¿Violencia y patriarcado en el paleolítico? Otro relato sesgado

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Lo sorprendente es que el modelo de antepasados violentos sea tan popular, sobre todo si se considera que las evidencias que lo sostienen son extraordinariamente endebles.

John Horgan

La violencia, entendida como «todo acto que guarde relación con la práctica de la fuerza física o verbal sobre otra persona, animal u objeto originando un daño», es una realidad en nuestra sociedad. En el mundo de hoy, representa un fenómeno que puede usarse con objetivos muy diversos en función de la voluntad de quien la ejecuta o expresa.

El origen y la naturaleza de los comportamientos violentos ha sido muy discutido por numerosos autores desde hace siglos. Por ejemplo, en los comienzos de la Ilustración, Thomas Hobbes (1651) consideraba que el estadio primario de las comunidades humanas era el de una violencia casi permanente. Mientras que, por el contrario, Jean-Jacques Rousseau (1763) mantenía que el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad «civilizada» la que lo corrompe.

Marylène Patou-Mathis.

Alcanzado el siglo XIX, cuando los científicos empezaron a reconocer el pasado evolutivo de la humanidad, resurgió pujante la imagen del «hombre prehistórico y violento». Desde entonces ha quedado profundamente grabada en la memoria colectiva. Como muy bien señalara recientemente, en 2015, la acreditada prehistoriadora francesa, directora de investigaciones en el CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique), Marylène Patou-Mathis, los eruditos vincularon el supuesto aspecto físico y el comportamiento de los primeros fósiles humanos, hallados en 1863, con simios teóricamente agresivos, como imaginaban al gorila o el chimpancé. Asociaron así aquellos restos al célebre «eslabón perdido entre una raza humana inferior y el mono».

Asimismo, denuncia la citada experta francesa, los referenciales sabios del momento, sin haber realizado un análisis específico sobre los posibles usos de diversos objetos tallados descubiertos, optaron por darles nombres con connotaciones agresivas: mazas, garrotes, lanzas, armas de mano, etc. Esta visión de un pasado violento alcanzó gran popularidad, sobre todo gracias a las exposiciones en multitud de museos de distintos países. Escultores y/o pintores, elaboraron llamativas representaciones que fueron impregnando el imaginario popular con la idea de una continuidad cultural unilineal de agresión en la historia de la humanidad desde sus tiempos más remotos.

En la década de 1950, el profesor de la Universidad de Witwatersrand, Johannesburgo, Raymond Dart (1893-1988), sugirió la hipótesis de «el simio asesino» para explicar la gran cantidad de fósiles de animales, sobre todo de  gacelas y de antílopes,  encontrados junto a restos de unos australopitecos. Según el científico, los numerosos huesos representaban las armas habituales que estos homínidos usaban en sus luchas entre ellos y también para cazar sus presas. La actuación violenta y el consumo de carne, según Dart, habrían constituido el motor fundamental de nuestra evolución.

La hipótesis del simio asesino, al igual que la del hombre cazador con la que está estrechamente asociada, nunca ha podido demostrarse en su formato convencional. Sin embargo, las interpretaciones de un registro fósil regado de muertes violentas, enfrentamientos y brutalidad, aún siguen arraigadas en la imaginación de una parte significativa del público. El que diversos expertos hayan demostrado claramente que, por ejemplo, las perforaciones observadas en algunos cráneos de homínidos son debidas a mordiscos de animales y no, como inicialmente se entendieron, daños producidos por ataques con lanza parece despertar poco entusiasmo. Los formadores de opinión se negaban a asumir supuestos heterodoxos en el relato imperante.

Así pues, y salvando escasas excepciones, hasta entrado el siglo XX el arquetipo de nuestros antepasados lo constituía un héroe masculino y recio que, armado con una maza y vestido con pieles, se enfrentaba a los enormes animales como el mamut, o feroces como el tigre de dientes de sable. Una época digna de heroicos luchadores. Este rudo varón era capaz de tallar herramientas de piedra, luchar con bravura y empeño para conseguir el fuego o para asediar a una mujer. «Los conflictos estaban presentes en todas las situaciones, sostiene Marylene Patou-Mathis, y la fuerza física junto a la violencia parecían inexorables».

