Hazel Gladys Bishop, la química del ‘pintalabios rojo’ más duradero

Vidas científicas

Ser una mujer independiente, con un negocio exitoso basado en un invento propio y, además, triunfar en Wall Street. Todo ello lo consiguió la química norteamericana Hazel Gladys Bishop. Gran emprendedora, esta científica nacida con el siglo también trabajó para una gran compañía petrolera, la Standard Oil Company, fundada por la familia Rockefeller a finales del siglo XIX, hoy llamada ExxonMobile. A ella, muchas mujeres le deben la existencia de las barras de labios que no se quitan, cremas para el cuidado de la piel o los perfumes sólidos, entre otras muchas innovaciones cosméticas.

Hazel Bishop y algunos de sus productos (Cosmetics and Skin).

Hazel G. Bishop nació del matrimonio de Henry y Mabel Bishop un 17 de agosto de 1906 en Hooboken (Nueva Jersey, Estados Unidos). Sus padres era propietarios de varias empresas, tenían recursos y desde la infancia animaron a estudiar a su espabilada hija. Ella quería estudiar Medicina, pero no era un camino fácil para una mujer a comienzos del siglo XX, así que optó por graduarse en Química, a los 23 años, en el Barnard College de la Universidad de Columbia, con la intención de dar después el salto a la otra carrera. Pero en el año 1929, el crack económico mundial frustró sus planes y la joven tuvo que dejar estancada su vida académica.

No se sabe bien qué hizo durante unos años, pero sí que en 1935 aceptó un puesto como asistente de investigación del Dr. A. Benson Cannon, director de Dermatología en el Colegio de Médicos y Cirujanos de Columbia. Fue allí donde comenzó a familiarizarse con el mundo de los cosméticos. Cannon había sido uno de los creadores de los productos de la firma Almay, empresa fundada por un matrimonio que buscaba productos para pieles muy delicadas, como la que tenía la mujer, Fanny May. Hazel comenzó a ayudar al científico buscando componentes que fueran hipoalergénicos. Por cierto, con el tiempo Almay acabó formando parte de la marca Revlon, todavía hoy una de las compañías más conocidas de este sector en el mundo.

De las cremas al petróleo

En plena Segunda Guerra Mundial, la experiencia química de Hazel era importante y, para colaborar con su país, comenzó a trabajar en la Standard Oil Company en el diseño de combustibles que fueran lo más eficaces posibles para los bombarderos americanos. Durante su estancia allí también dejó su huella: descubrió la relación entre los depósitos de los aviones y los sobrealimentadores de los motores. Al acabar el conflicto, decidió cambiar a la empresa Socony Vacuum Oil Company, donde trabajó hasta 1950 con un trabajo muy similar al anterior que le reportaba ingresos económicos, pero que no le entusiasmaba.

A Hazel Bishop lo que le gustaba era experimentar con productos de belleza o para el cuidado de la piel, como había aprendido con Cannon. Y quería tener su propia empresa, siguiendo el consejo que desde muy joven le había dado su madre, para no tener que depender de ningún hombre. El camino a seguir lo encontró en los pintalabios. Durante la guerra, los labiales de color rojo habían comenzado a hacer furor en EE. UU. como símbolo patriótico; incluso se incluyó su uso como parte del uniforme femenino de las Fuerzas Armadas. A Hazel, como usuaria que era, le molestaba que estos productos dejaran manchas o huellas de labios en la ropa o en las tazas. Pensó que las mujeres, cada vez más incorporadas al mundo laboral, apreciarían tener una barra de labios que casi fuera imborrable, así que comenzó a experimentar con tintes que realmente teñían la piel, mezclándolos con ceras y aceites para que no produjeran sequedad y, a la vez, fueran duraderos.

Durante meses experimentó con fórmulas en su propia cocina. Se dice que en ese tiempo hizo hasta 300 pruebas distintas, hasta dar con una fórmula con ácido bromhídrico que cumplía sus objetivos. Ya en su primera época con Cannon había inventado un corrector de granos y pañuelos de papel mentolados, pero nunca fueron comercializados, lo que muestra que su capacidad innovadora venía de años atrás.

