¿Les damos voz a ellas durante las epidemias?

Es pronto para analizar los impactos de género de esta enfermedad, COVID-19, que se ha extendido por todo el planeta. Los estragos debido al coronavirus no pueden en estos momentos ser desglosados por sexo ya que desafortunadamente no hemos cerrado el conteo de infectados y fallecidos para el tratamiento estadístico de datos, aunque la suma se parará como consecuencia de las medidas de contención drásticas implementadas en muchos países. Hasta ahora, los datos existentes para COVID-19 muestran un número similar de hombres y mujeres infectados: en Europa, durante la semana del 9 al 15 de marzo, el 57 % de los diagnosticados fueron varones. Sin embargo, parece haber diferencias entre hombres y mujeres en cuanto a la mortalidad. Si nos fijamos en datos consultados en la página de la Organización Mundial de la Salud (OMS) vemos que en China la tasa de letalidad es más alta en varones que en mujeres (4,7 % frente a 2,8 %). La tasa de letalidad representa la proporción entre el número de fallecidos y el total de los diagnosticados. En Italia, hasta el 13 de marzo, el 28,6 % de los fallecidos por coronavirus eran mujeres (OMS 2020). Sin conclusiones definitivas aún, mueren más hombres que mujeres posiblemente debido a diferencias inmunológicas basadas en cuestiones de sexo o de género, debidas a ciertos patrones y la prevalencia de algunos hábitos como el tabaquismo.

Diagrama en 3D del virus SARS-CoV-2. Imagen: Wikimedia Commons.

También es precipitado analizar las respuestas políticas y sanitarias desde perspectivas diferenciadas en cuanto a sexo. Las medidas que se han tomado en la urgencia de la pandemia son de carácter general. Sin embargo, reconocer la incidencia de las epidemias en mujeres y hombres podría ser un paso fundamental para comprender los efectos de las decisiones tomadas en emergencias de este tipo. Con ese dato se pueden diseñar políticas e intervenciones más efectivas y equitativas para afrontar un buen sistema de prevención y un mejor tratamiento.

Recordemos epidemias en el pasado como el ébola o el zika para evitar errores y anticipar deficiencias. El brote de la enfermedad por el virus del ébola en África occidental de 2014-16 puso de manifiesto que las mujeres tenían más probabilidades de ser infectadas dado su papel predominante como cuidadoras dentro de las familias y como trabajadoras sanitarias de primera línea. Aún con este análisis de género previo, éstas tuvieron muy poca capacidad de decisión en la elaboración de medidas a nivel local y nacional con lo que sus necesidades quedaron abandonadas. Por ejemplo, los medios anticonceptivos o cualquier otro recurso implicado en sus decisiones sexuales y reproductivas fueron controlados por instituciones que las incluyeron en las medidas generales sin ningún ajuste específico. Se contribuyó así al aumento de la mortalidad materna, en una región donde ya la tasa es una de las más altas del mundo.

Como en este caso, en muchos otros los problemas de las mujeres han sido invisibles tanto en la respuesta de emergencia como en la planificación a largo plazo sobre la resiliencia del sistema de salud. Las respuestas a corto y largo plazo al ébola se formularon con un sesgo masculino muy marcado: hay poca o ninguna discusión sobre los impactos de género de la enfermedad en el marco de esta epidemia, los datos desglosados ​​por sexo llegaron tarde y ninguna estrategia incluyó indicadores de género (Harman 2016).

Si nos fijamos en otra epidemia ocurrida recientemente, el brote de zika de 2015 a 2017, recordaremos que generó un interés mundial sobre el riesgo de un espectro de trastornos neurológicos que sufren las mujeres y sus hijos no nacidos, que incluye, entre otros, microcefalia, que se conoció como síndrome de zika congénito (CZS). Las imágenes de mujeres acunando a bebés nacidos con CZS subrayaron la naturaleza de género de la epidemia. No obstante, la atención de los medios hacia las grandes dimensiones de la epidemia no tuvo en cuenta la importancia de la participación femenina en la toma de decisiones para el control del mosquito Aedes aegypti, el vector responsable de la propagación del zika. Además, se descuidó el impacto sobre las mujeres en las políticas de contención de los arbovirus (virus transmitidos por artrópodos). Esta paradoja, el no tener en cuenta el género en las respuestas políticas cuando se sabía que era un factor fundamental desde el principio, se suma a otras preguntas sin contestar sobre las decisiones sanitarias ante las infecciones por arbovirus como el zika.

Ilustración de un bebé con microcefalia (izquierda) en comparación a un bebé de cabeza normal. Imagen: Wikimedia Commons.

