Joan Steitz (II): una referente femenina en el desarrollo de la ciencia

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No podremos capturar el interés y el talento de las jóvenes para empresas científicas a menos que ellas se convenzan de que su propia participación es posible.

Joan A. Steitz
Joan Steitz (2012).

«La doctora Joan Steitz es una de las biólogas moleculares más distinguidas de su tiempo y ha constituido un modelo sobresaliente para científicos y estudiantes de todo el mundo. La considero una heroína en su campo». Con estas palabras el doctor John Dirks, presidente de la Gairdner Foundation, le entregaba en 2006 el The Canada Gairdner Awards, un prestigioso premio internacional que «reconoce a los científicos más creativos del mundo en biomedicina».

Esta científica, considerada hoy entre las mejores biólogas moleculares del siglo XX, cuando empezó su carrera en la Universidad de Harvard en 1963 fue la única mujer en el curso de Bioquímica y Biología Molecular para estudiantes graduados. Consciente de que no había muchas mujeres trabajando en ciencias, y sabiendo que debería enfrentarse a la discriminación de género, la joven Steitz inicialmente sentía ciertas dudas sobre su capacidad para avanzar en la profesión que había elegido con gran ilusión.

Ciertamente, la futura bióloga entró en la ciencia en un tiempo en el que las científicas investigadoras eran secundariamente toleradas. Ella, sin embargo, no se desanimó ni veía a los obstáculos con los que debía enfrentarse como insalvables. Eligió insistir y perseverar, pese a que fue rechazada por ser mujer por el primer profesor al que solicitó fuera su tutor. En el segundo intento sí tuvo éxito; logró ser aceptada en el laboratorio de James Watson, quien le brindó un importante apoyo. Bajo su dirección realizó una excelente tesis doctoral en biología molecular, iniciando un apasionante camino por el que discurrió su carrera académica.

El célebre científico, que había ganado el premio Nobel en 1962 justo un año antes de la llegada de Steitz a Harvard, fue para ella, en sus propias palabras, «un tutor amable […]. Lo mejor que me pasó fue que James Watson me aceptase». En efecto, el científico estimuló y encauzó su trabajo, convencido de las notables condiciones de su estudiante para la investigación. Según Ellen Elliot, profesora asociada en The Jackson Laboratory for Genomic Medicine, desde el primer momento Watson reconoció en la joven a una científica excepcional.

Antes de continuar, nos parece interesante detenernos brevemente en la conocida figura de James Watson y su célebre libro La doble hélice. A pesar de haberse publicado en 1968, este libro continúa disfrutando de un altísimo número de lectores, sobre todo porque narra de manera desenfadada y amena un hecho científico histórico: el descubrimiento de la estructura molecular del ADN.

La obra de Watson, sin embargo, también generó un significativo revuelo entre la comunidad científica, y fuera de ella.  La agitación la provocó el que incluía a una gran científica: Rosalind Franklin, sorprendentemente descrita de manera injusta y hasta cruel. La investigadora aparece representada como un personaje llamado «Rosy», una mujer estereotipada, agresiva y altiva, inflexible hasta lo grotesco, «nada femenina y algo marisabidilla». En ningún momento se le hace justicia por sus valiosas aportaciones al gran descubrimiento.

En opinión de numerosos contemporáneos, esa «Rosy» no coincide en absoluto con la extraordinaria investigadora que fue Rosalind Franklin. Las respuestas disconformes ante tan injusta falta de lealtad no tardaron en surgir, alcanzando un elevado número. Por ejemplo, la escritora Elizabeth Janeway, afirmaba en 1971: «Watson en su obra pretende resaltar dónde, según él, deben estar las mujeres con respecto a la ciencia: fuera de ella». La genetista premio Nobel Barbara McClintock leyó y despreció el libro de Watson, comentando: «Es un libro mezquino, muy mezquino». Otra premio Nobel, Rita Levi Montalcini, dijo al respecto que «si bien Watson es un excelente escritor, es asimismo un arrogante y bien conocido misógino».

Por su parte, la escritora Ulla Fölsing recordaba en 1990: «La doble hélice transgredió en su día la etiqueta académica y provocó una tormenta de indignación al presentar a Rosalind Franklin como una sabihonda respondona». Asimismo, Sharon McGrayne, escribía en 1998: «Hoy en día han emergido tantos datos sobre la vida de Franklin y su capacidad científica, que el descubrimiento de Watson y Crick se ha visto ensombrecido y, al mismo tiempo, se ha restablecido el lugar de Rosalind bajo el sol”.

