en el que crecía. En cambio, coincidía con los tumores de otros demonios. Esto significaba que el cáncer era contagioso y se propagaba de un animal a otro.

Existen pocos informes de casos de cáncer en humanos a partir de tumores ajenos ocultos en piel u otros órganos trasplantados. Solo se conocen otros dos ejemplos de cáncer contagioso en mamíferos: un tumor canino y uno en hámsters.

El cáncer canino transmisible

El cáncer canino de transmisión sexual lleva casi 2 millones de mutaciones y sigue activo. La secuencia del genoma de esta enfermedad sugiere que apareció en una antigua raza de perro hace unos 11.000 años y se extendió por todo el mundo en la época de Cristóbal Colón, hace unos 500 años.

El tumor venéreo transmisible canino (CTVT, canine transmissible venereal tumor) se transmite durante las relaciones sexuales. «Es el cáncer más antiguo que sobrevive de forma continua que conocemos en la naturaleza», afirma Elizabeth Murchison.

Los tumores son masas de células mutadas que desarrollan métodos para engañar al sistema inmunitario y proliferar sin control. Normalmente, este proceso no sigue si las células se trasplantan a otro organismo para el que son extrañas y las destruye.

Sin embargo, en 1876, el veterinario ruso Mstislav Novinsky descubrió que podía trasplantar tumores CTVT de un perro a otro. Sus células evadieron el sistema inmunitario del nuevo huésped y siguieron creciendo, un fenómeno hasta entonces desconocido en el mundo de la biología del cáncer. Aunque se han transmitido tumores humanos durante el trasplante de órganos o de madre a feto, el único otro tumor contagioso natural conocido es el de los demonios de Tasmania. Y un tipo de cáncer en hámsters, pero no lo veremos en el texto.

Cuando un cáncer contagioso como el CTVT comienza a propagarse, se considera una especie de parásito que porta los genes mutados del perro original, aunque se producen pequeñas variaciones a medida que evoluciona con cada nuevo huésped. Para comprender este proceso evolutivo, Murchison y sus colegas seleccionaron dos tumores para su secuenciación muy separados para darles la oportunidad de divergir: uno de un perro de un campamento aborigen en el Territorio del Norte de Australia y el otro de un cocker spaniel americano en el sur de Brasil.

Los dos genomas tumorales eran similares y se estima que su ancestro común más reciente se remonta a hace tan solo 460 años. El CTVT permaneció en una población aislada de perros durante la mayor parte de su historia, y después se extendió a otras poblaciones caninas y se expandió por todo el mundo. Bridgett vonHoldt, genetista evolutiva que estudia perros, dice que hace 500 años hubo un período en el que «los humanos manipulaban a los perros y los criaban para obtener un perro faldero, un perro guardián o un perro de caza».

Cómo evoluciona el genoma de un tumor

El genoma del CTVT contenía un total de 1,9 millones de mutaciones, una cifra astronómica en comparación con los miles encontrados en los cánceres humanos típicos o las aproximadamente 20 000 presentes en los tumores faciales del demonio de Tasmania. «Estos tumores de los perros son expertos en supervivencia, transmisión e invasión de nuevos tejidos», afirma Hannah Siddle, inmunóloga tumoral, que estudia cánceres contagiosos.

Para investigar sobre el origen del cáncer del demonio de Tasmania, Murchison dirigió un equipo que secuenció el genoma completo de células tumorales. Sus estudios y otros similares muestran cómo se originó el cáncer de Tasmania. Quizá fue en la década de 1980 o principios de la de 1990 en un solo animal, con mucha probabilidad una hembra. Una célula nerviosa de su rostro sufrió una mutación drástica: sus cromosomas se fragmentaron y luego se recompusieron. La célula aún podía funcionar porque no se perdió mucho ADN.

El cáncer se propagó a otros demonios porque los animales pelean con frecuencia, mordiendo la cara de sus oponentes. Durante estas peleas, los demonios de Tasmania a veces arrancan fragmentos de un tumor. Las células pasan al torrente sanguíneo del atacante y llegan a su rostro. Allí desarrollan un nuevo tumor. Se identificaron unas 20 000 mutaciones en los tumores que no se encuentran en el ADN normal del demonio de Tasmania. Sin embargo, no se sabe cuál de estas mutaciones originó el cáncer.

Aunque los demonios de Tasmania son la primera especie conocida amenazada por un cáncer contagioso, podrían no ser la última. Seguimos aprendiendo y quizá, las investigaciones puedan aplicarse a curar esta grave enfermedad en otras especies, incluida la nuestra.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.