En Brasil, en 1970, el colectivo de las madres con niños afectados por CZS formó asociaciones para luchar por el derecho a la salud de sus hijos: el movimiento colectivo de salud (saúde coletiva). Pero ya treinta años antes, durante la primera gran epidemia de dengue en Nova Iguaçu, Río de Janeiro, las mujeres se organizaron para hacer campaña en las calles por el derecho a la salud, en un entorno donde el crecimiento urbano no regulado, la infraestructura deficiente, la sanidad privada y el alto nivel de violencia que sufrían, contribuyeron a que la infección se extendiera rápidamente. Se adoptaron medidas extraordinarias, incluida la fumigación y la participación militar y civil en el control de vectores. Con todo, los problemas económicos y sociales, el acceso a la información de salud y los derechos sobre anticoncepción, de discapacidad y maternos fueron en gran medida obviados de las consideraciones de política pública. No se tuvo en cuenta el contexto socioeconómico de muchas mujeres, ni casos de violencia machista, ni opciones restrictivas de salud sexual como la criminalización del aborto y la falta de acceso a anticonceptivos. Es importante destacar que, a pesar de que el grupo clave afectado por el brote de zika fue el de las mujeres en edad fértil, los programas de contención de la epidemia no lograron llegar ni a éstas ni a otras mujeres.

Somos conscientes de que en muchos países las mujeres son tradicionalmente responsables del cuidado y de la gestión del hogar, la recolección y almacenamiento de agua, además del trabajo agrícola que muchas desempeñan. Estas actividades las ponen en contacto con los focos de infección, los mosquitos. Tienen más riesgo de contraer enfermedades arbovirales. Tenemos que añadir que esta estructura de cuidados por parte de la mujer también les acerca a la enfermedad cuando tienen que cuidar a los infectados en su familia. Son ellas las que afrontan los efectos de la enfermedad a corto, medio y largo plazo, incluido el precario acceso en ocasiones a los servicios de salud tanto para ellas como para sus hijos.

Al mismo tiempo, hay poca representación de las mujeres entre los puestos de mayor rango de poder, toma de decisiones o diseño de políticas. Se mantiene un techo de cristal en el acceso a cargos que participan en la elaboración de planes de control de la epidemia. Las intervenciones de salud pública deben ir acompañadas de esfuerzos más amplios de cambio político liderados por las propias mujeres. Muchos ejemplos recientes de movilización social en torno a determinantes de infraestructura ofrecen pistas sobre cómo unir las luchas por la salud, la calidad de vida y la justicia.

En resumen, la incorporación de la perspectiva de género puede contribuir de manera decisiva a la efectividad y la sostenibilidad a largo plazo del control de los arbovirus. Estudios previos sobre el control de mosquitos en Sudán, Kenia e Indonesia han demostrado que las mujeres tienen una gran capacidad para crear programas sostenibles de control de vectores y que dichos programas pueden contribuir a una mayor equidad en las soluciones.

Los autores de un estudio llevado a cabo durante veinte años de integración de la perspectiva de género en la salud han reconocido que el género se cruza con otros ejes de inequidad como el origen étnico, el nivel socioeconómico, el estado de ocupación, la edad, la sexualidad, la diversidad funcional y la religión (Davies y Bennett 2016). Estas intersecciones ofrecen una gran cantidad de posibilidades para incluir el género en el control de epidemias de una manera compleja y eficaz.

Impedir una cumbre aguda de infecciones, conocido como achatar la curva de epidemia, ayuda a evitar que colapsen
los sistemas de salud, y también proporciona más tiempo para el desarrollo de un tratamiento/de una vacuna.
Extendiendo las infecciones sobre un marco de tiempo más largo permite a los servicios de salud
una mejor gestión del volumen de pacientes. Imagen: Wikimedia Commons.

Abordar la desigualdad de género en los programas de salud, incluso en situaciones de emergencia, implica más que tener en cuenta los servicios reproductivos y maternos y exige responder a los desafíos particulares que aparecerán en cada caso según sea la naturaleza de la crisis. En la elaboración de medidas ante una emergencia de salud es necesario tener en cuenta las condiciones sociales y económicas que podrían dificultar la capacidad de las mujeres para acceder a la información y, sobre todo, para hacer valer sus derechos.

A pesar de que el Consejo Ejecutivo de la OMS reconoció la necesidad de incluir a las mujeres en la toma de decisiones para las actuaciones frente a una epidemia, existe una representación escasa de éstas en los espacios de políticas nacionales y mundiales de COVID-19. Si se quieren dar respuestas que atiendan necesidades específicas en esta epidemia que nos tiene confinados en nuestras casas, es importante que se consideren situaciones de desigualdad que influyen en la vulnerabilidad de mujeres y hombres frente a la infección, la prevención de ésta, y la respuesta. Teniendo lo anterior en cuenta se les da visibilidad a muchas mujeres de zonas desfavorecidas que sufren una exposición al virus desde la desinformación, la ausencia de recursos de contención, sobrecarga de situaciones familiares, la precariedad sanitaria, las condiciones ambientales deficitarias y otros muchos factores que podemos sumar. Esta pandemia puede servir de aprendizaje en estas cuestiones que ahora se van solucionando a tiempo real, cuando la voz del que las sufren llega al oído del que decreta las medidas. Escuchar las voces de las mujeres o, al menos, preguntarse dónde están y qué hacen, es una buena reflexión para diseñar en el futuro programas de prevención, de tratamiento y de contención ante una epidemia.

Referencias

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

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