Existe una larga lista de autores que han tratado el tema, pero no cabe enumerarlos aquí. Sí me gustaría, sin embargo, destacar algunas de las palabras que el profesor de biología celular de la UPV/EHU, Eduardo Angulo, ha escrito en este mismo blog: «Watson, como siempre, fue el más cruel y en La doble hélice, su libro de memorias de aquella época, escribe párrafos que rozan el insulto». Más adelante continúa: «en el libro La doble hélice, crónica muy personal del descubrimiento de la estructura del ADN, James Watson escribió sobre [Rosalind Franklin] que el mejor lugar para una feminista era el laboratorio de otra persona.».

Asimismo, Eduardo Angulo apunta acertadamente: «Quizá el párrafo, corto y directo, que mejor demostraba el problema de Watson en su trato con colegas científicas es aquel en que aconseja a Wilkins [compañero de laboratorio de Franklin] que era evidente que, o Rosy se iba, o habría que ponerla en su sitio.».

Hemos incluido esos comentarios sobre el libro más célebre de Watson porque contrastan notablemente con el comportamiento solidario que tuvo con Joan Steitz y el apoyo que le brindó. Al mismo tiempo que escribía la obra donde difamaba a Rosalind Franklin, contribuía a que una joven estudiante se convirtiera en la primera doctora de su laboratorio. Sorprendente. ¿Quizás tan llamativa diferencia pudo deberse a que Steitz no era su competidora directa? Él era un afamado premio Nobel, ella solo una doctoranda que no podía hacerle la más mínima sombra. De lo que no cabe duda es que a partir de la publicación del popular libro, Watson arrastró consigo el cartel de misógino.

Una estudiante con escasos referentes femeninos

Joan Steitz (2014).

Retornando a Joan Steitz, señalemos que en las numerosas entrevistas que ha concedido a diversos medios de comunicación, al igual que en los artículos por ella escritos con el fin de dar a conocer su pensamiento como mujer e investigadora, no olvida poner de manifiesto la importancia de los modelos femeninos de referencia y estímulo para las jóvenes interesadas en seguir una carrera de ciencias.

Como se revela en la conversación que tuvo en enero de 2017 con Ellen Elliot, Joan Steitz es hoy una convencida defensora de la causa de las mujeres en el ámbito académico; subraya con rotundidad la notable importancia de las directoras o tutoras para atraer y mantener a las jóvenes en el ámbito de la investigación, afirmando que «no podemos pretender despertar el interés y el talento de las chicas para la tarea científica a menos que ellas puedan ver que su propia participación es posible». Una perspectiva muy querida por la cultura anglosajona cuando apela al protagonismo del esfuerzo individual.

En su caso personal, Steitz recuerda que a comienzos de la década de 1960, cuando decidió estudiar la carrera de biología, no conocía ninguna figura femenina que pudiera servirle de modelo referencial. En una entrevista en 2006 con la periodista Elaine Carey del Toronto Star, la investigadora recuerda que en aquel tiempo [años sesenta] las mujeres raramente enseñaban en las clases de ciencia a nivel universitario; tampoco disfrutaban de altos cargos en las instituciones de investigación y sus presencias pasaban desapercibidas.

Al respecto, Joan Steitz confiesa: «Ni siquiera pasó por mi mente que era algo que yo podía desear hacer ya que simplemente no se hacía. No tenía absolutamente ningún modelo de referencia porque no conocía ninguno. Nunca vi a una mujer miembro de una facultad de ciencias después de graduarme, en una escuela secundaria de chicas […]. Cualquier mujer que estuviese trabajando en el ámbito científico lo hacía asociada al laboratorio de otra persona, siguiendo las órdenes de un hombre».

Joan Steitz insiste en este tema en más de una ocasión. Por ejemplo, en un artículo que escribió en 2006, con motivo de la concesión del Premio L’Oreal en 2001, la científica apuntaba: «Nunca supuse, incluso cuando ya era una estudiante graduada, que daría clases, tendría mi propio laboratorio o dirigiría un equipo de investigación en una universidad importante. No había mujeres en las facultades de ciencias de ninguna de las universidades que conocía. Por el contrario, me imaginaba que sería una investigadora asociada en el laboratorio de algún hombre (este era el papel de las mujeres dedicadas a la investigación) y contribuiría (así lo esperaba) de manera modesta con mi proyecto de investigación incluida en una cubierta protectora mayor».

