Cynthia Moss, la matriarca humana de las elefantas
A Cynthia Moss le cambió la vida su viaje al fascinante lago Manyara (Tanzania), ese lugar en el que los leones trepan a los árboles y se reúnen millares de flamencos. Pero lo que a ella le impactó fueron los elefantes. Tras su visita, dejó su vida anterior y allí se quedó para descubrir al mundo que esos grandes paquidermos, que se siguen matando, poseen una inteligencia social extremadamente compleja, una profunda empatía y una memoria a largo plazo que dirigen las matriarcas. Moss creó el Amboseli Elephant Research Project (AERP), que ha salvado miles de elefantes, transformando ese parque, en la frontera de Kenia con Tanzania, en uno de los refugios más seguros y estables de toda África para la especie. Y ahí sigue.

Cynthia Moss, que tiene ahora 86 años, nació el 24 de julio de 1940 a muchos miles de kilómetros de ese continente que le robó el corazón; en concreto en un pueblo del estado de Nueva York. Aunque de pequeña le gustaban los caballos, nada hacía presagiar el destino de esa joven que se graduó en Filosofía en el Smith College de Massachusetts y comenzó a escribir sobre teatro en la revista Newsweek en 1964. El cambio de rumbo le llegó en forma de una carta en 1967: una amiga, que vivía en África, la animó a conocer ese continente y Cynthia decidió pedir una excedencia y dedicar un año a recorrerlo.
Durante el viaje, un día llegaron al Parque Nacional del Lago Manyara, en Tanzania, donde el joven zoólogo británico Ian Douglas-Hamilton acababa de instalar un rústico campamento para realizar el primer estudio científico sobre el comportamiento de los elefantes africanos en libertad. Y decidió ser su voluntaria durante tres semanas. «Me quedé totalmente atrapada por los elefantes, sentí que había vuelto a casa, tenía una atracción por África más fuerte que por mi trabajo, aunque me gustaba», ha declarado después. Para sorpresa de su familia y amigos, al año siguiente se mudó a la sabana y se convirtió en asistente de investigación de Douglas-Hamilton.
De periodista a etóloga
No fueron unos inicios fáciles. Ni siquiera sabían cómo diferenciar unos elefantes de otros, así que idearon un método basado en fotografías de las orejas tras descubrir que son como las huellas dactilares humanas. Por fin, estos animales dejaban de ser una manada para convertirse en individuos con sus personalidades, sus relaciones, sus historias de vida, tal como cuenta en su libro Retratos en la naturaleza, publicado en 1975. Pero a principios de 1970, el proyecto llegó a su fin y Cynthia no pensaba ya en volver a Estados Unidos. Se trasladó a Nairobi, la capital de Kenia, y allí encontró trabajo como ayudante de veterinaria, lo que amplió mucho sus conocimientos sobre la fauna silvestre, sobre la que no tenía formación académica.
Fue el ecólogo keniata David «Jonah» Western quien, en torno a 1972, le sugirió poner la mirada en el Parque Nacional de Amboseli, donde él llevaba años investigando y donde, le explicó, había una excelente población de elefantes de sabana lejos de los furtivos. Y, claro, le hizo caso. Fascinada por el potencial del lugar, ese mismo año se unió al también ecólogo Harvey Croze y, con poco dinero y mucha ilusión, utilizando el método de identificación descubierto en Manyara, fundó el Amboseli Elephant Research Project (AERP). Enseguida empezaron a registrar elefantes, aunque debido a la falta de recursos, al final Croze tuvo que abandonar el AERP, y Moss tampoco podía dedicarle todo el tiempo. Su objeto de estudio eran unos 700 paquidermos en casi 400 kilómetros cuadrados de extensión.

