Las bolas de fuego de la astrónoma Fiammetta Wilson

Vidas científicas

Fiammetta Wilson.

Observar el cielo nocturno casi acaba con la astrónoma Fiammetta Wilson (1864-1920). Durante la guerra, en una ocasión, un agente de policía la confundió con una espía alemana; ella utilizaba una especie de linterna para sus registros y pensaron que con aquella luz se dedicaba a señalar zepelines. Se libró de milagro, quién sabe, quizá pidiera un deseo a una estrella fugaz. No es difícil, vio miles. Cuentan también que mientras se encontraba en su jardín durante sus inexorables horas de observación, esquivó la metralla de las bombas que caían sin descanso en su vecindario. Sí, era la Primera Guerra Mundial. Y sí, ella estaba en su jardín, a cielo abierto. También cuentan que casi se cae de una escalera en un observatorio que unos amigos habían construido en su casa.

Los casi trágicos momentos de Fiammetta dibujan perfectamente su arrojo, su necesidad de inspeccionar el espacio (incluso cuando el cielo estaba nublado) durante horas sin importarle el resto. Su compañera A. Grace Cook escribió sobre su “espíritu intrépido”, ya que eso le permitió “tener éxito donde otros habían fallado”. La verdad es que no hubo nada heroico en ella; todo lo que tenía de épico era su nombre –una persona que se llama Fiammetta no puede pasar desapercibida–. Sin embargo, el éxito no está reñido con la perseverancia y una labor silenciosa; su trabajo fue muy importante pero su repercusión languideció sin una causa aparente.

Se dedicó a estudiar las auroras, la luz zodiacal, los cometas y los meteoros (este fenómeno luminoso ocurre cuando un meteoroide atraviesa la atmósfera terrestre, coloquialmente se le llama “estrella fugaz” o “bola de fuego”). Para llevar a cabo su tarea, construyó una plataforma de madera en su jardín; esto le permitió ver el espacio sin que las copas de los árboles taparan su visión. Desde que se uniera a la British Astronomical Association en 1910 –también fue directora en funciones junto con Cook de la Sección Meteoros entre 1916 y 1919– hasta su muerte en 1920, observó unos 10 000 meteoros y calculó con precisión las trayectorias de 650 de ellos.

De la música a la ciencia

Nacida en Lowestoft (Inglaterra), Fiammetta fue educada en casa con una institutriz y completó su formación académica en la ciudad de Lausana (Suiza) y en un colegio de Alemania, donde estudió un año. Desde muy pequeña su padre, que era médico, intentó inculcarle el amor por las ciencias naturales. Ella, por el contrario, destacó en idiomas y música, de hecho, se convirtió en una exitosa directora de orquesta y en una reputada lingüista. Pero después de asistir a unas clases que impartió el astrofísico Alfred Fowler en el Imperial College of Science and Technology de Londres en 1910, pasó del pentagrama y de las letras a los cálculos astronómicos. Fue un flechazo.

Tras su paso como observadora en la British Astronomical Association, fue elegida miembro de la Real Sociedad Astronómica en 1916. Cabe recordar que en el siglo XIX dicha Sociedad había otorgado su beca honoraria a las científicas Caroline Herschel y Mary Somerville pero, en cambio, la Organización había rechazado aceptar a mujeres como miembros con pleno derecho. A causa de la Gran Guerra y a que la mayoría de los puestos científicos pasaron a ocuparlos las mujeres, empezaron los cambios paulatinamente, dando pie al reconocimiento merecido del trabajo de ellas.

Ese mismo año, Fiammetta también entró a formar parte de la Société Astronomique de France y la Société d’astronomie d’Anvers. Además, escribió artículos científicos sobre sus observaciones, de hecho, dos de ellos fueron publicados por la Real Sociedad Astronómica. En 1920, le concedieron la beca E. C. Pickering para trabajar como investigadora en el Observatorio de Harvard College, pero tristemente la noticia fue anunciada justo después de su muerte.

Es fácil imaginarse a Fiammetta en su jardín, en una noche de verano, encima de la plataforma de madera que ella misma construyó para sus observaciones; no quiere perderse ningún detalle en ese cielo inabarcable. Atenta y apacible; es ella, qué duda cabe, la astrónoma que cuida de la noche.

Referencias

Sobre la autora

Uxue Razkin es periodista y colaboradora del blog de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Zientzia Kaiera.

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