Una afirmación tan categórica: «No había mujeres en las facultades de ciencias de ninguna de las universidades que conocía» realizada en la década de los sesenta, desde la perspectiva actual nos llama poderosamente la atención. En aquellos años existían numerosas mujeres participando en proyectos de investigación en ciencias biológicas, como se ha citado en repetidas ocasiones en este blog (Científicas en la biología molecular).

Ambiente social y autovaloraciones del trabajo de las científicas: una nota a propósito de Joan Steitz

A la luz de las citadas declaraciones de Joan Steitz, podemos constatar el enorme grado de invisibilidad que padecían las científicas en tiempos no tan lejanos, incluso para quienes se movían en centros de primer rango. Ciertamente, los altos cargos más importantes en las universidades y otros centros de investigación estaban ocupados todos por hombres, y eran ellos los que recibían el reconocimiento público y se convertían en personajes célebres. Las mujeres, ocultas en puestos de trabajo muy secundarios, no eran conocidas ni siquiera por las jóvenes que deseaban seguir su misma especialidad.

Steitz ha reflejado con transparencia cual era su no evaluación del papel como científica y mujer. En su juventud, estaba exclusivamente entregada a los resultados de su investigación. No veía paisajes de interacción entre su laboratorio y el colectivo de sus colegas femeninas o de quienes aspiraban a serlo.

También debemos tener presente que muchas mujeres científicas anteriores a la generación de Joan Steitz mostraban gran rechazo a denunciar o a hablar de cuestiones de género. Así, la observación de la investigadora no puede extrañarnos. El reinado de las ausencias y de las interferencias masculinas era valorado como secuencias lógicas de un orden ya establecido. Frente a ello, solo cabía dejarse llevar por esa corriente o adoptar desafíos de valerse por sí misma. Veamos algunos ejemplos para contextualizar mejor la personalidad y las confesiones de Steitz.

Por citar solo unas pocas opiniones, recordemos que la gran arqueóloga británica Mary Leakey (1913-1996), manifestaba, tal como ha relatado Virginia Morell en su libro Ancestral Passions (1995), que «le desagradaban en particular las mujeres débiles y a menudo despreciaba los comentarios de quienes decían que los hombres habían obstruido su carrera».

También narra V. Morrel que en una ocasión un periodista de la BBC preguntó a Mar Leakey si alguna vez había encontrado alguna dificultad en su trabajo por ser mujer, ella lo miró despectivamente y respondió: «No me he dado cuenta, he estado demasiado ocupada». En otro momento, octubre de 1994, ante el interés de la periodista de Scientific American, M. Holloway, sobre cómo compaginaba su profesión con el ser mujer, esposa y madre, respondió: «Creo que esa pregunta es una estupidez».

Mary Leakey fue una investigadora a la que irritaban las cuestiones sobre ser mujer en un campo de hombres. Ante más de un periodista o biógrafo, afirmaba rotunda que el género no jugaba ningún papel en su trabajo, pues ella sabía bien lo que quería hacer. Sostenía con convicción: «Nunca fui consciente de ello (discriminada por su género). Nunca me sentí en desventaja».

En esta misma senda, la destacada bióloga evolutiva estadounidense, Lynn Margulis (1938-2011), ante las preguntas de distintos periodistas con respecto al tema de la mujer como científica, o simplemente como trabajadora asalariada, era tajante: «Yo no hablo de mujeres ni para mujeres: es demasiado limitado». En más de una ocasión ha manifestado que «quienes han dicho que mi estilo de trabajo sobre la evolución biológica es femenino, han cometido un craso error».

Barbara McClintock (1902-1992), considerada una de las genetistas más brillantes del siglo XX, como subraya su biógrafa Evelyn Fox Keller en el libro Seducida por lo vivo (1983): «no estaba dispuesta a someterse a las limitaciones impuestas por su género y rechazaba enérgicamente todo convencionalismo que pudiese asociarse a la condición femenina. Quería ignorar, en su función científica, lo que tuviese que ver con el género. Se creía con el derecho a ser evaluada y juzgada conforme al mismo patrón utilizado con sus colegas masculinos. Y esta insistencia en equiparar merecimientos con derechos le fue creando cierta fama de persona difícil entre sus colegas». No obstante, en 1944, siendo miembro de la prestigiosa Academia Nacional de las Ciencias afirmaba «No soy feminista, pero siempre me sienta bien toda demolición de barreras ideológicas. Todos nos beneficiamos de ello».