Trinidad Escoriza.

En suma, un torrente de interpretaciones generadas desde diversas disciplinas y centradas en un mundo viril y belicoso, fue dibujando un panorama de nuestra prehistoria altamente sesgado por la visión y los intereses masculinos. Las pocas lecturas realizadas sobre las actividades de las mujeres en aquel pasado remoto, sólo alimentaban la perspectiva androcéntrica: el sexo femenino apenas tenía cabida en aquellos escenarios de batallas con actores musculados y diestros en el manejo de las armas disponibles.

Como muy bien apuntaba en 2002 la prehistoriadora de la Universidad de Almería Trinidad Escoriza, «hasta hace relativamente poco tiempo ha existido un interés casi exclusivo en analizar las actividades asociadas a los hombres y un desinterés y falta de reconocimiento de los trabajos realizados por las mujeres del pasado, de ahí que resulte difícil en ocasiones tratar sobre el tema por carecerse de la mínima información necesaria». Cabe pues apuntar que, en general, los estudios prehistóricos han estado, y muchos aún siguen estándolo, atrapados y consolidados por un ruinoso patriarcado adobado con ingredientes de supuesto poderío físico. Veamos.

Violencia y patriarcado

El patriarcado («pater»: padre; «archy»: concentración del poder) es una forma de dominación que supone el sometimiento, explotación y alienación de las mujeres por parte de los hombres. Esta circunstancia lleva implícito el establecimiento de relaciones asimétricas entre quien ejerce el poder y quien se ve sometido a éste. De hecho, se trata de un tipo de violencia masculina que se manifiesta tanto en la agresión física y/o psíquica, que puede ser puntual o continuada, y que explota al sexo femenino mediante la apropiación de su trabajo y el dominio en relaciones y comportamientos (Escoriza 2002).

Las indagaciones realizadas con el fin de averiguar la conducta de nuestros antepasados se basan en inferencias surgidas a partir de dos grandes ámbitos de investigación. El primero lo conforman los estudios antropológicos y etnográficos de las sociedades de cazadores recolectores hoy existentes, sobre todo aquellas que se hayan visto expuestas, lo mínimo posible, a las fuerzas de cambio. El otro campo de trabajo gravita en torno a múltiples observaciones del comportamiento de nuestros parientes vivos más próximos, los grandes simios, que han brindado a la ciencia numerosos datos que podrían ser claves para inferir diversos aspectos de la vida homínida durante el Paleolítico.

Los primeros investigadores se esforzaron por encajar sus resultados en el marco patriarcal de la familia nuclear: un padre dominante con una madre dependiente y sus hijos. Esta visión sesgada y androcéntrica se aplicó tanto a los estudios etnográficos como a los de primatología. Y sus conclusiones, infaliblemente, revelaban comportamientos donde la figura masculina siempre ocupaba una posición central y dominante.

Jay Ginn.

En las últimas décadas, sin embargo, diversas investigaciones han producido de manera continuada un notable volumen de literatura que desafía claramente ese modelo estereotipado y convencional. El debate está muy agitado, como señala la doctora británica y profesora del King’s College de Londres, Jay Ginn (2010), porque hoy se cuestiona, y cada vez con más conocimiento de causa, la tantas veces defendida presencia del patriarcado desde los más remotos orígenes de la evolución humana.

El creciente número de datos nuevos y la reinterpretación de muchos antiguos, está generando un conjunto de preguntas que amenazan con revolucionar por completo la existencia del patriarcado como una manifestación «natural» de la convivencia humana. ¿Ejercieron los hombres siempre el poder sobre las mujeres o hubo algún tiempo en que vivían en condiciones igualitarias? ¿Es la dominación masculina universal, un factor genético de la naturaleza humana? ¿Ha cambiado el poder de los hombres y de las mujeres a lo largo del curso de la historia de la humanidad?