Afortunadamente, en 1975, gracias al éxito de su libro, Cynthia comenzó a recibir fondos de fundaciones privadas que, entre otras cosas, le permitieron contratar como becaria a Joyce Poole, del Smith College de Masachussetts, que acabó quedándose allí y creando la organización ElephantVoices. Ambas pronto se implicaron con un papel decisivo en la formulación de políticas públicas internacionales contra el tráfico de marfil, entonces en auge, y contra la explotación de estos animales en circos y zoológicos. Es una línea en la que confluían con otra etóloga famosa, Jane Goodall, dedicada a los chimpancés. Como Goodall, durante años vivieron en Amboseli en precario, en su caso en tiendas de campaña. No fue hasta 2003 que tuvieron electricidad, gracias a unas placas solares. Tampoco disponían de más agua caliente que el que conseguían con leña. Sin embargo, cada amanecer veían, aún ven, el Kilimanjaro en el horizonte y, más cerca, una de esas lagunas a las que la fauna africana se acerca a beber en un desfile que no tiene parangón con ninguno humano.
La acumulación de datos de Moss pronto dio resultados científicos. Descubrió que los elefantes no solo viven en familias femeninas, sino que tienen una estructura social con clanes y subgrupos con múltiples niveles; que los adolescentes dejan su familia y se unen al mundo de los machos, hasta que a los 30 años buscan aparearse con hembras. Encontró que una sola hembra puede conocer hasta cien elefantes y que es la matriarca más experimentada quien decide siempre qué hacer ante un peligro o en la vida cotidiana. Comprendió, junto a Poole, cómo es su compleja comunicación y cómo negocian y luego llegan a acuerdos o se separan. También descubrieron cómo se comunican con las crías o que incluso tienen niñeras. «Los elefantes son los maestros de las redes sociales. Conocen a todos y pueden comunicarse con todos mediante llamadas de baja frecuencia. Es como un Facebook: pueden decir dónde están y más o menos qué están haciendo», ha llegado a señalar Moss. Hoy, su proyecto cuenta ya con 4000 elefantes registrados y cada uno con su nombre.
Pero no todo ha sido fácil. Para 1989, el número de elefantes en Kenia había caído en picado: de 167 000 a 16 000 ejemplares. Ahora ha subido a unos 42 000, una cifra que hoy Moss cree que será difícil mantener. En numerosas reuniones internacionales, su voz se alzaba para conseguir la prohibición del comercio de marfil, aprobada en 1990.
Una década después, en 2001, decidió transformar su proyecto de investigación en una fundación para la conservación con el nombre de Amboseli Trust for Elephants (ATE). Para entonces su nombre era conocido a nivel mundial, en gran parte gracias a la hembra Echo, una matriarca a la que observó durante décadas y había convertido en protagonista de su libro Eco de los elefantes: la historia de una familia de elefantes (1993), además de salir en varios documentales en la BBC.

Y otro dato importante. Desde el principio, Cynthia comprendió que no podría defender a los elefantes sin contar con los masáis de las poblaciones locales, así que les implicó en su proyecto contratando entre ellos a su personal y creando un fondo de compensación para cuando los animales causaran daños a sus cultivos o ayudas para que no coloquen vallas en sus zonas de paso. Aun así, los problemas persisten porque estos pueblos son menos nómadas que antes y ahora parcelan y protegen sus tierras para cultivar. Cuando hay daños, se dan casos de envenenamientos. Este mismo 2026, van 18 elefantes envenenados según el Servicio de Vida Silvestre de Kenia. Además, el hecho de que en 2023 Tanzania suspendiera la moratoria de caza, ante los ingresos millonarios que suponen los elefantes, tampoco ayuda a su conservación pese a los esfuerzos de su organización y otras. Además, ese mismo año 2023, la espantosa sequía en el este de África se llevó por delante a otros 200 ejemplares y los vivos dejaron de reproducirse, un peligro que va a más con el cambio climático.
Pese a todo, nada rinde a esta mujer que no quiso casarse para poder dedicarse al cien por cien a la naturaleza. A sus 86 años, sigue en activo como directora y estratega de la fundación, supervisa los datos del censo de más de 2000 elefantes y, si bien parte del año vive en Nairobi, sigue cogiendo su todoterreno en Amboseli y pasa horas observando a esa familia de gigantes que conoce desde hace décadas. No obstante, al igual que Goodall, tiene claro lo importante que es la presión internacional para evitar envenenamientos, y sabe que eso pasa por facilitar recursos a la población cercana y exigir a Tanzania que deje de considerar trofeos a estos portentosos animales.
Son muchos los reconocimientos que ha recibido Cynthia Moss en su vida. Curiosamente, algunos han sido otorgados por zoológicos de Estados Unidos. En 1985 le concedieron la Medalla del Smith College, donde después obtuvo un doctorado honoris causa. También tiene el de la Universidad de Yale (2019), consolidando así su estatus científico a pesar de no poseer títulos académicos. Cynthia reconoce en algunas entrevistas que lo que más la satisface es haberse convertido en «una matriarca humana de Amboseli», y así la reconoce su equipo: como una líder, con la misma sabiduría, fuerza y compasión que las elefantas a las que ha dedicado su vida.
Referencias
- Rupi Mangat, Women in Travel: A Q&A with Dr. Cynthia Moss, Amboseli National Park’s Elephant Doyenne in Kenya, Journey Woman, 21 marzo 2023
- Cynthia Moss, Wikipedia
- Amboseli Trust for Elephants
- George Spencer, Elephant experts Cynthia Moss ’62 and Joyce Poole ’79 have changed how we see—and safeguard—the world’s largest land mammals, Smith College, 24 febrero 2025
- The Elephants of Africa (1997), Documental BBC
Sobre la autora
Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.