Por su parte, la bióloga alemana Christiane Nüsslein-Volhard (1942-), premio Nobel de Medicina en 1995, según ella misma ha relatado en su Biografía para el Nobel, en los comienzos de su carrera profesional «me negué a tomar parte en los acalorados debates que tenían lugar en mi laboratorio acerca del feminismo y del chauvinismo masculino». Ella misma ha confesado no sentirse a gusto con esos temas, y cuando cree que alguien espera menos de las mujeres, tiende a responder rápidamente a la defensiva.

Nüsslein-Volhard también denuncia haber visto asociado muchas veces «mujeres científicas» con «amateurismo», lo que la ha llevado a oponerse rotundamente a admitir que el género predomine en la opinión sobre el trabajo. «A ese respecto, soy muy firme conmigo misma, severa si se quiere. Trato de hacer las cosas por su propio mérito y no por relaciones personales […]. Trato de ser objetiva con la gente». No obstante, la investigadora admite ecuánime que su éxito profesional hubiera sido imposible si no hubiese llegado a la investigación justo en un momento en el que las oportunidades para las mujeres en ciencia estaban empezando a surgir en Alemania.

Recordemos para finalizar la opinión de Rosalind Franklin (1920-1958), antes citada. Según relata su biógrafa, Anne Sayre, en su libro Rosalind Franklin y el ADN (1975), cuando Franklin era una joven estudiante en Cambridge, Inglaterra, estaba muy influida por la fuerte presión social dominante en los años cuarenta, que llevaba en muchos casos a las mujeres a tener que elegir entre una vida considerada «normal», matrimonio, hijos, etc., y una vida académica. Predominaban entonces entre las universitarias las discusiones sobre la conveniencia de continuar la carrera profesional o renunciar a ella por el matrimonio.

Según Sayre, Franklin también opinaba que como mujer sólo tenía dos posibilidades excluyentes entre sí: la profesión o el matrimonio y los hijos. «Hasta bien cumplidos los 30 años, continúa la biógrafa, Rosalind tenía una visión muy convencional del matrimonio. Para ella, el lugar de una mujer casada no estaba necesariamente en el hogar, pero el de una madre sí; al parecer, este pensamiento fue fundamental para que abandonase cualquier idea de casarse». De hecho, durante su corta vida se volcó completamente en su profesión y no se le conocen más opiniones sobre la cuestión de las mujeres en la ciencia.

Esta lista, ciertamente, podría alargarse mucho más. Sin embargo, nos alejaríamos demasiado del tema de nuestro artículo. Volvamos por tanto a Joan Steitz.

El llamado Movimiento de Liberación de las Mujeres, en la vida de Joan Steitz

A finales de la década de 1960, la joven Joan Steitz acababa su excelente tesis doctoral y optaba por trasladarse a Cambridge, Gran Bretaña, con el fin de realizar una estancia posdoctoral. Mientras llevaba a cabo un fructífero e intenso trabajo de investigación en  Inglaterra, en los Estados Unidos se estaba desarrollando un hecho muy importante: el Movimiento de Liberación de las Mujeres alcanzaba una considerable radicalización, especialmente en los campus universitarios. Las estudiantes, con sus enérgicos discursos y crecientes presiones, lograban una mayor aceptación  en los círculos académicos, al tiempo que se incrementaban notablemente las opciones científicas que tenían a su alcance (Ellen Elliott, 2017).

Con relación a este contexto, Joan Steitz apuntaba en uno de los párrafos de su artículo sobre el Premio L’Oreal: «Mi horizonte cambió al final de mi estancia posdoctoral en Inglaterra cuando la revolución de las estudiantes en los campus de Estados Unidos forzó a las universidades a contratar mujeres en sus facultades». Valga recordar que en 1972 se promulgó en los Estados Unidos una ley que prohibía la concesión de fondos públicos a instituciones o centros de investigación científica, que asumieran modelos de discriminación femenina.