Es fácil imaginarnos el revuelo que está ocasionado la búsqueda de respuestas para estas cuestiones. Pero, como el patriarcado es considerado una forma de violencia, parece prioritario intentar aproximarnos a lo que proponen los expertos en la actualidad sobre los orígenes del comportamiento violento generalizado.

La violencia en el Paleolítico: un candente debate

Cuando se hace referencia a un espacio de tiempo tan extenso como el Paleolítico (abarca desde hace unos 2,5 millones antes del presente hasta hace unos 12.000), los especialistas en evolución humana suelen levantar la mano en una señal de prudencia y prevención contra las generalizaciones sobre períodos tan largos, lejanos y variados. En realidad, los conocimientos sobre la vida de los homínidos en aquellos tiempos, incluyendo al comportamiento y el papel que la violencia pudo haber jugado, se apoyan en datos inevitablemente imprecisos. Las reconstrucciones del pasado se vuelven más y más especulativas a medida que se profundiza en el tiempo y, en consecuencia, los desacuerdos tienden a ser frecuentes dando carnaza a discusiones de enfoques.

El tema se complica aún más porque en este tipo de investigaciones participan especialistas de ámbitos muy diversos (arqueología, antropología, biología evolutiva, primatología…), lo que conduce a que las interpretaciones sobre las prácticas sociales observadas, tanto en los pueblos humanos como en los grupos de primates, puedan presentar acusadas diferencias de entronque disciplinar. En función del marco conceptual preexistente, los prejuicios y estereotipos muestran un arraigo mucho mayor en unos colectivos de estudiosos que en otros, añadiendo leña a un fuego ya de por sí agitable.

En definitiva, para algunos estudiosos la humanidad prehistórica estuvo integrada por seres en perpetuo conflicto, caracterizados por una marcada propensión a la violencia y a la agresividad. A sensu contrario, para otros, los comportamientos belicosos propios de bravucones son de origen relativamente reciente, habiendo surgido hace unos 10.000 años cuando la humanidad estableció los primeros asentamientos y abandonó el nomadismo.

Evolución lineal.

No cabe duda, sin embargo, de que la ciencia cuenta hoy con técnicas y medios que permiten estudiar nuestro pasado con creciente rigor. Así por ejemplo, del análisis de las cicatrices detectadas en los huesos fósiles se puede presumir si hubo heridas debidas a  accidentes o resultantes del impacto de posibles ataques con proyectiles utilizables en su correspondiente época. Asimismo, el estado de conservación de los esqueletos, junto al contexto en el que se encontraron los restos, permite sospechar la presencia o ausencia de actos violentos.

Aunque no existe un consenso hegemónico, es plausible lo que sostiene la citada prehistoriadora Marylene Patou-Mathis, cuando nos recuerda que hoy en día es cada vez mayor el número de expertos partidario de abandonar la hipótesis según la cual el ser humano descendería de agresivos «simios asesinos». Esta afirmación se basa en que, hasta el momento, el registro arqueológico no ha proporcionado ejemplos concluyentes sobre la violencia en los homínidos durante el Paleolítico. Tal como sugiere el antropólogo y epistemólogo Raymond Corbey (1993), el «salvajismo interior» podría ser en realidad, una «construcción social imaginaria influenciada por aquellas ideologías del siglo XIX motorizadas por el racismo o la eugenesia».

Al respecto, el prestigioso profesor Robert Sussman de la Universidad de Washington, apuntaba en 2006 que, según los datos disponibles, «los pequeños y peludos australopitecos probablemente pasaban la mayor parte de su tiempo evitando convertirse en el almuerzo de los poderosos tigres diente de sable, que hoy podemos ver en los museos de historia natural».