En 1948 conoció al abogado Alfred Berg, que planeaba reintroducir el lápiz labial francés Rouge Baiser en el mercado estadounidense, y no tardó en convencerle de que tenía un producto mucho mejor en el que invertir. Ese mismo año juntos fundaron la Hazel Bishop Corporation. Cuando finalmente sacaron el primer Hazel Bishop Lasting Lipstick al mercado, a un dólar por unidad, fue un éxito, y en las tiendas que se vendía desapareció en un día. Pero el mercado era muy grande, y ellos eran pequeños, así que necesitaban publicidad. Berg y Hazel decidieron meter en el negocio como socio a un conocido publicista, Raymond Spector. A la larga se demostró que no fue buena idea, pero en los primeros tiempos Hazel se convirtió en una empresaria triunfadora. Incluso fue la primera mujer en aparecer en la portada de la revista Business Week en 1950.

Publicidad del pintalabios. Cosmetics and Skin.

Y es que la campaña televisiva de Spector fue todo un acontecimiento. Llenó las pantallas de mensajes como “Se queda en ti, no en él” o “El lápiz labial que no se come, no se muerde, no se besa”. Más tarde sumarían a su oferta un nuevo colorete y pintauñas, también mucho más duraderos que otros. En solo cuatro años, la facturación la empresa pasó de 50 000 a cuatro millones de dólares. Llegó a acaparar el 25 % del mercado nacional, y sus competidores, como Revlon, pronto trataron de imitarlo. La parte negativa fue que Spector era un ‘tiburón’ de los negocios, lo que generó enfrentamientos con Hazel, y ella acabó perdiendo el control de la empresa, que quedó en manos del publicista aunque llevara su propio nombre.

Como el conflicto duró un tiempo, mientras tanto nuestra química ya había montado otro negocio, el Hazel Bishop Laboratories, donde seguir desarrollando nuevos productos químicos de consumo, entre los que destacan un limpiador de cuero (era asesora de una asociación de fabricantes de guantes de piel), productos de cuidado de los pies y otros cosméticos, como los perfumes sólidos en barra. Por estos últimos precisamente fue denunciada por Spector, que se había quedado con el nombre comercial de Hazel Bishop y le había vetado su uso. Todo ese entramado comercial que ya no tenía que ver con ella, acabó por ir cuesta abajo en manos del publicista, hasta que la marca desapareció en la década de 1980.

Tras un tiempo de reflexión, en 1962, Hazel G. Bishop, que tenía entonces 56 años, decidió dar un giro a su carrera y, aprovechando la experiencia que había conseguido en los negocios, se convirtió en corredora de Bolsa especialista en cosméticos en Bache & Company en Wall Street, de la que luego pasaría a Hornblower & Weeks-Hemphill Noyes y más tarde a Evans and Company (fabricaban artículos de lujo de tocador), donde se jubiló en 1981. Fueron dos décadas en las que llegó as ser una respetada consultora en cosméticos y acciones farmacéuticas.

Este trabajo de analista financiera lo compaginó desde 1978 con un puesto como profesora en el Fashion Institute of Technology de Nueva York, donde ayudó a la escuela a lanzar su programa de Cosmetología, Fragancias y Artículos de Tocador. No deja de ser irónico que en 1980 fuera nombrada titular de la Cátedra Revlon de Marketing de Cosméticos, justo la marca que había sido su gran competidora décadas antes. Hazel se convirtió en una presencia habitual en eventos de asociaciones y clubes, donde aprovechaba para difundir la importancia de la química para nuevos productos de cosmética a la vez que promovía innovadores principios de marketing en un momento de plena expansión del consumo.

A lo largo de su vida, también participó en numerosas organizaciones profesionales; recibió un amplio reconocimiento por sus avances científicos en el Instituto Estadounidense de Química, fue miembro de la Sociedad Estadounidense de Química, donde era citada por sus notables contribuciones, y de la Sociedad de Mujeres Ingenieras. Además, formó parte el Colegio de Médico de Mujeres de Filadelfia. Todos estos cargos y logros allanaron el camino a muchas otras mujeres que vinieron después.

En 1986, ya con 80 años, dejó la docencia, aunque aún siguió como asesora externa del instituto. Falleció el 5 de diciembre de 1998 en Rye, Nueva York, a los 92 años.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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