Los significativos cambios legales y sociales que se estaban generando, sumados a la brillante carrera académica de Joan Steitz, propiciaron que la científica recibiese importantes ofertas de trabajo en su país. Finalmente terminó por aceptar un trabajo en la Universidad de Yale.  Sin embargo, a pesar de su significativa experiencia y su éxito en la investigación, Steitz se encontraba muy preocupada por el hecho de tener que dirigir su propio laboratorio. Como confesaba a Ellen Elliott, «no estaba mentalmente preparada para hacerlo porque jamás había pensado que haría lo que mis colegas masculinos tenían reservado para ellos en términos de su vida futura».

En ese mismo sentido, la investigadora ha dejado escrito: «Me sentía extremadamente nerviosa al pensar en aceptar un “verdadero trabajo” porque no me había preparado para ser miembro de una facultad al mismo nivel que lo hacían mi compañeros varones. Incluso hoy, descubro por conversaciones con científicas jóvenes que están asustadas ante la perspectiva a la que se enfrentan porque solo unas pocas mujeres parecen haber tenido éxito en la ciencia académica sin encontrar grandes dificultades».

Superando infundados temores, el trabajo en la Universidad de Yale de esta notable investigadora tuvo un éxito indiscutible, como atestiguan los numerosos premios y reconocimientos recibidos. Además, tal como ha relatado a Elaine Carey, Steitz se ha implicado en diversos proyectos nacionales e internacionales, esforzándose por eliminar las barreras y los sesgos escondidos que mantienen a las mujeres fuera del campo científico y conseguir que ésas se sientan atraídas por la ciencia. «Los sesgos inconscientes que existen dentro de los centros de investigación, afirma Steitz, son los que verdaderamente hacen difícil que las científicas sean consideradas con seriedad y que avancen en sus carreras. Los tutores son clave en todo este proceso; sin guía ni apoyo, estamos perdiendo una gran riqueza de imaginación, ideas nuevas y descubrimientos científicos».

Estudiantes de biología en el College Lake Forest, con la Dra. Joan Steitz.

Mirando al presente ha escrito: «La situación actual de las jóvenes en ciencia es mucho mejor que la que había cuando yo empecé –al menos son evidentes algunas historias exitosas incluso en ámbitos donde el componente femenino está notablemente infra-representado–. Pero aún queda mucho por hacer. Pese a que hay campos en los que el número de mujeres graduadas es equivalente al de los hombres, una especie de persistente “cañería que gotea” nos hurta su completa participación. Nuestro reto ahora es diseñar prácticas más efectivas en las universidades y otros ámbitos de investigación para lograr el avance de las mujeres en las jerarquías científicas» (Joan Steitz, Agora 2006).

Pese a su brillante carrera y excelentes publicaciones, la investigadora sostiene que, por encima de todo, las generaciones de estudiantes que se han formado en su laboratorio representan para ella sus mejores y más satisfactorios honores. Y encuentra correspondencia en opiniones como la que Nadia Rosenthal, directora científica y profesora de The Jackson Laboratory, ha expuesto en presencia Ellen Elliott: «Cuando yo era joven, había unas pocas mujeres en Harvard a las que pudiera ver en cargos elevados. Solo hasta que llegó Joan Steitz y dio un seminario en la Escuela de Medicina de Harvard (Harvard Medical School) nos dimos cuenta de que ahora teníamos un modelo de referencia» (De nuevo la invisibilidad de las científicas).

Asimismo, Kimberly Mowry, antigua estudiante graduada de Steitz, ahora en la Brown University, ha dicho: «Joan ha sido un excelente modelo, una incansable defensora de las mujeres en la ciencia». Y más adelante añade: «Estaba claro que todo era posible (para las mujeres) porque Joan ya había hecho todo» (ASCB Profile).

Las posiciones de Joan Steitz reflejan muy bien cómo su percepción de las mujeres que hacen ciencia ha ido cambiando a lo largo de su vida. Condicionantes del entorno y grados de concienciación explican esas diferentes visiones: en su juventud no detectaba la presencia femenina en importantes centros de investigación, y al ir madurando su percepción se volvió notablemente más aguda. Su sinceridad ha sido tan alentadora como lo fue el que animase a tantas jóvenes a conseguir buena ciencia. Como broche final, recordemos las gratificantes palabras de Christine Guthrie de la Universidad de California, San Francisco: «Joan Steitz es una de las científicas más grandes de nuestra generación».

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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