En esta línea, diversos autores, junto a la experta francesa Patou-Mathis, subrayan que los vestigios arqueológicos más bien llevan hoy a pensar que durante el Paleolítico la agresividad entre grupos o clanes distintos sería infrecuente. Un dato significativo que apoya esa idea pone el acento en la escasa demografía. Las comunidades compuestas por pequeños grupos, probablemente de un máximo de cincuenta personas y dispersas en vastos territorios, difícilmente se habrían enfrentado si se encontraban. Al menos no eran sucesos de habitual ocurrencia.

En el Paleolítico, las regiones con alimentos para la subsistencia serían lo suficientemente ricas y diversificadas como para abastecer a la escasa población. Y, si bien es cierto que algunos estudiosos sostienen que las sociedades prehistóricas sólo habrían conocido una «economía de supervivencia», se trata de un postulado que hasta ahora no ha confirmado ninguna realidad arqueológica.

Numerosos expertos subrayan, por otra parte, los cuantiosos trabajos que prueban que las sociedades paleolíticas muy bien podrían haber sido no sólo autosuficientes, sino incluso sociedades de abundancia. Y en los territorios ricos en recursos, apunta Patou-Mathis, las distintas comunidades no competirían entre ellas ya que pueden regular su subsistencia mediante la explotación de diversos alimentos.

El respetado profesor de antropología de la Universidad McGill de Montreal, Michael Bisson, insiste asimismo en la complejidad de la prehistoria humana y en la imprudente tendencia a hacer generalizaciones sobre nuestros antepasados más antiguos, olvidando que éstos vivieron durante un largo período de tiempo que incluyó a varias especies de homínidos, diferentes entre sí.

«El registro fósil no siempre es fácil de desentrañar», explica este profesor. «La causa de la muerte es casi imposible de determinar en muchos de los fósiles. En caso de no existir enterramientos deliberados, los cuerpos terminarán siendo parte de la cadena alimenticia, esto es, fuente de comida para los predadores; o bien, se irán descomponiendo por la acción del tiempo. Por tanto, la mayoría de las veces simplemente no podemos decir qué pasó». La interpretación de los restos acarreará entonces una significativa dosis de subjetividad. Desde su propia perspectiva, M. Bisson opina que «es mucho más probable que los grupos humanos vivieran en paz y no en guerra […]. Lo que habitualmente se publica y enfatiza es cualquier encuentro violento de carácter puntual. Así, en lugar de usar estadísticas reales, ponemos el acento en los acontecimientos raros».

Por otro lado, no conviene perder de vista que los medios de comunicación también han contribuido en gran medida a que ciertas interpretaciones terminen por considerarse hechos. «El modelo de “El simio asesino” impregnó la cultura popular en gran parte, debido a la famosa secuencia del film de Stanley Kubrick, 2001: Una odisea del espacio», sostiene el profesor de la Universidad McGill. En la película, unos simios semejantes a humanos representan ostentosamente un gran descubrimiento: el uso de ciertos huesos como armas. Tras elocuentes escenas, se muestra que a partir de ese momento habrían evolucionado hasta convertirse en cazadores y asesinos. «Se trata de la dramatización literal de una hipótesis completa, con huesos de extremidades usados como garrotes», afirma el experto.

Escena de “2001: Una odisea del espacio”.

En fechas mucho más recientes, sin embargo, desde el ámbito de la prehistoria, la neurociencia o la sociología, se están revelando aspectos del comportamiento durante el Paleolítico que parecen evidenciar como el ser humano de manera espontánea podría ser empático. La doctora en arqueología y profesora de la Universidad de York, Penny Spikins, argumenta en su libro, How compassion made us human (2015), que la compasión y la empatía fueron los verdaderos motores que nos hicieron humanos. A través de diversas evidencias arqueológicas, la científica ilustra el papel central que probablemente tuvieron las conexiones emocionales en la evolución humana.

Según esta experta, «la evolución nos hizo sociables, nos llevó a convivir en grupos y a cuidar unos de otros,  incluso antes de que surgiera el lenguaje. Nuestro éxito desde entonces, incluyendo la evolución de la inteligencia, nació de aquellos grupos». La evidencia sugiere, continúa la arqueóloga, que «la supervivencia de los primeros humanos habría dependido de la cooperación. Los comportamientos agresivos o egoístas habrían resultado demasiado arriesgados». Al igual que Spikins, diversos autores sostienen que la empatía, o incluso el altruismo podrían haber sido los catalizadores de la humanización.

Ciertamente, las anomalías o los traumatismos inscritos en las osamentas de muchos fósiles humanos del Paleolítico han permitido constatar que un discapacitado físico o mental, incluso de nacimiento, no era desatendido o eliminado, como indica Marylene Patou-Mathis. En la Sima de los Huesos en Atapuerca, por ejemplo, se hallaron restos de entre 420.000 y 300.000 años de antigüedad de un niño Homo heidelbergensis con una patología que provoca la deformación del cráneo y el desarrollo anormal del cerebro. Sin embargo, esta criatura, con un probable retraso mental desde su nacimiento, sobrevivió hasta los 8 años.

Benjamina (Atapuerca).

Otro ejemplo también procedente de Atapuerca, ha expuesto tras el examen de la pelvis y de la columna vertebral de un Homo heidelbergensis de unos 500.000 años de antigüedad, que sufría una excrecencia ósea vertebral con deformación de la columna. Este individuo, de un metro setenta y cinco de estatura y unos cien kilos de peso, seguramente tenía considerables dificultades para caminar. No obstante, sobrevivió hasta cerca de los 45 años gracias a los cuidados que les proporcionaron los suyos.

En este contexto, sin embargo, no podemos olvidar que, según ha expresado Michael Bisson, aunque durante el Paleolítico los primeros humanos cooperaran entre ellos, «existen evidencias que sugieren que en aquel entonces, como ahora, también había gente que era francamente desagradable.»

De lo expuesto puede deducirse que, a la luz de los conocimientos disponibles, es difícil establecer la existencia de comportamientos sistemáticamente violentos en épocas muy antiguas. El riesgo es aún mayor si a esta dudosa deducción le sumamos el empeño por afirmar que el patriarcado, como  forma de violencia de los hombres sobre las mujeres, fue una práctica social arraigada en el Paleolítico. En ambas esferas de hechos, las dificultades crecen considerablemente cuando se quieren abarcar con postulados inmutables.

En este ámbito, las desavenencias asoman con tal fuerza que el consenso a la hora de abrir ventanas y desempolvar prejuicios se muestra muy esquivo. Analizar el estado actual de la cuestión en todas sus virulentas vertientes conduce, de manera irremediable, a un amplio terreno multifacético y apasionante. Tan intrincado que merece dedicarle una atención específica en otra entrada del blog.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

2 Comentarios

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Marisa CastiñeiraMarisa Castiñeira

Nos gusta la idea de que provenimos de aquellos que cooperaban y sociabilizaban, poque así entendemos la mayoría, que es como más se avanza. Por lo que argumentas no parece casualidad.
Entender el patriarcado como la forma natural de organización de la especie, es algo que siempre nos sorprendió.
(Un pequeño comentario: En Galicia, con algún pero, y sobre todo en la costa, de donde soy, la mujer dispone y dirige)

Carolina Martínez PulidoCarolina Martínez Pulido

Hola Marisa, muchas gracias por tu comentario. También me sumo a aquellos científicos, porque no hay consenso, que piensan que la solidaridad y la empatía generaron, al menos en el Paleolítico, vínculos fuertes entre la gente que les ayudaron a sobrevivir y salir adelante.
Lo que cuentas de las mujeres en Galicia me encanta. No son pocos los estudiosos que creen en la capacidad de las mujeres para ejercer liderazgos, tejer redes de contacto, etc. Pero la historia es sesgada, y lo que no encaja conlos estereotipos asumidos no cuenta.
Un cordial saludo
Carolina

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